Vivir sin certezas: el arte de tomar mejores decisiones en un mundo gobernado por la probabilidad
Fuente principal: Andrew C. A. Elliott, What Are the Chances of That? How to Think About Uncertainty, Oxford University Press, 2021.
La vida cotidiana está llena de preguntas para las que no existe una respuesta completamente segura. ¿Lloverá mañana? ¿Funcionará el tratamiento médico? ¿Conviene aceptar una inversión? ¿Es peligroso viajar en avión? ¿Una coincidencia extraordinaria es realmente una señal? ¿Podemos confiar en una predicción electoral?
En What Are the Chances of That?, Andrew C. A. Elliott emprende un recorrido por la historia, las matemáticas, la medicina, la tecnología, los juegos de azar, los seguros y la evolución para explicar por qué nos cuesta tanto comprender la incertidumbre. Su libro no pretende convertir al lector en especialista en estadística. Su propósito es más cercano y, probablemente, más importante: enseñarnos a pensar con mayor claridad cuando no disponemos de certezas.
La propuesta central de Elliott puede resumirse de la siguiente manera: no podemos eliminar el azar de nuestra vida, pero sí podemos mejorar la manera en que interpretamos sus señales y respondemos ante sus consecuencias.
Cuando una probabilidad mal entendida destruye una vida
El libro comienza con un caso que demuestra que los errores estadísticos no son simples equivocaciones académicas. En determinadas circunstancias pueden convertirse en tragedias humanas.
En 1999, la abogada británica Sally Clark fue condenada por la muerte de sus dos hijos. Durante el juicio se presentó un cálculo según el cual la probabilidad de que dos bebés de una misma familia murieran por el síndrome de muerte súbita del lactante era aproximadamente de una entre 73 millones.
La cifra parecía impresionante. Se comparó con la posibilidad de acertar durante cuatro años consecutivos una apuesta por un caballo con escasas probabilidades de ganar. Para el jurado, aquel número pudo parecer una demostración casi definitiva de culpabilidad.
Sin embargo, el cálculo era incorrecto.
Se había multiplicado la probabilidad de una primera muerte por la probabilidad de una segunda, como si ambos acontecimientos fueran completamente independientes. Pero dos fallecimientos ocurridos dentro de la misma familia podrían estar relacionados con factores genéticos, ambientales o domésticos compartidos. Por tanto, no correspondía tratarlos como sucesos independientes.
La condena de Clark fue anulada en 2003, después de que se reconocieran los errores estadísticos y aparecieran otras irregularidades en las pruebas. No obstante, el daño ya estaba hecho.
Este episodio concentra una de las advertencias más poderosas de la obra: una cifra expresada con seguridad puede ejercer una enorme influencia, incluso cuando ha sido construida sobre supuestos equivocados. El problema no fue solamente que un experto utilizara mal la probabilidad. También fallaron quienes debían examinar críticamente sus argumentos: abogados, jueces y otros profesionales involucrados en el proceso.
La lección trasciende los tribunales. Cuando alguien presenta una cifra, no basta con preguntar si el cálculo es correcto. También debemos averiguar de dónde proceden los datos, qué supuestos se utilizaron, qué acontecimientos se consideran independientes y qué información quedó fuera del análisis.
Los números no hablan por sí solos: siempre necesitan contexto, interpretación y vigilancia crítica.
La probabilidad no predice exactamente lo que nos ocurrirá
Una de las mayores dificultades para comprender el riesgo surge de la diferencia entre las estadísticas colectivas y la experiencia individual.
Un tratamiento puede beneficiar al 80 % de los pacientes, pero una persona concreta no experimentará “el 80 % de una recuperación”. Mejorará o no mejorará. Del mismo modo, una predicción meteorológica puede indicar un 20 % de probabilidad de lluvia, pero para quien sale de casa sin paraguas el desenlace será concreto: lloverá o no lloverá.
Esto conduce a la primera de las grandes tensiones planteadas por Elliott: la oposición entre lo individual y lo colectivo. Las probabilidades alcanzan mayor estabilidad cuando se analizan grandes cantidades de casos; sin embargo, cada ser humano vive una sola trayectoria.
