Las trampas del deseo
Dan Ariely
Por
qué todo es relativo, incluso cuando no debería serlo
Cierto
día, mientras navegaba por Internet (evidentemente por razones de trabajo, no
para matar el rato), me
tropecé con la sección de suscripciones del sitio web de la revista The
Economist.
Fui
leyendo una a una todas las posibilidades de suscripción que se me ofrecían. La
primera oferta, una suscripción que permitía el acceso online a todos los artículos de la revista por 59
dólares anuales, me pareció razonable. La segunda opción, una suscripción a la
versión impresa de la revista por 125 dólares al año, resultaba algo más cara,
aunque seguía pareciendo razonable.
Pero luego leí la tercera opción, donde
se ofrecía el acceso online más la suscripción a la versión impresa por 125
dólares anuales. Hube de leerla dos veces antes de volver
a dirigir mi vista a la opción anterior. ¿Quién iba a querer suscribirse sólo a la versión impresa
–me pregunté–, cuando por el mismo precio se ofrecía la versión impresa más el
acceso online? Es cierto que podía haber un error tipográfico en la
opción de la versión impresa sola, pero yo sospechaba que los inteligentes
chicos de la sede londinense del Economist (y sin duda son inteligentes, además
de bastante pícaros, de un modo especialmente británico) en realidad me estaban
manipulando. Estoy
bastante seguro de que lo que querían era que yo ignorara la opción de la
suscripción online (que suponían que sería mi elección, dado que estaba leyendo
la oferta precisamente en Internet), para pasar a la otra opción, más cara: el
acceso online más la versión impresa.
Pero
¿cómo podían manipularme? Yo sospechaba que era porque los genios del márketing
del Economist (a quienes podía imaginar perfectamente con sus corbatas y sus
americanas) conocían un aspecto importante de la naturaleza humana: los seres
humanos raramente eligen las cosas en términos absolutos. No tenemos un medidor de valor
interno que nos diga cuánto valen las cosas. Lejos de ello, nos fijamos
en la ventaja relativa de una cosa en relación con otra, y estimamos su valor
en función de ello (así, por ejemplo, no sabemos cuánto cuesta exactamente un automóvil con un
motor de seis cilindros, pero sí podemos suponer que es más caro que el modelo
de cuatro cilindros).
En
el caso del Economist, puede que uno no supiera si la suscripción al acceso
online por 59 dólares anuales era o no mejor opción que la suscripción a la
versión impresa por 125 dólares. Pero sí sabía, sin duda alguna, que la opción del acceso online
más la versión impresa por 125 dólares era mejor que la opción de la versión
impresa sola por ese mismo precio. De hecho, uno podía deducir razonablemente
que en la opción combinada el acceso online salía gratis. «¡Es una ganga! ¡No
la deje escapar!», casi podía oírles gritar desde las orillas del Támesis. Y
debo admitir que, si hubiera tenido la intención de suscribirme a la revista,
probablemente yo mismo habría escogido la opción combinada (más tarde, cuando
sondeé la oferta con un gran número de personas, ésa fue la opción que
prefirieron la inmensa mayoría de ellas).
¿Qué
era, pues, lo que ocurría? Permítame empezar con una observación fundamental: la mayoría de la gente no sabe
lo que quiere si no lo ve en su contexto. No sabemos qué clase de
bicicleta de carreras queremos hasta que vemos a un campeón del tour de Francia
haciendo mover los engranajes de un determinado modelo. No sabemos qué clase de
altavoces queremos hasta que oímos unos que suenan mejor que los anteriores. Ni
siquiera sabemos qué queremos hacer con nuestra vida hasta que encontramos a un
amigo o un pariente que está haciendo exactamente lo que nosotros creemos que
deberíamos hacer. Todo es relativo, y ésa es la clave. Como un piloto de avión que aterriza en la
oscuridad, queremos disponer de balizas a ambos lados que nos guíen hacia el
lugar donde poder tomar tierra.
En
el caso del Economist, la decisión entre las opciones del acceso online y la
versión impresa sola requería cierta cantidad de pensamiento. Pero pensar resulta
doloroso, de modo que los responsables de márketing de la revista nos ofrecían
una opción que no requería ningún esfuerzo mental: la de las versiones online e impresa combinadas.
Pero
los genios del Economist no son los únicos que han descubierto esto. Fijémonos,
si no, en lo que hace Juan, el dueño de la tienda de televisores. Éste emplea
la misma clase general de trucos con nosotros cuando decide qué televisores
poner juntos en el escaparate:
Grundig
de 19 pulgadas, por 210 euros
Sony
de 26 pulgadas, por 385 euros
Samsung
de 32 pulgadas, por 540 euros
¿Cuál
elegiría usted? En este caso, Juan sabe que a los clientes les resulta difícil
calcular el valor de las distintas opciones (¿quién sabe realmente si el Grundig
de 210 euros es o no mejor que el Samsung de 540?). Pero Juan sabe también que,
dadas tres opciones, la
mayoría de la gente escogerá la intermedia (que es como hacer aterrizar el
avión entre las dos líneas de balizas). ¿Se imagina, entonces, qué televisor
situará Juan como el de precio intermedio? ¡Ha acertado!: precisamente el que
quiere vender.
Obviamente,
Juan no es el único inteligente. Hace poco el New York Times publicó una
noticia sobre un tal Gregg
Rapp, un consultor estadounidense especializado en restaurantes que cobra por
determinar los precios de las cartas. Sabe, por ejemplo, cómo se ha
vendido este año el cordero en comparación con el año anterior; si se ha pedido
más con calabaza o con arroz, y si la clientela ha bajado cuando el precio del
plato principal ha subido de 39 a 41 dólares.
Algo que Rapp ha aprendido es que la
presencia de un segundo plato muy caro en la carta aumenta los ingresos para el
restaurante; aunque nadie lo pida. ¿Y por qué? Pues porque,
si bien en general la
gente no quiere pedir el plato más caro de la carta, muchas veces sí pide el
segundo más caro. De modo que, al poner un plato muy caro, el restaurador atrae
al cliente a pedir la segunda opción más cara (lo que puede arreglarse
inteligentemente para que produzca un mayor margen de beneficio).