TIM HARFORD
El economista camuflado ataca
de nuevo
Traducción de Liliana Mabel Resnik
La economía: manual de instrucciones
La microeconomía
trata de cosas en las que se equivocan de forma concreta los economistas,
mientras que la macroeconomía trata de cosas en las que se equivocan los
economistas de forma general.
P. J. O’ROURKE, Eat
the Rich
¿Cómo? ¿Que ahora soy yo el que está a cargo de la
economía?
Tranquilo. Ya sé que es una
responsabilidad muy grande, un compromiso de por vida, no solo para contadas
ocasiones, pero es usted una persona diligente y con ganas de aprender.
¿Ah, sí?
Seguro que sí. De lo
contrario no habría comprado este libro. Lo hará muy bien.
Pero ¡si yo nunca he estudiado economía!
Bueno, no es el único. Entre los que mueven los hilos
de la economía mundial no hay muchos que la hayan estudiado. Hay
excepciones, como David Cameron, el primer ministro británico, o Ben Bernanke,
el presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, que no solo es
economista sino que ha sido profesor de la materia en Princeton, pero la
mayoría de los peces gordos del ámbito económico no parecen preocupados por su
falta de titulación. El ministro británico de Economía, George Osborne, es
licenciado en historia, como lo era el presidente George W. Bush. Los
presidentes Obama, Hollande y Rajoy tienen todos estudios de derecho, y Angela
Merkel, la canciller alemana, fue química.
No me extraña que la economía mundial esté patas
arriba. Yo nunca le pediría a un economista que desarrollase un nuevo producto
químico industrial, ni que me defendiera en un juicio. ¿Por qué va a estar la
economía en manos de abogados o de químicos?
Es usted muy benévolo con los
economistas. Pretendo convencerle, entre otras muchas cosas, de que las
ciencias económicas pueden ser útiles, pero no bastan ni mucho menos para
llevar las riendas de una economía.
No es tarea fácil, pero
reconozca que no suena aburrida.
Ya. Bueno, ¿por dónde empiezo?
Acabo de sentarle al volante,
así que empecemos por un vistazo al cuadro de instrumentos. ¿Cómo va de
deprisa, o de despacio, su economía? ¿Acelera o frena?
Por suerte en su gobierno
dispondrá de una cohorte de estadísticos que le facilitarán este tipo de datos.
No siempre ha sido así. Si me permite una pincelada de contexto histórico, le
diré que los gobiernos intentan recoger datos económicos desde hace muchos
siglos, pero que hasta hace poco tiempo lo que los impulsaba era la codicia:
querían saber lo rica que era la gente para calcular cuántos impuestos le
harían pagar. De ahí surgieron ejercicios históricos de acopio de datos como el
famoso censo de César Augusto (el «censo de Quirino»), que parece que fue el
que hizo ir a Belén a María y José por motivos fiscales. Con el Domesday Book
de 1086, Guillermo el Conquistador tuvo un catálogo de sus nuevos súbditos,
junto con sus posesiones y valor impositivo. En la década de 1660 William Petty
fue el primero en calcular la renta nacional de un país (en su caso Reino
Unido) diferenciándola de su riqueza o sus reservas de oro y plata. Por lo
general se considera que la cifra de Petty, cuarenta millones de libras anuales,
surgió de la primera «contabilidad de los ingresos nacionales» propiamente
dicha. Intelectualmente fue admirable; lo que ya no lo es tanto es que Petty
aprendiera su oficio inspeccionando Irlanda para que Oliver Cromwell pudiera
confiscar tierras del país y asignárselas a sus soldados.
Solo en los años treinta, con
la Gran Depresión (y el riesgo bélico en el horizonte), los gobiernos se
tomaron en serio medir la economía no con vistas a quedarse un trozo del pastel
sino a solucionar los problemas de la maquinaria económica. (No insinúo que los
políticos ya no quieran un trozo del pastel; lo único que digo es que la
transparencia y la democracia han puesto coto a esos deseos tan poco loables.)
