miércoles, 15 de julio de 2026

Provincias desplazan a Lima y reordenan el mercado peruano de productos de limpieza

 


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El mapa del consumo en la industria de limpieza del hogar está cambiando. Las regiones ya concentran más de la mitad de la demanda nacional, mientras Lima pierde participación y obliga a las empresas a replantear su estrategia comercial, su red de distribución y hasta el origen de sus insumos.

Durante años, Lima fue el centro casi indiscutible del consumo y de las decisiones comerciales en numerosos sectores del país. Sin embargo, en el negocio de productos de limpieza del hogar, esa lógica comienza a mostrar señales de agotamiento. El crecimiento ya no se explica únicamente desde la capital. Hoy son las provincias las que marcan el ritmo de expansión del mercado y empujan a las empresas a mirar con mayor atención lo que ocurre fuera de Lima.

En un mercado valorizado en S/ 3,408 millones, equivalente a US$ 1,011 millones, las regiones concentran ya el 55.3% del consumo nacional. El dato confirma que las provincias dejaron de ser un mercado complementario para convertirse en el principal motor de la demanda.

El cambio no es menor. También implica una pérdida de peso relativo de Lima, que ya habría cedido cinco puntos de participación dentro del mercado. Esta modificación obliga a las compañías a revisar su forma de crecer, su presencia comercial y la manera en que distribuyen sus productos en el territorio nacional.

El crecimiento ya no se juega solo en la capital

La transformación del mercado ha comenzado a reflejarse en las decisiones empresariales. Según explica Ángel Acevedo, presidente del gremio vinculado a esta industria en la Cámara de Comercio de Lima, las compañías han entendido que Lima ya no puede ser el único eje de su estrategia.

El avance de ciudades como Arequipa, Trujillo, Piura y Tumbes confirma que la expansión del consumo se está desplazando hacia las regiones. Pero ese desplazamiento no significa necesariamente una mudanza industrial fuera de la capital. La prioridad, según el análisis del sector, no pasa por instalar fábricas en provincias, sino por fortalecer la red comercial, la canalización de ventas y la distribución regional.

En otras palabras, el negocio cambia menos por el lugar donde se fabrica y más por la forma en que se llega al consumidor.

Un sector de gran tamaño y producción mayoritariamente nacional

La industria comercializa alrededor de 329 millones de productos al año, exporta cerca de US$ 25 millones FOB y registra un crecimiento anual compuesto de 5% en los últimos seis años.

Además, se trata de un sector con una fuerte base productiva local. Cerca del 80% de los productos de aseo doméstico ya se fabrica en el Perú, una característica que lo diferencia de otras categorías, como la cosmética, donde las importaciones tienen una presencia más dominante.

El 20% restante proviene del exterior, pero la expectativa del sector es que la manufactura local continúe fortaleciéndose con el ingreso de nuevos participantes. Para la industria, más actores no necesariamente significan fragmentación negativa, sino una posibilidad de reforzar la producción nacional y dinamizar la competencia.

Los detergentes siguen liderando el mercado

Dentro del sector, los detergentes y productos para el cuidado de la ropa se mantienen como la categoría más importante. Representan el 67% de la facturación total y crecieron 3% durante el 2025.

En segundo plano aparece el segmento de lavado de vajillas, con una participación de 11%, aunque en este caso se habría registrado una caída de 2%. Junto a estas líneas, también sostienen buena parte del consumo los blanqueadores, desinfectantes, limpiadores y el papel absorbente, categorías esenciales dentro del gasto cotidiano de los hogares peruanos.

El caso del papel absorbente también revela la dimensión del mercado. Durante el 2025, este rubro movilizó alrededor de S/ 2,300 millones, con una producción nacional que alcanza el 99% y una fuerte concentración empresarial, ya que tres compañías reúnen el 94% del mercado.

El costo de los insumos abre una nueva discusión

El nuevo escenario regional coincide con otra preocupación empresarial: el costo de los insumos. Las compañías están evaluando alternativas para abastecerse a menores precios y ganar competitividad.

Una de las posibilidades analizadas es importar materias primas desde China para luego fabricar los productos localmente en el Perú. Según la visión de los representantes del sector, esta alternativa permitiría reducir costos y ofrecer productos más competitivos frente a otros mercados.

El razonamiento es simple: si buena parte de los insumos sigue llegando desde Estados Unidos o Europa, donde suelen ser más costosos, el margen de maniobra comercial se reduce. En cambio, abastecerse desde China y mantener la manufactura local podría mejorar la estructura de costos sin renunciar a la producción nacional.

Este punto refleja una tendencia más amplia: el mercado ya no depende solo de la venta final, sino también de la capacidad de las empresas para revisar toda su cadena de valor, desde la compra de materias primas hasta la llegada del producto al consumidor.

El consumidor peruano también cambió

Pero el reordenamiento geográfico no es el único desafío. La industria también enfrenta a un consumidor distinto al de años anteriores.

Hoy el comprador investiga más, accede a información por internet, compara productos y presta mayor atención a los principios activos, las fórmulas y los componentes de lo que adquiere. Ese mayor nivel de conocimiento está obligando a las empresas a innovar con más rapidez y a revisar el desarrollo de sus productos.

Ya no basta con vender limpieza como una promesa genérica. El mercado exige productos más específicos, ingredientes más modernos y una propuesta de valor mejor explicada.

Este nuevo consumidor no solo compra; también evalúa, contrasta y exige. Por eso, la innovación deja de ser un elemento opcional y se convierte en una condición necesaria para competir.

Reinventar el negocio sin perder de vista el ingreso del consumidor

El sector entiende que necesita reinventarse, pero sin caer en una lectura simplista del mercado. El crecimiento no dependerá exclusivamente del desarrollo de productos premium. El nivel socioeconómico seguirá siendo un factor decisivo para comprender el comportamiento de la demanda en el Perú.

Esto significa que la sofisticación del consumidor avanza, pero convive con una realidad donde el precio y la capacidad adquisitiva continúan siendo variables centrales. Las empresas deberán innovar, sí, pero también mantener propuestas accesibles para un mercado heterogéneo y altamente sensible al valor recibido.

Un nuevo mapa para la industria

Lo que está ocurriendo en la industria de limpieza del hogar es, en el fondo, un cambio de mapa económico. Las provincias ganan protagonismo, Lima pierde centralidad relativa y las empresas se ven forzadas a descentralizar su mirada.

El reto no consiste únicamente en vender más, sino en entender mejor dónde está creciendo la demanda, cómo se comporta el nuevo consumidor y qué ajustes necesita la cadena de abastecimiento para sostener la competitividad.

Las regiones ya no son una promesa futura. Son el presente del mercado. Y en esa nueva realidad, las compañías que comprendan antes el cambio geográfico, comercial y cultural tendrán mejores posibilidades de consolidarse.


Fuente principal: Sotelo, Eduardo. Provincias desplazan a Lima en demanda de productos de limpieza. Diario Gestión. El presente artículo es un análisis y una adaptación periodística elaborada con fines educativos.

lunes, 13 de julio de 2026

El hambre que no queremos ver: más de 10 millones de peruanos viven en inseguridad alimentaria

 


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Los nuevos datos oficiales revelan que el hambre en el Perú no puede explicarse únicamente mediante la pobreza monetaria. Al cierre de 2025, el 30.5% de la población enfrentó algún nivel de inseguridad alimentaria y más de un millón de personas atravesó sus formas más severas. El país ya dispone de un diagnóstico más preciso; el desafío pendiente es convertir esa información en decisiones públicas.

Durante décadas, el debate sobre el bienestar de los peruanos se concentró principalmente en la pobreza monetaria. El ingreso de las familias se convirtió en el indicador habitual para establecer quiénes necesitaban apoyo del Estado y dónde debían concentrarse los programas sociales.