Una estadística poblacional puede ayudarnos a decidir, pero no puede garantizar nuestro resultado personal. La probabilidad describe patrones colectivos; no escribe de antemano la biografía de cada individuo.
Esta distinción también permite comprender por qué una predicción no necesariamente fue equivocada cuando ocurre el resultado menos probable. Antes de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016, algunos modelos concedían a Donald Trump una probabilidad minoritaria de victoria. Su triunfo no demostraba automáticamente que esos modelos fueran falsos. Un acontecimiento con un 29 % de posibilidades sigue siendo perfectamente posible.
Probabilidad baja no significa imposibilidad, del mismo modo que probabilidad alta no significa garantía.
Las cinco tensiones que explican nuestra confusión
Elliott organiza buena parte del libro alrededor de cinco dualidades. No se trata de elegir un extremo y rechazar el otro. Pensar correctamente exige mantener ambas perspectivas al mismo tiempo.
La primera es individuo frente a colectividad. Los grandes conjuntos de datos revelan regularidades, pero las personas viven acontecimientos únicos.
La segunda es azar frente a significado. La mente humana busca causas, relatos y propósitos. Nos incomoda aceptar que algunos sucesos no tienen un mensaje oculto y que simplemente ocurrieron.
La tercera es previsión frente a retrospectiva. Antes de un acontecimiento existen diversos resultados posibles; después de que ocurre, tendemos a construir una explicación que lo presenta como inevitable. Somos mucho mejores explicando el pasado que anticipando el futuro.
La cuarta es uniformidad frente a variabilidad. Necesitamos promedios y modelos para comprender el mundo, pero podemos cometer graves errores si olvidamos la diversidad que esconden esas cifras generales.
La quinta es perturbación frente a oportunidad. El azar puede interrumpir nuestros planes y producir pérdidas, pero también puede generar descubrimientos, combinaciones creativas y oportunidades inesperadas.
Al final de la obra aparece una posible sexta tensión: distanciamiento frente a compromiso. Para analizar un riesgo necesitamos serenidad, pero las decisiones inciertas suelen involucrar precisamente aquello que más nos importa: nuestra salud, nuestra familia, nuestro trabajo o nuestro futuro. Ser completamente indiferentes no es posible, pero permitir que el miedo domine tampoco conduce a buenas decisiones.
Lo aleatorio no siempre parece aleatorio
Cuando imaginamos una secuencia producida por azar, solemos pensar en resultados perfectamente mezclados. Esperamos que las caras y los sellos de una moneda se alternen y que los números de un dado aparezcan de manera equilibrada. Sin embargo, el verdadero azar puede producir repeticiones, acumulaciones y largas rachas.
Aleatorio no significa uniforme.
Una moneda puede caer varias veces consecutivas del mismo lado sin que esté manipulada. Un dado puede producir varios números seis en pocos lanzamientos sin que exista necesariamente una anomalía. Los sucesos aleatorios tienden a formar grupos que nuestra mente interpreta como patrones especiales.
Elliott muestra que esta dificultad responde a una característica profundamente humana: estamos diseñados para descubrir relaciones. Esa habilidad nos permite aprender y sobrevivir, pero también nos lleva a percibir conexiones donde quizá no existen.
Lo mismo ocurre con las coincidencias. Encontrarse con una persona que comparte nuestro nombre en un avión puede parecernos extraordinario. Sin embargo, al considerar la enorme cantidad de vuelos, pasajeros y encuentros que se producen, la aparición ocasional de coincidencias deja de resultar tan misteriosa.
Una coincidencia puede ser sorprendente para quien la experimenta y, al mismo tiempo, estadísticamente previsible dentro de una población numerosa.
La pregunta adecuada no es solamente “¿qué probabilidad había de que ocurriera esto?”, sino también “¿cuántas oportunidades existían para que sucediera algo parecido?”. Si examinamos millones de acontecimientos, algunas combinaciones extraordinarias terminarán apareciendo.
El peligro de confundir promedio con promesa
El promedio es una herramienta indispensable, pero puede engañarnos cuando lo interpretamos como una garantía.
Si un hecho ocurre una vez cada hora en promedio, eso no significa que se producirá exactamente después de sesenta minutos. Puede ocurrir varias veces en un periodo corto y luego desaparecer durante horas. El promedio describe el comportamiento acumulado de muchos casos; no establece un horario para el próximo acontecimiento.
