jueves, 16 de julio de 2026

Amar sin desaparecer: cuando una relación empieza a borrar nuestra identidad

 

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En De tanto amarte, me olvidé de mí, el psicólogo Walter Riso cuestiona una de las ideas más extendidas del amor romántico: creer que amar verdaderamente exige sacrificarse sin límites. Su planteamiento es directo: una relación saludable no debería obligarnos a renunciar a nuestra dignidad, identidad, autonomía ni proyectos personales.

El amor suele presentarse como una experiencia capaz de completar la existencia. Las canciones, películas y relatos románticos repiten que la entrega debe ser absoluta, que la pareja debe convertirse en el centro de la vida y que soportar cualquier dificultad demuestra la profundidad de los sentimientos.

Pero ¿qué sucede cuando esa entrega comienza a borrar a quien ama?

Una persona puede abandonar gradualmente a sus amistades, dejar de defender sus opiniones, postergar sus sueños y comenzar a vivir pendiente de las necesidades de su pareja. Desde fuera, esa conducta podría parecer una extraordinaria muestra de amor. Desde dentro, puede ser el inicio de una relación basada en el miedo, el apego y la pérdida del amor propio.

En su libro De tanto amarte, me olvidé de mí: cómo saber si tu pareja es la adecuada, Walter Riso analiza el momento en que el vínculo amoroso deja de ser un espacio de crecimiento compartido y se convierte en una estructura donde una persona ocupa prácticamente todo el lugar y la otra apenas existe.

La propuesta central del autor puede resumirse en una idea: para amar de manera tranquila, digna y saludable, primero es necesario conservar una relación respetuosa con uno mismo.

Carmen: amar a quien la destruía

El libro comienza con la historia de Carmen, una estudiante universitaria inteligente y sensible, pero profundamente insegura respecto de su apariencia y sus habilidades sociales.

Carmen estaba convencida de que no era una persona interesante ni atractiva. Su baja autoestima la llevó a considerar que debía sentirse agradecida porque alguien quisiera mantener una relación con ella.

Su novio, Carlos, aprovechaba esa fragilidad. Criticaba su cuerpo, su manera de vestir, sus ideas y su personalidad. La trataba como si fuera incapaz y la menospreciaba de forma constante.

Cuando él se enfurecía, era Carmen quien terminaba pidiendo disculpas, incluso cuando sabía que no había cometido ninguna falta. Su prioridad no era defenderse, sino evitar que él la abandonara.

La relación había producido lo que Riso denomina un esquema de subyugación. Carmen había dejado de considerarse protagonista de su propia vida. El vínculo estaba determinado por los deseos, opiniones y reacciones de Carlos, mientras ella ocupaba un lugar secundario.

Cuanto más afecto y atención le ofrecía, más débil la percibía él. Finalmente, Carlos conoció a otra mujer y terminó la relación. La separación fue dolorosa, pero también abrió la posibilidad de que Carmen recuperara la identidad que había abandonado.

El caso representa una de las paradojas más crueles del apego: una persona puede amar intensamente y, al mismo tiempo, permanecer dentro de una relación que la deteriora psicológicamente. Amar a alguien no convierte automáticamente ese vínculo en saludable.

Dar demasiado y recibir demasiado poco

Las relaciones desequilibradas no siempre presentan una violencia tan visible. A veces, el abandono de uno mismo ocurre lentamente y se confunde con generosidad, paciencia o compromiso.

Una persona puede encargarse de todas las necesidades emocionales de su pareja, aceptar constantemente sus exigencias y postergar sus propios deseos. Con el paso del tiempo, ese comportamiento se normaliza.

El problema no consiste en ayudar, acompañar o realizar sacrificios ocasionales. Todas las relaciones requieren flexibilidad y apoyo. La dificultad surge cuando la entrega circula siempre en una sola dirección.

Riso sostiene que un amor saludable debe fluir de ida y vuelta. Ambos integrantes necesitan sentirse reconocidos, protegidos y valorados. Cuando uno entrega permanentemente y el otro solamente recibe, la relación deja de estar compuesta por dos personas con igual dignidad.

Algunas personas desarrollan un esquema de autosacrificio: satisfacen las necesidades ajenas a costa de las propias para evitar la culpa, conservar el vínculo o sentirse moralmente buenas.

El autosacrificio puede recibir reconocimiento social. La persona es descrita como una pareja ejemplar, paciente e incondicional. Sin embargo, detrás de esa apariencia puede existir alguien que perdió contacto con sus sueños, opiniones y necesidades.

Amar no significa existir menos

Una de las ideas más importantes del libro es que la pareja no debe convertirse en una figura superior.

Idealizar al ser amado puede parecer romántico, pero coloca a la relación en una estructura desigual. Una persona se transforma en una especie de divinidad y la otra queda reducida al papel de admirador, discípulo o servidor.

El amor saludable no exige veneración. Necesita dos personas que puedan mirarse de igual a igual.

Riso cuestiona la conocida idea de la “media naranja”. Cuando alguien cree que solo es una mitad incompleta, entrega a la pareja el poder de definir su valor y garantizar su existencia.

En un vínculo sano no se unen dos mitades desesperadas por completarse, sino dos personas con una identidad propia que deciden compartir parte de sus vidas.

Amar no debería significar abandonar la vocación, los amigos, la autonomía, los principios o los proyectos personales. La relación puede modificar los planes, pero no tendría que destruir la esencia de ninguno de sus integrantes.

Ocho preguntas para observar la relación sin autoengaños

Walter Riso plantea ocho pruebas reflexivas que ayudan a examinar si una relación contribuye al bienestar o si se sostiene principalmente mediante el miedo y la resignación. No son instrumentos de diagnóstico ni ofrecen una respuesta automática, pero pueden revelar problemas que suelen permanecer ocultos.

La primera pregunta invita a imaginar un viaje al pasado: sabiendo todo lo que hoy se conoce sobre la relación, ¿se elegiría vivir nuevamente la misma historia?

La respuesta obliga a realizar un balance honesto. Una relación puede haber atravesado dificultades y continuar siendo valiosa. Pero cuando la persona sabe que no repetiría lo vivido, aparece una señal que merece ser examinada.

La segunda pregunta es todavía más incómoda: ¿desearíamos una persona como nuestra pareja para un hijo o una hija?

Con frecuencia, las personas protegen a sus seres queridos mediante criterios más exigentes que los utilizados para protegerse a sí mismas. Alguien puede reconocer inmediatamente que determinada conducta sería inaceptable para su hija, pero continuar tolerándola en su propia relación.

La tercera prueba consiste en preguntarse: ¿por qué no debería querer a esta persona? El objetivo no es cultivar resentimiento, sino observar aquello que normalmente se minimiza debido al apego.

La cuarta pregunta obliga a distinguir entre el presente y el recuerdo: ¿se ama a la pareja actual o a la persona que fue durante los primeros años? Algunas relaciones continúan sostenidas por la esperanza de que regrese alguien que ya no existe.

Las demás pruebas observan elementos esenciales: si la persona utilizaría nuestras vulnerabilidades para hacernos daño, si se alegra con nuestros logros y se conmueve con nuestro dolor, si tenemos la certeza de que no nos lastimará deliberadamente y si alguna vez hemos pedido perdón por algo que no hicimos únicamente para evitar su ira.

En conjunto, las preguntas intentan trasladar el análisis desde la intensidad del sentimiento hacia la calidad real del vínculo.

Pedir perdón por algo que no hicimos

La octava prueba merece una atención especial porque expone una de las formas más claras de sometimiento.

Algunas personas se disculpan por hechos que no cometieron para calmar a una pareja agresiva, controladora o emocionalmente inestable.

La disculpa deja de ser un reconocimiento responsable y se convierte en una estrategia de supervivencia. La persona acepta una culpa falsa porque teme la discusión, el abandono, la humillación o la violencia.

Esta conducta puede comenzar con situaciones aparentemente pequeñas. Sin embargo, cada disculpa injustificada transmite el mensaje de que la tranquilidad del otro importa más que la propia dignidad.

Cuando se repite, la persona aprende a dudar de sí misma, renuncia a defender su interpretación de los hechos y permite que su pareja controle el relato de lo ocurrido.

El problema no se encuentra únicamente en quien exige la disculpa. También aparece en el deterioro interior de quien siente que debe traicionarse para conservar el vínculo.