Sin embargo, una nueva medición oficial muestra que mirar solamente los ingresos deja fuera a una parte considerable de la población que tiene dificultades para acceder a una alimentación suficiente y de calidad.

Al cierre de 2025, el 30.5% de los peruanos —más de 10 millones de personas— enfrentó algún nivel de inseguridad alimentaria. Dentro de este grupo, poco más de un millón atravesó situaciones severas, caracterizadas por la falta recurrente de alimentos y la necesidad de reducir o suspender comidas.

Las cifras provienen del primer resultado del módulo de inseguridad alimentaria incorporado por el Instituto Nacional de Estadística e Informática a la Encuesta Nacional de Hogares de 2025. La medición fue desarrollada con asistencia técnica de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura y emplea la Escala de Experiencia de Inseguridad Alimentaria, conocida como FIES.

A diferencia de los indicadores que observan únicamente el ingreso o el gasto de los hogares, esta escala estudia directamente la experiencia de las personas: si tuvieron preocupación por quedarse sin alimentos, si redujeron la calidad de su dieta, si comieron menos de lo necesario o si pasaron días enteros sin ingerir alimentos por falta de recursos.

El hambre no siempre coincide con la pobreza monetaria

Uno de los principales hallazgos es que la inseguridad alimentaria no constituye un reflejo exacto de la pobreza monetaria.

Es cierto que ambos fenómenos se encuentran relacionados. Aproximadamente el 50% de las personas que viven en pobreza extrema también enfrenta inseguridad alimentaria. No obstante, el problema se extiende hacia otros grupos económicos.

La medición muestra que la inseguridad alimentaria también está presente en los sectores considerados más acomodados. En los estratos socioeconómicos A y B, su incidencia puede llegar hasta el 15%.

Este resultado rompe con la idea de que las dificultades para alimentarse pertenecen exclusivamente a las familias clasificadas oficialmente como pobres.

Una persona puede superar la línea de pobreza monetaria y, aun así, enfrentar dificultades para mantener una dieta adecuada. El costo de los alimentos, las deudas, la inestabilidad laboral, las enfermedades, el número de integrantes del hogar o los gastos imprevistos pueden reducir rápidamente la capacidad de una familia para comprar alimentos de calidad.

El ingreso mensual ofrece una parte de la explicación. Pero no siempre revela cómo distribuye una familia sus recursos ni qué sacrificios debe realizar para asegurar su alimentación.

Qué significa vivir con inseguridad alimentaria

La inseguridad alimentaria moderada aparece cuando las familias deben reducir la calidad o la cantidad de los alimentos que consumen.

En estos hogares, las personas pueden reemplazar productos nutritivos por alternativas más económicas, disminuir el tamaño de las porciones o prescindir de ciertos alimentos para extender el presupuesto disponible.

La inseguridad severa representa una forma más profunda de privación. Las familias pueden verse obligadas a saltarse alguna comida, reducir considerablemente su consumo o pasar un día entero sin comer.

El hambre, por tanto, no comienza únicamente cuando una persona deja completamente de alimentarse. También aparece cuando la dieta pierde calidad, cuando las comidas se vuelven insuficientes o cuando la preocupación por conseguir alimentos se transforma en una experiencia cotidiana.

Esta diferencia es importante porque permite observar un deterioro que los indicadores tradicionales pueden pasar por alto.

Un problema social que también reduce la productividad

La inseguridad alimentaria no es solamente un problema de bienestar social. También genera consecuencias económicas para el país.

La evidencia acumulada sobre la desnutrición infantil en el Perú ha mostrado sus efectos sobre la escolaridad, la capacidad cognitiva y la productividad laboral. Estas pérdidas pueden equivaler a varios puntos del producto bruto interno.

Una alimentación deficiente durante la infancia afecta el desarrollo físico y mental. Sus consecuencias pueden acompañar a la persona durante su etapa educativa y posteriormente limitar sus oportunidades en el mercado laboral.

El problema también afecta a los adultos. Un trabajador que no recibe una alimentación diaria suficiente puede presentar menor concentración, más ausentismo, menor resistencia física y una productividad inferior a su verdadero potencial.

Cuando esta situación alcanza a millones de personas, deja de ser únicamente una dificultad familiar y se convierte en una limitación estructural para el crecimiento económico.

Postergar las respuestas no representa una simple omisión ética. También es una decisión costosa para el país.

La Amazonía concentra los niveles más elevados

La mirada regional revela desigualdades profundas.

Loreto registra una incidencia de inseguridad alimentaria de 47%, la más alta del país. Le siguen Ucayali, con 37%, y Madre de Dios, con 34%.

Estas cifras muestran que el problema no depende exclusivamente de la pobreza monetaria. Madre de Dios resulta especialmente reveladora porque, pese a encontrarse entre las regiones con menor pobreza monetaria, presenta uno de los niveles más altos de inseguridad alimentaria.

La disponibilidad de ingresos no garantiza necesariamente el acceso constante a alimentos adecuados. La ubicación geográfica, los costos de transporte, el abastecimiento, la estructura productiva regional y la disponibilidad de alimentos frescos pueden influir de manera decisiva.

La Amazonía enfrenta, además, dificultades históricas relacionadas con conectividad, servicios básicos, presencia estatal y acceso a mercados. En esas condiciones, incluso una familia que no figura oficialmente como pobre puede encontrar serios obstáculos para mantener una alimentación estable.

Cajamarca muestra la otra cara de la relación

Cajamarca ofrece un contraste importante.

Aunque presenta la tasa de pobreza monetaria más alta del país, ocupa el noveno lugar en inseguridad alimentaria, con una incidencia de 32%.

El dato no significa que la situación alimentaria de Cajamarca sea favorable. Una tasa de 32% sigue representando un problema grave. Sin embargo, demuestra que las regiones no mantienen necesariamente la misma posición cuando se comparan pobreza monetaria e inseguridad alimentaria.

En algunas zonas rurales, las familias pueden acceder a determinados alimentos mediante la producción propia, las redes familiares o los mercados locales. Esto podría reducir parcialmente el riesgo de quedarse sin comida, aunque los ingresos monetarios continúen siendo bajos.

El ejemplo confirma que pobreza y hambre están conectadas, pero no son fenómenos idénticos. Cada una requiere instrumentos específicos de medición y respuestas diferenciadas.

Una brecha entre las ciudades y el campo

Los datos también muestran diferencias entre las zonas rurales y urbanas.

La inseguridad alimentaria moderada o severa afecta al 35% de la población rural y al 29% de la población urbana.

El campo registra una incidencia general más elevada. No obstante, las formas severas del problema resultan más agudas en las ciudades.

Esta aparente contradicción puede explicarse por las distintas formas de acceso a los alimentos.

En las zonas rurales puede existir mayor pobreza monetaria, pero algunas familias cuentan con producción agrícola, crianza de animales, intercambio comunitario o redes cercanas que les permiten obtener alimentos sin depender completamente del dinero.

En las ciudades, en cambio, la alimentación se encuentra más vinculada con el ingreso diario. Una persona que pierde el empleo o deja de recibir ingresos puede quedarse rápidamente sin capacidad para comprar comida.

La vida urbana ofrece mayor proximidad a mercados y establecimientos comerciales, pero esa disponibilidad no garantiza el acceso. Los alimentos pueden encontrarse cerca y, al mismo tiempo, resultar económicamente inaccesibles.

El diagnóstico debe transformar la focalización de la ayuda

La disponibilidad de nueva información no tendría sentido si se limita a una publicación estadística.

El primer paso consiste en utilizar la escala FIES como un criterio para identificar a las personas que necesitan apoyo alimentario.

