viernes, 17 de julio de 2026

Diario de un CEO: las 33 leyes que intentan explicar por qué algunas personas construyen cosas extraordinarias

 

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Steven Bartlett reúne experiencias empresariales, principios psicológicos, historias de líderes y aprendizajes obtenidos durante cientos de entrevistas para defender una idea central: el éxito duradero no depende de una estrategia secreta, sino del dominio personal, la capacidad de comunicar, una filosofía coherente y la calidad de las personas que nos acompañan.

La mayoría de los libros empresariales intenta responder qué estrategia debe seguir una persona para vender más, dirigir mejor o construir una compañía exitosa. Steven Bartlett adopta un enfoque diferente en The Diary of a CEO: The 33 Laws of Business and Life.

Para el empresario británico, las estrategias envejecen. Una fórmula que funciona hoy puede resultar inútil cuando cambian la tecnología, los consumidores o las condiciones económicas. Por eso, su libro no se concentra en tácticas circunstanciales, sino en principios que, según sostiene, podrían conservar su utilidad durante décadas.

Bartlett presenta 33 leyes organizadas alrededor de cuatro grandes pilares: el yo, la historia, la filosofía y el equipo. Su propósito no es ofrecer una receta lineal, sino construir un mapa sobre la conducta humana: cómo aprendemos, por qué creemos determinadas cosas, qué nos hace prestar atención, cómo desarrollamos disciplina y de qué manera un grupo de personas puede convertirse en un equipo extraordinario.

Un libro construido desde la experiencia y la conversación

Bartlett presenta sus credenciales desde las primeras páginas. Relata que ha fundado empresas, participado en directorios, invertido en decenas de compañías, reunido capital y asesorado a marcas internacionales.

A ello suma cientos de horas de conversaciones con empresarios, científicos, deportistas, artistas, psicólogos y otros personajes entrevistados en su pódcast The Diary of a CEO.

El autor afirma que, detrás de los éxitos y fracasos que observó, encontró patrones que parecían repetirse independientemente de la industria o de la época. Esos patrones constituyen las 33 leyes del libro. No pretende describir únicamente cómo construir una empresa, sino también cómo desarrollar capacidades personales que permitan crear, dirigir y adaptarse.

Su propuesta se sostiene sobre una premisa sencilla: para construir algo grande primero es necesario comprender a las personas. Y la primera persona que debemos aprender a dirigir es uno mismo.

Pilar I: el yo

El primer pilar se concentra en el autoconocimiento, el autocontrol, la salud, las creencias, los hábitos y la identidad.

Bartlett sostiene que el “yo” es el único territorio sobre el cual poseemos un control directo. Las circunstancias, los mercados y las demás personas pueden cambiar de manera imprevisible; nuestra capacidad para aprender, responder y actuar constituye la base más estable de cualquier proyecto.

Los cinco cubos del potencial profesional

La primera ley introduce una de las metáforas centrales del libro: los cinco cubos que determinan el potencial profesional.

El primer cubo contiene lo que sabemos, es decir, nuestros conocimientos. El segundo corresponde a lo que podemos hacer, nuestras habilidades. El tercero representa a quién conocemos, nuestra red de relaciones. El cuarto contiene lo que tenemos, nuestros recursos. El quinto reúne lo que los demás piensan de nosotros, nuestra reputación.

Bartlett afirma que estos recipientes deben llenarse en ese orden.

El conocimiento, al ponerse en práctica, se transforma en habilidad. Una persona que combina conocimientos y habilidades comienza a producir valor, lo que amplía su red. Esa red facilita el acceso a nuevas oportunidades y recursos. Con el tiempo, el desempeño sostenido construye una reputación.

El problema aparece cuando alguien intenta empezar por los últimos cubos. Puede aceptar un cargo por el salario, el estatus o el reconocimiento, aunque todavía no tenga el conocimiento ni las habilidades necesarios para sostenerlo.

El libro presenta el caso de un joven trabajador que aceptó convertirse en director ejecutivo de una empresa porque recibiría casi el doble de salario, acciones y la posibilidad de vivir en Nueva York. El ascenso parecía extraordinario, pero la compañía se hundió 18 meses después. El joven perdió el cargo y tuvo que buscar nuevamente una posición de menor responsabilidad.

La enseñanza no consiste en rechazar toda oportunidad ambiciosa. Consiste en reconocer que el estatus no puede sustituir a las capacidades.

Una crisis profesional puede reducir nuestros recursos, debilitar nuestra red o afectar nuestra reputación. Pero no puede quitarnos lo que aprendimos ni las habilidades que desarrollamos. Por ello, Bartlett considera que los dos primeros cubos constituyen la forma más resistente de riqueza profesional.

Enseñar para aprender de verdad

La segunda ley sostiene que, para dominar un tema, debemos crear la obligación de enseñarlo.

Leer o escuchar puede producir una sensación engañosa de comprensión. La verdadera prueba aparece cuando intentamos explicar una idea con palabras sencillas.

Bartlett propone aprender profundamente, escribir la explicación como si estuviera dirigida a un niño, compartirla y revisar si otras personas lograron comprenderla. Si la explicación es confusa, probablemente el conocimiento todavía sea superficial.

Este procedimiento se relaciona con la técnica Feynman: investigar, simplificar, enseñar y utilizar la retroalimentación para identificar las lagunas del propio entendimiento.

Bartlett relata que, a los 21 años, asumió el compromiso de publicar diariamente una idea. La obligación de escribir y comunicar lo forzó a estudiar con mayor profundidad, ordenar sus pensamientos y mejorar su capacidad de hablar en público.

La enseñanza deja así de ser solamente una forma de transmitir conocimiento. Se convierte en una herramienta para construirlo.

No comenzar una conversación intentando derrotar al otro

La tercera ley se presenta de manera provocadora: “Nunca estés en desacuerdo”.

La intención no es aceptar cualquier afirmación ni abandonar el pensamiento crítico. Bartlett cuestiona la costumbre de iniciar una conversación intentando demostrar que la otra persona está equivocada.

Cuando alguien siente que sus ideas, su identidad o su grupo están siendo atacados, suele defenderse antes de examinar la evidencia. La confrontación directa puede fortalecer la creencia que intentábamos modificar.

Por ello, el autor propone comenzar identificando algún punto de coincidencia. Desde ese terreno compartido resulta más posible introducir información nueva, formular preguntas y ampliar la perspectiva.

El objetivo no es vencer una discusión, sino conseguir que la conversación continúe.

No elegimos libremente todo lo que creemos

La cuarta ley sostiene que las creencias no son decisiones completamente voluntarias.

Las personas construyen su visión del mundo mediante experiencias, emociones, grupos de pertenencia e información acumulada. Cuando una nueva evidencia contradice esa visión, aparece la disonancia cognitiva: una incomodidad que puede llevarnos a ignorar la información antes que revisar nuestra identidad.

Por ello, Bartlett afirma que no siempre resulta efectivo atacar una creencia existente. Puede funcionar mejor presentar evidencia nueva y mostrar qué consecuencias positivas tendría aceptarla.

El libro utiliza ejemplos donde las personas cambian de posición con mayor facilidad cuando la nueva información coincide con algo que valoran o desean proteger.

Acercarse a lo que parece extraño

La quinta ley invita a “inclinarse hacia lo extraño”.

Las ideas nuevas suelen provocar rechazo porque contradicen lo conocido. Muchas innovaciones tecnológicas, cambios culturales o movimientos sociales fueron inicialmente ridiculizados por personas que no comprendían su funcionamiento.

Bartlett propone contener el impulso de juzgar y sustituirlo por preguntas: ¿por qué creo lo que creo?, ¿es posible que me equivoque?, ¿rechazo esta idea porque es falsa o porque todavía no la entiendo?

En un mundo donde la velocidad del cambio aumenta, la curiosidad puede ser más útil que la certeza. Bloquear las ideas incómodas protege temporalmente la identidad, pero también puede impedirnos comprender el futuro.

Preguntar puede cambiar más que ordenar

La sexta ley presenta el denominado efecto pregunta-comportamiento.

Una orden puede generar resistencia porque la persona siente que alguien intenta controlar su conducta. Una pregunta obliga a revisar interiormente la distancia entre lo que afirma valorar y lo que realmente hace.

Preguntar “¿harás ejercicio esta semana?” puede producir una reflexión diferente de decir “debes hacer ejercicio”.

El libro cita investigaciones según las cuales convertir una afirmación en una pregunta puede influir en el comportamiento futuro. La eficacia depende de que la pregunta sea clara y se relacione con una conducta sobre la que la persona pueda actuar.

La historia que contamos sobre nosotros mismos

La séptima ley se refiere a la historia personal.

Las personas construyen una narrativa para explicar quiénes son: disciplinadas o desordenadas, valientes o temerosas, buenas o malas para los negocios, capaces o incapaces de hablar en público.

