Liderar
para el bien común
Fuente:
Cinco Días
Paul
Polman. La crisis financiera de 2008 puso en evidencia la necesidad de repensar
el sistema político y económico que imperaba a nivel global, pero también dio
inicio a una nueva
tendencia que apostaba por una economía basada en el principio del Triple
Balance (económico, medioambiental y social).
Muchas
organizaciones comenzaron entonces a interesarse por estos aspectos, pero el
estallido de la pandemia ha hecho que el sector empresarial haya cobrado conciencia de la
importancia de aportar valor más allá del beneficio económico y generar impacto
positivo en la sociedad para salir adelante.
Compañías
legendarias como P&G, Lego o Adidas se posicionan como grandes ejemplos de
este cambio de rumbo, si bien uno de los casos más llamativos es el empeño de
Paul Polman por hacer más sostenible al gigante Unilever. El directivo ha
señalado en reiteradas ocasiones que el modelo de liderazgo basado únicamente en cuestiones económicas es
insostenible y recalca la importancia de gestionar poniendo el foco en
criterios relacionados con el medio ambiente, los empleados, los clientes, los
proveedores y el resto de la ciudadanía.
Con
ese propósito fundó Imagine, un movimiento que pretende impulsar un sistema económico más humanizado
que, además, sea sostenible. Porque según volvió a señalar durante su
intervención en el 12th Peter Drucker Forum, “si no actuamos a tiempo, las
consecuencias serán letales para la especie humana y para el planeta”.
UNA
BATALLA POR LA SUPERVIVENCIA
Es
obvio que el sector empresarial no puede tener éxito en una sociedad que
fracasa, pero personalmente creo que los negocios y empresas tampoco pueden
actuar como simples observadores del entorno en el que desempeñan su labor. Las organizaciones, obviamente,
necesitan beneficios para sobrevivir en el largo plazo, pero también desean
contar con una mano de obra saludable, porque los empleados son su stakeholder
más importante.
Sin
embargo, todo esto no son más que medios que nos ayudan a alcanzar objetivos
más grandes. Lo cierto es que estamos en este mundo para dejarlo en mejores condiciones de las que lo
encontramos y, francamente, no estamos haciendo un buen trabajo.
Vivimos
en el mejor momento de la historia de la humanidad. En los últimos años millones de personas han
salido de la pobreza. La gente tiene una vida más larga y saludable, pero
vivimos de una forma no sostenible y si no cambiamos nuestra forma de
actuar, muy pronto nos vamos a tener que enfrentar a un verdadero problema de
supervivencia.
Son
muchos los que piensan que los humanos estamos librando una batalla con el
planeta, pero la realidad es que se trata de una batalla por nuestra propia
supervivencia. Más del 68%
de las especies han desaparecido en las ultimas cuatro décadas, y otro millón
está en riesgo de desaparecer. Hemos estropeado más el planeta en nuestra
generación que todas las generaciones previas combinadas. Y llegados a
este punto, yo me pregunto: ¿quién nos ha dado derecho a hacer esto? Porque no
debemos olvidar que nuestra conducta no solo incrementa los riesgos de nuestra
existencia, sino también los de las generaciones futuras.
Por
eso, creo que el mundo de
los negocios debe ayudar a solventar los problemas a los que nos enfrentamos y
asegurarse de que dejamos un impacto positivo neto a las próximas generaciones.
Para conseguirlo no es suficiente con implementar las diferentes formas de
responsabilidad corporativa que existen; no podemos gestionar las empresas bajo el concepto de ser
menos malo, sino que debemos preocuparnos por conseguir tener un impacto
positivo neto.
A la
hora de analizar las herramientas que necesitamos para llevar a cabo este
cometido, nos damos cuenta de que las habilidades de liderazgo se encuentran en
primer lugar y que están a nuestro alcance para construir un nuevo modelo.
UN
CLARO VACÍO DE LIDERAZGO
Está
claro que los grandes retos en la actualidad son el cambio climático y la desigualdad de ingresos
y si no nos enfrentamos pronto a estos problemas, podemos poner en riesgo a la
humanidad.
Sabemos
lo que puede pasar y contamos con diferentes herramientas para solucionar el
problema. La pregunta que se nos plantea es: ¿por qué no las hemos puesto
todavía en marcha? Bajo mi punto de vista es porque no contamos con líderes adecuados para hacer
frente a las necesidades actuales.
Hoy la vida media de una compañía se ha
reducido a 17 años y la permanencia de un CEO no pasa de cuatro. La
mayoría de las empresas en las que nos fijamos desde 2010 han tenido cuatro
CEOs de media. Honestamente, estoy convencido de que tenemos un clarísimo vacío de liderazgo no solo a
nivel político, donde es más que evidente, sino también en el sector
empresarial.
Debemos
solventar los problemas implementado formas de pensamiento sistemático y
acciones colectivas, porque los retos a los que nos enfrentamos son demasiado
grandes para enfrentarlos de forma individual. Si hemos aprendido algo durante la pandemia es que no
podemos tener personas sanas en un planeta enfermo. Cuanto más tardemos
en entender la correlación que existe entre biodiversidad, salud, cambio
climático y otras dimensiones añadidas actualmente tales como aspectos
raciales, más difícil va a ser que salgamos adelante.
Una
de las lecciones positivas que podemos extraer del COVID es que, por primera
vez, gran parte de la población entiende la relación que existe entre los
conceptos que acabamos de explicar. Hoy podemos apreciar claramente cómo las
compañías que se gestionaban bajo
un modelo que pone el propósito en el centro, es decir, con la perspectiva del
largo plazo y enfocándose en sus stakeholders, han tenido mejores resultados
durante la pandemia que las demás. Lo mismo ocurre en el sector
financiero, ya que los fondos motivados por activos ASG -Ambientales, Sociales
y de Gobierno Corporativo- están teniendo un retorno mucho más positivo.
