jueves, 13 de agosto de 2026

La próxima crisis económica mundial podría originarse en China

 



La próxima crisis económica mundial podría originarse en China

Cómo termina la sobrecapacidad

Michael B. G. Froman

Septiembre/octubre de 2026. Publicado el 13 de agosto de 2026.

En los últimos años no han faltado las críticas contra la sobrecapacidad productiva de China. El compromiso de Pekín con el impulso de las exportaciones y la ampliación de su superávit comercial, por cualquier medio necesario, ha perjudicado las aspiraciones manufactureras tanto de economías avanzadas —como Estados Unidos y los países europeos— como de naciones en desarrollo de África, Asia y América Latina. Existe ahora un consenso mundial mayor que nunca sobre la naturaleza del problema, pero este reconocimiento ha tenido escaso efecto sobre las políticas chinas.

Actualmente, el problema está transformándose en algo cualitativamente nuevo y más peligroso: la capacidad del mundo para absorber la sobreproducción china se está acercando a un punto de ruptura. Si ese límite llega a alcanzarse, la consecuencia podría ser una crisis económica mundial en un momento en el que los gobiernos están especialmente mal preparados para controlar sus repercusiones.

Durante las últimas dos décadas, China ha construido el mayor superávit comercial del que se tenga registro. En 2025, alcanzó casi 1,2 billones de dólares y creció a un ritmo tres veces superior al del comercio mundial de mercancías. Este modelo ha resultado estratégicamente beneficioso para China y, en el corto plazo, ha contribuido a reducir la inflación en el resto del mundo. Sin embargo, es política y estructuralmente insostenible, lo que crea un riesgo creciente y poco valorado para toda la economía mundial.

El extraordinario desarrollo económico de China durante las últimas décadas fue posible gracias a un entorno internacional favorable, en el que otros países estaban dispuestos a aceptar productos manufacturados de bajo costo a cambio de cadenas de suministro eficientes y beneficios para los consumidores. Pero ese entorno internacional se ha vuelto tóxico. La disposición política a aceptar la desindustrialización y las dependencias críticas provocadas por la avalancha de importaciones chinas es limitada y está disminuyendo.

Si estas tendencias continúan, probablemente aumentará el proteccionismo, se restringirá el acceso de los fabricantes chinos a los mercados internacionales y se interrumpirá la estrategia de “circulación dual” presentada por Pekín en 2020, que promueve simultáneamente la autosuficiencia económica interna y la participación permanente en los mercados internacionales.

Pero el problema va mucho más allá de la reacción política. También es un problema aritmético. Cuando la economía china era considerablemente más pequeña, podía seguir una estrategia basada en hacer crecer sus exportaciones a un ritmo dos o tres veces superior al crecimiento de la economía mundial, porque existía suficiente demanda internacional para absorberlas. Hoy, sin embargo, China posee una economía mucho más grande y no puede mantener indefinidamente esta trayectoria sin quedarse finalmente sin compradores.

En términos sencillos, Pekín ha crecido más allá de los límites de su propio modelo económico.

Cuando la maquinaria exportadora china se detenga, el ajuste será especialmente doloroso para el propio país. Sin embargo, una desaceleración significativa de su economía produciría ondas expansivas en todo el mundo, sobre todo entre sus principales socios comerciales, tanto en Asia-Pacífico como en otros países cuyas economías se han entrelazado con la china.

Estados Unidos tampoco sería inmune al impacto, pero sería el único actor con la capacidad económica e institucional suficiente para estabilizar la economía mundial.

La manera más segura de evitar esta costosa sucesión de acontecimientos consiste en realizar un reequilibrio preventivo y gradual de la economía china. Esta ha sido durante mucho tiempo la mejor alternativa para que China alcance un crecimiento más sostenible y es un camino que Estados Unidos ha defendido durante años. Si décadas atrás este reequilibrio era una decisión inteligente, hoy se ha convertido en una necesidad.

Desventaja absoluta

China representa actualmente alrededor del 30 % de la producción industrial mundial y, según un informe de las Naciones Unidas publicado en 2024, se espera que alcance el 45 % en 2030. Con la excepción de la economía estadounidense inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, no existe un precedente histórico de semejante concentración de poder industrial.

Medido como proporción del producto bruto interno mundial, el actual superávit chino de productos manufacturados es superior a los superávits combinados de Alemania y Japón en cualquier momento de la década de 1980.

Este superávit manufacturero refleja una decisión política deliberada. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos estima que el 60 % del aumento de la participación china en el mercado manufacturero mundial fue impulsado por subsidios gubernamentales.

Quizá el subsidio más importante, aunque implícito, sea el acceso de las empresas manufactureras chinas al sistema financiero dirigido por el Estado. Este sistema canaliza enormes cantidades de crédito hacia sectores considerados prioritarios, lo que permite a las empresas chinas expandirse sin preocuparse por la rentabilidad y el retorno de la inversión en la misma medida que sus competidores internacionales.

El resultado es una carrera autodestructiva hacia el abismo: las empresas reducen los precios por debajo de sus costos, aceptan márgenes mínimos o negativos y continúan aumentando la capacidad productiva con la finalidad de conquistar una mayor cuota de mercado.

Casi el 30 % de las empresas industriales chinas opera con pérdidas, frente al 20 % registrado antes de la pandemia de COVID-19. En los sectores donde la inversión crece con mayor rapidez —principalmente los priorizados por la iniciativa “Hecho en China 2025” del presidente Xi Jinping—, esa proporción alcanza el 34 %.

En lugar de permitir que las empresas que fracasan desaparezcan, los gobiernos locales sostienen a compañías no rentables para preservar el empleo y los ingresos fiscales, mientras que los bancos estatales refinancian las deudas de prestatarios insolventes. Este sistema, sumado a un renminbi persistentemente subvalorado que abarata las exportaciones, permite que las compañías chinas cobren hasta un 30 % menos que sus competidores extranjeros.

Estas guerras de precios y la sobrecapacidad no solamente generan efectos negativos en el extranjero, sino también dentro de China. El término chino utilizado para describir este fenómeno es neijuan, traducido como “involución”, y se refiere a una competencia excesiva que lleva a las compañías al límite a cambio de rendimientos cada vez menores.

Las empresas invierten más para producir más, exportar más y vender con márgenes más bajos o negativos. Todo ello está subsidiado por gobiernos locales cuya propia salud fiscal depende de que las fábricas permanezcan abiertas.

El resultado es una maquinaria industrial que no puede detenerse ni reducir su velocidad, pero que tampoco puede continuar indefinidamente debido a los límites de la demanda.

En la práctica, el superávit comercial de China podría derrumbarse sobre sí mismo.

La crisis no es inevitable. La economía china posee capacidad de resistencia y, al menos sobre el papel, sus dirigentes han reconocido el problema y han manifestado interés en adoptar medidas para solucionarlo. El Partido Comunista Chino inició una campaña contra la “involución” en 2025, mientras que su XV Plan Quinquenal, correspondiente al periodo 2026-2030, promueve el consumo, particularmente en las zonas rurales.

El partido también ha tomado algunas medidas modestas para fortalecer la red de protección social, con la intención de reducir los incentivos que llevan a los hogares a ahorrar en lugar de gastar.

Sin embargo, los dirigentes chinos continúan negándose a realizar el cambio más importante: reorientar de manera fundamental la estrategia de crecimiento hacia un modelo más sostenible.

En general, Pekín ha continuado reprimiendo el consumo interno con el objetivo de maximizar la producción industrial, tanto en sectores estratégicos como en actividades de bajo valor agregado. El resultado es lo que el economista Yasheng Huang denomina una economía de “ventaja absoluta”: un país que compite simultáneamente con Estados Unidos en inteligencia artificial, vehículos eléctricos y productos electrónicos, y con las naciones más pobres de África en textiles, prendas de vestir y artículos domésticos baratos.

Esta situación contradice cualquier precedente histórico y también la lógica económica básica de la ventaja comparativa seguida por la mayoría de los países. Incluso los gobiernos que aplicaron estrategias mercantilistas de desarrollo, como Corea del Sur y Taiwán, abandonaron la producción de bajo valor agregado cuando aumentaron los salarios nacionales.

Pekín se resiste a cambiar de rumbo porque el modelo de crecimiento basado en las exportaciones es tanto una gran estrategia económica como un proyecto político. La circulación dual aprovecha las ventajas de China en producción a gran escala, energía, infraestructura, mano de obra y conocimientos de ingeniería.

También refleja la creencia profundamente arraigada de Xi Jinping, expresada en un discurso de 2020, de que, aunque China debe “acelerar la construcción de la economía digital”, la economía real constituye la base y no se puede abandonar ninguna de las diferentes industrias manufactureras.

Como escribió la economista Zongyuan Zoe Liu, desde el punto de vista del Partido Comunista, el consumo es una distracción individualista que amenaza con desviar recursos de la principal fortaleza económica de China: su base industrial.

El dilema político de una reestructuración va más allá de la preferencia personal de Xi por la industria. Para reequilibrar correctamente la economía, Pekín tendría que reconstruir el modelo fiscal del que dependen todas las provincias y municipalidades, aceptar el consiguiente desplome de los ingresos de los gobiernos locales y absorber despidos masivos.

Esto exigiría alinear los incentivos con un objetivo económico muy diferente del que los funcionarios y las instituciones de todos los niveles han perseguido durante las dos últimas décadas.

Los ascensos de los funcionarios locales dependen del cumplimiento de metas de crecimiento, independientemente de que dicho crecimiento sea sostenible. Para alcanzar esos objetivos y financiar el gasto local, venden terrenos, destinan los ingresos a parcelas industriales y parques fabriles subsidiados, movilizan créditos de sucursales bancarias y vehículos financieros de los gobiernos locales, y construyen todavía más fábricas.