Esa historia influye en las decisiones posteriores. Cuando alguien se define continuamente como una persona que abandona, cada renuncia parece confirmar su identidad. Si comienza a reconocerse como alguien capaz de aprender y perseverar, su conducta puede cambiar.

Bartlett advierte, sin embargo, que la narrativa no debe convertirse en una fantasía desconectada de la evidencia. La identidad se fortalece cuando las acciones proporcionan pruebas de que la nueva historia es verdadera.

No luchar frontalmente contra un mal hábito

La octava ley sostiene que una costumbre perjudicial rara vez desaparece solo mediante fuerza de voluntad.

Los hábitos suelen cumplir una función: reducir el estrés, producir placer, evitar una emoción o facilitar una actividad. Intentar eliminarlos sin comprender esa función deja una necesidad sin respuesta.

La alternativa consiste en identificar el desencadenante y sustituir la conducta por otra capaz de ofrecer una recompensa semejante con menores consecuencias negativas.

El problema no es únicamente la acción visible, sino el sistema que la mantiene.

Proteger la primera base: la salud

La novena ley coloca la salud física y mental como la primera base de cualquier proyecto.

Bartlett reconoce que durante gran parte de su juventud priorizó el trabajo, las relaciones, las posesiones y el reconocimiento. La pandemia modificó su percepción: comprendió que solo disponía de un cuerpo y una mente para toda su vida.

El rendimiento profesional puede sostenerse durante un tiempo mediante sacrificios, falta de sueño y estrés constante. Pero la factura puede aparecer años después.

La salud no es un premio que se disfruta cuando termina el trabajo. Es la infraestructura que permite realizarlo.

Pilar II: la historia

El segundo pilar examina la narración, la atención, la percepción y la capacidad de influir.

Bartlett sostiene que los datos pueden informar, pero las historias ayudan a que esos datos sean recordados y comprendidos. Todo proyecto necesita persuadir a seres humanos: clientes, trabajadores, inversores, lectores o colaboradores. Por ello, la comunicación no constituye un adorno, sino una capacidad central.

Lo aparentemente inútil puede convertirnos en memorables

La décima ley señala que los detalles absurdos, inesperados o aparentemente inútiles pueden definir una marca más que sus elementos prácticos.

La funcionalidad explica para qué sirve algo. La singularidad explica por qué lo recordamos.

Un detalle extraño, una experiencia inesperada o una forma particular de presentarse puede crear diferenciación. Lo importante es que esa rareza posea coherencia con la historia general y no se limite a ser una excentricidad sin sentido.

Evitar convertirse en papel tapiz

La undécima ley se refiere a la habituación.

Cuando una palabra, una imagen o un mensaje se repite constantemente, el cerebro deja de prestarle atención. Puede seguir siendo visible, pero se transforma en una especie de papel tapiz mental.

Expresiones como “revolucionario”, “innovador” o “dale me gusta y suscríbete” pierden fuerza cuando todas las personas las utilizan. El significado se debilita debido a la saturación.

El desafío de la comunicación consiste en renovar el lenguaje antes de que la audiencia deje de escucharlo.

Provocar una emoción es mejor que producir indiferencia

La duodécima ley afirma que una propuesta relevante probablemente incomodará a alguien.

Bartlett considera que intentar agradar a todo el mundo puede producir mensajes correctos, pero olvidables. Una marca o historia definida despierta aceptación en algunas personas y rechazo en otras.

La advertencia es importante: no se trata de insultar, manipular o provocar por provocar. Se trata de asumir que una identidad clara no será igualmente atractiva para todos.

Para el autor, la indiferencia es más peligrosa que el desacuerdo porque significa que el mensaje no produjo ninguna respuesta.

Los “disparos psicológicos a la luna”

La decimotercera ley explica que pequeños cambios en la experiencia pueden elevar considerablemente el valor percibido.

Las personas no evalúan un producto o servicio mediante un análisis puramente objetivo. Interpretan señales: el tiempo dedicado, la presentación, el cuidado, el lenguaje y el ritual que rodea la entrega.

El libro relata el caso de un peluquero que aparentemente prolongaba ciertos movimientos para que el cliente percibiera mayor atención al detalle. El resultado final podía ser el mismo, pero la experiencia modificaba la interpretación del valor.

La fricción también puede crear valor

La decimocuarta ley contradice la idea de que todo debe ser inmediato.

Eliminar obstáculos suele mejorar una experiencia, pero no toda fricción es perjudicial. En algunos casos, esperar, participar, personalizar o realizar un esfuerzo aumenta el compromiso.

Un proceso demasiado sencillo puede reducir la sensación de importancia. Una dificultad bien diseñada puede crear anticipación, participación y orgullo.

La clave consiste en distinguir entre la fricción que añade significado y la que únicamente desperdicia tiempo.

El marco modifica la imagen

La decimoquinta ley sostiene que la forma de presentar algo altera su valor percibido.

El mismo objeto puede parecer exclusivo o común dependiendo de la historia, el entorno y las asociaciones que lo rodean. Una marca puede perder atractivo cuando el consumidor descubre un contexto que contradice la narrativa que había construido.

El producto no cambió, pero sí cambió el marco desde el cual era observado.

El efecto Ricitos de Oro

La decimosexta ley analiza el efecto de presentar una opción intermedia entre dos extremos.

Cuando una persona observa una alternativa económica, otra muy costosa y una tercera situada entre ambas, suele evaluar la opción intermedia como más razonable. Las opciones extremas actúan como anclas que modifican la percepción del precio y del valor.

La comparación no cambia objetivamente el producto, pero sí el contexto en el que se toma la decisión.

Permitir que las personas prueben

La decimoséptima ley se relaciona con el efecto de dotación: tendemos a valorar más aquello que sentimos como nuestro.

Cuando una persona prueba, configura o utiliza temporalmente un producto, comienza a imaginarlo como parte de su vida. Renunciar a él puede sentirse como una pérdida.

Bartlett explica este fenómeno mediante situaciones en las que las personas desarrollan apego hacia un objeto simplemente porque creen poseerlo.

Los primeros cinco segundos

La decimoctava ley afirma que toda historia debe ganarse rápidamente el derecho a ser escuchada.

Las audiencias se encuentran expuestas a una cantidad enorme de estímulos. Una introducción lenta puede perderlas antes de que aparezca la parte importante.

Bartlett relata que la modificación de los primeros cinco segundos de un vídeo consiguió que 150% más personas continuaran observándolo después de los diez segundos.

La recomendación es comenzar con la promesa, el conflicto, la pregunta o la idea más poderosa. La presentación personal y el contexto pueden aparecer después.

Pilar III: la filosofía

El tercer pilar se refiere a los principios que orientan la conducta cuando nadie está observando y cuando las condiciones se vuelven difíciles.

Bartlett define la filosofía personal como el conjunto de creencias y valores que guía las decisiones. Conocer la filosofía de una persona permite anticipar cómo responderá frente a la presión, el fracaso o la incertidumbre.

Preocuparse por las cosas pequeñas

La ley 19 defiende la mejora continua.

Bartlett atribuye parte del crecimiento de su pódcast a la obsesión colectiva por detalles que muchas personas considerarían insignificantes: la temperatura del estudio, la música utilizada para recibir a un invitado, los títulos, las miniaturas, la duración de las conversaciones y la manera de presentar cada episodio.

Relaciona esta mentalidad con el kaizen desarrollado en Toyota. La innovación no depende únicamente de grandes descubrimientos; también puede surgir de miles de pequeñas mejoras propuestas diariamente por personas de todos los niveles.

Una pequeña desviación puede terminar lejos del destino

La ley 20 advierte sobre la acumulación de errores mínimos.

Una desviación pequeña parece irrelevante durante los primeros metros de un viaje. Sin embargo, mantenida durante suficiente tiempo, puede conducir a un destino completamente diferente.

El libro utiliza la reconstrucción del golpe de Tiger Woods como ejemplo. Incluso después de alcanzar un rendimiento extraordinario, el deportista decidió modificar su técnica porque identificó la posibilidad de mejorarla.

La revisión temprana evita que una deficiencia pequeña se transforme en una limitación estructural.

Fracasar más que la competencia

La ley 21 sostiene que aumentar la tasa de experimentación también incrementa la cantidad de fracasos.

Thomas J. Watson, histórico presidente de IBM, defendía que para aumentar la tasa de éxito era necesario duplicar la tasa de fracaso. Bartlett utiliza esta idea para cuestionar las organizaciones donde cualquier error es castigado.

Si las personas temen fracasar, dejan de experimentar. La ausencia de errores puede parecer eficiencia, pero también puede revelar que nadie está intentando algo nuevo.

El aprendizaje exige fallos controlados, análisis y corrección.

Pensar en el Plan A

La ley 22 sostiene que un plan alternativo puede reducir el compromiso con la meta principal.

Bartlett cita experimentos en los que quienes habían pensado previamente en una alternativa mostraron menor motivación para alcanzar el objetivo inicial.

