martes, 26 de octubre de 2021

UN JCPENNEY POR TUS PENSAMIENTOS*

 


LAS TRAMPAS DEL DINERO

Autor: ARIELY, DAN

En 2012, Ron Johnson, nuevo director ejecutivo de JCPenney,  efectivamente eliminó la práctica tradicional y, sí, algo engañosa, de subir  los precios para bajarlos después. Durante décadas, antes de la llegada de  Johnson, JCPenney ofrecía habitualmente a clientes como la tía Susan  cupones, rebajas y descuentos. Esta práctica consistía en reducir los  «precios estándar» de las tiendas, artificialmente inflados, para dar la  impresión de que lo que se ofrecía eran auténticas «gangas» cuando, de  hecho, tras los descuentos, los precios eran prácticamente iguales a los de  los demás grandes almacenes. Para obtener los precios finales de venta de  cualquier producto, la tienda realizaba la pantomima de elevar primero los  precios para después volverlos a bajar de formas muy variadas y creativas,  utilizando numerosos carteles, porcentajes, rebajas y descuentos. Y jugaban  a este juego una y otra vez.  Ron Johnson quería que los precios no tuviesen «ni trampa ni cartón»:  no más descuentos por cupones, cazas de chollos ni trucos comerciales, solo  precios reales, muy similares a los de sus competidores y a los antiguos  precios «finales», tras su ascenso y descenso. Johnson opinaba que esta  nueva forma de actuar era más transparente, más respetuosa y menos  manipuladora con sus clientes (y, por supuesto, tenía toda la razón).  El único problema era que los clientes habituales, como la tía Susan, se  opusieron desde el principio a este cambio. Detestaban la práctica de «sin  trampa ni cartón», y abandonaron a la cadena, mascullando que se sentían  engañados, estafados y traicionados por el coste real y verdadero, y que no  les gustaba en absoluto la nueva política de precios. En apenas un año,  JCPenney sufrió unas asombrosas pérdidas de nada menos que 985  millones de dólares, y Johnson se quedó sin trabajo.  Casi al día siguiente de su despido fulminante, los precios de la  mayoría de los productos de JCPenney se incrementaron un 60 por ciento o  más: una mesa auxiliar de 150 dólares, por ejemplo, pasó a tener un «precio  estándar» de 245 dólares. Sin embargo, no solo los precios habituales  volvieron a ser más elevados, sino que se reintrodujeron los descuentos, las  rebajas y las liquidaciones: en lugar de poner un único precio, la cadena  ofrecía precios «estándar» y «rebajados». Por supuesto, tras las subidas y  descuentos, rebajas y liquidaciones, los precios se quedaban prácticamente  igual que con la política de Ron Johnson, pero el caso es que no lo parecía;  ahora sus clientes habituales tenían de nuevo la impresión de que a  JCPenney habían regresado los grandes chollos y gangas.  Bajo la dirección de Johnson, JCPenney ofrecía productos a precios  más honestos, pero la nueva política fue rechazada porque los clientes  preferían los trucos comerciales. La tía Susan aún le odia. Pensemos por un  momento en lo que esto significa: los clientes de JCPenney votaron con sus  carteras y eligieron volver a ser manipulados; lo que querían eran gangas,  chollos y rebajas, aunque ello implicase volver a inflar los precios  normales, que es exactamente lo que acabaron haciendo.  JCPenney —y el propio Ron Johnson—pagaron un alto precio por no  comprender bien la psicología de los precios.* Sin embargo, la empresa  acabó descubriendo que podía obtener grandes beneficios a costa de nuestra  incapacidad para hacer evaluaciones de manera racional. O, como dijo H. L.  Mencken: «Nadie se ha arruinado nunca subestimando la inteligencia de los  estadounidenses».  

¿QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ?  

