lunes, 6 de febrero de 2023

Las ofertas - Por : Simon Sinek

 


 

Las ofertas

General Motors se impuso una meta audaz: liderar la cuota de mercado de la industria automovilística estadounidense. En la década de 1950 había en el país cuatro fabricantes de automóviles para elegir: GM, Ford, Chrysler y AMC. Antes de que los fabricantes extranjeros entraran en el sector, GM ocupaba una posición de dominio. La nueva competencia, como cualquiera esperaría, hizo el objetivo más difícil de mantener. No es necesario que proporcione ningún dato para explicar hasta qué punto ha cambiado la industria del automóvil en cincuenta años. Pero General Motors se mantuvo firme durante la mayor parte del último siglo y conservó su preciada posición de dominio.

Sin embargo, desde 1990, la cuota de Toyota en el mercado estadounidense ha aumentado más del doble. En 2007, su cuota aumentó desde solo el 7,8 por ciento hasta el 16,3 por ciento.2 Durante el mismo período, GM asistió al espectacular desplome de su cuota de mercado en Estados Unidos, que pasó del 35 por ciento en 1990 al 23,8 por ciento en 2007. Y a principios de 2008 sucedió lo inimaginable: los consumidores estadounidenses compraron más automóviles extranjeros que nacionales.

Desde que en la década de 1990 se enfrentaran a esta embestida competitiva por parte de Japón, GM y los demás fabricantes de automóviles estadounidenses han luchado frenéticamente para ofrecer incentivos que les ayudaran a aferrarse a su menguante cuota. Promocionados con una amplia campaña publicitaria, GM, por ejemplo, ofreció incentivos de devolución de 500 y 7.000 dólares a los compradores de sus coches y camiones. Las promociones funcionaron fantásticamente durante mucho tiempo, y las ventas de GM volvieron a ir en aumento.

 

Pero a largo plazo los incentivos solo contribuyeron a erosionar espectacularmente los márgenes de beneficio de la empresa y la sumieron en un profundo agujero. En 2007, GM perdía 729 dólares por vehículo, en buena medida debido a los incentivos.3 Al darse cuenta de que el modelo era insostenible, la empresa anunció que reduciría los importes de los incentivos de reembolsos que ofrecía y, con esa reducción, las ventas se desplomaron. Ni dinero, ni clientes. El sector del automóvil había convertido a los clientes en unos yonquis de los reembolsos, creando la expectativa de que no había nada parecido a un precio normal.

Ya sea el «dos por uno» o el «juguete de regalo dentro», las ofertas son unas manipulaciones tan habituales que, para empezar, solemos olvidarnos de que estamos siendo manipulados. La próxima vez que acudas al mercado para comprar una cámara digital, por ejemplo, estate atento a cuáles son tus criterios de elección. Es fácil que encuentres dos o tres cámaras con las características que necesites: tamaño, número de megapíxeles, precio comparable, buena marca. Pero puede que una tenga una oferta: un estuche o una tarjeta de memoria gratis. Dada la relativa similitud de funciones y ventajas, ese pequeño extra es a veces lo único que se necesita para inclinar la balanza. En el mundo de las relaciones interempresariales, las ofertas se conocen como «valor añadido». Pero los principios son los mismos: da algo gratis para reducir el riesgo, de manera que alguien haga negocios contigo. Y, al igual que el precio, las ofertas dan resultado.

La        naturaleza       manipuladora  de        las        promociones   está     tan arraigada en el comercio minorista que el sector incluso dio nombre a uno de los principios: lo llaman rotura. La rotura mide el porcentaje de clientes que no se aprovechan de una promoción y en su lugar acaban pagando el precio entero. Esto suele ocurrir cuando los compradores no se molestan en realizar los pasos necesarios para reclamar sus reembolsos, un proceso complejo o incómodo que se mantiene así de manera intencionada para aumentar las probabilidades de errores o de inoperancia, a fin de provocar que esa cifra de rotura siga creciendo.

Los reembolsos suelen exigir que el cliente envíe una copia del recibo, recorte un código de barras del embalaje y rellene un laborioso formulario de reembolso, con detalles sobre el producto y cómo fue comprado. Enviar la parte equivocada de la caja o dejarse un detalle de la solicitud puede retrasar el descuento durante semanas o meses o invalidarlo por completo. El sector del reembolso también tiene un nombre para la cantidad de clientes que, sencillamente, no se molestan en solicitarlo o que jamás cambian el cheque de descuento que reciben. Este fenómeno se conoce como deslizamiento.

Para la actividad empresarial, los beneficios inmediatos de los reembolsos y otras manipulaciones son claros: un reembolso engatusa a los clientes para que paguen el precio completo de un producto que quizá se hayan planteado comprar solo por la perspectiva de un reintegro parcial. Pero casi el 40 por ciento de estos clientes jamás conseguirán el precio más bajo que creían estar pagando.4 Llámalo un impuesto sobre el comprador desorganizado, pero los minoristas se valen de él.

Las autoridades han redoblado su vigilancia sobre el sector del reembolso, aunque solo con un éxito limitado. El procedimiento de reintegro sigue siendo engorroso, y eso significa dinero gratis para el vendedor. La manipulación en todo su esplendor. Pero ¿a qué precio?


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