No propone actuar irresponsablemente. Reconoce que las personas tienen familias, deudas y obligaciones que deben proteger. Su argumento se dirige a las metas cuyo resultado depende principalmente del esfuerzo: dedicar continuamente atención a la ruta de escape puede debilitar la energía destinada al camino principal.

No esconder la cabeza

La ley 23 describe el efecto avestruz: evitar información incómoda esperando que el problema desaparezca.

Las personas pueden dejar de revisar sus cuentas cuando tienen dificultades financieras, ignorar indicadores negativos o posponer una conversación necesaria.

El alivio es temporal. Mientras la persona evita la realidad, el problema continúa desarrollándose.

Bartlett propone crear sistemas que obliguen a revisar regularmente la información difícil. El valor no se encuentra en sentirse optimista, sino en observar los hechos con suficiente anticipación para poder actuar.

Convertir la presión en un privilegio

La ley 24 invita a reinterpretar la presión.

Sentir presión suele significar que existe una oportunidad, una responsabilidad o una meta que importa. El deportista que compite en una final siente presión porque consiguió llegar hasta allí.

Esta reinterpretación no elimina el estrés, pero modifica su significado. La presión deja de ser únicamente una amenaza y puede convertirse en evidencia de que estamos participando en algo valioso.

El poder de la manifestación negativa

La ley 25 se aleja del optimismo superficial.

Imaginar únicamente el éxito puede producir entusiasmo, pero también una falsa sensación de avance. Bartlett propone observar qué podría salir mal y qué consecuencias tendría no actuar.

La visualización negativa permite identificar obstáculos, anticipar riesgos y transformar el temor en preparación.

No se trata de esperar el fracaso, sino de utilizarlo mentalmente para fortalecer el plan.

Las habilidades adquieren valor dentro de un contexto

La ley 26 sostiene que ninguna habilidad posee un valor económico fijo.

Una capacidad común dentro de una industria puede resultar escasa y muy valiosa en otra. El libro presenta el caso de un diseñador gráfico que ganaba aproximadamente £35,000 al año trabajando para negocios locales. Después de reposicionar su servicio hacia marcas de lujo y compañías tecnológicas en Dubái, generó £450,000 en su primer año.

La habilidad había mejorado, pero la transformación decisiva fue el contexto en el que se ofrecía.

Bartlett concluye que no es necesario ser el mejor del mundo en una sola actividad. Puede resultar más valioso combinar varias capacidades complementarias y poco comunes dentro de un sector que las necesite.

La ecuación de la disciplina

La ley 27 relaciona la disciplina con la conciencia del tiempo y de la muerte.

Bartlett calcula la vida en días para mostrar que el tiempo disponible es limitado. El objetivo no es producir angustia, sino combatir la ilusión de que siempre existirá una oportunidad futura para comenzar.

La disciplina aparece cuando una meta valiosa se enfrenta a una cantidad finita de tiempo.

La mortalidad convierte las decisiones cotidianas en elecciones reales: cada día utilizado en una dirección deja de estar disponible para otra.

Pilar IV: el equipo

El cuarto pilar parte de una definición sencilla: una empresa, organización o proyecto es fundamentalmente un grupo de personas.

Las estrategias y tecnologías importan, pero todo resultado nace de decisiones humanas. Por ello, la selección, la cultura, la motivación y el liderazgo determinan hasta dónde puede llegar una organización.

Preguntar quién, no cómo

La ley 28 cuestiona la necesidad de aprender personalmente a realizar cada tarea.

Richard Branson aparece como ejemplo de un empresario que reconoce sus limitaciones y busca personas capaces de complementarlo.

Preguntar “¿cómo puedo hacer esto?” puede conducir a meses de aprendizaje. Preguntar “¿quién sabe hacerlo?” permite reunir capacidades distintas alrededor de un mismo propósito.

Delegar no significa desentenderse. Exige escoger bien, comunicar el resultado esperado y entregar suficiente autonomía.

Una mentalidad intensa alrededor de la misión

La ley 29 utiliza deliberadamente la expresión “mentalidad de culto”.

Bartlett no defiende la manipulación ni la obediencia irracional. Analiza por qué algunos grupos consiguen construir niveles extraordinarios de pertenencia, identidad y compromiso.

Durante las primeras etapas de una organización, una misión compartida y una cultura intensa pueden proporcionar la energía necesaria para superar la incertidumbre.

Sin embargo, el propio libro advierte que este modelo no es sostenible indefinidamente. A medida que la organización crece, necesita autonomía, seguridad psicológica, relaciones saludables y una cultura que permita cuestionar las decisiones.

Contratar, desarrollar y retirar

La ley 30 presenta tres niveles para formar equipos: contratar, entrenar y, cuando resulte necesario, separar a quienes dañan la cultura.

Bartlett utiliza a Sir Alex Ferguson para mostrar que el talento individual no siempre debe estar por encima del conjunto. Durante sus 26 años en el Manchester United, Ferguson protegió una cultura que debía ser respetada por jugadores, entrenadores y directivos.

Una persona técnicamente brillante puede deteriorar la confianza y la cooperación si su comportamiento es tóxico. Mantenerla por temor a perder sus resultados puede provocar que otros trabajadores se desconecten o imiten esa conducta.

La cultura fuerte incorpora a las personas nuevas. La cultura débil termina siendo redefinida por ellas.

El progreso como fuente de motivación

La ley 31 afirma que una de las experiencias profesionales más motivadoras es sentir que se avanza.

Un objetivo demasiado lejano puede parecer abstracto. Dividirlo en hitos permite reconocer pequeñas victorias y construir impulso.

Los líderes deben establecer metas claras, proporcionar autonomía, eliminar obstáculos y visibilizar el progreso. El reconocimiento no solo premia; también demuestra que el esfuerzo tiene efectos reales.

Cuando el trabajo parece insignificante o es descartado constantemente por la dirección, la motivación desaparece.

El líder inconsistente

La ley 32 es una de las más provocadoras del libro.

Bartlett sostiene que tratar a todos exactamente de la misma manera no siempre produce justicia ni buenos resultados. Cada persona responde de forma distinta a la crítica, al reconocimiento, a la presión y a la autonomía.

Sir Alex Ferguson podía ser severo con un jugador, protector con otro y distante con un tercero. No cambiaba los estándares, pero sí la manera de ayudar a cada persona a alcanzarlos.

Ser un líder “inconsistente” no significa actuar arbitrariamente. Significa adaptar la comunicación y el apoyo a las necesidades individuales.

El estándar permanece; el camino para motivar puede cambiar.

El aprendizaje nunca termina

La ley 33 cierra el recorrido recordando que ninguna de las anteriores representa un destino definitivo.

Los conocimientos envejecen, las personas cambian y los equipos atraviesan nuevas etapas. Quien interpreta el éxito como una confirmación de que ya no necesita aprender comienza a perder la capacidad que originalmente le permitió avanzar.

El libro enumera esta última ley como “El aprendizaje nunca termina”, una conclusión coherente con la idea de los cinco cubos: el conocimiento y las habilidades necesitan seguir creciendo para sostener todo lo demás.

Un libro de principios, no de mandamientos

Las 33 leyes de Bartlett están escritas con títulos provocadores. Algunas parecen contradecir consejos tradicionales: no estar en desacuerdo, incomodar a la audiencia, fracasar más, abandonar el Plan B o ser un líder inconsistente.

No deberían interpretarse literalmente en todas las circunstancias.

El propio enfoque del libro defiende los matices. Concentrarse completamente en un Plan A puede aumentar el compromiso, pero resultaría irresponsable ignorar obligaciones familiares o riesgos graves. Adaptar el liderazgo a cada persona no justifica el favoritismo. Crear una cultura intensa no debe eliminar el pensamiento independiente.

Las leyes funcionan mejor como preguntas para revisar una conducta que como órdenes universales.

¿Estamos eligiendo un trabajo únicamente por el salario o también por lo que aprenderemos? ¿Nuestro mensaje ha perdido fuerza por repetición? ¿Castigamos cualquier fracaso aunque pidamos innovación? ¿Tratamos igual a personas que necesitan formas distintas de apoyo? ¿Estamos protegiendo una reputación que todavía no se sostiene sobre capacidades reales?

El valor del libro se encuentra en provocar estas preguntas.

La verdadera riqueza profesional

La idea que conecta todo Diario de un CEO aparece desde la primera ley.

Los recursos pueden desaparecer. Una organización puede cerrar, un mercado puede transformarse y una reputación puede deteriorarse. Las relaciones también cambian.

El conocimiento y las habilidades, en cambio, pueden ayudarnos a reconstruir lo perdido.

Bartlett no niega la importancia del dinero, la red o la reputación. Los coloca al final de una cadena. Primero se aprende; después se aplica lo aprendido. Esa capacidad produce valor, crea relaciones, atrae recursos y construye credibilidad.