Como las provincias y municipalidades mantienen déficits crónicos y carecen de fuentes alternativas capaces de generar ingresos a gran escala, este ciclo orientado hacia la producción continúa indefinidamente.

El problema y sus soluciones —principalmente la transición hacia un modelo económico basado en el consumo— son ampliamente conocidos en China. Eso no significa que sean fáciles de ejecutar.

Las señales son evidentes

Mientras Pekín debate si acepta las reformas necesarias para evitar el desastre, otros países probablemente tratarán de frenar el flujo de exportaciones chinas. Estas medidas podrían cerrar repentinamente el acceso de China a una gran variedad de mercados extranjeros, acelerar el fracaso de su modelo de crecimiento exportador y aumentar la posibilidad de una crisis económica mundial.

Durante la primera década del siglo XXI, los países ricos aceptaron perder la producción manufacturera de bajo margen frente a las empresas chinas. Sin embargo, el reciente avance de Pekín hacia la manufactura de alto valor agregado amenaza directamente sus estrategias económicas y prepara el terreno para una ola de proteccionismo, incluso en países tradicionalmente defensores del libre comercio.

El caso de Alemania es ilustrativo. Este país fue durante mucho tiempo defensor y beneficiario del comercio con China. Pero en 2025 las exportaciones alemanas de bienes hacia el mercado chino descendieron a su nivel más bajo en una década: cayeron un 9,3 % respecto de 2024 y un 23 % frente al máximo alcanzado en 2022, según Rhodium Group.

En sentido contrario, el intercambio aumentó. Durante el segundo trimestre de 2025, las importaciones alemanas procedentes de China crecieron al menos un 10 % interanual en 2.241 categorías de productos, entre ellas las industrias química y automotriz. En conjunto, esas categorías representaron más del 60 % de todas las importaciones alemanas provenientes de China.

El desplazamiento más severo se observa en el sector automotor. La participación de las empresas alemanas en el mercado automovilístico chino disminuye mientras aumenta la cuota de China en el mercado mundial.

Entre 2022 y 2025, las exportaciones alemanas de automóviles a China cayeron un 66 %, mientras que las exportaciones totales de vehículos chinos aumentaron más del doble, convirtiendo a China en el mayor exportador mundial de automóviles.

Como consecuencia, los despidos de trabajadores de la industria automotriz alemana son ahora superiores a los ocurridos durante la crisis financiera mundial de 2008-2009 y durante la pandemia. Esto ha obligado a asociaciones empresariales alemanas y europeas a solicitar requisitos de contenido local de una severidad sin precedentes.

La asociación empresarial Gesamtmetall informó en diciembre de 2025 que la industria alemana de ingeniería eléctrica y metalúrgica, la más grande del país, estaba eliminando casi 10.000 puestos de trabajo cada mes.

Volkswagen evalúa recortar hasta 100.000 empleos —casi una sexta parte de su fuerza laboral— y finalizar la producción en cuatro plantas alemanas. BMW y Mercedes-Benz también están desarrollando profundas reestructuraciones. Analistas consultados por el Financial Times sostienen que la industria automotriz alemana se está contrayendo de una manera “duradera y permanente”.

Este impacto provocado por China ha llevado a la Cancillería alemana a considerar algo que antes parecía impensable: respaldar propuestas para que la Unión Europea adopte un mecanismo similar a la Sección 301 estadounidense. Este permitiría imponer aranceles contra el exceso de exportaciones chinas e incentivar una revaluación del renminbi.

Todo esto tiene consecuencias políticas. Como señaló el especialista en China Daniel Rosen, lo que está ocurriendo equivale a una especie de Hillbilly Elegy con características alemanas: la destrucción de una industria que forma parte de la identidad nacional de Alemania.

La Unión Europea ha mantenido tradicionalmente un compromiso ideológico con el multilateralismo y el libre comercio mayor que el de Estados Unidos, al menos en el plano retórico. Sin embargo, después de varios años tratando de mantener el equilibrio entre Estados Unidos y China, está siguiendo tardía y reluctantemente el ejemplo de Washington al levantar barreras comerciales contra las exportaciones chinas.

En octubre de 2024, después de investigar los subsidios chinos dentro de la cadena de suministro de vehículos eléctricos, la Comisión Europea impuso derechos compensatorios de hasta el 35,3 % a los vehículos eléctricos fabricados en China.

En marzo, la Comisión presentó la Ley de Aceleración Industrial, que establecería requisitos de contenido local bajo la denominación “Hecho en la Unión Europea” y exigiría transferencias tecnológicas en acuerdos relacionados con sectores estratégicos.

También estudia reglas más amplias para las cadenas de suministro de todo el bloque, incluida una legislación que obligaría a las empresas europeas a diversificar sus compras y disponer de un mínimo de tres proveedores para sus importaciones en sectores críticos.

Los problemas que enfrenta China no se limitan a Estados Unidos y Europa. En 2025, cuando China demostró estar dispuesta a utilizar como arma su dominio del procesamiento de minerales críticos y de la fabricación de productos relacionados —como los imanes—, provocó una reacción internacional coordinada.

El nuevo Foro para el Compromiso Geoestratégico sobre Recursos, convocado por la Administración Trump y respaldado por decenas de países, busca aumentar rápidamente la inversión pública y privada en cadenas de suministro de minerales críticos “libres de China”.

Esto podría anticipar un escenario aún más preocupante para Pekín: coaliciones de países dispuestos a cooperar para cerrar los mercados mundiales a los productos chinos y obligar al Gobierno chino a reequilibrar su economía según un calendario impuesto desde el exterior.

En sectores sensibles como las telecomunicaciones, los vehículos eléctricos y los drones ya se han formado estos grupos, que han impuesto prohibiciones y restricciones al uso de equipos de las compañías chinas Huawei y ZTE.

Las principales economías importadoras ya están aumentando la utilización de aranceles, requisitos de contenido local y exclusiones justificadas por motivos de seguridad nacional. Si esta tendencia continúa, mediante un esfuerzo coordinado o una maraña de medidas unilaterales, China podría enfrentarse a una reducción repentina y prolongada de la demanda externa.

El mundo no es suficiente

Si la economía política del comercio representa un obstáculo para el modelo chino, las leyes de la aritmética plantean otro igualmente grave.

Durante los dos primeros meses de 2026, el superávit comercial de China aumentó más de un 20 % interanual, mientras que el Fondo Monetario Internacional proyectó un crecimiento de apenas el 3,1 % para la economía mundial durante el mismo año.

Esta tendencia es insostenible. La demanda internacional no crece con suficiente rapidez para absorber las exportaciones chinas a este ritmo, ni en los sectores estratégicos ni en términos generales.

En algún momento, el mercado para las nuevas fábricas chinas se agotará, del mismo modo que ocurrió con el mercado inmobiliario. El superávit comercial chino podría, en la práctica, derrumbarse sobre sí mismo.

Las distorsiones más graves se encuentran en los sectores declarados estratégicos por Pekín. Las fábricas chinas han desarrollado capacidad para producir aproximadamente 1.200 gigavatios de infraestructura solar cada año, casi el doble de la capacidad instalada en todo el mundo durante el año anterior.

Las exportaciones chinas de células solares —los componentes de los paneles solares— aumentaron un 73 % interanual durante la primera mitad de 2025, mientras que su precio unitario promedio disminuyó alrededor de un 25 %.

Aunque una oferta abundante y barata de paneles solares podría beneficiar a los países que buscan realizar una transición energética, perjudica a aquellos que desean participar en la fabricación de productos de energía limpia.

El problema es todavía más grave en el caso de los vehículos eléctricos. En 2025, las exportaciones chinas de vehículos aumentaron un 21 % y alcanzaron los 142.000 millones de dólares, mientras que los envíos de baterías de iones de litio llegaron a 77.000 millones de dólares.

Para sostener este extraordinario crecimiento, China desarrolló capacidad para fabricar aproximadamente 25 millones de vehículos eléctricos e híbridos enchufables, aunque su demanda interna de vehículos de nuevas energías permanece estancada en unos 12 millones anuales, según estimaciones del economista Brad Setser.

Entretanto, se proyectaba que la demanda mundial de vehículos eléctricos solamente alcanzaría los 23 millones en 2026.

China posee actualmente capacidad para producir alrededor de 55 millones de automóviles, incluidos los eléctricos y los equipados con motores de combustión interna. Esto equivale aproximadamente al 60 % del mercado mundial, estimado en unos 90 millones de vehículos.

Además, continúa invirtiendo intensamente en nuevas plantas automotrices a un ritmo superior al crecimiento de la demanda mundial, lo que indica que su participación probablemente seguirá aumentando. En algún momento, sencillamente podría no haber suficientes compradores para todos los automóviles producidos en China.

El final del auge de inversiones de capital que permitió construir estas fábricas excedentes y el agotamiento de los mercados generarían las condiciones necesarias para una crisis. El costo no sería asumido solamente por China, sino también por el resto del mundo.

¿Fin del juego?

Pekín probablemente hará todo lo posible para mantener el crecimiento de las exportaciones y el funcionamiento de su estrategia de circulación dual. Podría debilitar el renminbi, ampliar los subsidios destinados a sectores prioritarios —que ya han consumido billones de dólares— e impulsar con mayor intensidad las industrias que China todavía no domina, como la aviación comercial y los equipos de inteligencia artificial.

Si sus socios comerciales establecen nuevos obstáculos, Pekín podría recurrir a mecanismos de coerción económica —como restringir el acceso a minerales críticos refinados— para obligar a otros países a mantener sus mercados abiertos.

