lunes, 6 de febrero de 2023

El precio - Por: Simon sinek


 

Manipulación frente a inspiración

En la actualidad apenas existe un producto o servicio en el mercado que los clientes no puedan comprarle a cualquier otro por el mismo precio, de casi la misma calidad, con el mismo nivel aproximado de rendimiento y más o menos con las mismas funciones. Si de verdad gozas de la ventaja de ser un precursor, probablemente la pierdas en cuestión de meses. Si ofreces algo verdaderamente novedoso, no pasará mucho tiempo antes de que alguien más aparezca con algo parecido y puede que hasta mejor.

Pero si se les pregunta a la mayoría de las empresas por qué sus clientes son sus clientes, la mayoría dirá que es gracias a una calidad, unas funcionalidades, un precio o un rendimiento mejores. En otras palabras, la mayoría de las empresas no tienen ni la más remota idea de por qué sus clientes son sus clientes. Esta es una conclusión fascinante. Si las empresas no saben la razón por la que sus clientes lo son, hay muchas probabilidades de que tampoco sepan por qué sus empleados son sus empleados.

Si la mayoría de las compañías no saben realmente la razón por la que sus clientes han llegado a serlo ni por qué sus empleados son sus empleados, entonces ¿cómo pueden saber cómo atraer a más empleados y fomentar la lealtad entre los que ya lo son? La realidad es que la mayor parte de las empresas actuales toman decisiones basándose en una serie de suposiciones parciales o, lo que es peor, totalmente erróneas sobre lo que impulsa sus negocios.

Solo hay dos maneras de influir en la conducta humana: o la puedes manipular o la puedes motivar. Cuando hablo de manipulación, este término no tiene una connotación necesariamente peyorativa; es una táctica muy habitual y razonablemente benigna. De hecho, muchos la llevamos practicando desde que éramos pequeños. «Seré tu mejor amigo» es la táctica de negociación sumamente eficaz empleada por generaciones de niños para obtener algo que quieren de un compañero. Y, como cualquier niño que alguna vez haya entregado un caramelo esperando conseguir un nuevo amigo íntimo confesará, da resultado.

Desde el mundo empresarial hasta la política, las manipulaciones proliferan en todo tipo de ventas y de comercialización. Entre las manipulaciones habituales se incluyen la bajada del precio, el lanzamiento de ofertas; la difusión de mensajes que inciten al miedo, ejerzan presión social o despierten el deseo y la promesa de innovaciones para influir en la conducta, ya se trate de una compra, de un voto o de recabar apoyo. Cuando las empresas o las organizaciones no tienen una idea clara de por qué sus clientes lo son, suelen confiar en una cantidad desproporcionada de manipulaciones para conseguir lo que necesitan. Y por una buena razón: las manipulaciones dan resultado.

 

El precio

Son muchas las empresas que se niegan a recurrir al juego de los precios, pero si lo hacen es porque saben que es efectivo. Tanto, de hecho, que en ocasiones la tentación puede resultar irresistible. Existen pocas empresas de servicios profesionales que, cuando se enfrentan a una oportunidad de conseguir un gran negocio, no hayan bajado su precio para cerrar el trato. Con independencia de cuánto lo racionalicen ante sí o ante sus clientes, el precio es una manipulación sumamente eficaz. Baja los precios lo suficiente, y la gente te comprará. Esto es algo que vemos al final de una temporada de rebajas, cuando los productos son «abaratados para acelerar su venta». Baja el precio lo suficiente, y los estantes se vaciarán rápidamente para dejar sitio a los productos de la próxima temporada.

Recurrir al juego de los precios, no obstante, puede suponer un coste tremendo y crearle a la empresa un importante dilema. Para el vendedor, vender basándose en el precio es como la heroína. La ganancia a corto plazo es fantástica, pero cuanto más se practique, más difícil se vuelve dejar el hábito. En cuanto los compradores se acostumbran a pagar un precio que está por debajo de la media por un producto o servicio, resulta muy difícil conseguir que paguen más. Y los vendedores, que se enfrentan a la presión insoportable de bajar los precios cada vez más para poder competir, se encuentran con que sus márgenes se van reduciendo progresivamente. Todo lo cual solo conduce a la necesidad de vender más para compensar. Y la manera más rápida de hacer esto es de nuevo el precio. Y, por consiguiente, se establece la espiral descendente de la adicción al precio. En el mundo de las drogas, a estos adictos se los llama yonquis; en el mundo de la empresa, lo llamamos bienes indiferenciados. Seguros, ordenadores personales, servicios de telefonía móvil, cualquier cantidad de artículos envasados… La lista de bienes indiferenciados creada por el juego de los precios crece sin cesar. En casi todas las circunstancias, las empresas que se ven obligadas a tratar sus productos como artículos de consumo indiferenciados es por su propia culpa. No puedo discutir que bajar los precios sea una manera absolutamente legítima de dirigir los negocios; el problema consiste en seguir siendo rentables.

Wal-Mart parece ser una excepción a la regla, ya que ha creado un negocio extraordinariamente próspero practicando el juego de los precios. Aunque esto también ha conllevado un alto coste. La envergadura contribuyó a que Wal-Mart evitara la debilidad inherente a la estrategia del precio, aunque su obsesión por este sobre todo lo demás la ha dejado sumida en los escándalos y ha dañado su reputación. Y todos los escándalos de la empresa nacieron de sus intentos por mantener unos costes reducidos, de manera que pudiera permitirse ofrecer unos precios tan bajos.

El precio siempre tiene un coste. La pregunta es: ¿cuánto estás dispuesto a pagar por el dinero que ganas?

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