El apego no es sinónimo de amor

Riso define el apego afectivo como una forma de dependencia que convierte a la pareja en una necesidad aparentemente imprescindible.

Una persona apegada puede ser incapaz de abandonar la relación aunque esta se haya convertido en una fuente constante de sufrimiento. También puede creer que sin el otro nunca volverá a ser feliz o que no posee la capacidad de reconstruir su vida.

El miedo a la pérdida ocupa entonces gran parte de su pensamiento. Analiza cada silencio, gesto o cambio de humor buscando señales de abandono.

El apego produce ansiedad, celos y depresión. Al mismo tiempo, reduce la autonomía, la libertad y la capacidad de percibir a la pareja con realismo.

El desapego propuesto por el autor no significa frialdad ni indiferencia. Significa amar sin posesión, conservar los derechos personales y aceptar que, aunque una separación resulte dolorosa, la propia existencia no terminará con ella.

La pareja puede ser una parte extraordinariamente importante de la vida, pero no debería convertirse en la totalidad de la vida.

Cuatro creencias que debilitan el amor propio

El libro identifica cuatro ideas profundamente arraigadas en la cultura romántica: “Sin ti no soy nada”, “Tú me defines”, “Tú le das sentido a mi vida” y “Tú lo eres todo para mí”.

Estas expresiones suelen presentarse como declaraciones conmovedoras. Sin embargo, tomadas literalmente, reflejan una pérdida de autonomía.

Decir “sin ti no soy nada” significa entregar a otra persona la capacidad de certificar nuestro valor. La existencia queda condicionada a su aceptación.

La creencia “tú me defines” permite que la pareja determine nuestra identidad, opiniones, gustos y decisiones. En lugar de ser un compañero de viaje, se convierte en quien indica el camino.

Cuando se afirma “tú le das sentido a mi vida”, la relación reemplaza los proyectos, metas y motivaciones personales. La ausencia del otro produce una sensación de vacío porque la persona dejó de construir propósitos propios.

Finalmente, “tú lo eres todo para mí” convierte a la pareja en una figura idealizada que ocupa el lugar de los amigos, la familia, las aficiones, el trabajo, los sueños y hasta la identidad.

Riso advierte que venerar no es amar. La idealización impide observar a la pareja como un ser humano real, con virtudes, errores y limitaciones. El amor propio comienza a recuperarse cuando la persona abandona la fantasía y vuelve a reconocer su capacidad para dirigir la propia existencia.

Personas que convierten la relación en una carga

El autor analiza cinco estilos afectivos que dificultan la construcción de un amor saludable.

El estilo inmaduro o emocional corresponde a personas con poca tolerancia a la frustración, incapaces de dialogar cuando las cosas no ocurren como desean. Su pareja termina actuando como un padre o una madre que debe calmarla, educarla y resolver sus dificultades.

El estilo controlador o posesivo interpreta el amor como propiedad. Vigila, decide y limita porque considera que la otra persona le pertenece. Los celos se presentan como demostración de interés, aunque en realidad reduzcan la libertad.

El estilo indiferente o ermitaño mantiene una distancia emocional que hace sentir invisible a la pareja. Sus emociones y necesidades parecen no tener importancia.

El estilo narcisista organiza la relación alrededor de una sola persona. Sus logros, deseos y preocupaciones dominan el vínculo, mientras la pareja queda convertida en un satélite destinado a admirarla.

El estilo pasivo-agresivo genera una sensación constante de contradicción. La persona expresa afecto y rechazo, cercanía y castigo, aceptación y hostilidad. La pareja nunca sabe con certeza qué esperar.

Estos estilos no deben utilizarse para diagnosticar a cualquier persona con la que exista un desacuerdo. Su utilidad consiste en reconocer patrones repetidos que destruyen la reciprocidad, la seguridad y el respeto.

El control disfrazado de protección

El estilo posesivo merece una advertencia particular porque muchas de sus conductas se encuentran socialmente normalizadas.

Revisar el teléfono, decidir la ropa, limitar las amistades o exigir explicaciones constantes pueden interpretarse como muestras de preocupación.

Sin embargo, cuidar no es vigilar. Proteger no significa invadir.

Una relación comienza a transformarse en cautiverio cuando uno de sus integrantes considera que tiene derecho a decidir cómo debe vivir el otro. La persona deja de ser tratada como sujeto y pasa a ser considerada una propiedad.

La dominación puede aparecer gradualmente. Primero se presenta como un consejo, después como una expectativa y finalmente como una obligación.

Cuando el control se combina con dependencia afectiva, la persona vigilada puede interpretar la pérdida de libertad como una prueba de que es intensamente amada.

El resultado es una relación donde la autonomía se reduce mientras el miedo aumenta.

Qué hacen las parejas que funcionan bien

La última parte del libro se concentra en los componentes que fortalecen una relación saludable.

La territorialidad permite conservar un espacio personal. Amar no obliga a compartir absolutamente todos los pensamientos, actividades y momentos. Cada persona necesita un territorio psicológico propio.

La reciprocidad garantiza que el afecto circule en ambos sentidos. No se trata de llevar una contabilidad exacta, sino de sentir que las dos personas cuidan y sostienen el vínculo.

El deseo mantiene la atracción y evita que la relación quede reducida exclusivamente a una convivencia administrativa.

La admiración permite reconocer cualidades reales en la pareja sin convertirla en una figura perfecta.

La confianza básica crea la seguridad de que la otra persona no utilizará nuestras debilidades para destruirnos.

El humor ayuda a reducir tensiones y construir complicidad. Reír juntos puede convertirse en una forma profunda de conexión.

Una visión del mundo compatible permite compartir valores y proyectos esenciales. No es necesario pensar igual en todo, pero las diferencias no deberían afectar principios fundamentales.

Los desacuerdos amistosos permiten discutir sin amenazar constantemente con terminar la relación. Las parejas funcionales también se enfrentan, pero intentan resolver el problema sin destruir a la persona.

La sensibilidad y la entrega permiten comprender el sufrimiento y la alegría del otro. Finalmente, el respeto establece el límite que ninguna expresión de amor debería atravesar.

Una buena relación no es aquella donde nunca existen conflictos. Es aquella donde el amor no se utiliza como arma durante el conflicto.

No todo debe tolerarse por amor

En el epílogo, Riso cuestiona la idea de que la tolerancia debe ser absoluta dentro de la pareja.

La paciencia es una virtud, pero llevada al extremo puede convertirse en resignación. Tolerar permanentemente el menosprecio, la manipulación, la violencia o la pérdida de autonomía no fortalece la relación.

Existen comportamientos y vínculos que resultan incompatibles con la dignidad.

Decir “lo soporto porque lo amo” puede parecer una declaración de compromiso. También puede revelar que el sentimiento se está utilizando para justificar aquello que nunca debería aceptarse.

El amor no elimina los derechos personales. Tampoco convierte automáticamente el sufrimiento en una virtud.

La primera lección del amor es la dignidad

De tanto amarte, me olvidé de mí no propone rechazar el amor ni construir relaciones distantes. Su mensaje es exactamente el contrario: para amar plenamente es necesario que ambos integrantes continúen existiendo.

Una pareja saludable no exige que una persona se apague para que la otra pueda brillar. No convierte la entrega en servidumbre ni la paciencia en sometimiento.

Amar implica acompañar, compartir, cuidar y comprometerse. Pero también exige conservar la capacidad de decir no, defender los principios y reconocer cuándo una relación produce más daño que bienestar.

El amor propio no compite con el amor de pareja. Lo hace posible.

Quien se respeta puede ofrecer afecto sin convertirse en esclavo de su necesidad. Puede comprometerse sin renunciar a su identidad y acompañar sin abandonar sus propios caminos.

La gran enseñanza del libro es que el amor debe estar compuesto por dos centros: dos personas completas que se relacionan con ternura, pero que conservan su dignidad.

Cuando solo una de ellas ocupa todo el espacio, ya no existe una pareja. Existe una persona que ama y otra que desaparece.


Fuente principal: Riso, Walter. De tanto amarte, me olvidé de mí: cómo saber si tu pareja es la adecuada. Editorial Planeta. El presente artículo es un análisis y una adaptación periodística elaborada con fines educativos. 