El superávit comercial chino podría seguir aumentando como proporción del PBI mundial y superar ampliamente el 2 % que ya representa en productos manufacturados. Pero es poco probable que el mundo tolere esta situación durante mucho tiempo.

China ya ha experimentado anteriormente un desplome de la demanda externa. Durante la crisis financiera mundial de 2008-2009 y el periodo de recuperación posterior, economistas como Michael Pettis y Nicholas Lardy pidieron a Pekín acelerar sus promesas de incrementar el consumo de los hogares.

En lugar de hacerlo, el Gobierno lanzó un estímulo de aproximadamente 586.000 millones de dólares, equivalente a cerca del 12 % del PBI chino de 2008, que fue canalizado casi completamente hacia infraestructura y construcción.

La estrategia funcionó en gran medida porque las tendencias demográficas todavía favorecían a China: la clase media crecía y se urbanizaba, mientras que la población en edad de trabajar también aumentaba.

Pero esas tendencias se han invertido. La migración interna masiva hacia las ciudades se ha desacelerado, la población china en edad laboral alcanzó su máximo en 2015 y la población total comenzó a disminuir en 2022.

Cuando el sobredimensionado sector inmobiliario empezó a desplomarse en 2021, Pekín volvió a postergar el reequilibrio. En su lugar, aplicó su política industrial a actividades manufactureras de alto valor, como vehículos eléctricos, baterías, módulos solares y semiconductores.

Para 2024, según el seguimiento de Brad Setser, el volumen de las exportaciones chinas crecía más de diez puntos porcentuales por encima del comercio mundial. En 2025, las exportaciones netas representaron aproximadamente el 30 % del crecimiento del PBI chino.

Pero cuando este nuevo auge se estabilice o retroceda, el juego podría terminar. Es difícil identificar un sector capaz de generar nuevamente el 30 % del crecimiento económico chino.

El mercado inmobiliario atraviesa una recesión prolongada que podría durar buena parte de una generación. La infraestructura ya no puede sostener la construcción de nuevas e innecesarias líneas ferroviarias de alta velocidad en ciudades de tercer nivel. La industria manufacturera satisface con facilidad la demanda nacional.

Los servicios —que en la mayoría de las economías absorben la mano de obra desplazada por la industria— continúan poco desarrollados porque la participación del consumo de los hogares es demasiado baja para sostenerlos.

Las industrias que China todavía podría desarrollar, como la aviación comercial y los equipos para inteligencia artificial, son demasiado pequeñas para compensar la diferencia.

El próximo impacto de China

Una conmoción dentro del sistema chino podría extenderse por toda su desequilibrada economía y generar consecuencias graves.

Las empresas que ya operan con márgenes reducidos podrían quebrar masivamente. Los bancos estatales podrían verse obligados a reconocer las pérdidas generadas por las “empresas zombis” que han sostenido durante años. Los vehículos de financiación de los gobiernos locales podrían sufrir incumplimientos en cadena.

Los ingresos provinciales podrían desplomarse como consecuencia de la caída de las ventas de terrenos y de la actividad industrial. El desempleo en las provincias manufactureras costeras podría generar una oposición contra Pekín que el Gobierno no ha tenido que enfrentar durante décadas.

Pekín podría considerar los estímulos económicos como parte de la solución. Sin embargo, a diferencia de 2008, un programa de estímulo en 2026 se aplicaría sobre una economía china restringida, no sobre una economía en expansión.

El Partido Comunista se vería obligado a realizar el reequilibrio en las peores condiciones posibles: con una producción en descenso, una deuda creciente y su legitimidad política sometida a presión.

China podría atravesar su propia versión de la “década perdida” de Japón, pero sería todavía peor.

En 1991, Japón inició su década perdida siendo uno de los países más ricos del mundo, con un ingreso per cápita comparable al de Estados Unidos cuando se ajustaba según el poder adquisitivo.

China es hoy mucho más pobre, en términos relativos, de lo que era Japón en aquel momento. Su ingreso per cápita ajustado por poder adquisitivo equivale aproximadamente a la mitad del japonés y a un tercio del estadounidense.

China también enfrenta una perspectiva demográfica peor que la japonesa y carece de la infraestructura institucional que permitió a Tokio recuperarse gradualmente.

Es poco probable que China pueda liderar la respuesta a una crisis provocada por ella misma.

Las consecuencias económicas de este impacto serían mundiales. Una reducción pronunciada de la demanda china de exportaciones internacionales, particularmente materias primas y productos intermedios, afectaría profundamente a las grandes economías exportadoras de recursos naturales.

Los numerosos países emergentes y en desarrollo que tienen a China como principal socio comercial serían especialmente vulnerables.

Cuando la inversión china en activos fijos se desaceleró entre 2012 y 2015, el precio del cobre cayó más de un 40 %, el petróleo más de un 60 % y el mineral de hierro más de un 70 %.

El pronunciado descenso de las materias primas provocó una fuerte reducción del crecimiento económico en los países del África subsahariana dependientes de los recursos naturales. El crecimiento regional pasó del 5,3 % en 2013 al 1,3 % en 2016, su nivel más bajo en más de dos décadas.

Una crisis exportadora de gran magnitud sería considerablemente peor.

Australia, Brasil y Chile envían a China entre el 25 % y el 40 % de sus exportaciones totales. Angola, la República Democrática del Congo, Mongolia y la República del Congo destinan al mercado chino entre el 45 % y el 90 % de sus exportaciones.

La viabilidad económica de estos países descansa sobre el supuesto de que China continuará comprando permanentemente sus productos. Muchas otras naciones dependen, en mayor o menor medida, de la demanda china.

Para agravar el problema, el capital chino podría replegarse. Aunque los préstamos internacionales de Pekín mediante la Iniciativa de la Franja y la Ruta han disminuido desde su máximo de 2016, China continúa siendo, con diferencia, el mayor acreedor bilateral del mundo en desarrollo.

Si Pekín tuviera que concentrarse en resolver una crisis interna, podría desencadenarse una nueva oleada de reestructuraciones de deuda e incumplimientos soberanos en Pakistán, Ecuador, Zambia y otros países.

Según algunos indicadores, la economía mundial se encuentra en mejores condiciones que en 2009. Los balances bancarios son más sólidos y el sistema financiero está mejor preparado para detectar señales de tensión.

Pero en otros aspectos la situación es peor. Las economías avanzadas llegaron a 2008 con una deuda pública promedio equivalente aproximadamente al 70 % del PBI. Actualmente, esa deuda se aproxima al 110 %.

La era del endeudamiento gubernamental extremadamente barato ha terminado. Conforme aumenta el costo del servicio de la deuda pública, los gobiernos disponen de menos recursos para responder a las conmociones macroeconómicas.

Si se concretara el peor escenario, volverían a ser necesarias líneas de intercambio de divisas de la Reserva Federal estadounidense en una escala semejante a la de 2008 o 2020, además de recursos adicionales del Fondo Monetario Internacional.

Incluso esas medidas podrían resultar insuficientes para impedir una oleada de incumplimientos soberanos y quizá serían menos eficaces que durante las crisis de 2008 y 2020.

La salida

Si el mundo enfrenta una crisis originada en China, es poco probable que Pekín lidere la respuesta. China todavía no ha demostrado capacidad ni interés en asumir la posición que Washington mantiene desde la Segunda Guerra Mundial: conducir la economía internacional durante crisis como la asiática de 1997 —que se extendió a Rusia y Brasil— y la crisis financiera mundial y posterior crisis de la eurozona de 2008-2012.

Aunque la próxima crisis se origine en China, la tarea de contenerla probablemente recaerá, como ha ocurrido en otras ocasiones, sobre Estados Unidos y las instituciones internacionales que este país sostiene.

Durante buena parte de la crisis financiera mundial de 2008-2009 y sus consecuencias, trabajé como asesor adjunto de Seguridad Nacional para Asuntos Económicos Internacionales y representante estadounidense en las reuniones del G-8 y el G-20.

Desde esa posición observé la coordinación entre dirigentes políticos, ministerios de Economía y bancos centrales que logró alejar al sistema financiero mundial del borde de una posible depresión.

En la cumbre del G-20 celebrada en Londres en 2009, China aceptó no seguir devaluando su moneda, cuyo valor había mantenido artificialmente bajo durante casi un año para proteger a sus exportadores. Sin embargo, fue necesaria la presión colectiva de los dirigentes estadounidenses y de otros países para conseguirlo.

Durante aquella cumbre, observé cómo el presidente estadounidense Barack Obama, el primer ministro británico Gordon Brown, el presidente chino Hu Jintao y el presidente francés Nicolas Sarkozy se reunieron en una esquina de la sala para resolver los últimos detalles pendientes de la respuesta a la crisis financiera mundial.

Resulta difícil imaginar actualmente esa clase de cooperación. Las instituciones, las herramientas y los hábitos de colaboración se han deteriorado considerablemente desde 2008, al igual que la confianza en el liderazgo estadounidense.

En una encuesta de Politico realizada en febrero, entre el 42 % y el 57 % de los entrevistados en Canadá, Francia, Alemania y el Reino Unido afirmaron que “no se puede confiar en Estados Unidos durante una crisis”. Este no es el mejor momento para que ocurra una.

Para evitar el desenlace más catastrófico, China debe organizar, junto con Estados Unidos y las demás grandes economías, un reequilibrio preventivo y gradual.