La Depresión planteó nuevos problemas a los gobiernos, en parte por su gravedad
y en parte porque los propios gobiernos tenían que rendir más cuentas
democráticas que en el pasado. El presidente Franklin D. Roosevelt, por
ejemplo, fue elegido con la expectativa de que hiciera algo para acabar con la
crisis, pero ¿qué? No estaban claros los motivos de su gravedad, ni era fácil
averiguar en detalle el funcionamiento de la economía. El gobierno, por
ejemplo, podía tratar de aliviar el sufrimiento provocado por el desempleo
mediante la implementación de prestaciones sociales, o atacar el problema de
manera directa con grandes proyectos de obras públicas ideados para crear
muchos puestos de trabajo, pero ¿qué dimensiones tenía el problema del paro?
¿Cuál era el número real de parados? Sencillamente, no se disponía de buenas estadísticas, así que la
administración de Roosevelt empezó a recoger datos.
Entre los economistas que
inauguraron la época moderna de la compilación de datos económicos destaca Simon Kuznets, futuro premio
Nobel de Economía. Kuznets creó un sistema de «contabilidad de los ingresos
nacionales», un marco dotado de coherencia racional en el que sumar todos los
ingresos de la economía (o toda la producción, que de hecho arroja el
mismo resultado). La
contabilidad de los ingresos nacionales gira en torno a un número llamado
Producto Interior Bruto, o PIB. Esta cantidad mide el valor total de todo lo
que se produce dentro de una economía. El PIB del mundo, por ejemplo,
ronda actualmente los setenta billones de dólares. Todos los smartphones,
tablets, barriles de petróleo, kilovatios-hora de energía eólica, cortes de
pelo, depilaciones brasileñas, sacos de arroz, raciones de alas de pollo frito
y demás frutos de la producción mundial poseen un valor colectivo de unos
setenta billones de dólares al año. Son aproximadamente diez millones de dólares
por persona, aunque su distribución es muy irregular.
Un momento. Eso solo es dinero. Una depilación
brasileña puede tener el mismo valor monetario que lo que le cuesta comer
durante una semana a una familia pobre.
Tiene toda la razón. De
hecho, si la depilación brasileña llega a ciertos niveles de lujo, y la familia
a ciertos niveles de pobreza, podríamos estar hablando de comida para todo un
mes. Con «valor» y «costar» no me refiero al valor estético o práctico, ni a la
satisfacción que puedan reportar esos productos y servicios. El Producto
Interior Bruto no pretende incorporar estos conceptos tan imprecisos, ya que la
gente sensata puede enfocarlos subjetivamente de maneras distintas. Lo que sí podemos medir objetivamente
es cuánto dinero se ha mostrado dispuesto a pagar alguien a cambio de algo.
Si un ejemplar de la Biblia se vende al mismo precio que Cincuenta sombras de Grey, o que el libro que tiene usted en sus
manos, los tres serán iguales por lo que respecta al PIB.
¿Y no es un hándicap, en cierto modo? Ya que va a
ponerme al frente de la economía, le advierto que me interesa más lo que comen
los pobres que las depilaciones brasileñas, oiga.
Lo cual le honra. En cuanto a
si es un hándicap... Puede serlo, en efecto, aunque por otro lado también es
una ventaja. Si lo que busca, como Simon Kuznets, es una sola cantidad para
medir el tamaño de la economía, resulta práctico poder medirlo todo con la
misma escala. Mirémoslo de esta manera: se parece un poco a la masa.
Probablemente su cerebro pese menos de mil quinientos gramos, frente a los
quinientos que acostumbra pesar un paquete de azúcar. El hecho de que usted dé
más valor a su cerebro que a tres paquetes de azúcar no nos indica que la masa
sea un concepto inútil.
Pero me dice que si mi mayor preocupación es el
bienestar de los míos, debería interesarme por algo más que por el simple
crecimiento del PIB.
Exacto. Hay una cita que me
encanta por su concisión: «Es
muy difícil deducir el bienestar de una nación de una medición de los ingresos
nacionales tal como los define el PIB [...] el objetivo de un “mayor”
crecimiento debería especificar de qué y para qué». El autor de tan lúcida
aseveración no es otro que el mismísimo Simon Kuznets. Si ni el propio inventor
del PIB pensó que midiese el bienestar, no debería pensarlo nadie.
Claro que puede usted querer
medir de modo más directo el bienestar de su sociedad, lo cual es viable...
pero no fácil. Existen muchas formas contrapuestas de hacerlo. Puede usted medir el «desarrollo
humano», como el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo: una media
ponderada de la renta per cápita, los años de educación y la esperanza de vida.