Actualmente, programas como Qali Warma, Juntos y otras iniciativas de asistencia distribuyen sus recursos principalmente mediante indicadores de pobreza monetaria. Sin embargo, los nuevos datos muestran que este método puede dejar fuera a familias que padecen hambre sin estar clasificadas oficialmente como pobres.

La medición de inseguridad alimentaria debería cruzarse con los padrones sociales existentes. De esta manera, el Estado podría identificar los lugares donde la distancia entre pobreza monetaria e inseguridad alimentaria resulta más amplia.

Estas zonas deberían recibir una oferta diferenciada y adaptada a sus necesidades reales.

No todas las familias con inseguridad alimentaria requieren la misma intervención. Algunas pueden necesitar transferencias económicas; otras, acceso a comedores, alimentación escolar, apoyo productivo, mejores canales de abastecimiento o atención nutricional.

Una política efectiva necesita reconocer esas diferencias.

Una meta pública que pueda medirse

La información también debería utilizarse para establecer una meta nacional explícita.

El Poder Ejecutivo y el Congreso podrían adoptar un objetivo concreto, medible y sujeto a plazos, vinculado con el Objetivo de Desarrollo Sostenible número 2: Hambre Cero.

La continuidad del módulo de inseguridad alimentaria en las mediciones del INEI permitiría observar la evolución anual del problema y evaluar si las políticas implementadas producen resultados.

La estadística dejaría así de ser solamente una fotografía de la realidad y se convertiría en una herramienta para exigir responsabilidades.

El país necesita saber no solo cuántas personas padecen inseguridad alimentaria, sino también si el número disminuye, en qué regiones se registran mejoras y qué intervenciones muestran mayor efectividad.

Sin metas públicas, los diagnósticos corren el riesgo de acumularse sin producir transformaciones.

El Perú ya conoce el tamaño del problema

El país cuenta ahora con una medición más precisa de su situación alimentaria.

Más de 10 millones de peruanos enfrentan dificultades para acceder de manera estable a alimentos suficientes. Más de un millón vive formas severas del problema. La inseguridad alimentaria alcanza tanto a los hogares pobres como a grupos que se encuentran por encima de la línea oficial de pobreza.

Las cifras también muestran que el fenómeno adopta formas distintas según la región y el lugar de residencia. La Amazonía concentra niveles críticos, mientras que la comparación entre Cajamarca y Madre de Dios demuestra que los ingresos no explican completamente quién puede alimentarse adecuadamente.

El diagnóstico ya existe. La información está disponible y permite identificar con mayor claridad dónde se encuentran las brechas.

Lo que falta es convertir ese conocimiento en decisiones.

El hambre no se resuelve únicamente midiendo la pobreza. Se enfrenta reconociendo a las personas que reducen sus comidas, deterioran su dieta o pasan días sin alimentarse, aunque las estadísticas tradicionales no las clasifiquen como pobres.

El Perú ya puede ver con mayor precisión una realidad que durante años permaneció parcialmente oculta. Ignorarla, después de conocer su verdadera dimensión, tendría consecuencias humanas y económicas demasiado grandes.


Fuente principal: Trivelli, Carolina. El hambre que no queremos ver: 10 millones de peruanos en riesgo. Columna publicada en Diario Gestión. El presente artículo es un análisis y una adaptación periodística elaborada con fines educativos.



domingo, 12 de julio de 2026

Bembos: cuando la búsqueda de eficiencia puso en riesgo una marca querida por los peruanos

 

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La adquisición de Bembos abrió una etapa de expansión, integración y búsqueda de sinergias. Sin embargo, las decisiones orientadas a reducir costos y acelerar el crecimiento terminaron afectando el sabor, el servicio, la motivación de los trabajadores y la relación emocional construida con los clientes.

Durante décadas, Bembos representó algo más que una cadena de hamburguesas. Para miles de consumidores peruanos, la marca estaba asociada con un sabor reconocible, productos contundentes, locales llamativos y una personalidad irreverente que la diferenciaba de las grandes franquicias internacionales.

Su historia había comenzado el 11 de junio de 1988, cuando dos jóvenes empresarios abrieron el primer establecimiento en Miraflores. En ese momento, el consumo de hamburguesas todavía no estaba completamente desarrollado en el Perú y las principales cadenas extranjeras aún no dominaban el mercado nacional.

La propuesta combinó carne cocida al carbón, sazón adaptada al paladar peruano, hamburguesas de gran tamaño, ambientes modernos y un servicio que buscaba convertir la visita en una experiencia. El éxito permitió abrir un segundo local en San Isidro en 1990 y continuar una expansión que terminaría colocando a Bembos como una de las marcas más reconocidas del país.

Cuando las grandes cadenas internacionales llegaron al Perú, Bembos ya tenía una identidad propia. La competencia no debilitó inicialmente su posición; por el contrario, impulsó a la empresa a innovar y mejorar sus procesos. Para 2013, según cálculos de la propia compañía, poseía aproximadamente el 50% del mercado formado por las principales cadenas de hamburguesas.

Sin embargo, pocos años después de su adquisición por el grupo empresarial que formó Nexus Group Restaurants, la organización comenzó a experimentar una crisis que no se explicaba únicamente por la competencia. El verdadero problema se encontraba dentro de la empresa: las decisiones tomadas para crecer y reducir costos habían comenzado a debilitar aquello que hacía especial a la marca.

Una adquisición que cambió la escala del negocio

Nexus adquirió Bembos en 2011 por una cifra cercana a los US$40 millones. La operación fue el punto de partida para construir un gran conglomerado gastronómico capaz de competir con Delosi, el principal operador de franquicias internacionales en el Perú.

Bembos aportó mucho más que su nombre. También entregó una planta de producción, una red logística, proveedores, experiencia operativa y una estructura de servicios administrativos que sirvió como plataforma para desarrollar otras marcas.

Durante 2012, el grupo amplió rápidamente su portafolio. Lanzó Don Belisario, adquirió la representación de China Wok, inició la operación de Popeyes e incorporó Dunkin’ Donuts y Papa John’s.

Al finalizar ese año, Nexus Group Restaurants gestionaba seis marcas. La expansión ofrecía oportunidades evidentes: realizar compras conjuntas, compartir recursos, aprovechar rutas de distribución y mejorar la posición del grupo dentro de los centros comerciales.

Pero detrás de esas posibilidades también aparecía un enorme desafío. Una estructura creada originalmente para atender a Bembos debía dar soporte a múltiples negocios, cada uno con productos, operaciones, proveedores y necesidades diferentes.

La empresa intentó conseguir eficiencias sin ampliar al mismo ritmo los equipos encargados de sostener el crecimiento. La organización se hizo más grande, pero varias capacidades operativas permanecieron prácticamente iguales.

El sabor comenzó a cambiar

Después de la adquisición, la empresa revisó sus costos de producción y estableció como objetivo reducirlos en 10%. Para alcanzar esa meta, buscó nuevos proveedores de carne y de insumos utilizados en la preparación de las salsas.

El cambio produjo consecuencias que fueron mucho más allá del ahorro esperado.

Entre 2012 y 2013, los consumidores comenzaron a percibir que la hamburguesa ya no tenía el mismo sabor. La modificación de los insumos afectó directamente la receta que había sostenido la promesa de Bembos durante años.

En un restaurante, un proveedor no representa solamente una cifra dentro de una negociación. La carne, el pan, las papas y las salsas son parte de la experiencia que recibe el cliente. Una reducción de costos puede convertirse en una pérdida de valor cuando modifica las características que el consumidor reconoce y aprecia.

La decisión produjo malestar en los locales y comentarios negativos en las redes sociales. Para una marca que había construido su reputación alrededor del sabor peruano, la alteración del producto significaba cuestionar su propia identidad.

En 2015, la empresa puso en marcha el programa “Tu Bembos de siempre”, orientado a recuperar la receta, el sabor y la calidad que los clientes recordaban. Se actualizaron manuales operativos, se revisaron proveedores y se reforzó el control de los insumos enviados a las tiendas.