Este planteamiento coordinado podría recuperar el espíritu del Acuerdo Plaza de 1985, suscrito por Francia, Japón, Estados Unidos, el Reino Unido y Alemania Occidental. Su propósito fue intervenir en los mercados cambiarios para reducir el valor excesivamente alto del dólar estadounidense y disminuir el gran déficit comercial de Estados Unidos.

Actualmente, Estados Unidos podría aprovechar el consenso emergente sobre el desafío chino para construir un esfuerzo concertado que obtenga compromisos verificables de China destinados a revaluar el renminbi y reequilibrar la economía, incluida la limitación de sus exportaciones.

El renminbi se apreciaría de manera gradual. Los subsidios a los sectores prioritarios se reducirían progresivamente. Pekín desarrollaría una reforma más profunda de su sistema de registro de hogares, con la finalidad de favorecer la movilidad social y económica y establecer una red de protección social más sólida.

Los socios comerciales de China podrían ajustar sus medidas proteccionistas según el alcance de la transición y coordinar sus decisiones para evitar que el costo recaiga exclusivamente sobre una economía o un sector.

China sabe desde hace mucho tiempo que estas medidas son indispensables para conseguir un crecimiento más equilibrado y sostenible, pero ha decidido ignorarlas en gran medida. Si Pekín continúa postergando las decisiones, pronto se quedará sin camino por recorrer.

Existe una frustración profunda y comprensible en Estados Unidos ante la obstrucción china de estas reformas durante las últimas dos décadas.

Cuando se preguntó a Jamieson Greer, representante comercial de Estados Unidos, si Washington seguiría defendiendo el reequilibrio como elemento central de la agenda comercial entre ambos países, respondió:

“Bueno, ¿qué tan eficaz fue eso? Hemos terminado aceptando que no habrá una gigantesca reforma integral de la forma en que funciona el sistema político chino, incluidos todos estos elementos económicos”.

En su lugar, la Administración estadounidense se concentra en crear una “Junta de Comercio” para gestionar el intercambio bilateral de “bienes no sensibles”, según la terminología de la Casa Blanca, y negociar acuerdos de compra y venta de productos como soja, otras mercancías agrícolas, energía y aviones.

Estas operaciones limitadas pueden producir beneficios concretos, pero harán muy poco para reducir los riesgos económicos generales que el mercantilismo chino representa para Estados Unidos y para la economía mundial. Tampoco mitigarán las causas económicas fundamentales de las tensiones entre ambos países.

Washington puede influir sobre la política económica futura de Pekín, pero para conseguirlo debe formar una coalición de países dispuestos a presionar y, al mismo tiempo, facilitar el reequilibrio chino.

Alcanzar este resultado podría permitir la creación de un nuevo equilibrio económico mundial y, lo que es más importante, evitar la próxima gran crisis económica internacional.

La oportunidad más evidente será la cumbre del G-20 que se celebrará en Miami en diciembre, encuentro que Estados Unidos organizará por primera vez desde 2009.

La Administración Trump ya ha dejado claro que desea llevar al G-20 “de vuelta a lo esencial”. Históricamente, el grupo ha funcionado mejor cuando se ha concentrado en la gestión de los riesgos económicos mundiales. La tarea actual exige precisamente esa atención.

Como afirmó en abril el secretario del Tesoro, Scott Bessent:

“La acumulación a cámara lenta de desequilibrios mundiales, después de una ausencia de crecimiento sostenible, es el mayor riesgo. El mundo no puede soportar una China con un superávit comercial de un billón de dólares”.

Las preocupaciones de Bessent tienen fundamento, y Estados Unidos debería colocar los desequilibrios chinos en el centro de la cumbre.

Nada de esto será sencillo. Pero las alternativas serían considerablemente peores.

En esta posible crisis, China sufriría más que Estados Unidos. Se debilitaría de manera irreversible su aspiración de situarse junto a Washington —y mucho más de sustituirlo— como responsable de la estabilidad de la economía mundial. También resultarían perjudicadas las relaciones con países de ingresos bajos y medios que Pekín ha cultivado durante décadas.

Pero las consecuencias no afectarían únicamente a China. Podrían propagarse por la economía mundial de una manera no vista desde la crisis de 2008-2009.

Ese es el verdadero próximo “impacto de China” y debería ocupar un lugar central en las relaciones entre Estados Unidos y el Gobierno chino.

Estados Unidos tiene la oportunidad de colocarlo en el centro de la agenda y posee un interés evidente en hacerlo.

miércoles, 12 de agosto de 2026

Vivir sin certezas: el arte de tomar mejores decisiones en un mundo gobernado por la probabilidad

 

Vivir sin certezas: el arte de tomar mejores decisiones en un mundo gobernado por la probabilidad

Fuente principal: Andrew C. A. Elliott, What Are the Chances of That? How to Think About Uncertainty, Oxford University Press, 2021.

La vida cotidiana está llena de preguntas para las que no existe una respuesta completamente segura. ¿Lloverá mañana? ¿Funcionará el tratamiento médico? ¿Conviene aceptar una inversión? ¿Es peligroso viajar en avión? ¿Una coincidencia extraordinaria es realmente una señal? ¿Podemos confiar en una predicción electoral?

En What Are the Chances of That?, Andrew C. A. Elliott emprende un recorrido por la historia, las matemáticas, la medicina, la tecnología, los juegos de azar, los seguros y la evolución para explicar por qué nos cuesta tanto comprender la incertidumbre. Su libro no pretende convertir al lector en especialista en estadística. Su propósito es más cercano y, probablemente, más importante: enseñarnos a pensar con mayor claridad cuando no disponemos de certezas.

La propuesta central de Elliott puede resumirse de la siguiente manera: no podemos eliminar el azar de nuestra vida, pero sí podemos mejorar la manera en que interpretamos sus señales y respondemos ante sus consecuencias.

Cuando una probabilidad mal entendida destruye una vida

El libro comienza con un caso que demuestra que los errores estadísticos no son simples equivocaciones académicas. En determinadas circunstancias pueden convertirse en tragedias humanas.

En 1999, la abogada británica Sally Clark fue condenada por la muerte de sus dos hijos. Durante el juicio se presentó un cálculo según el cual la probabilidad de que dos bebés de una misma familia murieran por el síndrome de muerte súbita del lactante era aproximadamente de una entre 73 millones.

La cifra parecía impresionante. Se comparó con la posibilidad de acertar durante cuatro años consecutivos una apuesta por un caballo con escasas probabilidades de ganar. Para el jurado, aquel número pudo parecer una demostración casi definitiva de culpabilidad.

Sin embargo, el cálculo era incorrecto.

Se había multiplicado la probabilidad de una primera muerte por la probabilidad de una segunda, como si ambos acontecimientos fueran completamente independientes. Pero dos fallecimientos ocurridos dentro de la misma familia podrían estar relacionados con factores genéticos, ambientales o domésticos compartidos. Por tanto, no correspondía tratarlos como sucesos independientes.

La condena de Clark fue anulada en 2003, después de que se reconocieran los errores estadísticos y aparecieran otras irregularidades en las pruebas. No obstante, el daño ya estaba hecho.

Este episodio concentra una de las advertencias más poderosas de la obra: una cifra expresada con seguridad puede ejercer una enorme influencia, incluso cuando ha sido construida sobre supuestos equivocados. El problema no fue solamente que un experto utilizara mal la probabilidad. También fallaron quienes debían examinar críticamente sus argumentos: abogados, jueces y otros profesionales involucrados en el proceso.

La lección trasciende los tribunales. Cuando alguien presenta una cifra, no basta con preguntar si el cálculo es correcto. También debemos averiguar de dónde proceden los datos, qué supuestos se utilizaron, qué acontecimientos se consideran independientes y qué información quedó fuera del análisis.

Los números no hablan por sí solos: siempre necesitan contexto, interpretación y vigilancia crítica.

La probabilidad no predice exactamente lo que nos ocurrirá

Una de las mayores dificultades para comprender el riesgo surge de la diferencia entre las estadísticas colectivas y la experiencia individual.

Un tratamiento puede beneficiar al 80 % de los pacientes, pero una persona concreta no experimentará “el 80 % de una recuperación”. Mejorará o no mejorará. Del mismo modo, una predicción meteorológica puede indicar un 20 % de probabilidad de lluvia, pero para quien sale de casa sin paraguas el desenlace será concreto: lloverá o no lloverá.

Esto conduce a la primera de las grandes tensiones planteadas por Elliott: la oposición entre lo individual y lo colectivo. Las probabilidades alcanzan mayor estabilidad cuando se analizan grandes cantidades de casos; sin embargo, cada ser humano vive una sola trayectoria.

Una estadística poblacional puede ayudarnos a decidir, pero no puede garantizar nuestro resultado personal. La probabilidad describe patrones colectivos; no escribe de antemano la biografía de cada individuo.

Esta distinción también permite comprender por qué una predicción no necesariamente fue equivocada cuando ocurre el resultado menos probable. Antes de las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016, algunos modelos concedían a Donald Trump una probabilidad minoritaria de victoria. Su triunfo no demostraba automáticamente que esos modelos fueran falsos. Un acontecimiento con un 29 % de posibilidades sigue siendo perfectamente posible.

Probabilidad baja no significa imposibilidad, del mismo modo que probabilidad alta no significa garantía.

Las cinco tensiones que explican nuestra confusión

Elliott organiza buena parte del libro alrededor de cinco dualidades. No se trata de elegir un extremo y rechazar el otro. Pensar correctamente exige mantener ambas perspectivas al mismo tiempo.

La primera es individuo frente a colectividad. Los grandes conjuntos de datos revelan regularidades, pero las personas viven acontecimientos únicos.

