viernes, 25 de diciembre de 2020

CARA A CARA - Álvaro González-Alorda

 


EL TALKING MANAGER

Cómo dirigir personas

a través de conversaciones

Por: Álvaro González-Alorda

 

CARA A CARA

En el libro Disrupting Class: How Disruptive Innovation Will Change the Way the World Learns, el profesor de Harvard Business School Clayton Christensen sintetiza una investigación que establece una sorprendente correlación entre la capacidad intelectual y el tipo de conversación a la que los niños han sido expuestos en sus primeros treinta y seis meses de vida.

El estudio, realizado por Todd Risley y Betty Hart, quienes han observado y grabado interacciones físicas y verbales entre padres e hijos durante sus primeros años de vida, establece en 1.500 la media de palabras por hora que los padres dirigen a sus hijos cuando les hablan. Pero ésta es la media, puesto que los padres con formación universitaria les dicen 2.100 palabras y los padres de familias con niveles elementales de formación académica se quedan en 600. La diferencia entre ambos extremos resulta significativa: o tus padres te han dirigido 48 millones de palabras en tus tres primeros años de vida o sólo 13 millones.

Curiosamente, los vocablos con mayor impacto en el desarrollo cognitivo son los expresados en el primer año de vida, período en el que los niños no dan muestras visibles de comprender lo que sus padres dicen.

Según la investigación de Risley y Hart, la correlación entre las palabras que un niño ha escuchado a sus padres y su coeficiente intelectual resulta muy significativa. Aunque no es mi propósito presentar los datos detallados en este libro, esta correlación pasa a ser extremadamente significativa cuando se distingue entre el tipo de conversaciones que los padres han tenido con sus hijos, que han clasificado en dos categorías: Business Conversations, es decir, conversaciones sobre necesidades básicas, como «termina de cenar», «es la hora de dormir» o «entra en el coche»; y Language Dancing, es decir, conversaciones en las que los padres hablan cara a cara a sus hijos con palabras adultas y con un lenguaje rico, ya sea cuando les cambian el pañal o mientras ponen la lavadora.

Dado el impacto de las conversaciones cara a cara en la capacidad intelectual, sería interesante realizar una investigación que midiera la mejora del liderazgo de quien dirige su equipo a través de conversaciones, frente a quien rehúye conversar con sus colaboradores y pretende manejarles enviando e mails desde la distancia, enmascarando su falta de cercanía con la excusa de tener una agenda muy ocupada.

Recientemente he tenido la oportunidad de conversar con un especialista en la negociación de rehenes: George Kohlrieser, profesor de Liderazgo y Comportamiento Organizacional en el IMD (Institute for Management Development) de Suiza y autor del bestseller internacional Hostage at the Table: How Leaders Can Overcome Conflict, Influence Others and Raise Performance.

El profesor Kohlrieser —quien ha sido capturado como rehén en cuatro ocasiones trabajando para la policía, el ejército y otras organizaciones en países como Israel, Croacia, Estados Unidos o Alemania— narra en su libro el secuestro de una aerolínea kuwaití en 1984:

 

Desde el punto de vista de los secuestradores, para ser un buen rehén debes creer que vas a morir. Y eres un mal rehén si no tienes miedo. Ésta es la razón por la cual los terroristas intimidan y torturan a sus rehenes y, con frecuencia, matan a uno como ejemplo.

En este caso, los terroristas escogieron a doce hombres y, con gran ceremonia, los llevaron a la parte delantera del avión, donde les ordenaron sentarse para esperar a ser asesinados. Uno de los doce era de Kuwait. En su profundo dolor, se sentó en silencio y las lágrimas empezaron a caerle por las mejillas. Uno de los terroristas, que cubría su rostro con una máscara —no sólo para proteger su identidad, sino también para bloquear cualquier conexión emocional con los rehenes — se acercó al hombre, le apuntó con su pistola a la cabeza y le dijo: «Tú eres un árabe. Muere como un hombre. Muere con dignidad. No mueras como un cobarde».

Aceptando su muerte inminente, el kuwaití miró a los ojos del terrorista y le dijo: «Señor, si a usted le estuviese esperando en casa tanta gente como a mí, también lloraría».

El terrorista respondió poniendo su pistola en la cabeza del hombre y empezó a apretar el gatillo. Pero, de repente, vaciló. Tras un corto período de silencio, en el que se mantuvo el contacto visual, el terrorista bajó el arma y se dirigió a la parte trasera del avión. Dos horas después, el kuwaití fue liberado.

Más tarde, cuando los investigadores preguntaron al rehén por qué fue liberado, explicó: «Creo que el terrorista sintió pena por mí. Pude verlo en sus ojos».

El aprendizaje de esta historia —explica el profesor Kohlrieser— es que, a pesar de que estaba afrontando la muerte, el rehén fue capaz de mantener suficiente calma como para mirar al terrorista a los ojos. Y esa mirada, unida a sus palabras, conectó de alguna manera con él y le persuadió para salvarle la vida.

Los directivos enmascarados, aquellos que —en palabras de Kohlrieser— «se quedan en su oficina y rehúsan conectar emocionalmente con los demás, suelen tener una percepción negativa de su equipo y de sus colegas», quienes acaban por pagarle con la misma moneda, desencadenando un clima que envenena las organizaciones.

Sin embargo, este superviviente kuwaití representa una prueba extrema del potencial desenmascarador de la autenticidad: la capacidad de dar voz a nuestros sentimientos más profundos, a veces, simplemente con la mirada, como conversando en silencio.


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