El líder que quiere controlarlo todo termina convirtiéndose en el problema

 


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En Flight of the Buffalo, James A. Belasco y Ralph C. Stayer cuestionan el modelo tradicional del jefe que concentra las decisiones y mantiene a sus trabajadores esperando instrucciones. Su propuesta es transformar la organización en una comunidad de personas responsables, capaces de aprender, tomar decisiones y actuar pensando en el cliente.

Durante décadas, muchas organizaciones fueron construidas alrededor de una figura central: el jefe que conoce todas las respuestas, autoriza cada decisión, resuelve los problemas y determina lo que deben hacer los demás.

Este modelo puede producir una aparente sensación de orden. El líder se siente indispensable y los empleados saben que siempre pueden trasladar las decisiones hacia un nivel superior. Sin embargo, la organización paga un precio elevado: las respuestas se vuelven más lentas, las personas dejan de asumir riesgos y los problemas se acumulan en el escritorio de quienes ocupan los cargos más altos.

En Flight of the Buffalo: Soaring to Excellence, Learning to Let Employees Lead, publicado originalmente en 1993, James A. Belasco y Ralph C. Stayer utilizan una poderosa metáfora para explicar esta forma de dirigir.

El líder tradicional se comporta como el búfalo que encabeza una manada. Los demás animales permanecen detrás, siguen sus movimientos y dependen de su dirección. Mientras el búfalo principal sabe hacia dónde ir, el grupo avanza. Cuando desaparece, la manada queda desorientada.

Para los autores, muchas empresas funcionan exactamente así. Los trabajadores han sido acostumbrados a esperar indicaciones, solicitar permisos y trasladar los problemas hacia sus superiores. El gerente, mientras tanto, interpreta esa dependencia como una demostración de liderazgo, cuando en realidad él mismo la ha creado.

El peligro de convertirse en el “búfalo principal”

El jefe que concentra todas las decisiones puede sentirse poderoso, pero termina atrapado por su propia estructura.

Cada informe llega a su oficina. Cada dificultad necesita su aprobación. Cada colaborador espera una respuesta antes de avanzar. El líder trabaja más horas, participa en más reuniones y recibe una cantidad creciente de información, pero la organización no necesariamente mejora.

El problema se hace evidente cuando el mercado cambia con mayor rapidez que la capacidad del jefe para revisar documentos y autorizar acciones.

Belasco describe cómo durante años desarrolló sus negocios bajo una lógica cercana a “mi manera o ninguna”. Consideraba que sabía enseñar, asesorar y administrar mejor que los demás. Aunque obtuvo resultados financieros, también construyó empresas excesivamente dependientes de su presencia.

Stayer atravesó un proceso semejante en Johnsonville Foods, la empresa de alimentos que transformó de un pequeño fabricante local de embutidos en una compañía con distribución nacional.

Durante mucho tiempo, su disposición para asumir cada responsabilidad impulsó el crecimiento. Pero en 1980 comprendió que se encontraba rodeado de crisis, problemas y tareas que siempre regresaban hacia él. La empresa podía continuar creciendo, pero su manera de dirigir había alcanzado un límite.

La conclusión fue dolorosa: el principal obstáculo no eran los trabajadores, la competencia ni las condiciones del mercado. El problema era el propio líder.

“Yo soy el problema”

Esta es una de las ideas más exigentes del libro.

Cuando una organización no responde, la reacción habitual consiste en culpar a los empleados. Se afirma que no están comprometidos, no tienen iniciativa, evitan las responsabilidades o necesitan mayor supervisión.

Belasco y Stayer proponen invertir la pregunta. En lugar de examinar inmediatamente qué falla en los demás, el directivo debe analizar qué comportamientos, estructuras y decisiones suyas han creado esa dependencia.

Un empleado que consulta todo antes de actuar probablemente aprendió que tomar una decisión sin autorización podía generar una sanción. Un equipo que oculta los problemas pudo descubrir que informar una dificultad significaba recibir críticas. Un trabajador que evita proponer mejoras quizá comprendió que sus ideas nunca eran tomadas en cuenta.

Las personas responden al ambiente que la dirección ha construido.

Por eso, la transformación no comienza con un discurso dirigido a los trabajadores. Empieza cuando el líder cambia su propia manera de pensar y actuar.

Stayer reconoce que tuvo que aprender a escuchar, confiar en otras personas, valorar sus contribuciones y aceptar que el éxito de Johnsonville no dependía exclusivamente de él. Los trabajadores fueron quienes consiguieron los resultados, pero ese desempeño no habría sido posible si el líder no modificaba primero su comportamiento.

De una manada de búfalos a una formación de gansos

Frente a la metáfora del búfalo, los autores proponen la imagen de los gansos que vuelan en formación.

En una bandada, el liderazgo no permanece concentrado permanentemente en un solo integrante. Los gansos cambian de posición, alternan responsabilidades y ajustan la formación según las condiciones del viaje.

Cada uno es responsable de continuar volando y de contribuir al desplazamiento colectivo. En determinados momentos uno dirige; después puede convertirse en seguidor, apoyo o explorador.

Esta imagen representa una organización en la que las personas no necesitan esperar constantemente la orden de una autoridad. Conocen el destino, comprenden su responsabilidad y poseen la información necesaria para actuar.

El objetivo del directivo ya no consiste en convertirse en el único líder. Su misión es crear las condiciones para que otras personas también puedan liderar.

Esto no significa eliminar la dirección ni permitir que cada trabajador haga lo que desee. La organización continúa necesitando una visión, un propósito común, estándares claros y mecanismos de coordinación.

La diferencia es que el gerente deja de controlar cada movimiento y comienza a desarrollar personas capaces de tomar buenas decisiones.

Transferir responsabilidad no es abandonar al equipo

Uno de los conceptos centrales del libro es la transferencia de propiedad o responsabilidad.

Los autores sostienen que las personas se comprometen profundamente con aquello que consideran suyo. Cuando reciben únicamente instrucciones, pueden cumplirlas, pero no necesariamente sienten responsabilidad por el resultado.

Transferir responsabilidad significa permitir que quienes ejecutan el trabajo también participen en las decisiones relacionadas con ese trabajo.

No consiste en delegar una actividad menor mientras la dirección conserva toda la autoridad importante. Implica compartir información, establecer expectativas, desarrollar capacidades y permitir que las personas experimenten las consecuencias de sus decisiones.

El gerente debe preguntarse si está creando propietarios o dependientes.

Una organización produce dependientes cuando los empleados necesitan autorización para cada acción, desconocen los resultados económicos de su trabajo y esperan que el superior resuelva cualquier dificultad.

Produce propietarios cuando las personas comprenden cómo sus decisiones afectan al cliente, a la calidad, a los costos y al resultado de la compañía.

La decisión que Johnsonville dejó en manos de sus trabajadores

El libro presenta una experiencia significativa ocurrida en Johnsonville Foods.

La empresa recibió la posibilidad de asumir un importante volumen de producción para Palmer, una oportunidad que también representaba riesgos considerables. La decisión podía requerir nuevas capacidades, cambios en la planta y mayores responsabilidades.

Bajo el modelo tradicional, Stayer habría evaluado personalmente la propuesta, tomado la decisión y comunicado al resto de la empresa lo que debía hacerse.

En cambio, comprendió que los trabajadores serían quienes tendrían que hacer funcionar el proyecto. Por esa razón, ellos debían participar en la decisión.

Los equipos analizaron el desafío y, después de aproximadamente dos semanas, decidieron aceptar el negocio casi por unanimidad.

Los resultados superaron las proyecciones iniciales. El aprendizaje ocurrió con mayor rapidez de la esperada y la calidad de la planta no disminuyó. Según el relato de los autores, incluso mejoró mientras se atendían las nuevas exigencias.

La experiencia enseñó a los trabajadores que podían participar en decisiones estratégicas y responder por sus consecuencias. También mostró al líder que las personas podían asumir desafíos mayores cuando el desafío realmente les pertenecía.

El verdadero trabajo del líder es desarrollar capacidades

Un gerente tradicional suele medir su éxito según la cantidad de problemas que resuelve. Cuantas más personas acuden a su oficina, mayor puede ser su sensación de importancia.

Belasco y Stayer cuestionan esa interpretación.

Un líder efectivo no debería sentirse orgulloso porque la organización no puede funcionar sin él. Debería preocuparse.

Su contribución consiste en desarrollar personas capaces de resolver problemas, no en conservar para sí mismo todas las respuestas.