La segunda es azar frente a significado. La mente humana busca causas, relatos y propósitos. Nos incomoda aceptar que algunos sucesos no tienen un mensaje oculto y que simplemente ocurrieron.

La tercera es previsión frente a retrospectiva. Antes de un acontecimiento existen diversos resultados posibles; después de que ocurre, tendemos a construir una explicación que lo presenta como inevitable. Somos mucho mejores explicando el pasado que anticipando el futuro.

La cuarta es uniformidad frente a variabilidad. Necesitamos promedios y modelos para comprender el mundo, pero podemos cometer graves errores si olvidamos la diversidad que esconden esas cifras generales.

La quinta es perturbación frente a oportunidad. El azar puede interrumpir nuestros planes y producir pérdidas, pero también puede generar descubrimientos, combinaciones creativas y oportunidades inesperadas.

Al final de la obra aparece una posible sexta tensión: distanciamiento frente a compromiso. Para analizar un riesgo necesitamos serenidad, pero las decisiones inciertas suelen involucrar precisamente aquello que más nos importa: nuestra salud, nuestra familia, nuestro trabajo o nuestro futuro. Ser completamente indiferentes no es posible, pero permitir que el miedo domine tampoco conduce a buenas decisiones.

Lo aleatorio no siempre parece aleatorio

Cuando imaginamos una secuencia producida por azar, solemos pensar en resultados perfectamente mezclados. Esperamos que las caras y los sellos de una moneda se alternen y que los números de un dado aparezcan de manera equilibrada. Sin embargo, el verdadero azar puede producir repeticiones, acumulaciones y largas rachas.

Aleatorio no significa uniforme.

Una moneda puede caer varias veces consecutivas del mismo lado sin que esté manipulada. Un dado puede producir varios números seis en pocos lanzamientos sin que exista necesariamente una anomalía. Los sucesos aleatorios tienden a formar grupos que nuestra mente interpreta como patrones especiales.

Elliott muestra que esta dificultad responde a una característica profundamente humana: estamos diseñados para descubrir relaciones. Esa habilidad nos permite aprender y sobrevivir, pero también nos lleva a percibir conexiones donde quizá no existen.

Lo mismo ocurre con las coincidencias. Encontrarse con una persona que comparte nuestro nombre en un avión puede parecernos extraordinario. Sin embargo, al considerar la enorme cantidad de vuelos, pasajeros y encuentros que se producen, la aparición ocasional de coincidencias deja de resultar tan misteriosa.

Una coincidencia puede ser sorprendente para quien la experimenta y, al mismo tiempo, estadísticamente previsible dentro de una población numerosa.

La pregunta adecuada no es solamente “¿qué probabilidad había de que ocurriera esto?”, sino también “¿cuántas oportunidades existían para que sucediera algo parecido?”. Si examinamos millones de acontecimientos, algunas combinaciones extraordinarias terminarán apareciendo.

El peligro de confundir promedio con promesa

El promedio es una herramienta indispensable, pero puede engañarnos cuando lo interpretamos como una garantía.

Si un hecho ocurre una vez cada hora en promedio, eso no significa que se producirá exactamente después de sesenta minutos. Puede ocurrir varias veces en un periodo corto y luego desaparecer durante horas. El promedio describe el comportamiento acumulado de muchos casos; no establece un horario para el próximo acontecimiento.

Esta distinción resulta fundamental para interpretar tiempos de espera, fallas operativas, enfermedades, accidentes, ventas o comportamiento de los clientes. El promedio resume una distribución, pero no reemplaza la variabilidad existente dentro de ella.

Elliott también expone cómo los datos agregados pueden ocultar diferencias importantes. Dos ciudades podrían presentar tasas generales de mortalidad muy distintas, aunque una de ellas tenga menores tasas en todos los grupos de edad. La aparente contradicción puede explicarse porque sus poblaciones tienen composiciones diferentes: una ciudad podría concentrar más habitantes de edad avanzada.

La enseñanza es clara: antes de comparar cifras generales debemos comprobar cómo están conformados los grupos analizados. Una media sin segmentación puede producir conclusiones completamente opuestas a las que revela el análisis detallado.

El miedo no siempre guarda proporción con el peligro

Las personas no evaluamos los riesgos únicamente mediante cálculos. También lo hacemos a través de imágenes, emociones y experiencias.

Un accidente aéreo recibe cobertura mundial, mientras que miles de muertes producidas individualmente por otras causas pueden pasar casi inadvertidas. Por ello, muchas personas sienten más miedo al avión que al automóvil, aunque las estadísticas históricas muestren que la aviación comercial ha alcanzado niveles extraordinarios de seguridad.

Los riesgos espectaculares, nuevos o fuera de nuestro control nos impresionan más. En cambio, normalizamos los peligros frecuentes y familiares. No siempre tememos aquello que tiene mayor probabilidad de dañarnos; con frecuencia tememos aquello que podemos imaginar con mayor intensidad.

El autor no sostiene que debamos ignorar el miedo. La preocupación puede ser útil cuando conduce a prevención, investigación y mejora. La seguridad aérea, por ejemplo, ha progresado porque los accidentes son investigados rigurosamente y sus causas originan cambios técnicos, regulatorios y operativos.

Aquí aparece el concepto de “antifragilidad”, asociado por Elliott con las ideas de Nassim Nicholas Taleb: ciertos sistemas pueden fortalecerse después de experimentar fallas, siempre que aprendan de ellas. El fracaso solamente mejora un sistema cuando se analiza, se recuerda y se transforma en medidas concretas.

El azar también es una fuerza creadora

Uno de los mayores méritos del libro es que no presenta la incertidumbre únicamente como amenaza. La tercera parte está dedicada a los “accidentes felices”: descubrimientos y creaciones que surgieron de encuentros imprevistos.

Sin embargo, Elliott evita romantizar la casualidad. Un accidente por sí solo no produce necesariamente una innovación. Para reconocer el valor de lo inesperado se necesita conocimiento, curiosidad y disposición para investigar.

La casualidad favorece a quien posee una mente preparada para reconocer una oportunidad.

Esta idea se extiende al arte. El libro recuerda los juegos musicales en los que las tiradas de dados permitían combinar fragmentos para producir composiciones diferentes. El azar introduce variaciones, pero actúa dentro de una estructura previamente diseñada. No sustituye al creador; le ofrece nuevas posibilidades.

El mismo principio aparece en la evolución. La vida se desarrolla mediante una compleja relación entre estabilidad y cambio. La herencia transmite características, mientras que la recombinación genética y las mutaciones producen diversidad. La selección opera después sobre esas variaciones.

Sin estabilidad no habría continuidad, pero sin variabilidad no existirían adaptación, creatividad ni evolución.

La tecnología moderna también utiliza deliberadamente elementos aleatorios. Los sistemas informáticos pueden introducir pequeños retrasos variables para impedir que miles de solicitudes se repitan exactamente al mismo tiempo y sobrecarguen los servidores. En determinadas circunstancias, una dosis de desorden evita que una uniformidad excesiva destruya el sistema.

Dejar de sufrir el azar y comenzar a gestionarlo

La última parte del libro se concentra en aquello que podemos hacer frente a la incertidumbre.

El primer paso es aprender a valorar la evidencia. No siempre podemos alcanzar una demostración absoluta, pero sí podemos actualizar nuestras creencias a medida que aparecen nuevos datos. El pensamiento bayesiano, abordado por Elliott, propone precisamente eso: partir de una estimación inicial y modificarla cuando recibimos información adicional.

Una persona racional no es aquella que nunca se equivoca, sino aquella que está dispuesta a revisar sus conclusiones ante mejores evidencias.

El segundo paso consiste en distinguir correlación de causalidad. Dos variables pueden moverse juntas sin que una provoque la otra. Para establecer una relación causal necesitamos examinar mecanismos, realizar comparaciones y descartar explicaciones alternativas. Este cuidado fue decisivo, por ejemplo, en la investigación que permitió demostrar la relación entre el tabaquismo y el cáncer de pulmón.

El tercer paso es compartir el riesgo. Los seguros funcionan porque muchas personas aportan recursos para compensar las pérdidas de quienes resultan afectados. Desde esta perspectiva, el seguro no elimina la posibilidad de sufrir un accidente; distribuye sus consecuencias económicas dentro de una colectividad.

El cuarto paso es modificar la exposición al peligro. Podemos mejorar nuestras probabilidades mediante preparación, entrenamiento, diversificación, prevención y aprendizaje. Un jugador experto de backgammon no controla los dados, pero sí puede tomar mejores decisiones con los resultados que recibe.

Gestionar el riesgo no significa controlar el resultado; significa mejorar sistemáticamente nuestra posición frente a los posibles resultados.

Una buena predicción puede impedir que se cumpla

Elliott plantea una paradoja particularmente relevante para la gestión pública. Cuando una advertencia conduce a medidas preventivas y el desastre no ocurre, algunas personas concluyen que la predicción fue exagerada. Pero quizá el daño no se produjo precisamente porque se actuó a tiempo.

Una evacuación puede hacer que una tormenta cause pocas víctimas. Una cuarentena puede reducir la propagación de una enfermedad. Una reparación preventiva puede evitar el colapso de una estructura. El hecho de que una catástrofe anunciada no ocurra no demuestra que la advertencia haya sido equivocada.

Las predicciones deben evaluarse considerando las decisiones que provocaron. El futuro no es un escenario independiente de nuestras acciones. Los pronósticos pueden modificar el comportamiento de las personas y, con ello, alterar el desenlace.

Esta enseñanza resulta especialmente importante para gobernantes, empresarios, docentes y profesionales responsables de tomar decisiones. Esperar certeza absoluta suele significar actuar demasiado tarde. La gestión responsable consiste en decidir con información incompleta, valorar las consecuencias posibles y conservar la capacidad de corregir el rumbo.