También puede medir los índices de pobreza o desigualdad, o intentar medir el
«bienestar subjetivo» de los habitantes de su país, es decir, su felicidad.
De momento mi argumento es
más sencillo. ¿Le preocupa a usted el deterioro del medio ambiente? Estupendo.
¿Se ha fijado alguna vez en que los países ricos suelen —no siempre, pero sí en
general— superar en calidad medioambiental a los de ingresos medios? Quiere que
sus compatriotas reciban una educación de calidad. Enhorabuena. ¿Qué países
están mejor situados para permitirse un buen sistema educativo, los ricos o los
pobres? Aborrece usted que se pase hambre a causa de la pobreza. ¿Tendemos a
verla más o menos en los países ricos que en los pobres? Podría continuar, pero
ya me ha entendido. A usted le importan otras cosas aparte del crecimiento
económico, pero a menos que sea un revolucionario contumaz probablemente
concluya que un crecimiento económico fuerte le brindará el respiro necesario
para pensar en esas otras cosas.
Ya que hemos entrado en el
tema de los países ricos y los pobres, estableceremos una importante distinción
entre el PIB y el PIB per cápita. Si solo nos fijamos en el PIB —es decir, en las
dimensiones totales de una economía—, observaremos que el mayor del mundo es
con diferencia el de Estados Unidos: su PIB aproximado de quince billones de
dólares supera la suma de los de sus dos principales rivales, China (más de
siete billones) y Japón (unos seis billones). Todas las economías de la Unión
Europea, con Alemania a la cabeza, suman otros diecisiete o dieciocho billones
de dólares. Si a ello le añadimos las demás economías que llegan al billón de
dólares —Brasil, Rusia, Canadá, India, Australia, México y Corea del Sur—
habremos abarcado casi toda la producción económica del mundo. Fijémonos, no obstante, en
países como Qatar o Suiza. No destacan por su PIB, pero su PIB per cápita es
enorme, considerablemente superior a los de Estados Unidos, Japón y Alemania,
así como múltiplo de los de Brasil, India y China.
A propósito, «per cápita»
quiere decir sencillamente «por persona».
¿Por qué no dicen los economistas «por persona»?
Yo creo que por temor. De
todos modos, si quiere usted más pruebas de que cualquier persona que se
preocupe por el prójimo también debería preocuparse por el PIB, fíjese en lo
que le pasa a la gente durante una recesión. (Por cierto, entendemos por recesión lo que
ocurre cuando el PIB se reduce durante unos cuantos meses; la depresión se da
cuando después de esa caída el PIB sigue bajando o se estanca durante años.)
Millones de personas pierden su empleo o siguen trabajando en algo que odian
porque no se atreven a dejarlo. El desempleo perjudica mucho más a la gente de lo que cabría suponer
por el mero descenso de los ingresos. La «economía de la felicidad», un
nuevo campo de estudios en pleno desarrollo, demuestra que estar en el paro es
una de las situaciones más deprimentes que se pueden vivir.
Dudo que me haga falta saber que existe la «economía de
la felicidad» para afirmar que el paro es un asco.
De acuerdo, pero no deja de
ser importante ser consciente de su gravedad, y entender que no es una mera
cuestión de ingresos; como también es importante conocer lo grave que es el
desempleo frente a otros males económicos como la inflación. Lo es, y mucho.
El economista Arthur Okun obtuvo un «índice de miseria» sumando la tasa
de desempleo a la de inflación; si ambas eran del 5 por ciento, por decir algo,
el índice de miseria era de 10. Fue, con todo, un simple experimento teórico:
las últimas investigaciones han mostrado que un punto porcentual de más en la
tasa de paro es cuatro veces más desastroso que un punto porcentual de más en
la tasa de inflación.¹
Se habrá dado cuenta de que
todos estos números, que tan abstractos suenan, tienen repercusiones inmediatas
y prácticas en la incidencia de los problemas económicos en nuestra calidad de
vida, aunque también podemos hacer experimentos bastante realistas para
formarnos una idea más clara de la situación. En el verano de 2012, por ejemplo, un joven doctorando
libanés de la Northeastern University de Boston, Rand Ghayad, usó un programa
informático con el que generó cuatro mil ochocientos currículos y los envió
para tratar de conseguir seiscientas vacantes anunciadas en diversos sectores
de todo el país.