Por eso, el libro coloca al gerente en la función de entrenador. El entrenador no ejecuta permanentemente el trabajo del jugador. Observa, realiza preguntas, proporciona retroalimentación y crea oportunidades para que la persona desarrolle sus capacidades.

El indicador principal ya no es solamente el resultado inmediato. También importa determinar si el trabajador se está convirtiendo en una persona más competente.

Concentrarse únicamente en el marcador puede llevar al gerente a intervenir y conseguir un resultado rápido. Concentrarse en el desarrollo ayuda a crear una capacidad que permanecerá dentro de la organización.

El cliente debe convertirse en el verdadero jefe

La transferencia de responsabilidad necesita un punto de orientación. Para los autores, ese punto es el cliente.

Cuando los trabajadores dejan de depender del jefe, no deben quedar sin dirección. Sus decisiones deben enfocarse en producir un desempeño extraordinario para quienes compran o utilizan los productos y servicios.

El problema de muchas organizaciones es que el trabajador aprende a satisfacer a su superior antes que al consumidor.

Los informes se preparan para la oficina central. Los indicadores buscan tranquilizar a la dirección. Las decisiones se toman pensando en la próxima reunión, aunque no mejoren la experiencia del cliente.

El libro propone modificar esa relación. Los sistemas y las estructuras deben dirigir la atención de las personas hacia el usuario final, no únicamente hacia la persona que ocupa la oficina principal.

Esto obliga a transformar la venta en una relación de colaboración. En lugar de concentrarse exclusivamente en convencer al cliente, la empresa debe comprender qué resultado busca, qué problemas enfrenta y qué significa un desempeño excelente desde su perspectiva.

El cliente deja de ser solamente alguien a quien se entrega un producto. Se convierte en una fuente permanente de información y en el principal criterio para evaluar el trabajo.

La información debe llegar a quien puede utilizarla

No puede existir responsabilidad sin información.

En las organizaciones tradicionales, la información suele subir hacia los niveles superiores. Los empleados registran datos, elaboran reportes y los envían a sus jefes. Después esperan que alguien analice la situación y comunique una decisión.

Los autores señalan que este flujo produce lentitud y desperdicio. La información llega a personas alejadas de la acción, mientras quienes deben ejecutar el trabajo no conocen a tiempo lo que está ocurriendo.

Belasco reconoce que durante años acumuló información porque la consideraba una fuente de poder. Su equipo contable crecía, los informes se multiplicaban y él trabajaba cada vez más horas revisando datos.

Sin embargo, la acumulación no mejoraba el desempeño. La información llegaba al lugar equivocado.

La organización comenzó a cambiar cuando los datos fueron entregados a las personas que podían utilizarlos directamente. Quienes atendían al cliente, controlaban la calidad o realizaban una operación necesitaban conocer sus resultados sin esperar la interpretación de una oficina superior.

El principio es sencillo: la persona responsable de una decisión necesita información suficiente, comprensible y oportuna para tomarla.

Sin ese acceso, la supuesta autonomía se convierte en una promesa vacía.

Los sistemas pueden destruir lo que los discursos intentan construir

Una empresa puede afirmar que confía en sus trabajadores y, al mismo tiempo, mantener procedimientos que exigen múltiples autorizaciones.

Puede solicitar innovación, pero castigar el primer error.

Puede pedir orientación al cliente, mientras recompensa únicamente la reducción de costos.

Puede defender el trabajo en equipo, pero medir y premiar exclusivamente resultados individuales.

En estos casos, los sistemas transmiten un mensaje más poderoso que cualquier discurso.

Por eso, el libro dedica una parte importante a la eliminación de obstáculos. El liderazgo no consiste únicamente en motivar. También exige revisar estructuras, indicadores, recompensas, procesos de información y formas de organización que impiden un gran desempeño.

Las personas pueden estar dispuestas a asumir responsabilidades, pero difícilmente lo harán dentro de un sistema diseñado para mantenerlas dependientes.

El gerente debe identificar qué políticas obligan a esperar, qué procedimientos alejan a los empleados del cliente y qué mediciones producen comportamientos contrarios al propósito de la empresa.

Prevenir los problemas en lugar de convertirse en su solucionador permanente

Otra distinción importante es la diferencia entre reaccionar y actuar de manera anticipada.

El jefe tradicional suele construir su reputación resolviendo emergencias. Llega cuando el problema ya ocurrió, toma el control y consigue una solución inmediata.

Pero una organización que necesita héroes todos los días probablemente posee sistemas deficientes.

El líder que actúa anticipadamente analiza por qué se repiten los problemas y modifica las condiciones que los producen. No recompensa a las personas por trasladarle dificultades, sino que desarrolla su capacidad para resolverlas.

Belasco cuenta que llegó a perder un cliente importante porque no pudo revisar y responder con suficiente rapidez un documento enviado por un responsable comercial. La organización había aprendido que nada debía avanzar sin su aprobación.

Para cambiar esta situación, dejó de aceptar numerosos informes y pidió a sus colaboradores que identificaran qué decisiones podían tomar sin consultarlo.

Al principio, la transición produjo incomodidad. Decidir también significa exponerse a cometer errores. Sin embargo, la función del liderazgo no era procesar papeles, sino conseguir que las cosas sucedieran.

Las organizaciones reciben aquello que toleran

Uno de los planteamientos más directos del libro sostiene que el estándar de una organización está determinado por lo que sus líderes aceptan.

Cuando un gerente permite de manera repetida un trabajo incompleto, transmite que ese nivel es suficiente. Cuando resuelve continuamente los problemas ajenos, enseña a los demás a entregárselos.

Stayer reconoce que durante años aceptó responsabilidades que correspondían a otras personas. Revisaba directamente la calidad, intervenía en conflictos y asumía decisiones que sus equipos podían haber tomado.

Como consecuencia, recibió cada vez más problemas.

El cambio comenzó cuando elevó las expectativas y dejó de aceptar que las personas entregaran decisiones que les correspondían.

Este principio también se aplica al comportamiento del propio líder. No puede exigir excelencia mientras entrega trabajos improvisados, incumple compromisos o evita revisar sus propios errores.

Las personas observan lo que la dirección hace, no solamente lo que declara.

El estándar real aparece en aquello que se permite continuar.

Colocar a las personas adecuadas en las responsabilidades adecuadas

Permitir que los empleados lideren no significa ignorar las diferencias de capacidades.

Los autores sostienen que cada persona debe realizar el trabajo en el que puede producir su mejor contribución. La responsabilidad de los líderes incluye identificar las posiciones decisivas, comprender las competencias necesarias y ubicar a las personas adecuadas.

La autonomía no corrige automáticamente una mala asignación.

Una persona puede estar profundamente comprometida y, aun así, no poseer los conocimientos o comportamientos requeridos para determinada responsabilidad.

Por eso, el desarrollo de una organización responsable combina confianza con selección, orientación y aprendizaje.

El gerente debe reconocer qué tareas solo él puede realizar y transferir las demás a personas para quienes esas actividades representen su mejor contribución.

Cuando el líder intenta hacerlo todo, limita el desarrollo de los demás y abandona las responsabilidades estratégicas que realmente le corresponden.

Liderar también significa aprender

La última gran transformación propuesta por el libro ocurre cuando el gerente deja de verse como la persona que ya conoce todas las respuestas.

El liderazgo es presentado como un proceso continuo de aprendizaje. Las condiciones cambian, los clientes evolucionan y las capacidades que produjeron éxito en el pasado pueden convertirse en obstáculos para el futuro.

Los autores dedican la parte final del libro a diferentes experiencias que pueden funcionar como maestros: los errores, el miedo, la ira, la obstinación y las rupturas.

Estas situaciones revelan las limitaciones del líder. Un error puede mostrar que una creencia ya no funciona. El miedo puede señalar aquello que la persona evita. La ira puede descubrir una expectativa no reconocida. La obstinación puede mantener al gerente atado a una práctica que perdió utilidad.

El aprendizaje no ocurre solamente mediante cursos o libros. También aparece cuando el líder analiza sus decisiones, acepta su responsabilidad y cambia su comportamiento.

La secuencia propuesta es permanente: actuar, aprender y cambiar. Después del cambio aparece una nueva experiencia y el proceso comienza otra vez.

Una propuesta que comienza por renunciar a ser indispensable

Flight of the Buffalo no plantea que los líderes deban desaparecer. Propone algo más difícil: abandonar el deseo de ser necesarios para cada decisión.