La incertidumbre exige humildad, no parálisis

What Are the Chances of That? no ofrece una fórmula para adivinar el futuro. Su contribución es más honesta: enseña a convivir con aquello que no podemos conocer completamente.

El buen pensamiento probabilístico comienza cuando abandonamos dos ilusiones. La primera es creer que todo puede predecirse. La segunda es pensar que, como nada es completamente seguro, cualquier opinión vale lo mismo.

Entre la certeza imposible y el escepticismo absoluto existe un territorio de evidencias, probabilidades y decisiones razonables. No saberlo todo no significa que no podamos saber algo; no tener garantías no significa que todas las alternativas sean igualmente convenientes.

La conclusión de Elliott es profundamente humana. Cada persona recibe una combinación diferente de circunstancias, capacidades y oportunidades. No elegimos todas las cartas que nos entrega la vida, pero podemos decidir cómo jugarlas. Quienes han recibido condiciones favorables poseen, además, la responsabilidad de utilizar bien esa fortuna y contribuir a disminuir las desigualdades que el azar distribuye sin justicia.

En última instancia, una mejor información produce una mejor comprensión y una mejor comprensión de la incertidumbre conduce, en promedio y a largo plazo, a mejores decisiones.

El azar seguirá presente. Habrá accidentes, encuentros inesperados, pérdidas, descubrimientos y oportunidades. La inteligencia no consiste en esperar una vida libre de incertidumbre, sino en aprender a navegar dentro de ella.

No podemos elegir todos los acontecimientos que nos tocarán, pero sí podemos prepararnos, evaluar la evidencia, corregir nuestros errores y aprovechar las oportunidades cuando aparezcan.

martes, 11 de agosto de 2026

El empresario que mira más allá de las ganancias




 

El empresario que mira más allá de las ganancias

Fuente principal: Artículo de opinión “¿En qué piensas?”, escrito por Martín Naranjo, presidente de la Asociación de Bancos del Perú (Asbanc), para la columna “Bajo la lupa”. El presente artículo ha sido elaborado y adaptado con fines educativos a partir de las ideas expuestas por el autor.

La verdadera capacidad empresarial no consiste únicamente en generar rentabilidad, sino en descubrir necesidades, resolver problemas y ampliar las posibilidades de los demás.

Durante mucho tiempo, el éxito empresarial se ha medido casi exclusivamente mediante cifras: ventas, crecimiento, participación de mercado y utilidades. Sin embargo, detrás de toda empresa que transforma verdaderamente una sociedad existe una pregunta mucho más profunda: ¿qué problema humano está resolviendo?

Esta interrogante constituye el eje de “¿En qué piensas?”, artículo de opinión escrito por Martín Naranjo. El autor presenta una visión del empresario que supera el estereotipo de la persona dedicada únicamente a invertir dinero y obtener ganancias. El empresario es, ante todo, alguien que desarrolla una forma particular de observar el mundo: allí donde otros ven dificultades cotidianas, él descubre necesidades desatendidas y posibilidades todavía inexploradas.

Una manera diferente de observar la realidad

Naranjo comienza su reflexión relatando una conversación aparentemente sencilla. Mientras regresaba de una reunión, le preguntó a un amigo empresario en qué pensaba la mayor parte del tiempo. Su interlocutor le respondió que pensaba mucho en su familia, en sus responsabilidades y en cómo su trabajo podía contribuir al desarrollo del país.

Sin embargo, la parte más reveladora de la respuesta fue otra. El empresario explicó que constantemente intentaba identificar las necesidades existentes, encontrar mejores maneras de atenderlas y pensar qué productos podrían funcionar.

Aquella conversación permite comprender que el empresario desarrolla una mirada particular sobre la realidad. Así como un médico aprende a reconocer síntomas y un economista analiza incentivos e instituciones, el empresario está preparado para detectar problemas y transformarlos en posibilidades.

El autor resume esta idea mediante una de las frases más importantes del artículo:

“Así como un médico tiene una manera especial de ver grupos de síntomas o un economista su propia forma de ver incentivos e instituciones, un empresario piensa en posibilidades”.

Pensar en posibilidades significa mirar más allá de las dificultades evidentes. Supone preguntarse qué necesidad todavía no ha sido atendida, qué proceso podría mejorarse o qué producto facilitaría la vida de las personas.

No obstante, reconocer una oportunidad no es suficiente. El empresario también debe convencer a otras personas de que la idea tiene valor, conseguir los recursos necesarios y asumir los riesgos relacionados con su ejecución.

Descubrir problemas y convertirlos en soluciones

La sensibilidad para observar una necesidad representa únicamente el comienzo del proceso empresarial. El verdadero desafío aparece cuando se intenta convertir esa observación en una solución concreta.

Para conseguirlo, el empresario necesita comprender el problema, concebir una respuesta, organizar conocimientos, movilizar recursos y coordinar las capacidades de diferentes personas. En otras palabras, debe pasar de la imaginación a la ejecución.

El artículo distingue dos tipos de virtudes empresariales. Por un lado, se encuentran las virtudes de descubrimiento, que permiten reconocer problemas, identificar necesidades y concebir posibles soluciones. Por otro, aparecen las virtudes de ejecución, indispensables para organizar los recursos y convertir esas soluciones en realidad.

Esta distinción resulta fundamental porque una buena idea no garantiza automáticamente el éxito. El mundo empresarial está lleno de proyectos interesantes que nunca lograron materializarse por falta de organización, liderazgo, perseverancia o capacidad para ejecutar lo planificado.

Una oportunidad sin ejecución continúa siendo solamente una posibilidad. El empresario crea valor cuando consigue transformar una idea en un producto, servicio o proceso capaz de resolver una necesidad concreta.

La rentabilidad es necesaria, pero no suficiente

El artículo no rechaza la importancia de las ganancias. Por el contrario, reconoce que las utilidades son indispensables para que una empresa pueda sobrevivir, remunerar a sus trabajadores, cumplir sus obligaciones, invertir y continuar creciendo.

La rentabilidad también puede funcionar como una señal. Cuando una organización obtiene beneficios de manera sostenible, generalmente significa que encontró una necesidad y que existen personas dispuestas a pagar por la solución ofrecida.

Sin embargo, Naranjo introduce una precisión fundamental:

“La rentabilidad es necesaria, pero no suficiente”.

Esta afirmación obliga a analizar la empresa desde una perspectiva más amplia. Una organización puede generar ganancias sin producir necesariamente un beneficio auténtico para la sociedad. Incluso podría obtenerlas mediante prácticas que perjudiquen a sus trabajadores, engañen a sus clientes o produzcan consecuencias negativas para la comunidad.

Por esta razón, la utilidad económica no debería convertirse en la única medida del éxito empresarial. También es necesario preguntarse qué problemas resuelve la empresa, qué oportunidades genera y de qué manera sus decisiones contribuyen al bienestar de los demás.

Las ganancias permiten que una organización continúe funcionando. Sin embargo, la legitimidad de la empresa depende del valor que sea capaz de crear para las personas y para la sociedad.

La banca digital como ejemplo de creación de valor

La expansión de la banca digital y de las billeteras electrónicas en el Perú constituye uno de los ejemplos más claros presentados en el artículo.

Antes del desarrollo de estas herramientas, muchas operaciones financieras exigían trasladarse hasta una agencia, gastar dinero en transporte y permanecer durante largos periodos esperando atención. Para numerosas personas, especialmente para aquellas alejadas de los centros urbanos, efectuar una transferencia o realizar un pago representaba una inversión considerable de tiempo y recursos.

La tecnología modificó esa experiencia. Millones de personas pudieron comenzar a realizar operaciones desde un teléfono móvil, reduciendo desplazamientos, costos y tiempos de espera.

En este caso, la innovación empresarial no se limitó a generar ingresos para las instituciones financieras. También eliminó barreras, facilitó actividades cotidianas y amplió las oportunidades de participación económica de la población.

Este ejemplo demuestra que una empresa crea valor cuando encuentra una dificultad concreta y desarrolla una solución capaz de hacer la vida más sencilla, accesible o productiva.

El verdadero impacto empresarial no se encuentra solamente en el dinero obtenido, sino también en el tiempo ahorrado, los obstáculos eliminados y las nuevas posibilidades creadas para los usuarios.

La empresa también posee una dimensión moral

Uno de los planteamientos más profundos del artículo es que la actividad empresarial no puede separarse completamente de la moral. Cada decisión adoptada dentro de una organización produce consecuencias sobre trabajadores, clientes, proveedores, familias y comunidades.

Por esta razón, el empresario necesita algo más que conocimientos financieros o capacidades administrativas. También requiere prudencia para gestionar los riesgos, justicia para relacionarse con las personas, coraje para emprender, templanza para mantener el rumbo y confianza para construir relaciones duraderas.

Naranjo recuerda las ideas de Adam Smith, quien comprendió que el intercambio económico no ocurre en un vacío moral. La actividad comercial necesita determinadas virtudes para desarrollarse, generar confianza y producir beneficios compartidos.

El artículo también menciona a la economista e historiadora Deirdre McCloskey, quien sostiene que la prosperidad moderna no surgió solamente gracias a la acumulación de capital o al funcionamiento de las instituciones. También fue posible debido a un cambio en las ideas sobre la libertad y a una nueva valoración de la actividad comercial, empresarial e innovadora.