Ya sé que el mercado laboral está difícil, pero tampoco
hay que exagerar.
Muy gracioso. La verdad es
que Ghayad solo acabó cursando el doctorado porque se licenció en plena
recesión y, oh sorpresa, no encontró trabajo, pero en fin... La intención de su
envío masivo era averiguar qué tipo de candidatos les interesaba entrevistar a
las empresas. Los cuatro mil ochocientos currículos falsos fueron creados con
sumo cuidado para coincidir en la mayoría de los elementos, pero con variantes
en tres aspectos: en si el
candidato tenía experiencia en el sector, en si había cambiado muchas veces de
trabajo y en si había estado más de seis meses en el paro.
Nadie se sorprenderá de que
los candidatos con experiencia reciente en el sector al que aspiraban tuvieran
ventaja, ni de que fuera perjudicial haber cambiado muchas veces de trabajo. Lo llamativo es el efecto que
tenía el desempleo prolongado. Los candidatos con experiencia en otros
sectores y un máximo de
catorce semanas en paro tenían más del triple de posibilidades de que los
llamasen que los candidatos con experiencia en el sector de la vacante pero con seis meses o más en el
paro. Parece, pues, que es más interesante descartar al desempleado de largo
recorrido que valorar la experiencia en el sector, un dato de lo más
deprimente, porque a nadie se le escapa que una recesión y un par de
oportunidades fallidas pueden
apartar rápidamente del mercado laboral, a veces para siempre, a individuos de
lo más capacitados. Las recesiones son muy perjudiciales de por sí, pero
también pueden dejar cicatrices duraderas.
Otro dato nos lo da el
economista Till Marco von Wachter, de la Universidad de California Los Ángeles.
Von Wachter ha estudiado a varios grupos que intentan encontrar empleo en
mercados laborales difíciles, como las víctimas de un expediente de regulación de
empleo, o los jóvenes, universitarios o no, recién titulados, y ha observado que si tienen que
buscar trabajo en una recesión, no cuando la economía está en auge, tienden a
sufrir un deterioro perdurable en sus ingresos. Uno de los motivos, que no
extrañará a nadie, es que la gente acepta trabajos que no se corresponden con
los campos donde desea realmente entrar. Acumulan conocimientos, experiencia y contactos en el
sector equivocado. Una década después del final de las recesiones que
estudió, Von Wachter seguía viendo diferencias entre quienes tuvieron que
buscar trabajo en plena crisis y quienes lo buscaron durante un boom.
Las recesiones también tienen
costes intangibles.
Benjamin Friedman, economista de la Universidad de Harvard, sostiene que el empeoramiento
de la economía tiene consecuencias morales: cuando las personas se sienten
inseguras y descontentas se produce un brusco descenso de los donativos a
organizaciones benéficas, junto con un aumento del nepotismo, el racismo y
otras formas de intolerancia y cerrazón, y el consiguiente auge de las fuerzas
antidemocráticas.
Lógicamente, el ejemplo que
acapara la atención es que a la crisis de 1929 la siguieran Hitler y la Segunda
Guerra Mundial, pero Friedman está convencido de que en otras depresiones no
tan pronunciadas se activan los mismos mecanismos.
Son observaciones
importantes, que deberían preocuparnos, pero con la preocupación no basta;
también tenemos que averiguar cómo funciona la economía, por qué falla y cómo
se puede arreglar.
O sea, que tengo que intentar frenar las recesiones.
Pues entonces dígame una cosa: ¿por qué se producen?
Ojalá hubiera una respuesta
sencilla. Es cierto que a veces existe una causa fácil de reconocer, como que
una economía se contraiga por los efectos traumáticos de una guerra, una
revolución o algo menos dramático pero de no menor incidencia como una caída
repentina del precio de las principales exportaciones del país. Ahondaremos en
esos fenómenos en el capítulo 6. Otras veces, sin embargo, una economía enferma
y guarda cama sin motivo aparente. Para frustración de los economistas, es algo
muy común.
Fijémonos por ejemplo en la historia económica reciente de Japón. A
principios de los años setenta la economía japonesa creció más del 20 por
ciento en solo tres años, descontando los efectos de la inflación.