La recuperación demostró que el problema no estaba solamente en vender hamburguesas, sino en cumplir la promesa que había convertido a Bembos en una marca querida.

De 7,000 a 32,000 productos en el centro de distribución

La expansión del grupo también generó una transformación abrupta en la cadena de suministro.

El sistema logístico que antes atendía principalmente a Bembos pasó a recibir y distribuir productos para las diferentes marcas de Nexus Group Restaurants. La cantidad de unidades de almacenamiento aumentó de aproximadamente 7,000 a 32,000 en un solo año.

El centro de distribución no tenía suficiente espacio, organización ni sistemas de información para manejar esa nueva complejidad. Las tiendas comenzaron a sufrir quiebres de inventario y, en los momentos más críticos, el indicador de cumplimiento de pedidos o fill rate descendió hasta 35%.

Esto significaba que una parte importante de los productos solicitados por los establecimientos no llegaba en las cantidades necesarias.

Los trabajadores se encontraban frente a consumidores que pedían productos anunciados en el menú, pero que no podían prepararse por falta de insumos. La frustración alcanzaba tanto a los clientes como a los equipos de las tiendas.

En 2014 se inauguró un nuevo centro de distribución, con 70% más capacidad de almacenamiento, dos cámaras de refrigeración y más de 550 posiciones para productos perecibles. También se incorporaron sistemas automáticos para organizar pedidos y entregas.

Sin embargo, la estabilización no fue inmediata. Recién hacia finales de 2015 comenzaron a consolidarse los nuevos procesos. Además de instalar tecnología, era necesario capacitar a los equipos de las tiendas para que realizaran correctamente sus pedidos y coordinaran la demanda con el abastecimiento.

Una eficiencia logística con costos ocultos

Bembos contaba originalmente con rutas de distribución diseñadas según las características de sus locales. Después de la integración, comenzó a compartir vehículos y recorridos con las demás marcas del grupo.

La medida reducía costos de transporte, pero generó demoras, pedidos extraviados, entregas fuera de horario y mermas innecesarias. El crecimiento de la red y la limitada capacitación del personal aumentaron el problema.

Posteriormente, la compañía decidió tercerizar el transporte y la distribución. La operación consiguió una eficiencia en costos cercana al 15% y permitió establecer acuerdos de nivel de servicio más controlables.

Aun así, el caso demuestra que una reducción de costos no puede evaluarse de manera aislada. Un transporte más barato puede resultar costoso cuando los productos llegan tarde, los locales no pueden completar sus pedidos o los clientes abandonan la compra.

Crecer sin preparar a las personas

Bembos tenía 59 locales al cierre de 2012. Al finalizar 2015 ya contaba con 72 establecimientos y 35 módulos de helados en todo el país.

La expansión exigía nuevos gerentes, asistentes y trabajadores. Sin embargo, el equipo responsable de supervisar la operación no aumentó proporcionalmente.

En 2012, seis supervisores de zona atendían 59 tiendas. Hacia finales de 2015, la cantidad de establecimientos había crecido, pero el número de supervisores se mantenía. Cada uno debía encargarse de más locales y de cientos de trabajadores.

El equipo de entrenamiento, que tenía la responsabilidad de capacitar y acompañar a los nuevos colaboradores, fue destinado a cubrir necesidades directas de la operación. Parte de las funciones formativas quedó bajo responsabilidad de los supervisores, quienes ya enfrentaban una carga creciente.

La urgencia por abrir establecimientos aceleró los ascensos. Algunos colaboradores asumieron posiciones gerenciales sin estar completamente preparados para administrar inventarios, controlar costos, realizar pedidos y gestionar personas.

Los nuevos responsables aprendían mientras las tiendas seguían funcionando. Los errores de abastecimiento, las dificultades con los sistemas y la falta de dominio operativo comenzaron a afectar la atención.

La rotación del personal llegó a alcanzar 22% mensual en su momento más crítico. La reducción de la capacitación y el debilitamiento de las líneas de carrera disminuyeron la motivación de los trabajadores. La empresa debía contratar y formar constantemente a nuevas personas, generando una espiral de mayor rotación, menor experiencia y nuevas necesidades de entrenamiento.

Innovar sin capacitar a las tiendas

La innovación había sido una de las grandes fortalezas históricas de Bembos. La empresa acostumbraba lanzar alrededor de seis productos nuevos cada año, muchos de ellos con nombres llamativos, ingredientes peruanos y campañas creativas.

Pero la innovación también exige disciplina operativa.

En algunos casos, las nuevas hamburguesas llegaron a las tiendas antes de que los trabajadores recibieran la capacitación necesaria. Los manuales no se actualizaban a la misma velocidad que los lanzamientos y los equipos desconocían detalles de preparación, presentación y venta.

El resultado era una diferencia entre la imagen mostrada al consumidor y el producto entregado en el establecimiento.

El cliente no compra únicamente una idea creativa. Espera recibir una hamburguesa igual a la prometida en la publicidad. Cuando la operación no puede reproducir esa promesa, la innovación deja de fortalecer la marca y comienza a deteriorarla.

A finales de 2014 se incorporó nuevamente una jefatura de entrenamiento con la misión de recuperar la estandarización y formar equipos capaces de capacitar local por local.

Las mediciones posteriores mostraron una mejora. La satisfacción considerada buena pasó de 88% a 96%, mientras que la evaluación regular disminuyó de 11% a 4%. La satisfacción negativa descendió de 1% a 0%.

El servicio dejó de responder a la promesa del fast food

La rapidez es uno de los atributos esenciales de la comida rápida. Sin embargo, en 2013 el flujo de atención de Bembos comenzó a verse afectado por mayores tiempos de espera y productos que no mantenían una presentación uniforme.

El problema fue especialmente visible en el canal de reparto a domicilio. Los pedidos podían tardar alrededor de una hora y llegar con una presentación deficiente.

Los consumidores reclamaban no solo por las demoras, sino también por la falta de una respuesta que demostrara preocupación por resolver el problema.

Los colaboradores de primera línea intentaban atender las quejas, pero sus esfuerzos resultaban insuficientes frente a una ola de descontento que se extendía a través de las redes sociales.

La situación era particularmente delicada porque Bembos había sido reconocida por su relación cercana y creativa con el público. Los mismos canales digitales que antes habían fortalecido su reputación se convirtieron en espacios donde los clientes expresaban su decepción.

El reemplazo de Inca Kola golpeó la identidad de la marca

Dentro del proceso de unificación de compras, Nexus Group Restaurants decidió reemplazar a Inca Kola y establecer a Pepsi como proveedor oficial de bebidas para las marcas del grupo.

Desde una perspectiva corporativa, la decisión podía generar mejores condiciones comerciales y simplificar la negociación.

Desde la perspectiva del cliente, significaba romper una combinación asociada con la identidad peruana de Bembos.

La reacción fue negativa. Algunos consumidores interpretaron el cambio como una señal de que las decisiones financieras estaban imponiéndose sobre el conocimiento del negocio y sobre las preferencias históricas del público.

El episodio demostró que determinados productos poseen un valor que no puede medirse únicamente mediante el precio de compra. Para los consumidores, la bebida formaba parte de la experiencia y reforzaba el carácter nacional de la propuesta.

Más promociones, pero una marca más dependiente del descuento

Las promociones habían sido utilizadas para captar nuevos clientes y aumentar la frecuencia de visita. Bembos había desarrollado acciones reconocidas como Rock in Bembos y el concurso Crea tu Bembos, que involucraba activamente al público en el diseño de nuevos productos.

Estas campañas fortalecían la relación emocional y destacaban la creatividad de la marca.