Desde esta perspectiva, la fe, la esperanza, el amor, el coraje, la prudencia, la justicia y la templanza adquieren importancia dentro de la vida empresarial. Estas virtudes ayudan a los emprendedores a asumir riesgos, construir relaciones de confianza y orientar sus decisiones hacia finalidades que superan la búsqueda inmediata del beneficio económico.

Por consiguiente, las virtudes empresariales no son elementos decorativos: son condiciones necesarias para construir organizaciones sostenibles y socialmente legítimas.

El punto de partida equivocado

Cuando se conversa sobre emprendimiento, normalmente las primeras preguntas se concentran en el dinero: cuánto debe invertirse, cuál será la rentabilidad, cuándo se recuperará el capital o cuánto podría crecer el negocio.

Estas preguntas son necesarias, pero, de acuerdo con la reflexión de Naranjo, no deberían ser las primeras.

Antes de hablar de ganancias, el futuro empresario tendría que preguntarse qué problema desea resolver, qué necesidad continúa desatendida y cómo su propuesta puede mejorar la vida de otras personas.

La conversación empresarial debería comenzar con el descubrimiento de un problema. Después vendrían la búsqueda de una oportunidad, el diseño de una solución, la creación de valor y, finalmente, la rentabilidad necesaria para sostener y ampliar la iniciativa.

Una empresa no crea valor únicamente porque gana dinero. Obtiene ingresos de manera legítima y sostenible cuando ofrece una solución que las personas reconocen, necesitan y valoran.

Una visión más humana del empresario

El artículo propone recuperar una visión más completa y exigente del empresario. Emprender no significa solamente abrir un negocio, administrar recursos o conseguir clientes. Significa aprender a observar la realidad con atención, encontrar necesidades que otros no han identificado y convertirlas en soluciones concretas.

El buen empresario reúne dos capacidades fundamentales: la sensibilidad para descubrir problemas y la disciplina para resolverlos. Su éxito económico será importante, pero su contribución más profunda se encontrará en las posibilidades que haya creado para los demás.

Esta reflexión adquiere especial relevancia en sociedades donde todavía existen numerosas necesidades insatisfechas. Cada dificultad relacionada con la educación, la salud, el transporte, los servicios financieros, la alimentación o la tecnología puede convertirse en una oportunidad para desarrollar soluciones innovadoras.

Sin embargo, aprovechar estas oportunidades exige comprender que las personas no son únicamente consumidores. Son ciudadanos con necesidades, expectativas y derechos. Por esta razón, la creación de valor debe construirse sobre la confianza, la justicia y la responsabilidad, y no solamente sobre la búsqueda de ganancias inmediatas.

La verdadera medida del éxito empresarial

Quizá la moral del empresario se exprese en una decisión cotidiana: dedicar su talento, esfuerzo y recursos a construir algo que mejore la vida de otras personas.

La rentabilidad seguirá siendo necesaria. Sin beneficios, una empresa difícilmente podrá mantenerse, innovar o ampliar sus operaciones. No obstante, la rentabilidad adquiere un significado más profundo cuando surge como consecuencia de haber solucionado un problema verdadero.

El éxito empresarial debería evaluarse, entonces, desde dos dimensiones complementarias. La primera es la sostenibilidad económica, porque ninguna organización puede funcionar indefinidamente sin ingresos. La segunda es la creación de valor social, porque toda empresa necesita justificar su existencia mediante aquello que aporta a las personas y a la comunidad.

Una empresa puede ser rentable y, aun así, resultar irrelevante para la sociedad. Pero cuando resuelve problemas, genera confianza y amplía las posibilidades de las personas, deja de ser únicamente un negocio y se convierte en una auténtica creadora de valor.

lunes, 10 de agosto de 2026

Perú ante la paradoja laboral de 2026: menos desempleo, pero todavía demasiada informalidad

 


Perú ante la paradoja laboral de 2026: menos desempleo, pero todavía demasiada informalidad

El nuevo informe de la OIT muestra que el mercado laboral peruano ha reducido la desocupación, pero advierte que esta mejora coincide con una menor participación laboral y con una informalidad que todavía alcanza al 69,8 % de los trabajadores. El problema del país ya no consiste únicamente en generar empleo, sino en crear puestos formales, productivos y sostenibles.

El mercado laboral peruano llega a 2026 mostrando señales aparentemente contradictorias. Por un lado, la tasa de desempleo continúa disminuyendo y la informalidad laboral registró una mejora moderada. Por otro, cada vez menos personas participan en el mercado de trabajo, la ocupación ha comenzado a retroceder y aproximadamente siete de cada diez trabajadores siguen desempeñándose en condiciones informales.

Esta es una de las principales conclusiones que se desprenden del informe Tendencias del mercado laboral en América Latina y el Caribe 2026, publicado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Aunque el documento examina la situación regional, los datos correspondientes al Perú permiten identificar una realidad particular: la caída del desempleo no significa necesariamente que existan más oportunidades laborales.

En algunos casos, la tasa de desocupación puede disminuir porque las personas encuentran trabajo. Sin embargo, también puede bajar cuando una parte de la población deja de buscar empleo y, por tanto, ya no es considerada desempleada. El Perú parece encontrarse parcialmente dentro de este segundo escenario.

Una economía que seguirá creciendo, pero a menor velocidad

El primer elemento que condicionará al mercado laboral peruano durante 2026 es la desaceleración económica. El informe recoge las proyecciones de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

Las tres instituciones estimaron que el producto bruto interno del Perú creció 3,4 % en 2025. Para 2026, sin embargo, anticipan una expansión más moderada. La CEPAL proyecta un crecimiento de 3,2 %, mientras que el FMI lo sitúa en 2,8 % y el Banco Mundial en 2,7 %.

Estas estimaciones coinciden en un punto central: la economía peruana continuaría creciendo durante 2026, pero lo haría a una velocidad inferior a la registrada el año anterior.

La desaceleración no significa necesariamente una recesión ni una destrucción inmediata del empleo, pero puede limitar la capacidad de las empresas para contratar nuevos trabajadores, aumentar salarios o invertir en expansión. También puede afectar especialmente a los jóvenes, a las personas con menor calificación y a los trabajadores vinculados con microempresas y actividades de baja productividad.

El desafío para el Perú no será solamente mantener cifras positivas de crecimiento. Será conseguir que ese crecimiento se traduzca en empleo formal, protección social, productividad y mejores ingresos. Una economía puede crecer sin transformar significativamente la calidad del trabajo si la expansión se concentra en actividades informales o de baja productividad.

La inflación vuelve a ejercer presión

Otro dato que merece atención es el comportamiento de los precios. Según el informe, la inflación interanual del Perú pasó de 1,7 % en abril de 2025 a 4,0 % en abril de 2026.

La OIT señala que, pese a este incremento, el resultado todavía era compatible con un escenario general de estabilidad de precios. Sin embargo, el aumento resulta relevante porque la inflación reduce la capacidad adquisitiva de los salarios, especialmente entre los hogares de menores ingresos.

Un trabajador puede conservar su empleo y recibir el mismo sueldo, pero si los alimentos, el transporte, la energía y otros productos básicos se encarecen, su ingreso real disminuye. Por ello, la calidad del mercado laboral no debe evaluarse únicamente mediante el número de personas ocupadas, sino también considerando cuánto pueden comprar realmente con sus remuneraciones.

La combinación de desaceleración económica e inflación representa un escenario delicado: las empresas enfrentan mayores costos, mientras los trabajadores necesitan ingresos más altos para mantener su nivel de vida. En el sector informal, donde los ingresos suelen ser inestables y la protección social es limitada, esta presión puede sentirse con mayor intensidad.

El desempleo baja, pero también disminuye la participación laboral

Los indicadores correspondientes al primer trimestre de cada año muestran una reducción sostenida de la desocupación peruana. La tasa de desempleo pasó de 6,4 % en el primer trimestre de 2024 a 5,5 % en 2025 y a 5,1 % en 2026. Esta última cifra es preliminar.

A primera vista, el resultado parece favorable. Sin embargo, debe interpretarse junto con los otros indicadores del mercado laboral.

Indicador laboral del PerúI trimestre de 2024I trimestre de 2025I trimestre de 2026
Tasa de participación71,1 %70,5 %69,1 %
Tasa de ocupación66,6 %66,7 %65,6 %
Tasa de desocupación6,4 %5,5 %5,1 %

La tasa de participación, que representa a las personas en edad de trabajar que tienen empleo o que lo están buscando activamente, disminuyó de 71,1 % a 69,1 % entre 2024 y 2026. Al mismo tiempo, la tasa de ocupación pasó de 66,6 % a 65,6 %.

Esto significa que el desempleo bajó, pero no porque se haya producido una expansión contundente de la ocupación. Entre el primer trimestre de 2025 y el mismo periodo de 2026, la ocupación descendió 1,1 puntos porcentuales, mientras que la participación laboral cayó 1,4 puntos.

La propia OIT incluye al Perú entre los países donde la desocupación disminuyó en un contexto de reducción de la participación y de la ocupación. El organismo señala que una parte de esta mejora puede explicarse por una menor presión de la oferta laboral: hay menos personas trabajando o buscando activamente un empleo.

Este fenómeno puede responder a diversas situaciones. Algunas personas dejan de buscar porque no encuentran oportunidades adecuadas; otras se dedican a estudiar, realizan labores de cuidado no remuneradas, migran o se retiran temporalmente del mercado laboral. El informe no determina cuál de estas causas explica específicamente el caso peruano, pero sí advierte que la disminución de la fuerza laboral puede estar vinculada con factores demográficos y de participación.

Por esta razón, una menor tasa de desempleo no debe presentarse automáticamente como prueba de un mercado laboral más dinámico. Para conocer la situación real, es indispensable observar simultáneamente la participación, la ocupación y la calidad de los puestos generados.

