miércoles, 2 de septiembre de 2026

El desafío que comienza después de la victoria: por qué ganar una vez no garantiza seguir ganando

 

El desafío que comienza después de la victoria: por qué ganar una vez no garantiza seguir ganando

Fuente principal: Kreiner-Phillips, K., y Orlick, T. (1993). “Winning After Winning: The Psychology of Ongoing Excellence”. The Sport Psychologist, 7(1), 31-48.

La fotografía queda registrada para siempre: el deportista levanta el trofeo, recibe la medalla y escucha los aplausos de un público que celebra su llegada a la cima. Desde fuera, la victoria parece representar el final perfecto de una historia de sacrificio. Sin embargo, para quien acaba de convertirse en campeón, ese momento no siempre es un punto de llegada. Con frecuencia es el comienzo de una presión completamente nueva.

¿Qué ocurre psicológicamente después de ganar? ¿Por qué algunos campeones sostienen su rendimiento durante años, mientras otros nunca vuelven a alcanzar el mismo nivel?

Las investigadoras Kathy Kreiner-Phillips y Terry Orlick intentaron responder estas preguntas en Winning After Winning: The Psychology of Ongoing Excellence, un estudio publicado en 1993 que, más de tres décadas después, conserva una sorprendente vigencia. Su principal conclusión desafía una creencia muy extendida: alcanzar el éxito y permanecer en él requieren capacidades diferentes.

El talento, la disciplina y la concentración pueden conducir a una primera gran victoria. Mantenerla exige, además, aprender a administrar la atención pública, las expectativas, los compromisos comerciales, los cambios personales y el temor de no volver a ganar.

Diecisiete campeones frente al día después

Kreiner-Phillips y Orlick realizaron entrevistas individuales en profundidad a 17 campeones mundiales, 11 hombres y seis mujeres, procedentes de cuatro países y representantes de siete disciplinas deportivas.

Todos habían ganado al menos una competencia internacional de primer nivel, como los Juegos Olímpicos, un campeonato mundial o una Copa del Mundo, entre 1964 y 1988. Algunos habían triunfado una sola vez; otros acumulaban hasta 86 victorias individuales en copas mundiales.

La investigación no se concentró únicamente en la preparación previa a la competencia. Su originalidad consistió en observar lo que sucedió después del triunfo: cómo se modificaron la concentración, las rutinas, las relaciones personales, las expectativas y la capacidad para repetir una actuación extraordinaria.

Los investigadores identificaron tres trayectorias.

El primer grupo estuvo formado por siete deportistas que continuaron alcanzando resultados importantes después de su primera victoria. Un segundo grupo reunió a seis campeones cuyo rendimiento descendió, pero que consiguieron regresar a la cima después de un periodo prolongado. Los cuatro restantes integraron el grupo que nunca volvió a ganar una competencia del mismo nivel.

Antes de alcanzar su primer gran éxito, las diferencias entre estos atletas no eran especialmente evidentes. Todos mostraban confianza, compromiso, preparación y capacidad para concentrarse. La separación comenzó después de ganar.

Ese es el hallazgo esencial del estudio: la victoria modificó el entorno de los campeones, pero no todos estaban preparados para responder a ese cambio. El artículo original puede consultarse en la revista The Sport Psychologist.

Cuando el resultado reemplaza al proceso

Antes de convertirse en campeones, los atletas concentraban su atención en aspectos concretos de la ejecución: la técnica, el movimiento, la estrategia, la respiración o el ritmo de competencia. No necesitaban repetirse constantemente que debían ganar. Su mente estaba ocupada en realizar correctamente la tarea.

Después del triunfo, esa concentración comenzó a cambiar.

Para algunos, la atención dejó de estar colocada en la actuación y se desplazó hacia el resultado. Ya no competían simplemente para ejecutar su plan, sino para defender su prestigio, responder a las expectativas y demostrar que la primera victoria no había sido producto de la casualidad.