Después de la adquisición, la participación de las promociones dentro de las ventas aumentó de manera considerable. El descuento comenzó a tener un peso creciente como herramienta para sostener los ingresos.

El peligro era que la marca dejara de ser elegida por su sabor y su experiencia para ser comprada principalmente cuando ofrecía un menor precio.

Bembos mantenía precios superiores en parte de su portafolio. En 2016, algunas hamburguesas contundentes podían costar aproximadamente 20% más que productos comparables de sus competidores. Ese precio era sostenible mientras el consumidor percibiera una diferencia clara en sabor, tamaño y calidad.

Cuando la experiencia se deterioró, el precio superior se volvió más difícil de justificar.

Los locales comenzaron a mostrar el desgaste

El presupuesto de mantenimiento y publicidad también fue reducido. Los locales comenzaron a mostrar mobiliario deteriorado, instalaciones desgastadas y una imagen menos atractiva.

La empresa había iniciado el proyecto Bembos 2.0 para renovar algunos establecimientos y recuperar la experiencia de disfrute. Sin embargo, la remodelación avanzaba mientras otras tiendas acumulaban necesidades básicas de mantenimiento.

La reducción de estos gastos podía aliviar los resultados financieros en el corto plazo, pero debilitaba la percepción del consumidor.

La apariencia del local era parte de la propuesta de valor. Un establecimiento descuidado transmitía una señal coherente con los demás problemas: la marca ya no parecía prestar la misma atención al producto, al servicio ni a la experiencia.

La expansión no se tradujo en mejores resultados

En 2012, Bembos alcanzó los resultados esperados. Todo parecía indicar que la adquisición produciría la rentabilidad proyectada.

La situación cambió en 2013, cuando el EBITDA de la compañía cayó ocho puntos porcentuales como proporción de las ventas.

La empresa había abierto más establecimientos, buscado mejores condiciones de compra y reducido diferentes gastos. Sin embargo, los resultados continuaban deteriorándose.

Entre 2012 y 2016, la cantidad de locales registró una tasa de crecimiento acumulada de 22%. En contraste, los ingresos proyectados entre 2013 y 2016 presentaron una variación acumulada de -4%.

La red era más grande, pero cada establecimiento no generaba el mismo rendimiento que en años anteriores.

Al mismo tiempo, los gastos destinados a elementos críticos del negocio habían disminuido. Las cargas de personal se redujeron 3.3%, el mantenimiento 1.7% y el marketing y la publicidad 1.5%.

La empresa había recortado precisamente en tres aspectos directamente relacionados con su propuesta: las personas, los locales y la comunicación de la marca.

El problema no era una sola decisión

La crisis de Bembos no podía atribuirse únicamente al cambio de proveedor, a las demoras del centro de distribución o a la falta de mantenimiento.

El problema era la acumulación de decisiones conectadas entre sí.

El cambio de insumos afectó el sabor. La falta de abastecimiento impidió ofrecer el menú completo. La expansión acelerada incrementó la necesidad de personal. La reducción de la capacitación produjo trabajadores menos preparados. La rotación debilitó todavía más el servicio. Los locales deteriorados afectaron la imagen y las promociones aumentaron la dependencia del precio.

Cada acción podía parecer justificable por separado. En conjunto, modificaron la experiencia que recibía el consumidor.

La empresa prometía sabor, contundencia, peruanidad, diversión y servicio. Pero una parte creciente de los clientes recibía productos distintos, mayores tiempos de espera, quiebres de inventario y establecimientos menos atractivos.

La distancia entre la propuesta prometida y la propuesta entregada comenzó a debilitar la confianza.

El camino para recuperar la marca

El plan planteado en el caso se concentró en tres grandes frentes: producto, experiencia del consumidor e imagen.

La recuperación del producto exigía volver a la receta original, controlar la calidad de los proveedores, actualizar los manuales y establecer un equipo multifuncional responsable de cada lanzamiento. Una nueva hamburguesa debía coordinarse desde la receta y las compras hasta el almacenamiento, el entrenamiento, la promoción y el servicio.

La mejora de la experiencia requería un modelo de atención común para todas las tiendas, mediciones permanentes, seguimiento del NPS, capacitación continua y una nueva línea de carrera para los trabajadores.

También se propuso formar a los equipos gerenciales en administración de restaurantes, fortalecer el call center, supervisar los reclamos digitales y garantizar el abastecimiento necesario para ofrecer la totalidad del menú.

La renovación de imagen debía comenzar por los establecimientos con mayor afluencia. El proyecto incluía remodelaciones, mantenimiento preventivo, revisión de locales poco rentables y una campaña de comunicación que solo debía lanzarse después de resolver los problemas operativos.

La publicidad no podía prometer una renovación que todavía no existiera en las tiendas.

La lección que dejó Bembos

El caso de Bembos muestra que la búsqueda de eficiencia puede destruir valor cuando se realiza sin considerar la experiencia del consumidor.

Una empresa no es solamente un conjunto de costos, locales, proveedores y estados financieros. También es una promesa construida durante años. Esa promesa depende de múltiples elementos que actúan al mismo tiempo: el producto, las personas, el servicio, el abastecimiento y la imagen.

Las decisiones financieras deben evaluar sus consecuencias en el corto, mediano y largo plazo. Ahorrar en capacitación puede aumentar la rotación. Reducir mantenimiento puede deteriorar los locales. Cambiar un insumo puede modificar el sabor. Disminuir la publicidad puede debilitar la relación con los consumidores.

El problema no estuvo en buscar rentabilidad. Toda empresa necesita ser rentable para sobrevivir. El error fue intentar alcanzarla debilitando los elementos que hacían posible esa rentabilidad.

Bembos había crecido porque conocía al consumidor peruano y le ofrecía una experiencia distinta. Recuperar la marca exigía volver a comprender esa relación.

La principal enseñanza es que una adquisición no termina cuando se firma el contrato. El verdadero desafío comienza después, cuando deben integrarse procesos, culturas y objetivos sin destruir la identidad de la empresa adquirida.

Bembos necesitaba volver a ser eficiente, pero también necesitaba volver a ser Bembos.


Fuente principal: Cochachi Rivera, L. y Ponce de León Coloma, A. (2017). Caso Bembos: tiempo de cambios. Trabajo de investigación de Máster en Dirección de Empresas, Universidad de Piura, PAD–Escuela de Dirección. El presente artículo es un análisis y una adaptación periodística elaborada con fines educativos.


How Do You Find a Good Manager?

 


El mejor gerente no siempre es quien más quiere mandar

Un experimento con 555 participantes revela que los buenos gerentes pueden tener casi el doble de impacto que los buenos trabajadores. El estudio también advierte que el entusiasmo por ocupar una jefatura no garantiza la capacidad para dirigirla.

En muchas organizaciones, el camino hacia una jefatura suele comenzar de una manera aparentemente lógica: se promueve al trabajador con mejores resultados, al colaborador más visible o a la persona que manifiesta con mayor seguridad su deseo de asumir el mando.

El problema es que ser un buen trabajador no significa necesariamente ser un buen gerente. Tampoco la confianza, la extroversión o el deseo de dirigir garantizan que una persona pueda coordinar correctamente a un equipo.

Esta es la conclusión central de How Do You Find a Good Manager?, una investigación desarrollada por Ben Weidmann, Joseph Vecci, Farah Said, David J. Deming y Sonia R. Bhalotra, publicada en julio de 2024 como documento de trabajo del National Bureau of Economic Research, conocido como NBER.

El estudio propone una pregunta fundamental para cualquier organización: ¿cómo se puede identificar a una persona capaz de lograr que un equipo produzca más que la suma de los esfuerzos individuales de sus integrantes?

Los resultados cuestionan algunos de los criterios tradicionales utilizados para elegir jefes. Según la investigación, los mejores gerentes no son necesariamente quienes más desean ocupar el cargo, quienes se consideran especialmente hábiles para tratar con personas o quienes obtienen los mejores resultados en su trabajo individual.