Los jóvenes enfrentan mayores dificultades

El informe también revela un deterioro en la inserción laboral de los jóvenes peruanos de entre 15 y 24 años. La tasa de desempleo juvenil aumentó de 10,9 % en 2024 a 11,8 % en 2025.

La cifra es más del doble de la tasa general de desempleo registrada en el primer trimestre de 2026. Aunque se trata de periodos de medición diferentes, la comparación permite observar la vulnerabilidad de los jóvenes dentro del mercado de trabajo.

El problema no se limita a conseguir el primer empleo. Los jóvenes también presentan mayores probabilidades de ingresar mediante ocupaciones informales, temporales, inestables o poco relacionadas con su formación. La falta de experiencia se convierte en una barrera de entrada, mientras que la ausencia de oportunidades laborales dificulta precisamente la adquisición de esa experiencia.

Esta situación crea un círculo complicado: sin experiencia es difícil conseguir empleo, pero sin empleo es imposible acumular experiencia. Para romperlo se necesitan programas de formación vinculados con las necesidades reales de las empresas, prácticas laborales de calidad y mecanismos que faciliten la transición de los estudios al trabajo.

La informalidad baja, pero todavía afecta al 69,8 % de los trabajadores

El principal problema estructural del mercado laboral peruano continúa siendo la informalidad. En 2025, el 69,8 % de las personas ocupadas trabajaba en condiciones informales.

Esto equivale a decir que aproximadamente siete de cada diez trabajadores peruanos se encontraban fuera de una relación laboral o empresarial plenamente formal. El Perú aparece así dentro del grupo de países donde la informalidad supera el 60 %.

La cifra representa una mejora de aproximadamente un punto porcentual frente a 2024. La OIT interpreta esta reducción como una señal de avance gradual en el proceso de formalización. Sin embargo, el nivel sigue siendo tan elevado que no permite hablar de una transformación estructural.

La informalidad implica mucho más que la falta de un documento o un registro administrativo. Para los trabajadores puede significar ausencia de contrato, vacaciones, seguro de salud, pensión, indemnización o protección frente a accidentes y despidos. Para las empresas suele relacionarse con dificultades para acceder al crédito, incorporar tecnología, participar en cadenas de suministro de mayor valor o contratar personal calificado.

El verdadero desafío peruano ya no consiste únicamente en reducir el desempleo, sino en convertir el trabajo existente en empleo decente, productivo y protegido.

La informalidad también existe dentro de las empresas registradas

Uno de los hallazgos más reveladores del informe es que no toda la informalidad ocurre en negocios completamente informales. En el Perú, alrededor del 20 % del empleo informal tiene lugar dentro de empresas registradas formalmente, de acuerdo con la evidencia citada por la OIT.

Esto sucede cuando una empresa está inscrita ante las autoridades, pero mantiene a una parte de sus trabajadores sin contrato formal o sin acceso a la seguridad social. Por tanto, registrar nuevas empresas no será suficiente si dentro de ellas continúan existiendo relaciones laborales informales.

El informe utiliza datos de la Encuesta Nacional de Hogares de 2024 para comparar la productividad de las microempresas formales e informales. Para este análisis, considera formal a la empresa peruana que está registrada en la Superintendencia Nacional de Aduanas y de Administración Tributaria y que lleva registros contables.

Los resultados muestran que las microempresas formales son, en promedio, más productivas. Sin embargo, también existe una considerable superposición: algunas empresas informales presentan niveles de productividad similares a los de determinadas empresas formales.

Esto demuestra que la informalidad peruana no es un fenómeno homogéneo. Existen negocios de supervivencia que producen ingresos mínimos, pero también empresas capaces de formalizarse que deciden no hacerlo porque consideran que los costos superan a los beneficios.

La formalidad ofrece mejores posibilidades de crecimiento

El análisis de la ENAHO correspondiente al periodo 2015-2019 permite observar cómo evolucionaron las microempresas peruanas a través del tiempo. Al comparar negocios formales e informales con niveles iniciales de productividad semejantes, la OIT encontró mejores trayectorias entre los formales.

En promedio, dentro de la zona donde ambos tipos de empresas presentaban características comparables, el crecimiento de la productividad laboral de las empresas formales fue 1,19 veces el de las informales. En productividad total de los factores, la relación consignada en el cuadro estadístico fue de 1,07 veces.

La diferencia fue particularmente elevada en el primer y cuarto cuartil de productividad. En ambos grupos, el crecimiento de la productividad laboral de las empresas formales fue alrededor de 1,7 veces el registrado por las informales.

El mensaje es importante: una empresa informal puede alcanzar inicialmente un nivel de productividad similar al de una formal, pero sus posibilidades futuras de expansión pueden quedar limitadas. La falta de financiamiento, protección legal, tecnología, trabajadores calificados y acceso a mercados formales termina actuando como un techo.

La formalidad no garantiza automáticamente el éxito, pero puede crear mejores condiciones para crecer de manera sostenida.

Cuanto más productiva es una empresa, mayor es su posibilidad de formalizarse

El informe también examinó las transiciones de las empresas peruanas desde la informalidad hacia la formalidad. Los resultados muestran una relación clara entre productividad y formalización.

Entre las empresas que realizaron la transición, solo 10,2 % pertenecía al cuartil de menor productividad. La proporción aumentó a 24,3 % en el segundo cuartil, 34,5 % en el tercero y 31,1 % en el cuarto.

Además, el 79,1 % de las empresas peruanas que lograron formalizarse se encontraba inicialmente en la zona donde se superponían los niveles de productividad de empresas formales e informales.

Estos resultados sugieren que las empresas tienen más probabilidades de formalizarse cuando alcanzan un nivel de productividad que les permite asumir los costos laborales, tributarios y administrativos correspondientes.

Por ello, exigir la formalización sin ayudar previamente a las unidades económicas de supervivencia a mejorar su productividad puede resultar insuficiente. En ciertos casos, el negocio no permanece informal únicamente porque rechace las normas, sino porque genera ingresos demasiado bajos para cumplirlas.

Capacitación y acompañamiento: la evidencia peruana

Uno de los datos más alentadores del informe aparece en el análisis de las políticas públicas. Según la investigación citada por la OIT, en el Perú, la combinación de apoyo inicial a la formalización y capacitación incrementó las tasas de formalización entre 20 y 25 puntos porcentuales.

El resultado demuestra que las intervenciones integrales pueden ser más efectivas que las medidas aisladas. Reducir un trámite o imponer una sanción puede producir efectos limitados si la empresa sigue teniendo baja productividad, escaso conocimiento administrativo y pocas posibilidades de acceder al mercado.

La capacitación debe estar acompañada por acceso al financiamiento, digitalización, asistencia técnica, mejora de la gestión y vinculación con nuevos clientes. El objetivo no consiste simplemente en entregar un número de registro, sino en construir una empresa capaz de sostener la formalidad.

El informe señala también que el uso de medios de pago diferentes al efectivo, el ahorro, el crédito y la presencia digital están asociados positivamente con la formalización. La transformación digital puede funcionar como un puente entre productividad y formalidad, siempre que las empresas más pequeñas reciban el acompañamiento necesario.

El desafío peruano: hacer viable la formalidad

Los datos presentados por la OIT dibujan un mercado laboral peruano con avances parciales, pero todavía frágil. La desocupación disminuye, aunque simultáneamente retroceden la participación laboral y la ocupación. La informalidad cae moderadamente, pero continúa afectando a casi siete de cada diez trabajadores. Y los jóvenes enfrentan mayores dificultades para ingresar al empleo.

La lección central es que la formalización no puede basarse exclusivamente en controles, sanciones o reducción de trámites. El Perú necesita una estrategia diferenciada.

Las unidades económicas de supervivencia requieren capacitación, protección social, tecnología y apoyo para elevar su productividad. Las empresas que ya pueden asumir los costos de la formalidad necesitan incentivos claros, fiscalización efectiva y acceso a beneficios que hagan visible el valor de cumplir las normas. Las empresas registradas que mantienen trabajadores informales deben ser acompañadas y supervisadas para regularizar sus relaciones laborales.

El país no resolverá la informalidad obligando a todas las empresas a seguir exactamente el mismo camino. Una microempresa que apenas genera ingresos diarios no enfrenta las mismas dificultades que un negocio productivo que evita deliberadamente sus obligaciones.

Una cifra menor no siempre significa una realidad mejor

El informe de la OIT deja una advertencia que debería orientar el debate público peruano: los indicadores laborales no pueden analizarse de manera aislada.

Una tasa de desempleo de 5,1 % parece positiva, pero pierde parte de su brillo cuando se descubre que la ocupación y la participación también disminuyeron. Una reducción de un punto en la informalidad representa un avance, pero resulta insuficiente cuando el problema todavía alcanza al 69,8 % de los trabajadores.

El Perú enfrenta, por tanto, una paradoja laboral: tiene menos desempleo estadístico, pero no necesariamente un mercado de trabajo más fuerte; registra una menor informalidad, pero sigue siendo una economía predominantemente informal.

La tarea pendiente es convertir el crecimiento económico en productividad empresarial y transformar esa productividad en trabajo decente. Solo entonces la reducción del desempleo dejará de ser una cifra aislada y se convertirá en una mejora real para las familias peruanas.


Fuente principal: Organización Internacional del Trabajo, Tendencias del mercado laboral en América Latina y el Caribe 2026, julio de 2026. Las cifras de 2026 correspondientes al mercado laboral son preliminares. El análisis empresarial utiliza principalmente información de la ENAHO 2024 y paneles de la ENAHO 2015-2019.

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