Los deportistas que atravesaron dificultades mostraron cuatro tendencias principales: comenzaron a pensar excesivamente en el resultado, se sintieron obligados a ganar, perdieron la concentración o intentaron esforzarse más de lo necesario.

El último comportamiento parece contradictorio. ¿Cómo podría perjudicar a un campeón tratar de esforzarse más? La explicación se encuentra en la naturaleza de las habilidades altamente desarrolladas. Después de miles de horas de práctica, muchos movimientos deben realizarse de manera automática. Cuando el atleta intenta controlar conscientemente cada detalle por miedo a equivocarse, puede romper esa fluidez.

La presión transforma una acción conocida en una prueba permanente. El campeón deja de actuar con naturalidad y comienza a vigilarse a sí mismo.

Quienes continuaron ganando hicieron lo contrario. Lograron reconstruir el estado mental de su primera gran victoria: conservaron la confianza, mantuvieron la atención en la ejecución y permitieron que las habilidades entrenadas funcionaran sin una interferencia excesiva.

La diferencia no consistía en desear menos la victoria. Consistía en entender que el resultado no se controla directamente; lo que puede controlarse es el proceso que aumenta las probabilidades de obtenerlo.

El éxito también desordena la agenda

Ganar produjo una consecuencia que casi ninguno de los entrevistados había anticipado: el tiempo del deportista dejó de pertenecerle por completo.

Después de la victoria aparecieron entrevistas, ceremonias, viajes, compromisos con patrocinadores, invitaciones, homenajes y solicitudes de personas que querían acercarse al nuevo campeón. Al mismo tiempo, aumentaron las expectativas de entrenadores, federaciones, familiares, seguidores y medios de comunicación.

Las actividades podían resultar agradables e incluso necesarias, pero competían con aquello que había hecho posible el triunfo: entrenar, descansar, recuperarse y mantener una vida equilibrada.

Según la revisión posterior de los resultados, aproximadamente dos tercios de los participantes señalaron que las nuevas demandas perjudicaron su tiempo de entrenamiento o recuperación. Dentro del grupo que consiguió sostener el éxito, cinco de los siete deportistas lograron preservar sus rutinas habituales. Entre quienes descendieron o no volvieron a ganar, solo uno pudo hacerlo con la misma eficacia.

Los campeones constantes aprendieron a poner límites. Aceptaron que la atención pública formaba parte de su nueva realidad, pero no permitieron que desplazara sus prioridades. Comprendieron que decir “no” a una entrevista, una ceremonia o un compromiso comercial podía ser tan importante como completar una sesión de entrenamiento.

El éxito les ofrecía nuevas oportunidades, pero también podía alejarlos silenciosamente de las actividades que lo habían producido.

Nadie los preparó para ser campeones

Uno de los resultados más preocupantes fue que los participantes habían recibido muy poca orientación para afrontar las consecuencias de ganar. Sus entrenadores y equipos técnicos los prepararon para competir, pero no necesariamente para vivir después de convertirse en figuras públicas.

Se planificaba el camino hacia la medalla, pero no la vida posterior.

Los deportistas sabían cómo mejorar una marca, corregir una técnica o enfrentar a un rival. No siempre sabían cómo responder a la exposición mediática, proteger su descanso, distinguir una oportunidad valiosa de una distracción o convivir con la obligación pública de repetir el triunfo.

Esa ausencia de acompañamiento revela una limitación frecuente en las organizaciones de alto rendimiento: se invierte una enorme cantidad de recursos en alcanzar un objetivo, pero muy poco en administrar las consecuencias de haberlo conseguido.

Investigaciones posteriores confirmaron que ganar una medalla olímpica produce cambios personales, sociales y profesionales que pueden ser positivos, negativos o una combinación de ambos. Un estudio de 1998 analizó las experiencias de 18 medallistas olímpicos de oro australianos y examinó después las estrategias utilizadas para adaptarse a su nueva situación. La capacidad de aceptar el cambio, conservar una perspectiva equilibrada, buscar apoyo y mantener el control sobre las decisiones personales apareció nuevamente como un elemento relevante. Esos trabajos fueron publicados como Life After Winning Gold: I y Life After Winning Gold: II.

