RODRIGO
TERRASA
Piense en un helado de vainilla. No, mejor aún, piense en un
sándwich mixto. Aquí tiene una foto para inspirarse. Visualice el mejor
sándwich mixto posible, con su jamón caliente, su queso fundido, su pan
tostado... ¿Es la mejor comida del mundo? Desde luego que no. ¿Es la peor?
Seguro que tampoco. A nadie le disgusta un sándwich mixto pero difícilmente
alguien lo elegiría para el menú de su boda o como última cena en el corredor
de la muerte. No es un plato brillante,
pero para salir del paso nunca está mal; cumple su función. «Perdone, la
cocina ya ha cerrado, pero si quiere le podemos hacer un sándwich mixto».
Podríamos decir que el sándwich mixto es un plato sencillamente
mediocre. No malo, ojo, me-dio-cre. Es
decir, «de calidad media», según estricta definición de la RAE. «De poco mérito». Vamos, del montón.
Ahora olvide el sándwich y mire hacia el despacho de su jefe. Ahí
lo tiene. Piense en el profesor de sus hijos o ponga un rato las noticias y
fíjese en nuestros políticos. Incluso en la última película de moda o el disco
más vendido. El último best seller... ¿No me diga que no le sabe todo a jamón y
queso? Bienvenidos a la dictadura de lo mediocre.
«Vivimos un orden en el que la media ha dejado de ser una síntesis
abstracta que nos permite entender el estado de las cosas y ha pasado a ser el
estándar impuesto que estamos obligados a acatar», denuncia Alain Deneault,
filósofo y profesor de Sociología en la Universidad de Québec y autor de
Mediocracia, cuando los mediocres llegan al poder (Ed. Turner), un ensayo que
llega hoy a España y que analiza cómo
las mediocres aspiraciones que invaden la sociedad están provocando ciudadanos
cada vez más idiotas. Condenados -diríamos- a desayunar, comer y cenar un
sándwich mixto. «La mediocracia nos
anima de todas las maneras posibles a amodorrarnos antes que a pensar, a ver
como inevitable lo que resulta inaceptable y como necesario lo repugnante».
“La
mediocracia nos anima a amodorrarnos antes que a pensar, a ver como inevitable
lo que resulta inaceptable y como necesario lo repugnante”.
ALAIN
DENEAULT
Veamos un ejemplo práctico que pone Deneault para entender el
juego perverso del que habla en su libro. El
sistema no quiere a un maestro que no sepa ni usar la fotocopiadora, pero menos
aún aceptará a un maestro que cuestione el programa educativo tratando de
mejorar la media. Tampoco admitirá al empleado de una empresa que intente
mostrar una pizca de moralidad en una compañía sometida a la presión de sus
accionistas. Traslade el modelo a cualquier otra profesión y encontrará un
panorama con profesores universitarios
que en lugar de investigar rellenan formularios, periodistas que ocultan
grandes escándalos para generar clics con noticias de consumo rápido,
artistas tan revolucionarios como subvencionados y políticos de extremo centro. Ni rastro del orgullo por el trabajo bien
hecho. «Por oportunismo o por temor
a represalias estructurales, es difícil resistir la presión de la mediocridad»,
lamenta el filósofo canadiense.
Todo se rige hoy bajo el conocido como Principio de Peter, una teoría formulada por el pedagogo Laurence J.
Peter y el dramaturgo Raymond Hull (también canadienses) que establece que, en
las jerarquías modernas, todos los trabajadores medianamente competentes -ni
los más brillantes ni los que no son unos completos inútiles- son ascendidos en
su empresa hasta que alcanzan un puesto para el que ya no están capacitados.
«Nuestros sistemas masivos
de calificación, de evaluación y de indicadores están pensados para gestionar
la media. Y la verdad es que lo hacen bastante bien», defiende Daniel
Innerarity, catedrático de Filosofía Política y Social en la Universidad del
País Vasco. «La parte mala es que
también castigan la disonancia, lo disruptivo. Lo que nos suena extraño
tendemos a calificarlo como malo. La única manera de combatir ese sesgo es
tener un sistema en paralelo para concederse una cierta excepcionalidad porque
el sistema, por nuestro comportamiento gregario y por la igualdad democrática,
tiende a premiar la conducta adaptativa. Quien
quiera evitar ese sesgo lo que debe hacer es procurarse la compañía de alguien
que le diga la verdad a la cara, que no le haga la pelota como hacen los
asesores de hoy en día, sino que le diga alguna vez que está haciendo el
ridículo, como hacían los bufones del Rey».
El origen de esta mediocracia se remonta, según el relato de Alain
Denault, al siglo XIX, «cuando los oficios se transformaron gradualmente en
empleos», se estandarizó el trabajo y los profesionales se convirtieron en
«recursos humanos», formateados, clasificados y empaquetados como gerentes,
socios, emprendedores, autónomos, asociados... Con una eficacia a gran escala
que, para Denault, no tiene comparación en la Historia. Tenemos a gente que produce alimentos en cadenas de montaje sin saber
cocinar ni un sándwich de jamón y queso, que te dan la turra por teléfono con
estimulantes tarifas que ni ellos mismos entienden, que venden libros que jamás
leerían. Que trabajan como la media porque el trabajo no es para ellos más que
(valga la redundancia) un mediocre medio de supervivencia.