Esta distinción resulta fundamental para interpretar tiempos de espera, fallas operativas, enfermedades, accidentes, ventas o comportamiento de los clientes. El promedio resume una distribución, pero no reemplaza la variabilidad existente dentro de ella.
Elliott también expone cómo los datos agregados pueden ocultar diferencias importantes. Dos ciudades podrían presentar tasas generales de mortalidad muy distintas, aunque una de ellas tenga menores tasas en todos los grupos de edad. La aparente contradicción puede explicarse porque sus poblaciones tienen composiciones diferentes: una ciudad podría concentrar más habitantes de edad avanzada.
La enseñanza es clara: antes de comparar cifras generales debemos comprobar cómo están conformados los grupos analizados. Una media sin segmentación puede producir conclusiones completamente opuestas a las que revela el análisis detallado.
El miedo no siempre guarda proporción con el peligro
Las personas no evaluamos los riesgos únicamente mediante cálculos. También lo hacemos a través de imágenes, emociones y experiencias.
Un accidente aéreo recibe cobertura mundial, mientras que miles de muertes producidas individualmente por otras causas pueden pasar casi inadvertidas. Por ello, muchas personas sienten más miedo al avión que al automóvil, aunque las estadísticas históricas muestren que la aviación comercial ha alcanzado niveles extraordinarios de seguridad.
Los riesgos espectaculares, nuevos o fuera de nuestro control nos impresionan más. En cambio, normalizamos los peligros frecuentes y familiares. No siempre tememos aquello que tiene mayor probabilidad de dañarnos; con frecuencia tememos aquello que podemos imaginar con mayor intensidad.
El autor no sostiene que debamos ignorar el miedo. La preocupación puede ser útil cuando conduce a prevención, investigación y mejora. La seguridad aérea, por ejemplo, ha progresado porque los accidentes son investigados rigurosamente y sus causas originan cambios técnicos, regulatorios y operativos.
Aquí aparece el concepto de “antifragilidad”, asociado por Elliott con las ideas de Nassim Nicholas Taleb: ciertos sistemas pueden fortalecerse después de experimentar fallas, siempre que aprendan de ellas. El fracaso solamente mejora un sistema cuando se analiza, se recuerda y se transforma en medidas concretas.
El azar también es una fuerza creadora
Uno de los mayores méritos del libro es que no presenta la incertidumbre únicamente como amenaza. La tercera parte está dedicada a los “accidentes felices”: descubrimientos y creaciones que surgieron de encuentros imprevistos.
Sin embargo, Elliott evita romantizar la casualidad. Un accidente por sí solo no produce necesariamente una innovación. Para reconocer el valor de lo inesperado se necesita conocimiento, curiosidad y disposición para investigar.
La casualidad favorece a quien posee una mente preparada para reconocer una oportunidad.
Esta idea se extiende al arte. El libro recuerda los juegos musicales en los que las tiradas de dados permitían combinar fragmentos para producir composiciones diferentes. El azar introduce variaciones, pero actúa dentro de una estructura previamente diseñada. No sustituye al creador; le ofrece nuevas posibilidades.
El mismo principio aparece en la evolución. La vida se desarrolla mediante una compleja relación entre estabilidad y cambio. La herencia transmite características, mientras que la recombinación genética y las mutaciones producen diversidad. La selección opera después sobre esas variaciones.
Sin estabilidad no habría continuidad, pero sin variabilidad no existirían adaptación, creatividad ni evolución.
La tecnología moderna también utiliza deliberadamente elementos aleatorios. Los sistemas informáticos pueden introducir pequeños retrasos variables para impedir que miles de solicitudes se repitan exactamente al mismo tiempo y sobrecarguen los servidores. En determinadas circunstancias, una dosis de desorden evita que una uniformidad excesiva destruya el sistema.
Dejar de sufrir el azar y comenzar a gestionarlo
La última parte del libro se concentra en aquello que podemos hacer frente a la incertidumbre.
El primer paso es aprender a valorar la evidencia. No siempre podemos alcanzar una demostración absoluta, pero sí podemos actualizar nuestras creencias a medida que aparecen nuevos datos. El pensamiento bayesiano, abordado por Elliott, propone precisamente eso: partir de una estimación inicial y modificarla cuando recibimos información adicional.