El gerente continúa siendo responsable de definir la dirección, proteger los valores, desarrollar capacidades y eliminar obstáculos. Pero deja de construir una organización alrededor de su propio control.

El éxito ya no se mide por la cantidad de personas que necesitan al jefe, sino por la cantidad de personas capaces de actuar responsablemente sin esperar sus instrucciones.

La transformación del búfalo principal en ganso guía exige confianza, disciplina y paciencia. También obliga al líder a renunciar a una parte de su protagonismo.

Las personas cometerán errores. Algunas necesitarán más preparación. Otras pueden negarse a asumir la responsabilidad ofrecida. La autonomía no aparece simplemente porque la dirección la anuncie.

Debe construirse mediante información, entrenamiento, expectativas claras y consecuencias coherentes.

La gran paradoja del liderazgo

El libro presenta una paradoja que continúa siendo poderosa: el líder aumenta su influencia cuando deja de concentrar el poder operativo.

Mientras intenta controlar cada decisión, se convierte en un límite para la organización. Cuando desarrolla personas capaces de decidir, multiplica la capacidad colectiva.

El búfalo principal puede correr con fuerza, pero toda la manada depende de su dirección. Los gansos avanzan porque comparten el esfuerzo, cambian de posición y mantienen un destino común.

Una empresa no alcanza la excelencia porque posee un jefe extraordinario que resuelve todos sus problemas. La alcanza cuando muchas personas conocen su responsabilidad, comprenden al cliente y poseen la capacidad de actuar.

El verdadero desafío del liderazgo no consiste en conseguir que los demás sigan al gerente.

Consiste en ayudarlos a dirigir su propio trabajo y asumir las consecuencias de sus decisiones.


Fuente principal: Belasco, James A. y Stayer, Ralph C. (1993). Flight of the Buffalo: Soaring to Excellence, Learning to Let Employees Lead. Warner Books. El presente artículo es un análisis y una adaptación periodística elaborada con fines educativos. 

La historia que nos contamos para protegernos: por qué reinterpretamos nuestros éxitos, fracasos y contradicciones

 

 



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La memoria humana no funciona como una cámara que registra los hechos con absoluta objetividad. Selecciona, organiza y reinterpreta las experiencias para proteger nuestra identidad. Este mecanismo puede ayudarnos a superar una derrota, pero también puede alejarnos de la realidad cuando dejamos de revisar las historias que contamos sobre nosotros mismos.

Seguramente alguna vez hemos atribuido un logro exclusivamente a nuestro esfuerzo, inteligencia o capacidad. Cuando el resultado fue negativo, en cambio, probablemente encontramos una explicación diferente: las circunstancias no eran favorables, alguien actuó injustamente o existían factores que escapaban de nuestro control.

Un estudiante puede pensar que aprobó un curso porque se preparó adecuadamente, pero afirmar que desaprobó porque el profesor formuló un examen demasiado difícil. Un trabajador puede explicar sus buenos resultados mediante su talento y compromiso, pero responsabilizar a la empresa, al mercado o a sus compañeros cuando algo sale mal.

Estas explicaciones no aparecen necesariamente porque las personas quieran engañar a los demás. Muchas veces surgen de un proceso psicológico casi automático que permite conservar una imagen positiva de uno mismo.

Los psicólogos denominan atribución a la forma en que las personas explican por qué ocurren las cosas. Una de las manifestaciones más estudiadas es el sesgo de autoservicio, mediante el cual tendemos a relacionar nuestros éxitos con factores internos y nuestros fracasos con causas externas.

Este mecanismo protege la autoestima y ayuda a mantener la sensación de competencia. Sin embargo, también puede convertirse en una barrera para comprender los hechos con mayor objetividad.

El éxito parece nuestro; el fracaso, de las circunstancias

Cuando una persona obtiene un buen resultado, suele interpretarlo como una confirmación de sus capacidades. El éxito fortalece la identidad y permite afirmar: “Esto ocurrió porque soy competente”.

Cuando enfrenta una derrota, la explicación puede cambiar. Aceptar que el resultado fue consecuencia de una mala decisión, una preparación insuficiente o una limitación personal puede resultar doloroso. Por ello, la mente busca causas externas que disminuyan la responsabilidad individual.

El problema no consiste en reconocer que existen circunstancias externas. Evidentemente, los resultados también están condicionados por el contexto, las oportunidades, las decisiones de otras personas y numerosos factores que no controlamos.

La dificultad aparece cuando utilizamos estas explicaciones de manera desigual: asumimos completamente el mérito de los logros, pero rechazamos cualquier responsabilidad sobre los fracasos.

Este patrón puede repetirse en el ámbito académico, laboral, familiar y político. La interpretación cambia según si el resultado confirma o amenaza la idea que tenemos de nosotros mismos.

La memoria no es una grabación exacta

Durante mucho tiempo se pensó en la memoria como si fuera un archivo donde los acontecimientos permanecían almacenados tal como ocurrieron. Sin embargo, la experiencia humana es mucho más compleja.

Recordar no significa reproducir exactamente un hecho. Significa reconstruirlo.

Cada vez que recuperamos un recuerdo, intervienen nuestras emociones actuales, creencias, expectativas y conocimientos posteriores. Por ello, dos personas que participaron en el mismo acontecimiento pueden recordarlo de formas distintas y estar sinceramente convencidas de que su versión es correcta.

Incluso una misma persona puede modificar su interpretación con el paso del tiempo.

Un conflicto laboral que inicialmente fue recordado como un error propio puede convertirse después en una historia de injusticia. Una decisión apresurada puede reinterpretarse como un acto de valentía. Una derrota puede transformarse en la prueba de que todo el sistema estaba en contra.

La memoria no necesariamente inventa los hechos desde cero. Los reorganiza para darles sentido dentro de la historia personal.

Necesitamos sentir que controlamos nuestra vida

Las personas necesitan creer que poseen cierto grado de control sobre su existencia. Esta sensación permite planificar, tomar decisiones y enfrentar el futuro con confianza.

Cuando los hechos contradicen esa necesidad, aparece una tensión psicológica.

Una persona puede considerarse responsable, inteligente y justa. Pero, si comete un error grave, esas características entran en conflicto con el acontecimiento. Para reducir la incomodidad, la mente puede modificar la interpretación del hecho.

Tal vez la decisión no fue realmente equivocada. Quizá no había otra alternativa. Probablemente alguien proporcionó información incompleta. Posiblemente las consecuencias fueron imposibles de anticipar.

Algunas de estas explicaciones pueden ser verdaderas. Otras pueden surgir principalmente de la necesidad de proteger la identidad.

Lo importante es comprender que no siempre explicamos los acontecimientos únicamente para descubrir qué ocurrió. También los explicamos para preservar una imagen coherente de nosotros mismos.

Cuando los hechos amenazan nuestra identidad

Las contradicciones resultan particularmente difíciles cuando afectan creencias centrales.

Una persona que se considera competente puede tolerar un error pequeño. Pero una serie de fracasos puede amenazar directamente su identidad profesional. Alguien que se define como buen padre, amigo o pareja puede experimentar un profundo malestar cuando recibe evidencias que cuestionan esa imagen.

Ante esta amenaza, existen dos posibilidades.

La primera consiste en revisar la propia conducta, reconocer responsabilidades y realizar cambios. Este camino puede resultar doloroso, pero abre la posibilidad de aprender.

La segunda consiste en reinterpretar los hechos hasta hacerlos compatibles con la identidad previa. En este caso, la persona mantiene intacta su imagen, aunque para ello deba ignorar información importante.

La mente no siempre elige deliberadamente entre ambas opciones. Muchas veces construye explicaciones de manera automática.

Por eso, reconocer un sesgo no significa acusar a alguien de mentir. Una persona puede presentar una versión distorsionada y, al mismo tiempo, creer sinceramente en ella.

La política muestra con claridad este mecanismo

La vida política ofrece numerosos ejemplos de cómo las creencias previas influyen en la interpretación de los acontecimientos.

Cuando un gobernante actúa con firmeza, sus partidarios pueden considerar que demuestra convicción y liderazgo. Sus opositores pueden interpretar la misma conducta como autoritarismo o falta de capacidad para escuchar.

Si decide esperar antes de actuar, unos hablarán de prudencia y otros de debilidad.

El acontecimiento puede ser el mismo, pero la explicación cambia según la posición del observador.