Las habilidades que mostraron una relación más sólida con el desempeño gerencial fueron la capacidad para tomar decisiones económicas y asignar correctamente los recursos, junto con la inteligencia fluida, entendida como la habilidad para resolver problemas nuevos.

Un experimento diseñado para separar el talento individual del efecto del gerente

Medir la calidad de un gerente es una tarea compleja. Un equipo puede obtener buenos resultados porque cuenta con trabajadores muy capacitados, porque recibe tareas sencillas o porque dispone de mejores recursos. En esas condiciones, resulta difícil determinar cuánto del resultado corresponde realmente a la persona que dirige.

Para resolver este problema, los investigadores diseñaron un experimento basado en asignaciones aleatorias y repetidas. La muestra estuvo conformada por 555 participantes del laboratorio de economía de la Universidad de Essex, en el Reino Unido. A lo largo de cuatro rondas se formaron 728 grupos de tres integrantes.

Cada equipo estaba compuesto por un gerente y dos trabajadores. Los participantes conservaron su función durante todo el experimento, pero fueron asignados a diferentes equipos en cada ronda. Esto permitió observar si determinados gerentes producían resultados positivos de manera constante, incluso cuando cambiaban las personas a su cargo.

Antes de trabajar en grupo, los participantes resolvieron evaluaciones individuales de razonamiento numérico, espacial y analítico. Los investigadores utilizaron esos resultados para controlar las diferencias de capacidad entre los equipos.

De esta manera, un gerente no era considerado bueno simplemente porque había recibido a los mejores trabajadores. Su desempeño se medía según la capacidad de conseguir que diferentes equipos superaran el resultado que podía esperarse a partir de las habilidades individuales de sus miembros.

Una tarea que exigía dirigir y no solamente resolver problemas

Durante el experimento, los equipos participaron en una actividad denominada “Tarea de Producción Colaborativa”.

Cada grupo debía resolver problemas correspondientes a tres módulos: razonamiento numérico, espacial y analítico. Los gerentes eran responsables de asignar a cada integrante al módulo que consideraran más apropiado, supervisar el avance, realizar cambios en la distribución del trabajo y mantener motivado al equipo.

La calificación final no dependía de la cantidad total de problemas resueltos por todos los integrantes. El resultado del equipo estaba determinado por el módulo con la puntuación más baja.

Esto significaba que no era suficiente contar con una persona extraordinariamente productiva. El gerente debía evitar que una parte del trabajo quedara rezagada. Tenía que observar el conjunto, detectar el punto débil y redistribuir los esfuerzos cuando fuera necesario.

El diseño buscaba reproducir algunas responsabilidades centrales de la dirección dentro de una organización: delegar, coordinar, supervisar, comunicar y motivar.

Un buen gerente puede valer casi el doble que un buen trabajador

El primer resultado importante fue la confirmación de que los gerentes ejercen un efecto propio y medible sobre el desempeño de sus equipos.

Después de controlar las capacidades individuales de los participantes, los investigadores calcularon que un gerente situado una desviación estándar por encima del promedio mejoraba el rendimiento del equipo aproximadamente 0.23 desviaciones estándar.

En términos comparativos, el efecto de un buen gerente fue casi el doble del efecto producido por un buen trabajador dentro de los grupos analizados.

El resultado demuestra que la función del gerente no se limita a ocupar una posición jerárquica. Una dirección efectiva puede elevar la productividad de otras personas, reducir los errores de coordinación y conseguir que las capacidades existentes se utilicen de una manera más eficiente.

Un trabajador destacado mejora principalmente su propia producción. Un buen gerente puede mejorar simultáneamente el desempeño de todas las personas que se encuentran bajo su responsabilidad.

Querer ser gerente no significa estar preparado para dirigir

Una parte especialmente reveladora del experimento comparó dos mecanismos para seleccionar a los gerentes.

Antes de iniciar el trabajo grupal, todos los participantes indicaron cuánto deseaban ser gerentes mediante una escala del uno al diez.

En algunas sesiones, el puesto fue asignado a quienes mostraron una mayor preferencia por estar al mando. Los investigadores denominaron a este grupo “gerentes autopromovidos”.

En las demás sesiones, los gerentes fueron seleccionados mediante una lotería.

Los equipos dirigidos por gerentes autopromovidos obtuvieron resultados aproximadamente 0.10 desviaciones estándar inferiores a los equipos cuyos gerentes fueron seleccionados aleatoriamente. Los autores consideran que la magnitud del resultado es relevante, aunque señalan que su nivel de significancia estadística fue moderado.

La diferencia observada era comparable con la desventaja de tener un gerente cuya inteligencia fluida se encontrara una desviación estándar por debajo del promedio.

El estudio no afirma que todas las personas interesadas en liderar sean malos gerentes. Su conclusión es más específica: utilizar únicamente el deseo de ocupar el cargo como mecanismo de selección puede producir resultados inferiores a una elección aleatoria.

La sobreconfianza puede ocultarse detrás de la seguridad personal

¿Por qué los gerentes autopromovidos presentaron un desempeño inferior?

La investigación encontró indicios de que las personas que deseaban intensamente asumir el mando tendían a mostrar un mayor nivel de sobreconfianza. Con frecuencia valoraban sus propias capacidades por encima de lo que indicaban las pruebas objetivas.

Esta diferencia fue especialmente visible en las habilidades sociales.

Los participantes respondieron preguntas sobre su capacidad para comprender e influir en otras personas. También realizaron una prueba de percepción emocional basada en la interpretación de expresiones a través de la mirada.

Entre los gerentes autopromovidos, quienes se describían a sí mismos como personas especialmente hábiles para relacionarse con los demás no necesariamente demostraban esa capacidad en la evaluación objetiva. Además, dentro de ese grupo se observó una relación negativa entre las habilidades sociales declaradas y el desempeño gerencial.

La seguridad personal puede ser útil para asumir responsabilidades, comunicar decisiones y enfrentar situaciones difíciles. Sin embargo, se convierte en un problema cuando impide reconocer errores, escuchar información o evaluar con realismo las propias limitaciones.

Una persona puede parecer preparada para liderar porque habla con seguridad, se muestra extrovertida y expresa un fuerte deseo de obtener el cargo. Ninguna de esas características garantiza que sepa asignar recursos, supervisar el trabajo o tomar decisiones bajo presión.

Las verdaderas habilidades que anticiparon un mejor desempeño

Entre todas las características evaluadas, dos destacaron como predictores confiables del desempeño gerencial.

La primera fue la capacidad para tomar decisiones económicas. Esta habilidad fue medida mediante una actividad en la que los participantes debían asignar trabajadores ficticios a diferentes tareas, considerando sus capacidades y ventajas comparativas.

La segunda fue la inteligencia fluida, es decir, la capacidad para analizar situaciones nuevas, identificar patrones y resolver problemas sin depender exclusivamente de conocimientos aprendidos con anterioridad.

En cambio, el desempeño gerencial no fue anticipado de manera significativa por el género, la edad o el origen étnico.

Tampoco resultó suficiente evaluar únicamente la productividad individual del trabajador. Una persona puede resolver muy bien una tarea, pero no necesariamente saber distribuir el trabajo entre otros, detectar cuellos de botella o mantener el desempeño colectivo.

Los investigadores simularon diferentes mecanismos de selección y calcularon que elegir gerentes por su capacidad de decisión económica podía mejorar el rendimiento aproximadamente 0.7 desviaciones estándar en comparación con la autopromoción.

La selección basada conjuntamente en capacidad de decisión e inteligencia fluida también ofrecía mejores resultados que elegir gerentes por sus habilidades sociales declaradas, por su desempeño como trabajadores o mediante una asignación aleatoria.