La grandeza no aparece mediante una sola decisión espectacular. Se forma mediante pequeñas mejoras, experiencias acumuladas, fracasos analizados, historias bien comunicadas y personas capaces de avanzar juntas.

El mensaje final no pertenece únicamente a quienes desean convertirse en directores ejecutivos. Se dirige a cualquiera que intente construir algo: una empresa, una carrera, una comunidad, un proyecto o una vida con sentido.

Antes de buscar reconocimiento, conviene desarrollar capacidad. Antes de exigir confianza, debemos producir evidencia. Antes de intentar dirigir a otros, necesitamos aprender a dirigirnos.


Fuente principal: Bartlett, Steven. The Diary of a CEO: The 33 Laws of Business and Life. El presente artículo es un análisis y una adaptación periodística elaborada con fines educativos a partir del libro proporcionado.



La compra ya no empieza en la necesidad: ocho de cada diez consumidores eligen por lo que un producto les hace sentir

 


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Un estudio de Consumer Truth realizado entre 800 consumidores peruanos muestra que el diseño, el color, la intensidad y la posibilidad de expresar la personalidad tienen un peso similar —e incluso superior— al de los atributos funcionales. Las marcas ya no compiten únicamente por vender buenos productos: también disputan segundos de atención y experiencias capaces de romper la rutina.

Durante años, la explicación tradicional del consumo parecía relativamente sencilla. Las personas identificaban una necesidad, comparaban alternativas y elegían el producto que ofrecía la mejor combinación de precio, calidad y utilidad.

Esa lógica continúa presente, pero ya no explica completamente lo que ocurre frente a una góndola, dentro de una cafetería o durante una compra digital.

Un consumidor puede adquirir una bebida por el diseño de un vaso coleccionable, esperar para ingresar a un establecimiento porque el lugar luce atractivo en redes sociales o añadir al carrito un producto que nunca había planeado comprar. En estos casos, la decisión no nace exclusivamente de una necesidad funcional, sino de la búsqueda de una sensación inmediata.

La investigación denominada Cultura Dopamina, elaborada por Consumer Truth, identifica este cambio en el comportamiento de los compradores peruanos. El estudio sostiene que el atractivo visual, el diseño, los colores, la intensidad de la experiencia y la posibilidad de expresar la identidad personal están adquiriendo un peso similar o superior al de las características prácticas del producto.

El resultado es un mercado en el que las emociones intervienen cada vez más en las decisiones de compra.

El diseño puede pesar tanto como la utilidad

El estudio, realizado sobre una base de 800 encuestas, encontró que el 82% de los participantes había comprado productos por su diseño y estilo.

Un 79% señaló que realizó compras porque los productos transmitían una sensación de mayor intensidad, mientras que otro 79% afirmó que los eligió porque le permitían expresar su personalidad.

Además, el 77% identificó la posibilidad de salir de la rutina como una motivación de compra.

Las cifras muestran que el consumidor no evalúa únicamente para qué sirve un producto. También observa qué sensación produce, qué comunica sobre su identidad y si puede transformar momentáneamente una experiencia cotidiana.

La funcionalidad continúa siendo importante, pero ahora convive con otros atributos: la presentación, el relato de la marca, el diseño del empaque, el color, la novedad y la posibilidad de compartir la experiencia.

Qué es la llamada “cultura dopamina”

El estudio utiliza la expresión “cultura dopamina” para describir un consumo impulsado por la búsqueda de estímulos y sensaciones inmediatas.

No se trata simplemente de comprar por impulso en el sentido tradicional. La decisión puede estar relacionada con la curiosidad, la novedad, el deseo de experimentar algo diferente o la necesidad de introducir un momento de alegría dentro de la rutina.

Charly Mendoza, gerente de Estrategia de Consumer Truth, explica que la indulgencia siempre estuvo presente en el consumo, pero anteriormente se encontraba asociada principalmente con el disfrute del producto.

Ahora, esa búsqueda de satisfacción se extiende hacia el empaque, la propuesta visual, el entorno, la experiencia y la manera en que el producto permite representar una identidad.

Por ello, la cultura dopamina no reemplaza la lógica tradicional de compra. La amplía. Un producto debe funcionar, pero también puede necesitar sorprender, emocionar o llamar la atención.

Las marcas compiten por unos segundos de atención

Detrás de este comportamiento aparece un cambio más profundo: la atención se ha convertido en un recurso escaso.

Los consumidores están expuestos diariamente a una enorme cantidad de anuncios, contenidos, imágenes, promociones, mensajes y estímulos digitales. En ese entorno, una marca dispone de muy pocos segundos para diferenciarse.

Por esa razón, las empresas ya no compiten solamente por participación de mercado. También compiten por captar la atención antes que sus rivales.

Consumer Truth plantea que la atención funciona como una nueva forma de lujo. Cuando el consumidor está saturado de información, lograr que se detenga, observe y recuerde una propuesta adquiere un enorme valor.

El empaque, la psicología del color, el diseño, la narrativa y cualquier elemento capaz de romper la rutina pueden ayudar a que una marca destaque.

La dificultad consiste en transformar esa atención inicial en una experiencia que justifique la compra. Un producto puede llamar la atención por su presentación, pero si no cumple con lo prometido, el efecto será pasajero.

Antes de comprar: curiosidad, ansiedad y estrés

El estudio también analiza las emociones presentes antes y después de adquirir productos considerados “dopamínicos”.

Antes de la compra, la emoción más frecuente es la curiosidad, mencionada por el 39% de los participantes.

Luego aparecen la ansiedad, con 22%, y el estrés, con 20%. La indiferencia alcanza el 11% y el aburrimiento el 9%.

Estos resultados describen a un consumidor que se aproxima a la compra buscando algo capaz de alterar su estado emocional.

La curiosidad impulsa la exploración. La ansiedad y el estrés pueden aumentar la necesidad de encontrar una experiencia placentera o distinta. El producto se presenta entonces como una pequeña interrupción frente a una jornada monótona, exigente o incierta.

La compra no resuelve necesariamente los problemas del consumidor, pero puede ofrecer un momento breve de estimulación, distracción o control.

Después de comprar: vitalidad, diversión y autenticidad

Las emociones cambian después de la compra.

El 44% de los encuestados manifestó sentir vitalidad, el 28% diversión y el 20% autenticidad.

La indiferencia disminuyó al 8%, mientras que la irreverencia apareció en el 1% de las respuestas.

El contraste muestra que determinados productos o experiencias pueden funcionar como activadores emocionales. La compra no se limita a poseer un objeto; también puede producir una percepción temporal de energía, entretenimiento o reafirmación personal.

Para las empresas, este resultado representa una oportunidad, pero también una responsabilidad. La comunicación emocional puede fortalecer la relación con el consumidor, siempre que la experiencia prometida tenga relación con lo que realmente se entrega.

Los millennials muestran el mayor potencial

El estudio identifica diferencias importantes entre generaciones.

Los millennials, definidos en la investigación como las personas nacidas entre 1982 y 1994, muestran el mayor potencial de crecimiento dentro de la cultura dopamina, con 36%.

La Generación Z, integrada por los nacidos entre 1995 y 2009 según la clasificación utilizada, alcanza el 28%.

La Generación X, correspondiente al periodo 1965-1981, registra el 18%.

Los resultados cuestionan la idea de que este comportamiento pertenece exclusivamente a los consumidores más jóvenes. Aunque la Generación Z mantiene una alta afinidad con los estímulos visuales y digitales, los millennials aparecen como el grupo con mayor oportunidad de expansión.

Este segmento combina capacidad de compra, familiaridad con la tecnología y una búsqueda creciente de experiencias capaces de romper la rutina.

Cómo compra cada generación

Las diferencias también se observan al analizar los motivos concretos de compra.

Entre los integrantes de la Generación Z, el 77% señaló haber adquirido productos o experiencias para salir de la rutina. El 81% lo hizo buscando intensidad, mientras que el 82% respondió tanto por personalidad como por diseño.

En el caso de los millennials, el 80% compró motivado por romper la rutina, el 81% por intensidad, el 82% por personalidad y el 84% por diseño, el porcentaje más alto de toda la comparación.

Dentro de la Generación X, los niveles fueron menores, aunque todavía relevantes: 67% por rutina, 68% por intensidad, 74% por personalidad y 76% por diseño.

El patrón es consistente en los tres grupos: el diseño obtiene una valoración elevada y supera a la motivación de salir de la rutina.

La presentación visual ya no constituye un simple complemento. Para una parte importante del mercado puede convertirse en el elemento que active la decisión.

La ropa y el calzado lideran las categorías

La cultura dopamina no se encuentra concentrada en una sola industria.

La ropa encabeza las categorías relacionadas con este comportamiento, con 65%, seguida por el calzado, con 50%.

Más atrás aparecen los dulces, con 38%, y los accesorios y snacks, ambos con 35%.

El maquillaje alcanza el 33%, la tecnología el 29%, las bebidas el 28% y los productos para el cuidado de la piel el 26%.