Por si no parece mucho, pensemos en qué implica: es el equivalente de conseguir de forma milagrosa una
jornada más de producción en una semana de cinco días. En 1974, por el
contrario, la economía no solo no sumó su cuarto año de crecimiento rápido,
sino que se contrajo. A pesar de ello, durante las décadas de 1970 y 1980 la
economía del país creció a una media anual del 4 por ciento, pero en las
últimas dos décadas solo ha crecido un 1 por ciento anual. Con el paso de las
décadas, las cosas van sumando: si hubiera seguido creciendo 4 por ciento al año
Japón sería casi el doble de productivo y rico de lo que es hoy en día.
Impresionar impresiona.
Está claro que los economistas no lo entienden todo sobre cómo impedir
que el crecimiento de una economía se reduzca o se invierta; de lo contrario no sucedería nunca, ni estaría usted leyendo
este libro. Sin embargo,
algunas cosas sí hemos aprendido sobre cómo entender, evitar y paliar las
recesiones. A eso quiero dedicar los dos primeros tercios de este libro,
a hablar de cómo se hace frente a esos problemas.
¡Dos tercios de un libro! Caramba... ¿Seguro que no se
le pasa por alto alguna solución mucho más fácil?
En el mundo hay mucha gente
que le dirá que sí. ¡Vincule su divisa al oro! ¡Tenga siempre un presupuesto
equilibrado! ¡Proteja la industria nacional! ¡Elimine la burocracia! Todo ese
tipo de cosas. Las puede usted ignorar tranquilamente. Si he de ser franco,
cuando alguien, sea quien sea, insiste en que gestionar una economía actual es
una simple cuestión de sentido común significa que no entiende gran cosa sobre
la gestión de las economías actuales.
Fijémonos por ejemplo en la
atractiva sencillez de un par de ideas que es posible que haya oído, y que se
corresponden con los dos extremos del espectro político. Imagínese en primer
lugar que un asesor de izquierdas le susurra al oído que contrate a cien mil
trabajadores temporales para obras públicas como la excavación de zanjas de
drenaje. Según él, haría crecer el empleo y sería un estímulo para la economía.
Qué sensato parece... ¿Hay algo más obvio que la idea de que contratar a mucha
gente y ponerla a trabajar hace crecer la economía?
Sí, la verdad es que parece bastante sensato.
Pero vayamos paso a paso. ¿De
dónde procederán esos trabajadores? Si uno quiere contratar a cien mil
personas, no puede tener
la certeza de hallar a cien mil individuos que andaban por ahí sin hacer nada.
Se puede uno encontrar con que entra en competencia con el sector privado, o
con que hay gente que deja su trabajo porque le gusta más lo que uno le ofrece.
Lo más probable es que suban los salarios, lo cual está muy bien cuando se
tiene empleo, pero también es posible que las empresas del sector privado sustituyan
a sus teleoperadores por ordenadores, a sus barrenderos por máquinas de barrer
y a los cajeros del súper por máquinas de autopago. Otra posibilidad es que las
empresas del sector privado simplemente se contraigan o crezcan más despacio de
como lo habrían hecho si usted no fuera por ahí ofreciendo chollos laborales.
Otra pregunta: ¿de dónde
saldrá el dinero necesario para contratar a cien mil personas? Quizá usted
prevea subir los impuestos, pero entonces los contribuyentes tendrán menos
dinero que gastar en el bolsillo. También podría recurrir a un préstamo, que
quizá hiciera subir los tipos de interés e incitase a la gente a ahorrar en vez
de gastarse el dinero. ¿Sigue tan convencido como antes de que es un plan
sensato?
No me malinterprete. Es
posible que el plan de su asesor funcione. No cabe duda de que en determinadas
situaciones económicas lo lógico es que surta efecto, pero también hay
situaciones en las que resultaría mucho más perjudicial que beneficioso. Antes
de apelar al sentido común tenemos que familiarizarnos más con el funcionamiento de la economía.
Por si piensa usted que el
único «sentido común» contraproducente es el de izquierdas, también podemos
echar un vistazo al tipo de plan que propondría un asesor pro mercado y de
derechas: bajar los impuestos para estimular la economía. Nuevamente, parece
razonable. Si uno baja los
impuestos deja más dinero que gastar en el bolsillo de la gente, y a la vez la
incita a trabajar con más ahínco porque el fruto de su esfuerzo es mayor.