El peligro de colocar al ganador sobre un pedestal

Una medalla no modifica únicamente la manera en que el público observa al deportista. También puede cambiar la forma en que el campeón se percibe a sí mismo.

Después de ganar, algunas personas de su entorno comenzaron a tratarlos de manera diferente. Aparecieron reconocimientos, privilegios y expresiones de admiración. Al mismo tiempo, se instaló una expectativa silenciosa: el campeón debía actuar siempre como campeón.

Esta transformación puede producir una identidad frágil. Si el valor personal comienza a depender del próximo resultado, cada competencia deja de ser una oportunidad deportiva y se convierte en una evaluación de la propia identidad.

Perder ya no significa solamente obtener una posición inferior. Puede sentirse como una caída pública, una decepción para los demás o una amenaza contra todo lo que la persona cree representar.

Los atletas que conservaron una perspectiva más saludable contaron con familiares, amigos o entrenadores capaces de mantenerlos conectados con su vida cotidiana. En lugar de reforzar permanentemente su condición de celebridades, esas relaciones les recordaban que seguían siendo personas más amplias que sus resultados.

Este apoyo no eliminaba la ambición. Evitaba que la ambición consumiera por completo a la persona.

Disfrutar para permanecer

Los campeones que continuaron ganando no solo conservaron sus rutinas y su concentración. También protegieron el disfrute de su actividad.

Tras alcanzar el mayor objetivo disponible, un atleta puede experimentar una pérdida de dirección. Si toda su carrera estuvo organizada alrededor de conseguir una medalla o un campeonato, ¿qué motivo queda para levantarse al día siguiente y repetir el mismo esfuerzo?

Los deportistas más consistentes encontraron nuevos desafíos dentro de su disciplina. Intentaron perfeccionar una habilidad, superar una marca, ampliar su dominio técnico o comprobar cuánto podían desarrollarse. La siguiente competencia no era vista únicamente como una obligación para defender el título, sino como una nueva oportunidad para aprender.

Esta diferencia resulta decisiva. La presión dice: “Tengo que ganar porque todos lo esperan”. El desafío dice: “Quiero descubrir si puedo volver a hacerlo y mejorar”.

Los dos pensamientos pueden conducir al esfuerzo, pero producen experiencias psicológicas distintas. Uno nace del miedo a perder lo alcanzado; el otro conserva la curiosidad que originalmente impulsó al deportista.

El deporte de élite no inmuniza contra el sufrimiento

Durante mucho tiempo, la fortaleza mental se interpretó como la capacidad de ocultar el miedo, soportar la presión y continuar compitiendo sin pedir ayuda. La investigación contemporánea ha cuestionado esa visión.

El consenso del Comité Olímpico Internacional sobre salud mental señala que los deportistas de élite pueden sufrir problemas psicológicos con una frecuencia comparable a la población general. Entre los factores de riesgo aparecen las lesiones, el bajo rendimiento, la presión competitiva, el acoso, los cambios de carrera y la falta de apoyo. Una revisión sistemática encontró prevalencias que llegaban aproximadamente al 34 % para síntomas de ansiedad y depresión, aunque las cifras varían según la población, el método de evaluación y la disciplina deportiva. British Journal of Sports Medicine

Estas cifras no demuestran que ganar provoque por sí mismo un trastorno mental. Sí recuerdan que la fama, las medallas y el alto rendimiento no protegen automáticamente el bienestar psicológico.

El reconocimiento público puede incluso dificultar la búsqueda de ayuda. A la persona que simboliza fuerza, disciplina y éxito puede resultarle especialmente difícil admitir que se siente desbordada.