La presencia de ropa y calzado resulta coherente con la importancia de la identidad. Estas categorías permiten expresar gustos, pertenencias, estados de ánimo y estilos personales de una manera visible.

Sin embargo, la aparición de dulces, snacks, bebidas y productos tecnológicos demuestra que la tendencia trasciende el mundo de la moda.

Cualquier producto capaz de incorporar diseño, novedad, personalización o una experiencia emocional puede participar de este tipo de consumo.

El sur presenta la mayor oportunidad regional

La investigación también identifica diferencias geográficas.

El sur del país presenta el mayor potencial de incremento de la cultura dopamina, con 34%.

Lima y la región centro alcanzan cada una un 30%, mientras que el norte registra 28% y el oriente 20%.

El resultado muestra que la tendencia no se encuentra limitada a la capital. Los consumidores regionales también están incorporando nuevas motivaciones relacionadas con la experiencia, el diseño y la identidad.

El sur aparece como el espacio de mayor oportunidad, lo que podría responder a cambios en los hábitos urbanos, una mayor exposición a propuestas comerciales y el crecimiento de consumidores interesados en experiencias diferenciadas.

Comprar para escapar momentáneamente de un entorno difícil

Cristina Quiñones, CEO de Consumer Truth, relaciona esta tendencia con un escenario de incertidumbre, confrontación y estrés.

En un entorno percibido como más duro, la compra puede convertirse en una respuesta emocional. Un producto colorido, una experiencia novedosa o un espacio atractivo ofrecen una interrupción frente a la rutina.

Esta explicación no significa que todos los consumidores compren para compensar emociones negativas. Tampoco implica que cada adquisición sea irracional.

La idea central es que las emociones forman parte de la evaluación. El consumidor puede conocer el precio, comparar opciones y, al mismo tiempo, elegir aquello que le genera mayor curiosidad, entusiasmo o identificación.

La decisión racional y la emocional no siempre se encuentran separadas. Con frecuencia operan juntas.

El riesgo de confundir atención con valor

El crecimiento de esta tendencia puede provocar que las empresas concentren demasiado esfuerzo en la apariencia.

Un empaque llamativo puede conseguir que el consumidor observe el producto. Una campaña creativa puede generar conversación y una experiencia diseñada para redes sociales puede aumentar la visibilidad.

Pero la atención inicial no sustituye a la calidad.

Cuando la propuesta visual es extraordinaria y el producto resulta decepcionante, la distancia entre expectativa y realidad puede debilitar la confianza. El consumidor actual también tiene más posibilidades de compartir públicamente su experiencia.

Por ello, el diseño debe ampliar el valor funcional y no ocultar sus deficiencias.

La cultura dopamina no elimina la necesidad de fabricar buenos productos. Eleva la exigencia: ahora se espera utilidad, calidad, identidad y experiencia.

El consumo se vuelve una forma de expresión

Una de las conclusiones más relevantes del estudio es que comprar puede funcionar como una declaración personal.

El producto elegido comunica gustos, aspiraciones y pertenencias. El consumidor no solo se pregunta qué necesita, sino también qué representa lo que está adquiriendo.

Esta dimensión explica por qué el 79% de los encuestados relaciona sus compras con la expresión de la personalidad.

Las marcas que comprenden este comportamiento intentan ofrecer más que una solución funcional. Construyen lenguajes, símbolos y comunidades con los que el consumidor puede identificarse.

El desafío consiste en evitar que esta construcción resulte artificial. La identidad de una marca necesita coherencia entre lo que comunica, lo que ofrece y la experiencia que produce.

Una nueva competencia por las emociones

El estudio de Consumer Truth muestra que el mercado peruano está ingresando en una etapa donde las sensaciones tienen un peso creciente.

Ocho de cada diez consumidores reconocen haber realizado compras influenciadas por el diseño, la intensidad, la personalidad o la necesidad de romper la rutina.

Los millennials aparecen como el grupo con mayor potencial, mientras el sur registra la oportunidad regional más elevada. La ropa y el calzado lideran las categorías, pero la tendencia se extiende a alimentos, tecnología, belleza y bebidas.

La compra ya no comienza necesariamente con una necesidad claramente definida. Puede empezar con una imagen, un color, una sensación o el deseo de experimentar algo diferente.

Para las marcas, captar la atención será cada vez más difícil. Pero conseguirla no será suficiente.

El verdadero reto consistirá en transformar esos segundos de curiosidad en una experiencia auténtica, coherente y valiosa. Porque una sensación puede activar la primera compra, pero solo el cumplimiento de la promesa construye una relación duradera.


Fuente principal: Sotelo, Eduardo. El 80% de consumidores realizan compras impulsados por sus sensaciones. Diario Gestión. Información basada en el estudio Cultura Dopamina, elaborado por Consumer Truth a partir de 800 encuestas a consumidores peruanos. El presente artículo es un análisis y una adaptación periodística elaborada con fines educativos.

jueves, 16 de julio de 2026

Mercadona demuestra que cuidar al trabajador también puede ser una estrategia rentable

 




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La cadena española paga por encima del salario mínimo, ofrece horarios flexibles, mantiene un sistema de participación en las ganancias y apuesta por la promoción interna. Su modelo muestra que las buenas prácticas laborales no solo fortalecen la reputación: también permiten conservar talento, mejorar la productividad y sostener el crecimiento.

En un sector caracterizado por jornadas extensas, trabajo físicamente exigente y salarios generalmente bajos, Mercadona ha construido una posición distinta dentro del mercado laboral español.

La cadena de supermercados paga a sus empleados nuevos aproximadamente un 27% más que el salario mínimo nacional. Para los trabajadores con cuatro años de experiencia o más, la diferencia puede alcanzar el 72%. A ello se suman horarios flexibles, domingos libres, contratos estables y un programa anual de participación en las ganancias.

Estas políticas han contribuido a que la empresa aparezca entre los grupos de alimentación mejor valorados de España dentro del listado de los mejores empleadores europeos elaborado por el Financial Times y Statista.

Sin embargo, la estrategia de Mercadona no se explica únicamente por una intención de ofrecer mejores condiciones laborales. También responde a una lógica empresarial: contratar, preparar y conservar buenos trabajadores puede resultar más rentable que enfrentar permanentemente la rotación, la pérdida de experiencia y los costos de reemplazo.

Trabajar en un supermercado exige más de lo que parece

Las tiendas de alimentación suelen mantener horarios prolongados. En España, muchos supermercados abren entre las ocho y las nueve de la mañana y cierran entre las nueve y las diez de la noche.

Dentro de ese horario deben organizarse diferentes turnos para atender cajas, reponer productos, controlar inventarios, recibir mercadería, preparar pedidos, limpiar instalaciones y atender áreas especializadas como carnicería, pescadería, panadería o productos frescos.

No se trata de un trabajo comparable con una oficina convencional. Gran parte de las funciones exige permanecer de pie, movilizar productos, atender consumidores continuamente y responder con rapidez durante los momentos de mayor afluencia.

En este contexto, la flexibilidad adquiere una importancia especial. Jaime de Nardiz, director de Transformación Cultural e Innovación de Great Place to Work España, explica que la intensidad de la operación convierte a la flexibilidad horaria en una de las prioridades de los trabajadores.

Mercadona parece haber comprendido que no basta con pagar un salario. Para conservar a sus empleados también necesita facilitar cierta compatibilidad entre la vida laboral y las responsabilidades personales.

Una empresa que creció desde una pequeña carnicería

Mercadona nació en 1977 como una pequeña carnicería ubicada en una localidad cercana a Valencia.

Con el paso del tiempo, la empresa se transformó en la mayor cadena española de supermercados. Según los datos recogidos en el artículo del Financial Times, cuenta con aproximadamente 1,614 establecimientos y más de 100,000 empleados.

A pesar de su enorme tamaño, Mercadona continúa siendo una empresa familiar. Durante más de cuatro décadas ha sido dirigida por Juan Roig, hijo del propietario de la carnicería original y principal accionista de la compañía.

Entre los propietarios relevantes también se encuentran su esposa y vicepresidenta de Mercadona, Hortensia Herrero, y su hermano Fernando Roig.

La estructura familiar y el carácter privado de la compañía han influido en su capacidad para tomar decisiones de largo plazo. Al no cotizar en bolsa, la empresa enfrenta menos presión para distribuir dividendos inmediatamente y dispone de mayor libertad para reinvertir una parte importante de sus ganancias.

La reputación como empleador también se construye fuera de las tiendas

La valoración pública de Mercadona no depende únicamente de los beneficios ofrecidos a sus trabajadores.

Juan Roig y Hortensia Herrero también han desarrollado inversiones relacionadas con la cultura, el deporte y el emprendimiento mediante diferentes iniciativas sociales.

Después de las inundaciones repentinas que afectaron Valencia en 2024, Mercadona financió numerosos proyectos destinados a apoyar la recuperación de la ciudad y de los negocios perjudicados.