Este fenómeno también aparece después de una elección. Quienes apoyaron al ganador pueden interpretar el resultado como una expresión clara de la voluntad ciudadana. Los seguidores del candidato derrotado pueden atribuirlo a la desinformación, los errores de campaña, la manipulación o la injusticia.

No todas estas explicaciones son necesariamente falsas. El problema es que suelen seleccionarse de acuerdo con las preferencias previas.

Las personas buscan razones que les permitan mantener la coherencia con sus creencias y reducir el malestar producido por un resultado contrario a sus expectativas.

Las explicaciones también cumplen una función emocional

Sería incorrecto afirmar que todas las reinterpretaciones son perjudiciales.

Después de una derrota, las personas necesitan construir un relato que les permita continuar. Un fracaso absoluto, sin explicación ni posibilidad de aprendizaje, puede producir desesperanza.

Las narrativas personales ayudan a ordenar la experiencia, reducir el sufrimiento y recuperar la autoestima. Una persona puede comprender que perdió una oportunidad, pero interpretar que la experiencia le permitió reconocer una debilidad o cambiar de dirección.

Esta reconstrucción puede ser saludable.

El problema comienza cuando las explicaciones dejan de ayudarnos a recuperarnos y empiezan a utilizarse para negar la evidencia.

Una narrativa puede aliviar el dolor sin distorsionar completamente los hechos. Es posible reconocer que existieron circunstancias adversas y, al mismo tiempo, aceptar que también cometimos errores.

La madurez psicológica no exige responsabilizarnos de todo. Exige evaluar con honestidad qué parte nos corresponde.

Las sociedades también construyen historias

Este proceso no ocurre únicamente en la mente individual. Las comunidades, organizaciones y países también construyen narrativas sobre sí mismos.

Las sociedades cuentan historias que explican su origen, sus valores, sus victorias y sus dificultades. Esos relatos permiten crear identidad colectiva y transmitir significado entre generaciones.

Sin historias compartidas sería difícil construir instituciones, establecer objetivos comunes o imaginar un futuro colectivo.

Sin embargo, las mismas narrativas que unen a una sociedad pueden impedirle reconocer hechos que contradicen su imagen.

Una organización puede definirse como innovadora, aunque sus trabajadores teman proponer ideas. Un país puede considerarse respetuoso de la igualdad, mientras mantiene profundas formas de discriminación. Una institución puede declarar que escucha a las personas, aunque ignore sistemáticamente sus reclamos.

El relato compartido puede convertirse en una fuente de inspiración o en una barrera contra la realidad.

Una explicación útil no siempre es una explicación verdadera

Existe una diferencia fundamental entre una explicación psicológicamente útil y una explicación respaldada por evidencia.

Una historia puede producir tranquilidad, reducir la culpa y permitir que una persona siga adelante. Eso no demuestra automáticamente que describa correctamente lo ocurrido.

De la misma forma, una explicación incómoda no tiene que ser falsa simplemente porque amenaza nuestra autoestima.

La evidencia debe evaluarse independientemente de las emociones que produce.

Esta distinción resulta especialmente importante cuando las decisiones afectan a otras personas. Una explicación personal puede ayudarnos a sentirnos mejor, pero no debería utilizarse para evitar responsabilidades, justificar daños o rechazar información comprobable.

El bienestar psicológico no requiere vivir dentro de una ficción. Puede construirse mediante una comprensión más equilibrada de los hechos.

Revisar la narrativa sin destruir la identidad

Aceptar que nuestra historia puede estar incompleta no significa renunciar a todas nuestras convicciones.

Ninguna persona puede vivir revisando permanentemente cada recuerdo y dudando de todas sus interpretaciones. Necesitamos cierta estabilidad para actuar.

La fortaleza no consiste en abandonar las creencias ante cualquier cuestionamiento. Tampoco en defenderlas rígidamente frente a toda evidencia.

Consiste en sostener una identidad suficientemente estable para vivir, pero también suficientemente flexible para aprender.

Podemos considerarnos personas responsables y reconocer que actuamos irresponsablemente en una situación concreta. Podemos sentir orgullo por nuestros logros y admitir que también recibimos ayuda. Podemos identificar circunstancias injustas sin negar los errores que cometimos.

La revisión de la narrativa no destruye necesariamente la identidad. Puede hacerla más realista.

Preguntarnos qué explicación aceptaríamos para otra persona

Una manera de reducir el sesgo consiste en cambiar temporalmente de perspectiva.

Cuando evaluamos nuestra conducta, solemos conocer nuestras intenciones, dificultades y emociones. Cuando evaluamos a otros, observamos principalmente sus acciones.

Esta diferencia puede producir juicios desiguales.

Podemos justificar nuestra impuntualidad mediante el tráfico, el cansancio o un imprevisto. Pero, cuando otra persona llega tarde, podemos concluir rápidamente que es irresponsable.

Para revisar una explicación personal, conviene preguntarnos qué pensaríamos si otra persona hubiera actuado exactamente igual. También puede ser útil imaginar qué evidencia necesitaríamos para aceptar una interpretación distinta.

Estas preguntas no garantizan una objetividad absoluta, pero ayudan a identificar cuándo estamos aplicando criterios diferentes.

La realidad no siempre coincide con la historia que contamos

Cada persona necesita una historia que le permita comprender quién es, de dónde viene y hacia dónde se dirige.

Esa historia nunca será completamente objetiva. Estará formada por recuerdos seleccionados, emociones, interpretaciones y silencios.

El desafío no consiste en eliminar las narrativas, porque son parte fundamental de la experiencia humana. Consiste en evitar que se conviertan en estructuras cerradas incapaces de aceptar cualquier contradicción.

Las historias personales pueden protegernos, pero también pueden limitarnos. Pueden ayudarnos a superar un fracaso o impedirnos reconocer aquello que debemos cambiar.

La verdadera fortaleza no aparece cuando defendemos nuestra versión frente a toda evidencia. Surge cuando somos capaces de sostener nuestras convicciones y, al mismo tiempo, permitir que los hechos las examinen.

Quizá esa sea una de las paradojas más difíciles de la vida: necesitamos relatos para comprender la realidad, pero debemos recordar que la realidad puede no coincidir completamente con los relatos que construimos.

Fuente principal: Naranjo, Martín. ¿Aprobé o me jalaron? Columna «Bajo la lupa», Diario Gestión. El presente artículo es un análisis y una adaptación periodística elaborada con fines educativos.



















miércoles, 15 de julio de 2026

Provincias desplazan a Lima y reordenan el mercado peruano de productos de limpieza

 


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El mapa del consumo en la industria de limpieza del hogar está cambiando. Las regiones ya concentran más de la mitad de la demanda nacional, mientras Lima pierde participación y obliga a las empresas a replantear su estrategia comercial, su red de distribución y hasta el origen de sus insumos.

Durante años, Lima fue el centro casi indiscutible del consumo y de las decisiones comerciales en numerosos sectores del país. Sin embargo, en el negocio de productos de limpieza del hogar, esa lógica comienza a mostrar señales de agotamiento. El crecimiento ya no se explica únicamente desde la capital. Hoy son las provincias las que marcan el ritmo de expansión del mercado y empujan a las empresas a mirar con mayor atención lo que ocurre fuera de Lima.

En un mercado valorizado en S/ 3,408 millones, equivalente a US$ 1,011 millones, las regiones concentran ya el 55.3% del consumo nacional. El dato confirma que las provincias dejaron de ser un mercado complementario para convertirse en el principal motor de la demanda.

El cambio no es menor. También implica una pérdida de peso relativo de Lima, que ya habría cedido cinco puntos de participación dentro del mercado. Esta modificación obliga a las compañías a revisar su forma de crecer, su presencia comercial y la manera en que distribuyen sus productos en el territorio nacional.

El crecimiento ya no se juega solo en la capital

La transformación del mercado ha comenzado a reflejarse en las decisiones empresariales. Según explica Ángel Acevedo, presidente del gremio vinculado a esta industria en la Cámara de Comercio de Lima, las compañías han entendido que Lima ya no puede ser el único eje de su estrategia.

El avance de ciudades como Arequipa, Trujillo, Piura y Tumbes confirma que la expansión del consumo se está desplazando hacia las regiones. Pero ese desplazamiento no significa necesariamente una mudanza industrial fuera de la capital. La prioridad, según el análisis del sector, no pasa por instalar fábricas en provincias, sino por fortalecer la red comercial, la canalización de ventas y la distribución regional.