Casos recientes como el de Simone Biles han ayudado a modificar esta conversación. La gimnasta decidió retirarse de varias pruebas en los Juegos Olímpicos de Tokio después de experimentar una pérdida de orientación espacial conocida como twisties. Su decisión mostró que proteger la salud no representa una negación de la excelencia, sino una condición para que la excelencia pueda sostenerse. Años después, Biles y la esquiadora Mikaela Shiffrin reflexionaron públicamente sobre cómo la experiencia olímpica cambió su relación con el éxito, el fracaso y la salud mental. Olympics.com

Una investigación valiosa, pero no definitiva

El estudio de Kreiner-Phillips y Orlick debe leerse con perspectiva crítica. Se trata de una investigación cualitativa con solo 17 participantes. Los deportistas pertenecían a siete disciplinas y sus victorias ocurrieron entre 1964 y 1988, una época anterior a las redes sociales, la exposición permanente y el actual nivel de comercialización del deporte.

Las entrevistas reconstruyeron experiencias pasadas, por lo que las respuestas podían estar influidas por la memoria y por la interpretación posterior de cada trayectoria. Además, el trabajo identifica patrones y diferencias, pero no permite afirmar que una estrategia determinada sea la causa exclusiva de haber continuado ganando.

No obstante, su valor permanece. La investigación no pretendía producir una fórmula matemática de la victoria, sino comprender cómo vivieron los campeones la transformación que siguió a su éxito. Sus hallazgos fueron lo bastante sólidos y reconocibles como para continuar siendo citados en estudios sobre excelencia, fortaleza mental y desarrollo deportivo.

El artículo abrió una pregunta que todavía merece atención: ¿por qué se prepara tanto a las personas para alcanzar el éxito y tan poco para sobrevivir a sus consecuencias?

Del vestuario a la empresa

Las enseñanzas de Winning After Winning trascienden el deporte. También pueden observarse en empresas, universidades, emprendimientos y carreras profesionales.

Una organización puede alcanzar un récord de ventas y comenzar a actuar únicamente para defenderlo. Un gerente recién ascendido puede abandonar las prácticas que lo llevaron al cargo y dedicar toda su energía a demostrar que merece permanecer en él. Un negocio exitoso puede aceptar tantos compromisos y oportunidades que termina deteriorando su operación principal.

En todos estos casos aparece el mismo desplazamiento descrito entre los campeones: la atención abandona el proceso y se concentra en conservar el reconocimiento.

Las empresas que sostienen el rendimiento protegen sus fundamentos. Conservan la calidad, escuchan al cliente, forman a sus trabajadores, controlan sus procesos y mantienen la disciplina financiera. Celebran el resultado sin confundirlo con una garantía sobre el futuro.

También administran las nuevas exigencias. El crecimiento trae reuniones, exposición, clientes más grandes, mayor complejidad y presión por expandirse. Si la organización no aprende a seleccionar prioridades, las oportunidades creadas por el éxito pueden terminar debilitándola.

La victoria, tanto en el deporte como en la empresa, necesita límites, recuperación, perspectiva y capacidad para volver a empezar.

Ganar no concede el derecho a volver a ganar

El mensaje final de Kreiner-Phillips y Orlick es tan sencillo como exigente: haber ganado no facilita automáticamente la siguiente victoria.

El título anterior puede aumentar la confianza, pero también la presión. Puede abrir oportunidades, pero también ocupar el tiempo necesario para prepararse. Puede generar reconocimiento, pero también convertir cada error en un acontecimiento público.

Los campeones que permanecen no viven contemplando permanentemente el trofeo obtenido. Regresan a aquello que pueden controlar. Protegen sus rutinas, mantienen el descanso, aceptan que no todas las invitaciones merecen una respuesta afirmativa, analizan sus resultados y conservan el placer de seguir aprendiendo.

La excelencia continua no consiste en repetir obsesivamente una victoria pasada. Consiste en reconstruir cada día las condiciones que hicieron posible aquella victoria.

La medalla puede confirmar que alguien fue el mejor durante una competencia. Lo que haga después revelará si aprendió a convivir con el éxito.

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