La empresa también dona anualmente alrededor de 25,000 toneladas de alimentos básicos a grupos vulnerables. Según la equivalencia presentada en el artículo, esa cantidad representaría aproximadamente 420,000 carritos de compra.

Estas acciones fortalecen su imagen pública y contribuyen a desarrollar una marca empleadora atractiva.

En el índice elaborado por el monitor de reputación Merco, Mercadona alcanzó el segundo lugar entre las marcas más respetadas de España. Dentro del comercio minorista, sus competidores aparecieron en posiciones más alejadas: El Corte Inglés ocupó el puesto 16, Carrefour el 43, Eroski el 53, Lidl el 61 y Dia el 105.

La distancia demuestra que la reputación empresarial no depende exclusivamente del precio de los productos o de la cantidad de establecimientos. También se relaciona con la manera en que una organización trata a sus trabajadores, proveedores, comunidades y consumidores.

Reinvertir para mejorar el trabajo

Una parte considerable de las ganancias de Mercadona se ha destinado en los últimos años a digitalizar las operaciones.

La incorporación de tecnología ha permitido mejorar la eficiencia, reducir tareas rutinarias y eliminar actividades repetitivas que afectaban la motivación de los empleados.

La automatización suele generar temor porque se asocia con la desaparición de puestos de trabajo. Sin embargo, también puede utilizarse para retirar de la operación las tareas más pesadas, mecánicas o poco estimulantes y permitir que las personas se concentren en funciones de mayor valor.

En el caso de Mercadona, la digitalización ha abierto oportunidades para desarrollar trabajos más interesantes y fortalecer capacidades dentro de la organización.

La empresa no presenta la tecnología únicamente como un mecanismo para reducir costos laborales. La combina con inversión en formación, promoción interna y creación de nuevas responsabilidades.

Cuatro millones de horas de capacitación

La expansión de Mercadona ha generado oportunidades para que los trabajadores que comienzan en puestos operativos puedan avanzar dentro de la compañía.

La empresa mantiene una política activa de formación y promoción interna. Durante el año anterior a la publicación del reportaje, acumuló aproximadamente cuatro millones de horas de capacitación.

Esta inversión permite que los empleados aprendan nuevas funciones, conozcan mejor la operación y puedan asumir responsabilidades de mayor nivel.

María Miralles, responsable del sector retail en Iberia para McKinsey, explica que las cadenas españolas mejor gestionadas fomentan este tipo de crecimiento. Una persona puede comenzar reponiendo productos en los estantes y, si demuestra capacidad, avanzar hacia posiciones de mayor responsabilidad.

La posibilidad de desarrollar una carrera dentro de la empresa constituye una ventaja importante para atraer y conservar trabajadores cualificados.

Un salario competitivo puede motivar el ingreso. Pero la posibilidad de aprender, progresar y construir estabilidad puede determinar la permanencia.

La dificultad de reemplazar a un trabajador especializado

La retención del talento se está convirtiendo en una necesidad empresarial cada vez más importante en España.

El crecimiento de la economía aumenta la demanda de trabajadores y amplía sus oportunidades para cambiar de empleo. Al mismo tiempo, la tasa de natalidad española se ha reducido cerca de 25% durante la última década, disminuyendo el número de jóvenes que ingresan al mercado laboral.

En este contexto, perder a un trabajador experimentado puede producir consecuencias significativas.

Una cadena puede contratar con relativa rapidez a una persona para realizar determinadas tareas iniciales. Pero reemplazar a un carnicero, pescadero o especialista en productos frescos exige más tiempo, formación y experiencia.

Un trabajador especializado no solo conoce el producto. También domina procedimientos de seguridad, estándares de calidad, atención al consumidor, reducción de desperdicios y manejo de equipos.

Cuando abandona la empresa, parte de ese conocimiento se pierde.

Por ello, las buenas condiciones laborales no deben observarse únicamente como un gasto. También pueden funcionar como una inversión destinada a proteger conocimientos difíciles de reemplazar.

Una fuerza laboral que envejece

El mercado laboral español presenta otro desafío: cerca de una tercera parte de los trabajadores tiene más de 55 años.

Para conservar a estos empleados, las compañías necesitan responder a prioridades que pueden ser distintas de las de una fuerza laboral más joven.

La flexibilidad, el bienestar, la estabilidad y la organización adecuada de los turnos adquieren una importancia creciente. Los trabajadores mayores pueden valorar especialmente la posibilidad de equilibrar el empleo con responsabilidades familiares, cuidados personales o necesidades de salud.

Las empresas que no adapten sus políticas podrían perder a trabajadores experimentados precisamente cuando resulta más difícil encontrar reemplazos.

Mercadona y otros empleadores destacados del sector están reforzando sus prácticas de flexibilidad y bienestar como respuesta a este cambio demográfico.

Compartir las ganancias con quienes producen los resultados

Uno de los elementos más representativos del modelo laboral de Mercadona es su programa de participación en las ganancias.

La empresa implementó este sistema en 2001. Desde entonces, ha distribuido aproximadamente €6,880 millones entre sus trabajadores.

En la ronda de bonificaciones más reciente mencionada en el reportaje, los empleados con cuatro años de experiencia o más recibieron una cantidad adicional de aproximadamente €6,000 brutos.

El monto equivalía a cerca de tres meses de salario.

El sistema transmite un mensaje relevante: cuando la empresa obtiene buenos resultados, una parte de esos beneficios regresa a quienes participaron en su generación.

La bonificación también permite relacionar el desempeño colectivo con una recompensa concreta. Los trabajadores pueden observar que la eficiencia, la atención, el control de pérdidas y la satisfacción de los consumidores tienen consecuencias sobre los resultados de la compañía y sobre sus propios ingresos.

Más que una bonificación ocasional

La participación en las ganancias no produciría el mismo efecto si estuviera aislada de las demás políticas laborales.

Su impacto se fortalece porque forma parte de una propuesta más amplia que incluye salarios superiores al mínimo, estabilidad contractual, formación, posibilidades de promoción y flexibilidad.

Una bonificación puede generar satisfacción temporal. Una estructura coherente de empleo puede construir compromiso durante años.

La empresa parece comprender que la motivación no depende de un solo beneficio. Es el resultado de varias experiencias acumuladas: sentirse justamente remunerado, disponer de oportunidades, recibir formación y contar con una relación laboral estable.

La estabilidad laboral como elemento diferenciador

Los aumentos del salario mínimo en España están reduciendo gradualmente las diferencias de sueldo base entre las empresas del sector.

Cuando los salarios se vuelven más parecidos, los beneficios no monetarios adquieren mayor relevancia.

Elena Orden, portavoz de Merco en España, destaca especialmente el valor de los contratos de larga duración. En un sector tradicionalmente asociado con inseguridad y rotación, ofrecer estabilidad puede distinguir claramente a una empresa de sus competidores.

La permanencia permite que los trabajadores planifiquen su vida, desarrollen experiencia y construyan una trayectoria profesional.

Para la compañía, también reduce los costos de contratación, inducción y capacitación de nuevos empleados.

La estabilidad produce así un beneficio compartido: mejora la seguridad del trabajador y protege la continuidad operativa de la empresa.

El círculo empresarial de las buenas prácticas

El modelo de Mercadona muestra cómo una política laboral puede producir una cadena de efectos.

Un mejor salario atrae candidatos y reduce la necesidad de buscar otro empleo. La capacitación mejora las capacidades. La promoción interna abre perspectivas de crecimiento. La estabilidad permite acumular experiencia. La flexibilidad favorece la permanencia y la participación en las ganancias relaciona el éxito empresarial con una recompensa personal.

A su vez, trabajadores más experimentados pueden ofrecer mejor servicio, cometer menos errores y contribuir a una operación más eficiente.

La empresa reduce la rotación y conserva conocimientos. El consumidor recibe una experiencia más consistente. Los resultados permiten continuar invirtiendo en salarios, formación y tecnología.

Las buenas prácticas laborales dejan entonces de ser únicamente un compromiso social y se convierten en una parte del modelo de negocio.

Una estrategia que también exige resultados

El enfoque de Mercadona no debe interpretarse como una política empresarial basada únicamente en la generosidad.

La compañía necesita ser productiva, controlar sus costos y obtener ganancias para mantener sus condiciones laborales. Los beneficios ofrecidos a los trabajadores se sostienen porque la organización espera que una plantilla preparada, estable y comprometida produzca mejores resultados.

Existe una relación de reciprocidad.

La empresa invierte en sus empleados y, a cambio, necesita que ellos comprendan la propuesta comercial, mantengan los estándares y respondan a las expectativas de los consumidores.

Las buenas condiciones no eliminan la exigencia. Intentan crear un entorno donde el desempeño elevado resulte sostenible.

La gran lección de Mercadona

El caso de Mercadona cuestiona la idea de que competir mediante bajos costos exige necesariamente reducir al mínimo las condiciones laborales.