“Uno
puede ser un mediocre muy competente, es decir, aplicado y servil pero sin
convicciones. En ese caso, el futuro es suyo”.
ALAIN
DENEAULT
«Generamos una especie de promedio estandarizado, requerido para
organizar el trabajo a gran escala en el modelo alienante que conocemos hoy»,
explica el autor. «Los mediocres se
organizarán para adularse unos a otros, se asegurarán de devolverse los favores
e irán cimentando el poder de un clan que irá creciendo atrayendo a sus
semejantes», sostiene. «Es un círculo vicioso».
- ¿Es más peligroso un profesional mediocre que uno directamente
malo?
- Para el poder, no. Mediocridad no es sinónimo de incompetencia.
Los poderes establecidos no quieren perfectos incompetentes, trabajadores que no cumplan su horario o
que no obedezcan órdenes. En realidad cuesta ser mediocre. Uno puede ser un
mediocre muy competente, es decir, aplicado, servil y libre de todas las
convicciones y pasiones propias. En ese caso, el futuro es suyo porque las
instituciones de poder son reacias a codearse con personas comprometidas
política y moralmente o que sean originales en sus pensamientos y métodos.
- ¿Somos más mediocres que antes?
- No vamos a inventar un mediocrómetro para estudiar el grado de
mediocridad de las personas, pero sí podemos establecer una evolución de los
términos mediocridad y mediocracia en el curso de la modernidad. Inicialmente,
era una expresión desdeñosa utilizada por las élites para denunciar el reclamo
de las nacientes clases medias que querían probar la ciencia, el arte o la
política. Por el contrario, la
mediocridad en nuestro tiempo ya no es deplorada, sino promovida. Se ha
convertido en un sistema.
En lo más
alto de ese régimen mediócrata, encontramos a nuestros políticos. Se habrá cansado de oír lo mediocres que son y seguramente creerá
que los de hoy son peores que los de antes y los nuestros peores que los del
país vecino. Si le sirve de consuelo, Alain
Denault sostiene que la mediocridad está en la naturaleza de casi todos los
políticos actuales y el régimen que dibuja su ensayo se sostiene sobre esa
nueva política convertida en una «cultura de gestión», en la que nuestros
dirigentes se limitan a manejar los problemas de ayer y en la que se desprecia cualquier pensamiento crítico o cualquier
reflexión a largo plazo, porque sólo se autoriza lo normativo, la
reproducción, las afirmaciones mecánicas de lo evidente.
«Este es -subraya Denault- el orden político del extremo centro».
Y no hablamos del centro demoscópico, allí donde dicen los politólogos que se
ganan las elecciones, sino directamente de una propuesta para suprimir el
debate entre izquierda y derecha y sustituirlo por palabras vacías. «Se han
impuesto en el lenguaje las barbaridades de las organizaciones privadas:
aceptación social en lugar de democracia, partes
interesadas en lugar de ciudadanos, sociedad civil en lugar de personas,
consenso en lugar de debate, competitividad en lugar de ayuda mutua... Se nos dice, paradójicamente, que depende
de nosotros salir del desempleo, hacernos atractivos para el mercado laboral,
ser activos en Facebook, emprender... Casi todo conspira para hacernos
fracasar, para que parezca una vergüenza personal lo que es sólo la ira
política dirigida contra un individuo a quien se ha enseñado a restringir su
conciencia. No hay nada más extremo que el extremo centro», sentencia el autor
de Mediocracia.
Volvemos a España para averiguar dónde quedó nuestro extremo centro.
«Hay gente que ha confundido el centro con la centralidad», comparte Daniel
Innerarity. «El centro puede ser una combinación ideológica de valores de
izquierda y derecha o puede ser también una combinación singular de pereza
intelectual y oportunismo».
Hace
tiempo que dejaron de estar los más listos en el Gobierno pero no porque los
gobernantes sean más tontos, sino porque los demás somos ahora más listos
DANIEL
INNERARITY
¿Son peores que nunca nuestros políticos? «No, el problema es que a los políticos mediocres de ahora los tenemos
más presentes», dice el filósofo español. «Tendemos a idealizar a los
líderes de la Transición, por ejemplo, porque
nos acordamos de los buenos pero nos olvidamos de la cantidad de basura que
había entonces. Hace mucho tiempo que dejaron de estar los más listos en el
Gobierno pero no porque los gobernantes se hayan hecho más tontos, sino porque
los demás somos ahora más listos. Antes eran más brillantes por comparación con
la media. Hoy los políticos destacan menos no porque sean más mediocres sino
porque se ha reducido la distancia entre el que lidera y los liderados».
-¿Cuál es entonces la solución contra la mediocracia?
-La democracia es un sistema de gobierno para la gente media, así que la solución es elevar esa media,
que haya más cultura de formación. No se trata de mejorar el proceso de
selección de líderes. Nos obsesionamos con los líderes o con su ejemplaridad,
cosas de ese tipo que subrayan las cualidades individuales de las personas, cuando lo que hay que trabajar es la
inteligencia colectiva de la sociedad. Y eso vale para el Gobierno y
también para cualquier forma de organización humana.
La alternativa, nos recuerda Alain Denault, es la «grisura», lo
«insípido». Ya saben, lo mediocre.
Un sándwich, mixto, por favor.