Los buenos gerentes reducen el esfuerzo desperdiciado

La investigación también buscó identificar qué hacían los buenos gerentes de manera diferente.

Una de las principales diferencias apareció en la supervisión del trabajo.

Debido al sistema de puntuación del experimento, concentrar esfuerzos en un módulo que ya se encontraba muy por encima de los demás no mejoraba el resultado del equipo. Continuar trabajando en esa área representaba un desperdicio de recursos mientras otro módulo permanecía rezagado.

En el conjunto de los grupos, el 16% terminó la actividad con al menos una persona trabajando en un módulo que ya no contribuía de manera significativa al resultado final.

Los gerentes situados una desviación estándar por encima del promedio redujeron esta proporción del 16% al 8%.

En otras palabras, los mejores gerentes registraron aproximadamente la mitad de errores de supervisión.

Su aporte no consistía solamente en trabajar más o exigir mayor esfuerzo. Consistía en observar dónde se necesitaba realmente ese esfuerzo y evitar que los recursos disponibles se utilizaran en actividades que ya no aportaban valor.

Asignar a cada persona donde puede rendir mejor

Otra diferencia importante estuvo relacionada con la distribución inicial de las tareas.

Los gerentes recibieron información sobre las capacidades numéricas, espaciales y analíticas de sus compañeros. Con esos datos debían determinar en qué módulo podía contribuir mejor cada integrante.

Los equipos cuyos gerentes realizaban siempre la asignación inicial óptima obtuvieron puntuaciones 0.52 desviaciones estándar superiores a los grupos cuyos responsables nunca encontraban la mejor distribución.

Este resultado muestra que una parte central del trabajo gerencial consiste en reconocer las ventajas comparativas.

No siempre se trata de asignar la tarea más importante a la persona considerada más talentosa. La decisión correcta consiste en ubicar a cada integrante donde su capacidad produzca el mayor aporte en relación con las demás alternativas.

La gestión aparece así como un problema de asignación inteligente. El gerente necesita comprender las capacidades disponibles, identificar las necesidades del equipo y combinar ambos elementos para producir un resultado colectivo superior.

La motivación se vuelve decisiva al final

El desempeño de los buenos gerentes también se hizo más visible durante los últimos minutos de la actividad.

En los primeros dos minutos, los equipos dirigidos por gerentes situados una desviación estándar por encima del promedio resolvieron alrededor de 0.3 problemas adicionales.

En los últimos dos minutos, la diferencia aumentó hasta aproximadamente 0.6 problemas.

Para los investigadores, esta evolución sugiere que los mejores gerentes lograban mantener a sus equipos concentrados y comprometidos cuando aparecía el cansancio.

Los trabajadores recibían una remuneración fija y no tenían incentivos económicos individuales vinculados con el resultado del equipo. Por ello, los gerentes no podían motivarlos simplemente mediante recompensas financieras.

Debían utilizar la comunicación, el seguimiento, la orientación y la reorganización del trabajo para mantener el esfuerzo hasta el final.

El riesgo de promover al mejor trabajador

Los resultados también se relacionan con el conocido “principio de Peter”, según el cual las personas pueden ser ascendidas por su buen desempeño hasta alcanzar un puesto para el que ya no poseen las competencias necesarias.

Muchas empresas promueven al trabajador con mejores resultados porque consideran que ha demostrado mérito, compromiso y conocimiento del negocio.

Sin embargo, las capacidades necesarias para desempeñar una tarea individual no son idénticas a las requeridas para dirigir un equipo.

Un excelente especialista puede poseer grandes conocimientos técnicos y, al mismo tiempo, tener dificultades para delegar, priorizar, supervisar o asignar correctamente el trabajo.

La investigación no sostiene que el rendimiento individual deba ignorarse. Advierte que no debería utilizarse como único criterio para seleccionar a una persona que asumirá responsabilidades gerenciales.

Elegir gerentes por evidencia y no por apariencia

El estudio propone avanzar hacia mecanismos de selección basados en habilidades objetivas.

Las organizaciones pueden evaluar la capacidad de los candidatos para tomar decisiones, distribuir recursos, comprender ventajas comparativas y resolver problemas nuevos. También pueden observar su desempeño al trabajar con diferentes equipos, en lugar de basarse únicamente en entrevistas, recomendaciones o percepciones personales.

Este enfoque podría reducir la influencia de sesgos relacionados con la confianza, la extroversión, el género, la edad o la preferencia por ocupar una posición de poder.

También permitiría identificar a personas que poseen capacidad gerencial, pero que no suelen postularse espontáneamente para asumir el cargo.

Los autores señalan que las mujeres mostraron una menor tendencia a proponerse para puestos de liderazgo, pese a que podían ser igual o más efectivas en esas funciones. Una selección basada principalmente en la autopromoción puede dejar fuera a candidatos capaces simplemente porque expresan sus aspiraciones con menor intensidad.

Una conclusión que cuestiona la selección tradicional

El principal mensaje del estudio es que la calidad de la dirección puede medirse y que su impacto sobre la productividad es considerable.

Los buenos gerentes consiguen que los trabajadores superen el rendimiento esperado. Lo hacen mediante decisiones concretas: supervisan, corrigen, asignan las tareas adecuadamente y mantienen al equipo comprometido.

La investigación también muestra que la ambición de dirigir no es una prueba suficiente de capacidad. La persona que levanta primero la mano, habla con mayor seguridad o se presenta como experta en relaciones humanas no necesariamente será quien produzca mejores resultados.

Encontrar a un buen gerente exige mirar más allá de la confianza y de la productividad individual.

La pregunta correcta no es solamente quién quiere dirigir o quién ha destacado más en su puesto actual. La verdadera pregunta es quién tiene la capacidad de conseguir que otras personas trabajen mejor juntas.


Fuente principal: Weidmann, B., Vecci, J., Said, F., Deming, D. J. y Bhalotra, S. (2024). How Do You Find a Good Manager? NBER Working Paper No. 32699, National Bureau of Economic Research.



La nueva batalla de las bebidas: menos azúcar, más beneficios y un consumidor que exige innovación



El mercado peruano de bebidas atraviesa una transformación que va mucho más allá del sabor. Las gaseosas saludables y funcionales ganan espacio impulsadas por consumidores más informados, la llegada de grandes compañías y el crecimiento de marcas especializadas que identificaron anticipadamente una nueva forma de consumo.

Durante muchos años, la competencia entre las bebidas gaseosas se concentró principalmente en el precio, el sabor, la distribución y la publicidad. Hoy, esa fórmula ya no resulta suficiente. Una parte creciente de los consumidores revisa los ingredientes, compara la cantidad de azúcar y busca productos que, además de refrescar, puedan ofrecer algún beneficio asociado con el bienestar.

Esta evolución está modificando el mercado peruano. Marcas especializadas como Hula y Mein Soda abrieron camino en una categoría que ahora también despierta el interés de grandes empresas como Coca-Cola y el Grupo AJE. La entrada de estos nuevos competidores confirma que las bebidas funcionales dejaron de ser una propuesta dirigida únicamente a pequeños grupos de consumidores para convertirse en una oportunidad comercial con posibilidades de crecimiento sostenido.

Un mercado que crece mientras las categorías tradicionales se desaceleran

De acuerdo con Euromonitor International, el mercado peruano de bebidas experimentó un importante dinamismo durante 2025, especialmente en las propuestas relacionadas con la funcionalidad y el bienestar. Estos atributos se encuentran entre los principales motores de crecimiento del sector.

El avance resulta más significativo cuando se compara con el comportamiento general de las bebidas sin alcohol. NielsenIQ reportó que su consumo disminuyó 1.1% en volumen entre enero y abril de 2025. Esta reducción evidencia el menor dinamismo de algunas categorías tradicionales y demuestra que la innovación comienza a determinar el rumbo de la industria.