El caso de la tía Susan y de JCPenney ilustra claramente algunos de los  muchos efectos de la RELATIVIDAD, una de las fuerzas más poderosas que  nos inducen a calcular el valor de las cosas utilizando sistemas que tienen  poco que ver con su valor real. En JCPenney, la tía Susan calculaba el valor  de los productos basándose en su valor relativo, pero ¿en relación con qué?  Pues con el precio estándar previo a los descuentos. JCPenney le ayudaba  en gran medida a hacer esta comparación, estableciendo cada descuento  como porcentaje y añadiendo carteles que anunciaban que un producto  estaba «rebajado» o «en liquidación», para que centrase su atención en el  increíble precio relativo que le ofrecían.  ¿Qué preferiría usted comprar? ¿Una camisa con un precio fijo de 60  dólares, o la misma camisa con un precio de 100 dólares, pero en «¡Oferta!  ¡Descuento del 40%! ¡Solo 60 dólares!»?  Es lo mismo, ¿verdad? Una camisa de 60 dólares es una camisa de 60  dólares, independientemente de cómo se anuncie. Así es, pero dado que la  relatividad funciona a un nivel subconsciente, tendemos a no considerar  ambas camisas como la misma cosa; si fuésemos un cliente habitual como  la tía Susan, optaríamos siempre por comprar la camisa rebajada, y nos  enfurecería la mera presencia de la camisa con un precio fijo de 60 dólares.  

¿Es lógico este comportamiento? No. ¿Tiene sentido cuando se  entiende el poder de la relatividad? Sí. ¿Ocurre con frecuencia? Sí. ¿Fue el  culpable de que un ejecutivo perdiera su trabajo? Sin duda.  A menudo no somos capaces de calcular el valor intrínseco de los  productos y servicios. Sin ninguna referencia, ¿cómo podríamos saber el  valor de una casa, un sándwich, una medicina o una blorinia de Albania? La  gran dificultad a la hora de valorar correctamente las cosas nos hace buscar  formas alternativas de cálculo, y es ahí donde entra en juego la relatividad.  Cuando nos resulta difícil establecer el valor de algo, lo comparamos  con otras cosas, como un producto de la competencia u otras versiones del  mismo producto. En otras palabras: cuando comparamos cosas, creamos  valores relativos. No parece algo muy complicado, ¿verdad?  El problema no está en el concepto de relatividad en sí mismo, sino en  la manera en la que tendemos a aplicarlo. Si comparásemos cada cosa con  todo lo demás, estaríamos teniendo en cuenta el coste de oportunidad y no  habría problema alguno. Sin embargo, no es esto lo que hacemos, sino que  nos limitamos a comparar una cosa con solo una o dos más, y ahí es donde  la relatividad puede engañarnos.  Es cierto que 60 dólares es un precio relativamente barato si se lo  compara con 100 dólares, pero ¿y los costes de oportunidad? En realidad,  deberíamos comparar 60 dólares con los 0 dólares de no comprar nada, o  con todos los demás productos que podríamos comprar con esos 60 dólares.  Pero no lo hacemos. No cuando, como hace la tía Susan, nos basamos en el  valor relativo, es decir, en comparar el precio actual de un producto con el  que tenía antes de ser rebajado (o al menos el que se dice que tenía) para  calcular su valor real. Así es como la relatividad nos confunde.  Los precios rebajados de JCPenney eran para los clientes un  importante indicio de valor del producto. De hecho, a menudo no solo era  un indicio importante, sino el único que había. El precio de venta —y el  ahorro tan cacareado por JCPenney— proporcionaba a los clientes una  referencia para poder evaluar lo buena que podía ser la compra.  Los carteles de rebaja de JCPenney ofrecían a los clientes un contexto,  y sin ese contexto ¿cómo podríamos determinar el valor de una camisa?  ¿Cómo podríamos saber si vale o no los 60 dólares? No podemos. Sin  embargo, si la comparamos con una camisa de 100 dólares, la de 60 parece  una ganga, ¿verdad? ¡Es como si nos regalaran 40 dólares! ¡Compremos  unas cuantas para que los compañeros de nuestros sobrinos se burlen de  ellos en el colegio!  Al eliminar las rebajas y los «ahorros», JCPenney eliminó un elemento  que ayudaba a sus clientes a sentir que sus decisiones eran correctas.  Comparando los precios rebajados con los precios «estándar», tenían la  impresión de que estaban realizando elecciones inteligentes, aunque  realmente no fuese así.

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