Cada
vez es más evidente que interiorizar estos riesgos sistémicos y transformarlos
en oportunidades es el mayor negocio que tenemos frente a nosotros.
Sabemos
que podemos actuar con gran celeridad, y si nuestra supervivencia está en
riesgo, lo hacemos. El
cambio climático y la desigualdad son dos caras de una misma moneda y necesitan
una rápida intervención. Dada la magnitud y complejidad que revisten ambos
temas, es imposible que nadie pueda resolverlos de manera individual. Por eso,
espero que empecemos a actuar rápidamente de forma conjunta.
El
sistema bajo el que operamos actualmente ha dejado de funcionar debido a los
intereses creados, el
planteamiento cortoplacista y a que las empresas de forma individual no
son capaces de hacer frente a esta situación. Necesitamos una asociación diversa
para el bien común donde
el interés de los otros esté por encima del nuestro, ya que actuando de este
modo también mejorará nuestra situación.
Algunos
cambios que se requieren para conseguirlo son enormes: rediseñar los sistemas financieros para que
trabajen a largo plazo, descarbonizar la economía global, incentivar la
economía circular e, incluso, dar un paso más hacia una economía regenerativa
que promueva la sobriedad en lugar de la abundancia.
Es
necesario hacer crecer la
economía de una manera mucho más inclusiva. Para conseguirlo sería
lógico apoyarse en los gobiernos, pero la gobernanza global no funciona, y
desde el punto de vista nacional el auge de los populismos, la xenofobia y los nacionalismos nos han
hecho retroceder notablemente y, además, no sirven para incentivar el
bien común.
La
comunidad de negocios se ha beneficiado durante mucho tiempo de la buena
gobernanza y del hecho de no tener que ocuparse de estos aspectos. Este fue el
entorno en el que creció Milton Friedman, pero si el famoso economista viviera
a día de hoy se encontraría con gobiernos disfuncionales, una gobernanza mundial que no funciona y
negocios cuyo modelo operativo se basa en absorber costes dando lugar a un
sistema que se ha vuelto insostenible.
El
argumento es muy simple: los líderes tienen que hacerse responsables de todos
estos asuntos, dar un paso adelante y llenar ese vacío que existe para eliminar
el riesgo de los procesos políticos.
RECUPERAR
LA HUMANIDAD
Hace
tiempo que Unilever puso el propósito en el centro y apostó por desacoplar su crecimiento del impacto
medioambiental; incluso diseñamos un plan para mejorar el impacto social
global.
Este
planteamiento quedó reflejado en cada una de nuestras marcas. Nuestras marcas
de inodoros tienen como objetivo crear váteres limpios y seguros; las de jabón eliminar
enfermedades infecciosas fomentando el lavado de manos; nuestros
limpiadores y cremas hidratantes ayudan a fortalecer la autoestima de las
mujeres… Descubrimos que cuanto más claros y fuertes eran los propósitos de
estas marcas, crecían más y se tornaban más rentables. Esto no debería
sorprendernos, porque estamos hablando de marcas alineadas con la sociedad y que responden ante
ella.
El
hecho de ser respetados por la comunidad en la que operamos es una gran
ventaja, porque hace que la marca se transforme en un lugar donde las personas
desean trabajar y, por tanto, en un grupo más comprometido capaz de eliminar
las ineficiencias del sistema y trabajar mejor con los proveedores de la cadena
de valor.
Todos
estos factores acaban generando interesantes retornos para los accionistas,
algo que en nuestro caso y por nuestro modelo a largo plazo se convirtió en un retorno del 300% en 10
años. Superábamos claramente a empresas similares de nuestro sector y, por
supuesto, al mercado.
La
dirección, por tanto, está clara. Ahora necesitamos valor para liberar la
capacidad de los líderes que tenemos y que son necesarios para la sociedad del
mañana, centrándonos en recuperar la humanidad.
Hemos
reducido los negocios a componentes sencillos como tablas Excel, números,
información y datos, pero este modelo ya no funciona. Tenemos que volver a traer la humanidad al entorno
empresarial, y no debería sorprendernos que los líderes con alto nivel de
empatía, percepción y compromiso con los problemas globales estén teniendo
mejores resultados. Son líderes que pueden trabajar en asociaciones más
amplias con el objetivo del bien común, que están intensamente motivados por
sus propósitos, y aunque las presiones que reciban parezcan a veces
insoportables, el sentido del propósito permite mantener al grupo.
Estos
líderes piensan, sobre todo, desde una perspectiva intergeneracional y son
conscientes de que como
especie humana no tienen derecho a privar del futuro a nuestros hijos y a los
hijos de nuestros hijos. Quieren asegurarse de que quienes nos siguen tengan las
mismas oportunidades que ellos han tenido. Solamente si somos capaces de
poner los propósitos e integrarlos de forma firme en el modelo de negocio, solo
si trabajamos por el bien común sabiendo que así mejoramos nosotros mismos,
podremos salvar a la humanidad.
Vivimos
un momento clave y crítico, y si no lo entendemos, si no conseguimos
interiorizar los riesgos sistémicos que enfrenta el mundo y transformarlos en
oportunidades, tendremos serios problemas.
Aquel
que sea capaz de hacerlo puede tener grandísimos resultados, pero quien lo
ignore, pronto será visitado en el cementerio de los dinosaurios