Una persona racional no es aquella que nunca se equivoca, sino aquella que está dispuesta a revisar sus conclusiones ante mejores evidencias.
El segundo paso consiste en distinguir correlación de causalidad. Dos variables pueden moverse juntas sin que una provoque la otra. Para establecer una relación causal necesitamos examinar mecanismos, realizar comparaciones y descartar explicaciones alternativas. Este cuidado fue decisivo, por ejemplo, en la investigación que permitió demostrar la relación entre el tabaquismo y el cáncer de pulmón.
El tercer paso es compartir el riesgo. Los seguros funcionan porque muchas personas aportan recursos para compensar las pérdidas de quienes resultan afectados. Desde esta perspectiva, el seguro no elimina la posibilidad de sufrir un accidente; distribuye sus consecuencias económicas dentro de una colectividad.
El cuarto paso es modificar la exposición al peligro. Podemos mejorar nuestras probabilidades mediante preparación, entrenamiento, diversificación, prevención y aprendizaje. Un jugador experto de backgammon no controla los dados, pero sí puede tomar mejores decisiones con los resultados que recibe.
Gestionar el riesgo no significa controlar el resultado; significa mejorar sistemáticamente nuestra posición frente a los posibles resultados.
Una buena predicción puede impedir que se cumpla
Elliott plantea una paradoja particularmente relevante para la gestión pública. Cuando una advertencia conduce a medidas preventivas y el desastre no ocurre, algunas personas concluyen que la predicción fue exagerada. Pero quizá el daño no se produjo precisamente porque se actuó a tiempo.
Una evacuación puede hacer que una tormenta cause pocas víctimas. Una cuarentena puede reducir la propagación de una enfermedad. Una reparación preventiva puede evitar el colapso de una estructura. El hecho de que una catástrofe anunciada no ocurra no demuestra que la advertencia haya sido equivocada.
Las predicciones deben evaluarse considerando las decisiones que provocaron. El futuro no es un escenario independiente de nuestras acciones. Los pronósticos pueden modificar el comportamiento de las personas y, con ello, alterar el desenlace.
Esta enseñanza resulta especialmente importante para gobernantes, empresarios, docentes y profesionales responsables de tomar decisiones. Esperar certeza absoluta suele significar actuar demasiado tarde. La gestión responsable consiste en decidir con información incompleta, valorar las consecuencias posibles y conservar la capacidad de corregir el rumbo.
La incertidumbre exige humildad, no parálisis
What Are the Chances of That? no ofrece una fórmula para adivinar el futuro. Su contribución es más honesta: enseña a convivir con aquello que no podemos conocer completamente.
El buen pensamiento probabilístico comienza cuando abandonamos dos ilusiones. La primera es creer que todo puede predecirse. La segunda es pensar que, como nada es completamente seguro, cualquier opinión vale lo mismo.
Entre la certeza imposible y el escepticismo absoluto existe un territorio de evidencias, probabilidades y decisiones razonables. No saberlo todo no significa que no podamos saber algo; no tener garantías no significa que todas las alternativas sean igualmente convenientes.
La conclusión de Elliott es profundamente humana. Cada persona recibe una combinación diferente de circunstancias, capacidades y oportunidades. No elegimos todas las cartas que nos entrega la vida, pero podemos decidir cómo jugarlas. Quienes han recibido condiciones favorables poseen, además, la responsabilidad de utilizar bien esa fortuna y contribuir a disminuir las desigualdades que el azar distribuye sin justicia.
En última instancia, una mejor información produce una mejor comprensión y una mejor comprensión de la incertidumbre conduce, en promedio y a largo plazo, a mejores decisiones.
El azar seguirá presente. Habrá accidentes, encuentros inesperados, pérdidas, descubrimientos y oportunidades. La inteligencia no consiste en esperar una vida libre de incertidumbre, sino en aprender a navegar dentro de ella.
No podemos elegir todos los acontecimientos que nos tocarán, pero sí podemos prepararnos, evaluar la evidencia, corregir nuestros errores y aprovechar las oportunidades cuando aparezcan.