En otras palabras, el negocio cambia menos por el lugar donde se fabrica y más por la forma en que se llega al consumidor.

Un sector de gran tamaño y producción mayoritariamente nacional

La industria comercializa alrededor de 329 millones de productos al año, exporta cerca de US$ 25 millones FOB y registra un crecimiento anual compuesto de 5% en los últimos seis años.

Además, se trata de un sector con una fuerte base productiva local. Cerca del 80% de los productos de aseo doméstico ya se fabrica en el Perú, una característica que lo diferencia de otras categorías, como la cosmética, donde las importaciones tienen una presencia más dominante.

El 20% restante proviene del exterior, pero la expectativa del sector es que la manufactura local continúe fortaleciéndose con el ingreso de nuevos participantes. Para la industria, más actores no necesariamente significan fragmentación negativa, sino una posibilidad de reforzar la producción nacional y dinamizar la competencia.

Los detergentes siguen liderando el mercado

Dentro del sector, los detergentes y productos para el cuidado de la ropa se mantienen como la categoría más importante. Representan el 67% de la facturación total y crecieron 3% durante el 2025.

En segundo plano aparece el segmento de lavado de vajillas, con una participación de 11%, aunque en este caso se habría registrado una caída de 2%. Junto a estas líneas, también sostienen buena parte del consumo los blanqueadores, desinfectantes, limpiadores y el papel absorbente, categorías esenciales dentro del gasto cotidiano de los hogares peruanos.

El caso del papel absorbente también revela la dimensión del mercado. Durante el 2025, este rubro movilizó alrededor de S/ 2,300 millones, con una producción nacional que alcanza el 99% y una fuerte concentración empresarial, ya que tres compañías reúnen el 94% del mercado.

El costo de los insumos abre una nueva discusión

El nuevo escenario regional coincide con otra preocupación empresarial: el costo de los insumos. Las compañías están evaluando alternativas para abastecerse a menores precios y ganar competitividad.

Una de las posibilidades analizadas es importar materias primas desde China para luego fabricar los productos localmente en el Perú. Según la visión de los representantes del sector, esta alternativa permitiría reducir costos y ofrecer productos más competitivos frente a otros mercados.

El razonamiento es simple: si buena parte de los insumos sigue llegando desde Estados Unidos o Europa, donde suelen ser más costosos, el margen de maniobra comercial se reduce. En cambio, abastecerse desde China y mantener la manufactura local podría mejorar la estructura de costos sin renunciar a la producción nacional.

Este punto refleja una tendencia más amplia: el mercado ya no depende solo de la venta final, sino también de la capacidad de las empresas para revisar toda su cadena de valor, desde la compra de materias primas hasta la llegada del producto al consumidor.

El consumidor peruano también cambió

Pero el reordenamiento geográfico no es el único desafío. La industria también enfrenta a un consumidor distinto al de años anteriores.

Hoy el comprador investiga más, accede a información por internet, compara productos y presta mayor atención a los principios activos, las fórmulas y los componentes de lo que adquiere. Ese mayor nivel de conocimiento está obligando a las empresas a innovar con más rapidez y a revisar el desarrollo de sus productos.

Ya no basta con vender limpieza como una promesa genérica. El mercado exige productos más específicos, ingredientes más modernos y una propuesta de valor mejor explicada.

Este nuevo consumidor no solo compra; también evalúa, contrasta y exige. Por eso, la innovación deja de ser un elemento opcional y se convierte en una condición necesaria para competir.

Reinventar el negocio sin perder de vista el ingreso del consumidor

El sector entiende que necesita reinventarse, pero sin caer en una lectura simplista del mercado. El crecimiento no dependerá exclusivamente del desarrollo de productos premium. El nivel socioeconómico seguirá siendo un factor decisivo para comprender el comportamiento de la demanda en el Perú.

Esto significa que la sofisticación del consumidor avanza, pero convive con una realidad donde el precio y la capacidad adquisitiva continúan siendo variables centrales. Las empresas deberán innovar, sí, pero también mantener propuestas accesibles para un mercado heterogéneo y altamente sensible al valor recibido.

Un nuevo mapa para la industria

Lo que está ocurriendo en la industria de limpieza del hogar es, en el fondo, un cambio de mapa económico. Las provincias ganan protagonismo, Lima pierde centralidad relativa y las empresas se ven forzadas a descentralizar su mirada.

El reto no consiste únicamente en vender más, sino en entender mejor dónde está creciendo la demanda, cómo se comporta el nuevo consumidor y qué ajustes necesita la cadena de abastecimiento para sostener la competitividad.

Las regiones ya no son una promesa futura. Son el presente del mercado. Y en esa nueva realidad, las compañías que comprendan antes el cambio geográfico, comercial y cultural tendrán mejores posibilidades de consolidarse.


Fuente principal: Sotelo, Eduardo. Provincias desplazan a Lima en demanda de productos de limpieza. Diario Gestión. El presente artículo es un análisis y una adaptación periodística elaborada con fines educativos.

lunes, 13 de julio de 2026

El hambre que no queremos ver: más de 10 millones de peruanos viven en inseguridad alimentaria

 


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Los nuevos datos oficiales revelan que el hambre en el Perú no puede explicarse únicamente mediante la pobreza monetaria. Al cierre de 2025, el 30.5% de la población enfrentó algún nivel de inseguridad alimentaria y más de un millón de personas atravesó sus formas más severas. El país ya dispone de un diagnóstico más preciso; el desafío pendiente es convertir esa información en decisiones públicas.

Durante décadas, el debate sobre el bienestar de los peruanos se concentró principalmente en la pobreza monetaria. El ingreso de las familias se convirtió en el indicador habitual para establecer quiénes necesitaban apoyo del Estado y dónde debían concentrarse los programas sociales.

Sin embargo, una nueva medición oficial muestra que mirar solamente los ingresos deja fuera a una parte considerable de la población que tiene dificultades para acceder a una alimentación suficiente y de calidad.

Al cierre de 2025, el 30.5% de los peruanos —más de 10 millones de personas— enfrentó algún nivel de inseguridad alimentaria. Dentro de este grupo, poco más de un millón atravesó situaciones severas, caracterizadas por la falta recurrente de alimentos y la necesidad de reducir o suspender comidas.

Las cifras provienen del primer resultado del módulo de inseguridad alimentaria incorporado por el Instituto Nacional de Estadística e Informática a la Encuesta Nacional de Hogares de 2025. La medición fue desarrollada con asistencia técnica de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura y emplea la Escala de Experiencia de Inseguridad Alimentaria, conocida como FIES.

A diferencia de los indicadores que observan únicamente el ingreso o el gasto de los hogares, esta escala estudia directamente la experiencia de las personas: si tuvieron preocupación por quedarse sin alimentos, si redujeron la calidad de su dieta, si comieron menos de lo necesario o si pasaron días enteros sin ingerir alimentos por falta de recursos.

El hambre no siempre coincide con la pobreza monetaria

Uno de los principales hallazgos es que la inseguridad alimentaria no constituye un reflejo exacto de la pobreza monetaria.

Es cierto que ambos fenómenos se encuentran relacionados. Aproximadamente el 50% de las personas que viven en pobreza extrema también enfrenta inseguridad alimentaria. No obstante, el problema se extiende hacia otros grupos económicos.

La medición muestra que la inseguridad alimentaria también está presente en los sectores considerados más acomodados. En los estratos socioeconómicos A y B, su incidencia puede llegar hasta el 15%.

Este resultado rompe con la idea de que las dificultades para alimentarse pertenecen exclusivamente a las familias clasificadas oficialmente como pobres.

Una persona puede superar la línea de pobreza monetaria y, aun así, enfrentar dificultades para mantener una dieta adecuada. El costo de los alimentos, las deudas, la inestabilidad laboral, las enfermedades, el número de integrantes del hogar o los gastos imprevistos pueden reducir rápidamente la capacidad de una familia para comprar alimentos de calidad.

El ingreso mensual ofrece una parte de la explicación. Pero no siempre revela cómo distribuye una familia sus recursos ni qué sacrificios debe realizar para asegurar su alimentación.

Qué significa vivir con inseguridad alimentaria

La inseguridad alimentaria moderada aparece cuando las familias deben reducir la calidad o la cantidad de los alimentos que consumen.