La compañía opera en un mercado donde el precio es importante y donde la eficiencia determina buena parte de la rentabilidad. Sin embargo, ha elegido combinar la disciplina comercial con salarios superiores al mínimo, capacitación, estabilidad y participación en los beneficios.

La apuesta parte de una convicción empresarial: las personas con experiencia representan un activo difícil de reemplazar.

Una empresa puede ahorrar temporalmente pagando menos, limitando la formación o utilizando contratos inestables. Pero esos ahorros pueden transformarse posteriormente en rotación, menor productividad, errores, pérdida de conocimiento y una atención inconsistente.

Mercadona demuestra que tratar bien a los trabajadores no es incompatible con la rentabilidad. Por el contrario, puede ser una de las condiciones que la hacen posible.

El verdadero valor de su modelo no se encuentra únicamente en cuánto paga, sino en la coherencia entre remuneración, desarrollo, estabilidad, tecnología y oportunidades.

En un mercado laboral donde el talento disponible disminuye y la competencia por los trabajadores aumenta, ofrecer aquello que otros empleadores no ofrecen puede convertirse en una ventaja decisiva.


Fuente principal: Balch, Oliver (20 de mayo de 2025). Mercadona: good employment practices pay off. Financial Times. El presente artículo es un análisis y una adaptación periodística elaborada con fines educativos.



Amar sin desaparecer: cuando una relación empieza a borrar nuestra identidad

 

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En De tanto amarte, me olvidé de mí, el psicólogo Walter Riso cuestiona una de las ideas más extendidas del amor romántico: creer que amar verdaderamente exige sacrificarse sin límites. Su planteamiento es directo: una relación saludable no debería obligarnos a renunciar a nuestra dignidad, identidad, autonomía ni proyectos personales.

El amor suele presentarse como una experiencia capaz de completar la existencia. Las canciones, películas y relatos románticos repiten que la entrega debe ser absoluta, que la pareja debe convertirse en el centro de la vida y que soportar cualquier dificultad demuestra la profundidad de los sentimientos.

Pero ¿qué sucede cuando esa entrega comienza a borrar a quien ama?

Una persona puede abandonar gradualmente a sus amistades, dejar de defender sus opiniones, postergar sus sueños y comenzar a vivir pendiente de las necesidades de su pareja. Desde fuera, esa conducta podría parecer una extraordinaria muestra de amor. Desde dentro, puede ser el inicio de una relación basada en el miedo, el apego y la pérdida del amor propio.

En su libro De tanto amarte, me olvidé de mí: cómo saber si tu pareja es la adecuada, Walter Riso analiza el momento en que el vínculo amoroso deja de ser un espacio de crecimiento compartido y se convierte en una estructura donde una persona ocupa prácticamente todo el lugar y la otra apenas existe.

La propuesta central del autor puede resumirse en una idea: para amar de manera tranquila, digna y saludable, primero es necesario conservar una relación respetuosa con uno mismo.

Carmen: amar a quien la destruía

El libro comienza con la historia de Carmen, una estudiante universitaria inteligente y sensible, pero profundamente insegura respecto de su apariencia y sus habilidades sociales.

Carmen estaba convencida de que no era una persona interesante ni atractiva. Su baja autoestima la llevó a considerar que debía sentirse agradecida porque alguien quisiera mantener una relación con ella.

Su novio, Carlos, aprovechaba esa fragilidad. Criticaba su cuerpo, su manera de vestir, sus ideas y su personalidad. La trataba como si fuera incapaz y la menospreciaba de forma constante.

Cuando él se enfurecía, era Carmen quien terminaba pidiendo disculpas, incluso cuando sabía que no había cometido ninguna falta. Su prioridad no era defenderse, sino evitar que él la abandonara.

La relación había producido lo que Riso denomina un esquema de subyugación. Carmen había dejado de considerarse protagonista de su propia vida. El vínculo estaba determinado por los deseos, opiniones y reacciones de Carlos, mientras ella ocupaba un lugar secundario.

Cuanto más afecto y atención le ofrecía, más débil la percibía él. Finalmente, Carlos conoció a otra mujer y terminó la relación. La separación fue dolorosa, pero también abrió la posibilidad de que Carmen recuperara la identidad que había abandonado.

El caso representa una de las paradojas más crueles del apego: una persona puede amar intensamente y, al mismo tiempo, permanecer dentro de una relación que la deteriora psicológicamente. Amar a alguien no convierte automáticamente ese vínculo en saludable.

Dar demasiado y recibir demasiado poco

Las relaciones desequilibradas no siempre presentan una violencia tan visible. A veces, el abandono de uno mismo ocurre lentamente y se confunde con generosidad, paciencia o compromiso.

Una persona puede encargarse de todas las necesidades emocionales de su pareja, aceptar constantemente sus exigencias y postergar sus propios deseos. Con el paso del tiempo, ese comportamiento se normaliza.

El problema no consiste en ayudar, acompañar o realizar sacrificios ocasionales. Todas las relaciones requieren flexibilidad y apoyo. La dificultad surge cuando la entrega circula siempre en una sola dirección.

Riso sostiene que un amor saludable debe fluir de ida y vuelta. Ambos integrantes necesitan sentirse reconocidos, protegidos y valorados. Cuando uno entrega permanentemente y el otro solamente recibe, la relación deja de estar compuesta por dos personas con igual dignidad.

Algunas personas desarrollan un esquema de autosacrificio: satisfacen las necesidades ajenas a costa de las propias para evitar la culpa, conservar el vínculo o sentirse moralmente buenas.

El autosacrificio puede recibir reconocimiento social. La persona es descrita como una pareja ejemplar, paciente e incondicional. Sin embargo, detrás de esa apariencia puede existir alguien que perdió contacto con sus sueños, opiniones y necesidades.

Amar no significa existir menos

Una de las ideas más importantes del libro es que la pareja no debe convertirse en una figura superior.

Idealizar al ser amado puede parecer romántico, pero coloca a la relación en una estructura desigual. Una persona se transforma en una especie de divinidad y la otra queda reducida al papel de admirador, discípulo o servidor.

El amor saludable no exige veneración. Necesita dos personas que puedan mirarse de igual a igual.

Riso cuestiona la conocida idea de la “media naranja”. Cuando alguien cree que solo es una mitad incompleta, entrega a la pareja el poder de definir su valor y garantizar su existencia.

En un vínculo sano no se unen dos mitades desesperadas por completarse, sino dos personas con una identidad propia que deciden compartir parte de sus vidas.

Amar no debería significar abandonar la vocación, los amigos, la autonomía, los principios o los proyectos personales. La relación puede modificar los planes, pero no tendría que destruir la esencia de ninguno de sus integrantes.

Ocho preguntas para observar la relación sin autoengaños

Walter Riso plantea ocho pruebas reflexivas que ayudan a examinar si una relación contribuye al bienestar o si se sostiene principalmente mediante el miedo y la resignación. No son instrumentos de diagnóstico ni ofrecen una respuesta automática, pero pueden revelar problemas que suelen permanecer ocultos.

La primera pregunta invita a imaginar un viaje al pasado: sabiendo todo lo que hoy se conoce sobre la relación, ¿se elegiría vivir nuevamente la misma historia?

La respuesta obliga a realizar un balance honesto. Una relación puede haber atravesado dificultades y continuar siendo valiosa. Pero cuando la persona sabe que no repetiría lo vivido, aparece una señal que merece ser examinada.

La segunda pregunta es todavía más incómoda: ¿desearíamos una persona como nuestra pareja para un hijo o una hija?

Con frecuencia, las personas protegen a sus seres queridos mediante criterios más exigentes que los utilizados para protegerse a sí mismas. Alguien puede reconocer inmediatamente que determinada conducta sería inaceptable para su hija, pero continuar tolerándola en su propia relación.

La tercera prueba consiste en preguntarse: ¿por qué no debería querer a esta persona? El objetivo no es cultivar resentimiento, sino observar aquello que normalmente se minimiza debido al apego.

La cuarta pregunta obliga a distinguir entre el presente y el recuerdo: ¿se ama a la pareja actual o a la persona que fue durante los primeros años? Algunas relaciones continúan sostenidas por la esperanza de que regrese alguien que ya no existe.

Las demás pruebas observan elementos esenciales: si la persona utilizaría nuestras vulnerabilidades para hacernos daño, si se alegra con nuestros logros y se conmueve con nuestro dolor, si tenemos la certeza de que no nos lastimará deliberadamente y si alguna vez hemos pedido perdón por algo que no hicimos únicamente para evitar su ira.

En conjunto, las preguntas intentan trasladar el análisis desde la intensidad del sentimiento hacia la calidad real del vínculo.

Pedir perdón por algo que no hicimos

La octava prueba merece una atención especial porque expone una de las formas más claras de sometimiento.

Algunas personas se disculpan por hechos que no cometieron para calmar a una pareja agresiva, controladora o emocionalmente inestable.

