Elogio
a los profesionales que dudan
La
inmodestia y la incompetencia son almas gemelas. Hay que apostar por quienes se
hacen preguntas
Por: Oriol
Montanyà
El fundador de Microsoft, Bill Gates,
ha reconocido en más de una ocasión que el principal error de su carrera fue la
incapacidad de competir con Apple en la telefonía móvil. Y es que no es ningún
secreto que el Windows Phone pasó por el mercado sin pena ni gloria. Pero
si queremos conocer las causas que provocaron este sonado fracaso tenemos que
centrarnos en la figura de Steve Ballmer, el CEO que tenía Microsoft a
principios de siglo, conocido
por su alto nivel de soberbia, hasta el punto de burlarse públicamente
de la presentación del primer iPhone que hizo Steve Jobs en el 2007, asegurando
que nadie querría un teléfono tan caro y sin teclado.
Por
el contrario, el creador de Android, Andy Rubin, hizo detener el coche en el
que viajaba durante la exposición de Steve Jobs para no perderse ni un detalle
del revolucionario producto que estaba lanzando Apple. Además, fascinado por lo
que acaba de ver y escuchar, enseguida llamó a sus colegas de Google para
decirles: “si de verdad
queremos competir con este iPhone tenemos que tirar el teléfono que estamos a
punto de sacar y volver a empezar desde cero”. Así es como Android
inició su carrera para erigirse en el único rival de iOS, mientras Microsoft
seguía su particular camino hacia el abismo, completamente solo, sin haber
conseguido la complicidad de las compañías operadoras, ni de los fabricantes de
teléfonos, ni de los desarrolladores de aplicaciones.
La
vanidad de Steve Ballmer fue la antesala del mayor fracaso de Microsoft. Una
historia que no tiene carácter excepcional, sino que se repite con demasiada frecuencia en todo tipo
de empresas e instituciones. Movido por la curiosidad sobre estas
cuestiones, el psicólogo
David Dunning decidió emprender un estudio científico para determinar si
existía algún tipo de relación entre la inmodestia y la incompetencia.
Para
comprobarlo, Dunning y su alumno más brillante, Justin Kruger, idearon una
serie de tests para los estudiantes de psicología de la Universidad de Cornell,
en los que se valoraba su nivel de lógica, gramática y sentido del humor.
También se les preguntaba en qué posición creían que quedarían con respecto a
sus compañeros. Y los resultados fueron concluyentes: los alumnos con peores notas eran los que creían
estar entre los mejor valorados, en contraste con las personas más brillantes,
que tenían tendencia a infravalorarse.
Esta teoría es conocida como el efecto
Dunning-Kruger y ayuda a entender que los sujetos más incompetentes
sobrevaloran su propia capacidad, al mismo tiempo que tampoco saben reconocer
la capacidad de los demás. Una aportación muy relevante, reconocida
con un premio Ig Nobel, que tiene implicaciones profundas sobre los postulados
clásicos de los Recursos Humanos, aquellos que nos animaban a presentarnos a
las entrevistas de trabajo simulando una gran seguridad, siendo los más
asertivos posible y sin dejar entrever ni una pizca de nervios.
Dunning y Kruger alertan del peligro de
rodearse de personas demasiado engreídas. Y es que la duda motiva el
aprendizaje y permite avanzar, mientras que la seguridad ilusoria frena el
conocimiento y genera inmovilismo. Hay que apostar por las personas humildes
que se hacen preguntas y demuestran inquietud intelectual,
porque las que solo ofrecen respuestas categóricas empobrecen la innovación.
Así que cuando veamos a un candidato con ciertos nervios en una entrevista de
trabajo, siempre podemos recordar lo que decía Jorge Luis Borges: “dudar es el sinónimo más cercano a la
sabiduría”.