En estos hogares, las personas pueden reemplazar productos nutritivos por alternativas más económicas, disminuir el tamaño de las porciones o prescindir de ciertos alimentos para extender el presupuesto disponible.

La inseguridad severa representa una forma más profunda de privación. Las familias pueden verse obligadas a saltarse alguna comida, reducir considerablemente su consumo o pasar un día entero sin comer.

El hambre, por tanto, no comienza únicamente cuando una persona deja completamente de alimentarse. También aparece cuando la dieta pierde calidad, cuando las comidas se vuelven insuficientes o cuando la preocupación por conseguir alimentos se transforma en una experiencia cotidiana.

Esta diferencia es importante porque permite observar un deterioro que los indicadores tradicionales pueden pasar por alto.

Un problema social que también reduce la productividad

La inseguridad alimentaria no es solamente un problema de bienestar social. También genera consecuencias económicas para el país.

La evidencia acumulada sobre la desnutrición infantil en el Perú ha mostrado sus efectos sobre la escolaridad, la capacidad cognitiva y la productividad laboral. Estas pérdidas pueden equivaler a varios puntos del producto bruto interno.

Una alimentación deficiente durante la infancia afecta el desarrollo físico y mental. Sus consecuencias pueden acompañar a la persona durante su etapa educativa y posteriormente limitar sus oportunidades en el mercado laboral.

El problema también afecta a los adultos. Un trabajador que no recibe una alimentación diaria suficiente puede presentar menor concentración, más ausentismo, menor resistencia física y una productividad inferior a su verdadero potencial.

Cuando esta situación alcanza a millones de personas, deja de ser únicamente una dificultad familiar y se convierte en una limitación estructural para el crecimiento económico.

Postergar las respuestas no representa una simple omisión ética. También es una decisión costosa para el país.

La Amazonía concentra los niveles más elevados

La mirada regional revela desigualdades profundas.

Loreto registra una incidencia de inseguridad alimentaria de 47%, la más alta del país. Le siguen Ucayali, con 37%, y Madre de Dios, con 34%.

Estas cifras muestran que el problema no depende exclusivamente de la pobreza monetaria. Madre de Dios resulta especialmente reveladora porque, pese a encontrarse entre las regiones con menor pobreza monetaria, presenta uno de los niveles más altos de inseguridad alimentaria.

La disponibilidad de ingresos no garantiza necesariamente el acceso constante a alimentos adecuados. La ubicación geográfica, los costos de transporte, el abastecimiento, la estructura productiva regional y la disponibilidad de alimentos frescos pueden influir de manera decisiva.

La Amazonía enfrenta, además, dificultades históricas relacionadas con conectividad, servicios básicos, presencia estatal y acceso a mercados. En esas condiciones, incluso una familia que no figura oficialmente como pobre puede encontrar serios obstáculos para mantener una alimentación estable.

Cajamarca muestra la otra cara de la relación

Cajamarca ofrece un contraste importante.

Aunque presenta la tasa de pobreza monetaria más alta del país, ocupa el noveno lugar en inseguridad alimentaria, con una incidencia de 32%.

El dato no significa que la situación alimentaria de Cajamarca sea favorable. Una tasa de 32% sigue representando un problema grave. Sin embargo, demuestra que las regiones no mantienen necesariamente la misma posición cuando se comparan pobreza monetaria e inseguridad alimentaria.

En algunas zonas rurales, las familias pueden acceder a determinados alimentos mediante la producción propia, las redes familiares o los mercados locales. Esto podría reducir parcialmente el riesgo de quedarse sin comida, aunque los ingresos monetarios continúen siendo bajos.

El ejemplo confirma que pobreza y hambre están conectadas, pero no son fenómenos idénticos. Cada una requiere instrumentos específicos de medición y respuestas diferenciadas.

Una brecha entre las ciudades y el campo

Los datos también muestran diferencias entre las zonas rurales y urbanas.

La inseguridad alimentaria moderada o severa afecta al 35% de la población rural y al 29% de la población urbana.

El campo registra una incidencia general más elevada. No obstante, las formas severas del problema resultan más agudas en las ciudades.

Esta aparente contradicción puede explicarse por las distintas formas de acceso a los alimentos.

En las zonas rurales puede existir mayor pobreza monetaria, pero algunas familias cuentan con producción agrícola, crianza de animales, intercambio comunitario o redes cercanas que les permiten obtener alimentos sin depender completamente del dinero.

En las ciudades, en cambio, la alimentación se encuentra más vinculada con el ingreso diario. Una persona que pierde el empleo o deja de recibir ingresos puede quedarse rápidamente sin capacidad para comprar comida.

La vida urbana ofrece mayor proximidad a mercados y establecimientos comerciales, pero esa disponibilidad no garantiza el acceso. Los alimentos pueden encontrarse cerca y, al mismo tiempo, resultar económicamente inaccesibles.

El diagnóstico debe transformar la focalización de la ayuda

La disponibilidad de nueva información no tendría sentido si se limita a una publicación estadística.

El primer paso consiste en utilizar la escala FIES como un criterio para identificar a las personas que necesitan apoyo alimentario.

Actualmente, programas como Qali Warma, Juntos y otras iniciativas de asistencia distribuyen sus recursos principalmente mediante indicadores de pobreza monetaria. Sin embargo, los nuevos datos muestran que este método puede dejar fuera a familias que padecen hambre sin estar clasificadas oficialmente como pobres.

La medición de inseguridad alimentaria debería cruzarse con los padrones sociales existentes. De esta manera, el Estado podría identificar los lugares donde la distancia entre pobreza monetaria e inseguridad alimentaria resulta más amplia.

Estas zonas deberían recibir una oferta diferenciada y adaptada a sus necesidades reales.

No todas las familias con inseguridad alimentaria requieren la misma intervención. Algunas pueden necesitar transferencias económicas; otras, acceso a comedores, alimentación escolar, apoyo productivo, mejores canales de abastecimiento o atención nutricional.

Una política efectiva necesita reconocer esas diferencias.

Una meta pública que pueda medirse

La información también debería utilizarse para establecer una meta nacional explícita.

El Poder Ejecutivo y el Congreso podrían adoptar un objetivo concreto, medible y sujeto a plazos, vinculado con el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 2: Hambre Cero.

La continuidad del módulo de inseguridad alimentaria en las mediciones del INEI permitiría observar la evolución anual del problema y evaluar si las políticas implementadas producen resultados.

La estadística dejaría así de ser solamente una fotografía de la realidad y se convertiría en una herramienta para exigir responsabilidades.

El país necesita saber no solo cuántas personas padecen inseguridad alimentaria, sino también si el número disminuye, en qué regiones se registran mejoras y qué intervenciones muestran mayor efectividad.

Sin metas públicas, los diagnósticos corren el riesgo de acumularse sin producir transformaciones.

El Perú ya conoce el tamaño del problema

El país cuenta ahora con una medición más precisa de su situación alimentaria.

Más de 10 millones de peruanos enfrentan dificultades para acceder de manera estable a alimentos suficientes. Más de un millón vive formas severas del problema. La inseguridad alimentaria alcanza tanto a los hogares pobres como a grupos que se encuentran por encima de la línea oficial de pobreza.

Las cifras también muestran que el fenómeno adopta formas distintas según la región y el lugar de residencia. La Amazonía concentra niveles críticos, mientras que la comparación entre Cajamarca y Madre de Dios demuestra que los ingresos no explican completamente quién puede alimentarse adecuadamente.

El diagnóstico ya existe. La información está disponible y permite identificar con mayor claridad dónde se encuentran las brechas.

Lo que falta es convertir ese conocimiento en decisiones.

El hambre no se resuelve únicamente midiendo la pobreza. Se enfrenta reconociendo a las personas que reducen sus comidas, deterioran su dieta o pasan días sin alimentarse, aunque las estadísticas tradicionales no las clasifiquen como pobres.

El Perú ya puede ver con mayor precisión una realidad que durante años permaneció parcialmente oculta. Ignorarla, después de conocer su verdadera dimensión, tendría consecuencias humanas y económicas demasiado grandes.


Fuente principal: Trivelli, Carolina. El hambre que no queremos ver: 10 millones de peruanos en riesgo. Columna publicada en Diario Gestión. El presente artículo es un análisis y una adaptación periodística elaborada con fines educativos.



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