También en este caso, sin embargo, pasan muchas cosas entre bambalinas. Si se bajan los impuestos se
tendrá que recurrir más al préstamo para sufragar el gasto público. ¿Y
de dónde procederá el dinero prestado? De algún sitio hay que sacarlo. Tal vez
provenga del bolsillo de las mismas personas que de lo contrario habrían pagado
los impuestos. Y quizá esa gente gaste menos en previsión de que tarde o
temprano aumentarán necesariamente los impuestos para tapar el agujero de las
finanzas públicas.
Tampoco en este caso se puede
descartar que el plan del asesor funcione. Lo que quiero decir es que mientras
tratamos de averiguar si lo hace o no, las cosas darán muchas vueltas. Una
postura económica sencilla, de sentido común, es atractiva pero peligrosa, porque en macroeconomía siempre
que señalas algún cambio evidente que ocurre ante tus ojos en muchas ocasiones
está cambiando algo a tus espaldas, y entre los dos fenómenos existen
lazos y poleas invisibles.
La formulación definitiva de
esta tendencia corrió a cargo de un economista, ensayista y parlamentario
francés, Frédéric Bastiat, quien en 1850 publicó un opúsculo muy interesante,
titulado simplemente Lo que se ve y lo
que no se ve. La macroeconomía trata de lo que no se ve.
«En el ámbito económico, un
acto, un hábito, una institución, una ley no producen un solo efecto, sino toda
una serie de ellos. El único inmediato es el primero, que aparece
simultáneamente con su causa, y que se ve. Los demás efectos solo surgen más
tarde, y no se ven. Suerte tenemos si podemos preverlos»: así empezaba el texto
de Bastiat.
Acto seguido describía lo que
es sin duda uno de los experimentos teóricos más célebres de los estudios
económicos: si romper accidentalmente una ventana podía estimular la economía,
como parece pensar mucha gente. Es verdad que las ventanas rotas aumentan la demanda de cristaleros. Si
un niño rompe una ventana, escribió Bastiat, «el cristalero vendrá, hará su
trabajo, recibirá seis francos, se frotará las manos y bendecirá de todo
corazón al niño descuidado. Eso es lo que
se ve».
A quien no se ve es al
zapatero que podría haber recibido los seis francos a cambio de un nuevo par de
zapatos, pero que no los recibe porque el dinero ha sido gastado en cambiar la
ventana. Es fácil olvidar al zapatero, o al tendero, o al casero, o a cualquier
otra persona que pudiera haber recibido el dinero, entre otras cosas porque ni
nosotros ni ellos llegaremos a saber que los hemos perdido. Es posible que no
lo sepan ni los propios padres del niño, que difícilmente tendrían pensado un
uso alternativo concreto de los seis francos. Es más probable que a final de
mes su frasco de las monedas esté más vacío y que por ello gasten menos.
Tampoco en este caso —y
perdón por la insistencia— puede descartarse que la rotura de una ventana
estimule alguna vez la economía. Puede hacerlo, pero las cadenas causales
implicadas serán mucho más largas y sinuosas que la ingenua consideración de
que el cristalero se meta seis francos más en el bolsillo.
Claro, claro, ya lo entiendo. Muy interesante. Oiga,
que... que le agradezco mucho que me haya puesto a gestionar una economía,
pero... esto... ¿no le apetece a nadie más?
No se escapará tan
fácilmente. La macroeconomía es una disciplina que puede dar muchos quebraderos
de cabeza si no nos andamos con cuidado, pero sus grandes figuras, como Phillips y Keynes, eran
hombres de acción: lo que les movía a querer entender la economía era el deseo
de cambiarla, de redirigirla para que funcionase mejor. No podemos
quedarnos en un rincón, chupándonos el dedo y meciéndonos mientras
reflexionamos sobre la abrumadora complejidad de la misión. Tampoco estaría
bien que abordásemos el «problema con la batería» abriendo el capó y empezando
a dar martillazos a diestro y siniestro. Lo que tenemos que hacer es un esfuerzo por entender cómo
funcionan las economías, y por qué hay veces en que no lo hacen; y para
eso hay que entenderlas como sistemas y tratar de hacer un seguimiento tanto de
«lo que no se ve» como de «lo que se ve».
Ya veo que se siente
intimidado. Permita que lo anime con una estimulante anécdota.