La disculpa deja de ser un reconocimiento responsable y se convierte en una estrategia de supervivencia. La persona acepta una culpa falsa porque teme la discusión, el abandono, la humillación o la violencia.

Esta conducta puede comenzar con situaciones aparentemente pequeñas. Sin embargo, cada disculpa injustificada transmite el mensaje de que la tranquilidad del otro importa más que la propia dignidad.

Cuando se repite, la persona aprende a dudar de sí misma, renuncia a defender su interpretación de los hechos y permite que su pareja controle el relato de lo ocurrido.

El problema no se encuentra únicamente en quien exige la disculpa. También aparece en el deterioro interior de quien siente que debe traicionarse para conservar el vínculo.

El apego no es sinónimo de amor

Riso define el apego afectivo como una forma de dependencia que convierte a la pareja en una necesidad aparentemente imprescindible.

Una persona apegada puede ser incapaz de abandonar la relación aunque esta se haya convertido en una fuente constante de sufrimiento. También puede creer que sin el otro nunca volverá a ser feliz o que no posee la capacidad de reconstruir su vida.

El miedo a la pérdida ocupa entonces gran parte de su pensamiento. Analiza cada silencio, gesto o cambio de humor buscando señales de abandono.

El apego produce ansiedad, celos y depresión. Al mismo tiempo, reduce la autonomía, la libertad y la capacidad de percibir a la pareja con realismo.

El desapego propuesto por el autor no significa frialdad ni indiferencia. Significa amar sin posesión, conservar los derechos personales y aceptar que, aunque una separación resulte dolorosa, la propia existencia no terminará con ella.

La pareja puede ser una parte extraordinariamente importante de la vida, pero no debería convertirse en la totalidad de la vida.

Cuatro creencias que debilitan el amor propio

El libro identifica cuatro ideas profundamente arraigadas en la cultura romántica: “Sin ti no soy nada”, “Tú me defines”, “Tú le das sentido a mi vida” y “Tú lo eres todo para mí”.

Estas expresiones suelen presentarse como declaraciones conmovedoras. Sin embargo, tomadas literalmente, reflejan una pérdida de autonomía.

Decir “sin ti no soy nada” significa entregar a otra persona la capacidad de certificar nuestro valor. La existencia queda condicionada a su aceptación.

La creencia “tú me defines” permite que la pareja determine nuestra identidad, opiniones, gustos y decisiones. En lugar de ser un compañero de viaje, se convierte en quien indica el camino.

Cuando se afirma “tú le das sentido a mi vida”, la relación reemplaza los proyectos, metas y motivaciones personales. La ausencia del otro produce una sensación de vacío porque la persona dejó de construir propósitos propios.

Finalmente, “tú lo eres todo para mí” convierte a la pareja en una figura idealizada que ocupa el lugar de los amigos, la familia, las aficiones, el trabajo, los sueños y hasta la identidad.

Riso advierte que venerar no es amar. La idealización impide observar a la pareja como un ser humano real, con virtudes, errores y limitaciones. El amor propio comienza a recuperarse cuando la persona abandona la fantasía y vuelve a reconocer su capacidad para dirigir la propia existencia.

Personas que convierten la relación en una carga

El autor analiza cinco estilos afectivos que dificultan la construcción de un amor saludable.

El estilo inmaduro o emocional corresponde a personas con poca tolerancia a la frustración, incapaces de dialogar cuando las cosas no ocurren como desean. Su pareja termina actuando como un padre o una madre que debe calmarla, educarla y resolver sus dificultades.

El estilo controlador o posesivo interpreta el amor como propiedad. Vigila, decide y limita porque considera que la otra persona le pertenece. Los celos se presentan como demostración de interés, aunque en realidad reduzcan la libertad.

El estilo indiferente o ermitaño mantiene una distancia emocional que hace sentir invisible a la pareja. Sus emociones y necesidades parecen no tener importancia.

El estilo narcisista organiza la relación alrededor de una sola persona. Sus logros, deseos y preocupaciones dominan el vínculo, mientras la pareja queda convertida en un satélite destinado a admirarla.

El estilo pasivo-agresivo genera una sensación constante de contradicción. La persona expresa afecto y rechazo, cercanía y castigo, aceptación y hostilidad. La pareja nunca sabe con certeza qué esperar.

Estos estilos no deben utilizarse para diagnosticar a cualquier persona con la que exista un desacuerdo. Su utilidad consiste en reconocer patrones repetidos que destruyen la reciprocidad, la seguridad y el respeto.

El control disfrazado de protección

El estilo posesivo merece una advertencia particular porque muchas de sus conductas se encuentran socialmente normalizadas.

Revisar el teléfono, decidir la ropa, limitar las amistades o exigir explicaciones constantes pueden interpretarse como muestras de preocupación.

Sin embargo, cuidar no es vigilar. Proteger no significa invadir.

Una relación comienza a transformarse en cautiverio cuando uno de sus integrantes considera que tiene derecho a decidir cómo debe vivir el otro. La persona deja de ser tratada como sujeto y pasa a ser considerada una propiedad.

La dominación puede aparecer gradualmente. Primero se presenta como un consejo, después como una expectativa y finalmente como una obligación.

Cuando el control se combina con dependencia afectiva, la persona vigilada puede interpretar la pérdida de libertad como una prueba de que es intensamente amada.

El resultado es una relación donde la autonomía se reduce mientras el miedo aumenta.

Qué hacen las parejas que funcionan bien

La última parte del libro se concentra en los componentes que fortalecen una relación saludable.

La territorialidad permite conservar un espacio personal. Amar no obliga a compartir absolutamente todos los pensamientos, actividades y momentos. Cada persona necesita un territorio psicológico propio.

La reciprocidad garantiza que el afecto circule en ambos sentidos. No se trata de llevar una contabilidad exacta, sino de sentir que las dos personas cuidan y sostienen el vínculo.

El deseo mantiene la atracción y evita que la relación quede reducida exclusivamente a una convivencia administrativa.

La admiración permite reconocer cualidades reales en la pareja sin convertirla en una figura perfecta.

La confianza básica crea la seguridad de que la otra persona no utilizará nuestras debilidades para destruirnos.

El humor ayuda a reducir tensiones y construir complicidad. Reír juntos puede convertirse en una forma profunda de conexión.

Una visión del mundo compatible permite compartir valores y proyectos esenciales. No es necesario pensar igual en todo, pero las diferencias no deberían afectar principios fundamentales.

Los desacuerdos amistosos permiten discutir sin amenazar constantemente con terminar la relación. Las parejas funcionales también se enfrentan, pero intentan resolver el problema sin destruir a la persona.

La sensibilidad y la entrega permiten comprender el sufrimiento y la alegría del otro. Finalmente, el respeto establece el límite que ninguna expresión de amor debería atravesar.

Una buena relación no es aquella donde nunca existen conflictos. Es aquella donde el amor no se utiliza como arma durante el conflicto.

No todo debe tolerarse por amor

En el epílogo, Riso cuestiona la idea de que la tolerancia debe ser absoluta dentro de la pareja.

La paciencia es una virtud, pero llevada al extremo puede convertirse en resignación. Tolerar permanentemente el menosprecio, la manipulación, la violencia o la pérdida de autonomía no fortalece la relación.

Existen comportamientos y vínculos que resultan incompatibles con la dignidad.

Decir “lo soporto porque lo amo” puede parecer una declaración de compromiso. También puede revelar que el sentimiento se está utilizando para justificar aquello que nunca debería aceptarse.

El amor no elimina los derechos personales. Tampoco convierte automáticamente el sufrimiento en una virtud.

La primera lección del amor es la dignidad

De tanto amarte, me olvidé de mí no propone rechazar el amor ni construir relaciones distantes. Su mensaje es exactamente el contrario: para amar plenamente es necesario que ambos integrantes continúen existiendo.

Una pareja saludable no exige que una persona se apague para que la otra pueda brillar. No convierte la entrega en servidumbre ni la paciencia en sometimiento.

Amar implica acompañar, compartir, cuidar y comprometerse. Pero también exige conservar la capacidad de decir no, defender los principios y reconocer cuándo una relación produce más daño que bienestar.

El amor propio no compite con el amor de pareja. Lo hace posible.

Quien se respeta puede ofrecer afecto sin convertirse en esclavo de su necesidad. Puede comprometerse sin renunciar a su identidad y acompañar sin abandonar sus propios caminos.

La gran enseñanza del libro es que el amor debe estar compuesto por dos centros: dos personas completas que se relacionan con ternura, pero que conservan su dignidad.

Cuando solo una de ellas ocupa todo el espacio, ya no existe una pareja. Existe una persona que ama y otra que desaparece.


Fuente principal: Riso, Walter. De tanto amarte, me olvidé de mí: cómo saber si tu pareja es la adecuada. Editorial Planeta. El presente artículo es un análisis y una adaptación periodística elaborada con fines educativos. 



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