En otras palabras, el consumidor no necesariamente está comprando más bebidas, sino que está seleccionando con mayor cuidado qué productos incorporar a su consumo cotidiano. Dentro de esa decisión, las opciones con menos azúcar, menor cantidad de calorías o atributos funcionales adquieren una ventaja competitiva.

Rafael Vega, country manager de AJE Perú, sostiene que las bebidas funcionales y naturales registran crecimientos de dos dígitos dentro del portafolio de la compañía y se encuentran entre sus categorías más dinámicas.

Una tendencia similar se observa en Coca-Cola. Maricruz Gonzáles, directora sénior de Marketing de Coca-Cola para Perú, señala que las bebidas sin azúcar se han consolidado como uno de los principales motores de crecimiento de la empresa.

El consumidor ya no compra únicamente por sabor

El principal responsable de esta transformación es un consumidor más informado y consciente. La decisión de compra ya no depende exclusivamente del sabor, el precio o la disponibilidad del producto. Ahora también se consideran la composición, la cantidad de azúcar, las calorías y los posibles beneficios relacionados con el bienestar.

Un estudio realizado por AJE entre más de 2,300 consumidores identificó una creciente preferencia por bebidas con menos azúcar y calorías, así como por propuestas vinculadas con estilos de vida saludables.

Este comportamiento obliga a las compañías a replantear la manera en que desarrollan y presentan sus productos. Ya no basta con colocar una bebida diferente en el mercado. El consumidor espera una explicación clara sobre sus ingredientes, su funcionalidad y la razón por la que debería incorporarla a su rutina.

La Generación Z lidera gran parte de esta transformación. Se trata de consumidores jóvenes que muestran mayor interés por conocer la composición de los productos, comparar alternativas y elegir marcas que respondan a sus expectativas de salud, innovación y responsabilidad.

Gonzáles considera que este grupo impulsa un consumo más consciente y demanda propuestas novedosas. Marco Díaz, fundador y gerente general de Hula, coincide en que los jóvenes se encuentran entre los principales compradores de bebidas funcionales.

Sin embargo, el mercado ya no se limita exclusivamente a ellos. Mauricio Andújar, cofundador de Mein Soda, explica que la categoría comienza a atraer consumidores desde los 11 hasta los 80 años. Las motivaciones son diversas: algunos buscan reducir su consumo de azúcar, otros desean cuidar su salud y determinados consumidores utilizan estas bebidas como una alternativa frente al alcohol.

De tendencia internacional a oportunidad peruana

Las bebidas funcionales no aparecieron de manera repentina. Según Andújar, la tendencia comenzó a desarrollarse globalmente hace aproximadamente siete u ocho años, se consolidó en América Latina hace tres o cuatro años y tomó mayor fuerza en el Perú durante los últimos tres años.

Para el empresario, no se trata de una moda pasajera, sino de una transformación que continuará expandiéndose. El interés por la alimentación saludable, la reducción del azúcar y el consumo responsable forma parte de un cambio más amplio en los hábitos de las personas.

Díaz estima que el mercado peruano de esta categoría creció más de 100% durante el último año. Una parte de ese crecimiento se explicaría por la entrada de grandes compañías, cuyo poder de distribución y comunicación contribuye a instalar el concepto de bebida funcional en la mente de consumidores, comerciantes y distribuidores.

La presencia de empresas de mayor tamaño también ayuda a reducir una de las principales barreras de las categorías emergentes: el desconocimiento. Cuando una compañía reconocida lanza una bebida de este tipo, el consumidor comienza a familiarizarse con expresiones como “sin azúcar”, “bajas calorías”, “ingredientes naturales” o “beneficios funcionales”.

AJE y Coca-Cola ingresan a una competencia que se intensifica

El Grupo AJE ingresó al segmento mediante el lanzamiento de Hey Fit, una propuesta que busca aprovechar el crecimiento de las bebidas saludables y funcionales. La empresa tiene como objetivo consolidar la marca entre los principales líderes de la categoría hacia 2027.

Coca-Cola también observa oportunidades en este mercado. La compañía continuará evaluando posibilidades para ampliar su portafolio hacia productos relacionados con el bienestar y la funcionalidad, en función de la evolución de las preferencias de los consumidores.

La llegada de estas compañías cambia las condiciones de competencia. Las grandes empresas poseen capacidad financiera, redes de distribución, presencia en puntos de venta y recursos de comunicación que pueden acelerar el crecimiento de la categoría.

No obstante, las marcas especializadas mantienen una ventaja importante: fueron las primeras en comprender las nuevas necesidades del consumidor y construyeron su identidad alrededor de atributos funcionales.

Para Hula, la llegada de nuevos participantes no representa solamente una amenaza. También valida el potencial del mercado. Cuando grandes compañías deciden invertir en una categoría, confirman que existe una demanda relevante y oportunidades de expansión.

Mein Soda comparte una lectura similar. La empresa considera que el crecimiento puede atraer nuevos competidores e incluso generar futuras adquisiciones de marcas emergentes por parte de compañías de mayor tamaño.

La innovación será la principal diferencia

La competencia ya no consistirá únicamente en lanzar una bebida nueva. Las empresas tendrán que desarrollar productos con características cada vez más diferenciadas.

El consumidor puede encontrar numerosas opciones sin azúcar o con pocas calorías. Por ello, las marcas deberán avanzar hacia combinaciones más innovadoras de ingredientes, sabores, presentaciones y beneficios.

La innovación puede convertirse en el elemento que separe a las marcas que logren consolidarse de aquellas que desaparezcan después de sus primeros lanzamientos. No todas las propuestas sobrevivirán a una competencia más intensa, especialmente cuando aumenten las alternativas disponibles en supermercados, bodegas y tiendas de conveniencia.

AJE, por ejemplo, contempla ampliar el portafolio de Hey Fit con nuevos productos. Coca-Cola mantiene abierta la posibilidad de continuar desarrollando categorías vinculadas con el bienestar conforme evolucionen las preferencias del público.

Las marcas especializadas también preparan sus propios movimientos. Mein Soda trabaja en su expansión hacia Colombia y México, además de evaluar una ronda de inversión que le permita acelerar su crecimiento. La empresa proyecta incorporar entre dos y tres nuevas variedades cada año.

Un mercado con potencial, pero cada vez más exigente

Las empresas que participan en la categoría coinciden en que todavía existe un amplio espacio para crecer. Hula estima que el mercado podría expandirse alrededor de 50% anual durante los próximos años. Sin embargo, reconoce que no todas las marcas nuevas conseguirán consolidarse.

El crecimiento atraerá inversiones, nuevos productos y una mayor competencia por los espacios de exhibición. También incrementará las exigencias de los consumidores, quienes compararán con mayor atención los ingredientes, beneficios, sabores, precios y credibilidad de cada propuesta.

El verdadero desafío será evitar que la expresión “bebida funcional” se convierta solamente en una herramienta publicitaria. Las compañías deberán comunicar con claridad qué ofrece cada producto y respaldar sus promesas para construir confianza.

La nueva batalla del mercado peruano de bebidas ya no se libra solamente en torno al sabor o al precio. Se disputa en la capacidad de interpretar al consumidor, innovar permanentemente y desarrollar productos coherentes con una sociedad que presta mayor atención a lo que consume.

Las marcas especializadas demostraron que existía una oportunidad. La entrada de Coca-Cola y AJE confirma su potencial. A partir de ahora, la competencia determinará cuáles empresas serán capaces de transformar esta tendencia en una categoría sólida, rentable y duradera.

Fuente principal: Reyes, Sandra (10 de julio de 2026). Mercado de gaseosas saludables habría crecido 100% en el último año. Diario Gestión. Artículo analizado y adaptado con fines educativos.

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