Las
aspiraciones son el propósito motriz de una empresa. Recuerda la declaración de
misión de Starbucks: «Inspirar y nutrir el espíritu humano. Solo una
persona, una taza de café y un barrio al mismo tiempo». O la de Nike:
«Ofrecer inspiración e innovación a todos los atletas* del mundo». (La nota
adicional, marcada por el asterisco, dice así: «Si tienes cuerpo, eres un
atleta»). Y la de McDonald’s: «Ser el lugar y la forma de comer
preferidos por los consumidores». Cada una es una declaración de lo que pretende ser la
compañía y un reflejo de la razón de su existencia. Pero una misión
ambiciosa no es una estrategia; apenas sí es un comienzo.
La
primera celda de la cascada de decisiones estratégicas —¿Cuál es tu aspiración
ganadora?— define el propósito de tu empresa, su misión y aspiración rectora,
en términos estratégicos. ¿En qué consistiría ganar, para esta organización?
¿Cuál es exactamente su aspiración estratégica? Estas respuestas son la base de
tu debate estratégico; establecen el contexto para todas las decisiones
estratégicas subsiguientes.
La
aspiración suprema de una compañía se puede expresar de muchas maneras. Sin
embargo, por regla general debes empezar con la gente (consumidores y
clientes), no con el dinero (precio de las acciones). Peter Drucker argumentaba que el
propósito de una organización es crear un cliente. Y aún hoy sigue
valiéndonos. Analiza las declaraciones de misión anteriores. Starbucks, Nike y
McDonald’s —todas empresas de enorme éxito, a su manera— condicionan sus
ambiciones a los clientes. Y fíjate en el tono de esas aspiraciones: Nike
quiere contentar a cada atleta (no solo a algunos); McDonald’s quiere ser el
lugar favorito para comer de sus clientes (no solo una elección cómoda para las
familias que están de viaje). El deseo de las tres compañías no es solo
satisfacer a los clientes; quieren ganar con ellos. Y este es el aspecto
fundamental de la aspiración de una compañía: debe jugar para ganar. Jugar solo para participar
es contraproducente. Es un atajo a la mediocridad. Ganar es lo que importa y
es el criterio clave de una estrategia acertada. Una vez fijada la
aspiración ganadora, el resto de las preguntas estratégicas van encaminadas a
encontrar formas de lograr la victoria.
¿Por
qué importa tanto convertir la victoria en una aspiración explícita? Ganar vale
la pena porque el líder del sector acumula una porción considerable (y a veces
desproporcionada) de la creación de valor. Pero ganar también es complicado. Hay que tomar
decisiones difíciles, esmerarse mucho e invertir bastantes recursos. Hay
montones de compañías que intentan ganar y no lo consiguen. Así que imagina las
probabilidades de ganar sin proponértelo expresamente. Cuando una compañía opte
por participar, pero no por ganar, pasará lo inevitable: no tomará las
decisiones difíciles ni hará las inversiones sustanciales que podrían hacer de
la victoria una remota posibilidad. Una aspiración demasiado modesta es
mucho más peligrosa que una demasiado ambiciosa. No son pocas las compañías que acaban muriendo por culpa
de la modestia de sus aspiraciones.
JUGAR
POR JUGAR
Tomemos
como ejemplo una de las apuestas estratégicas más costosas del último siglo: la
decisión de General Motors (GM) de sacar Saturn. Por supuesto, el contexto es
importante. En los cincuenta, al final de la legendaria presidencia de Alfred
P. Sloan, GM tenía más empleados que ninguna otra compañía del planeta y
acaparaba más de la mitad del mercado automovilístico de Estados Unidos. Era la
empresa más grande del Big Three * y, durante un tiempo, fue la más grande y
fuerte de la Tierra. Pero Sloan se jubiló y los gustos cambiaron, en parte a
raíz de las crisis del petróleo de los setenta. Se importaron modelos más
baratos de bajo consumo que propiciaron que el catálogo de General Motors
empezara a verse anticuado e inasequible.
En los
ochenta, las marcas esenciales de la compañía en Estados Unidos —incluyendo
Oldsmobile, Chevy y Buick— estaban en declive. Los jóvenes compradores
estaban decantándose por Toyota, Honda y Nissan, eligiendo modelos más pequeños
y económicos de estos fabricantes. Los costes también preocupaban cada vez
más. A medida que los
trabajadores sindicados de GM se hicieron mayores, los generosos subsidios por
jubilación fueron acrecentando los costes heredados, que a su vez repercutieron
en las personas que compraban coches. Mientras tanto, las relaciones con
los sindicatos de la United Auto Workers eran tumultuosas y no iban camino de
mejorar; la empresa reestructuró las operaciones, cerró plantas, desplazó recursos
y despidió a decenas de miles de empleados.
En
1990, en una encrucijada estratégica, GM tomó una decisión osada y sacó una nueva marca para
competir en el mercado de automóviles pequeños. Saturn —«otro tipo de
empresa, otro tipo de coche»— era la primera marca nueva del fabricante en casi
setenta años y era la primera vez que se usaba una filial, en vez de una
división, para fabricar y vender coches. El objetivo, según el entonces
presidente Roger Smith, era «vender un coche en la gama más baja del mercado
y seguir ganando dinero» 1 . En resumen, Saturn fue la respuesta de GM a
las importaciones japonesas que amenazaban con dominar el mercado de
automóviles pequeños. Se trataba de una estrategia defensiva, una manera de
jugar en ese segmento, para proteger el terreno que aún le quedaba y que estaba
cediendo.
GM
creó unas oficinas separadas para Saturn y negoció un convenio simplificado y
flexible con los sindicatos de United Auto Workers para la planta en Spring
Hill, otorgando a los trabajadores un mayor control y una fracción de los
beneficios a cambio de que se bajaran el salario. Saturn también adoptó una
filosofía manifiestamente diferente en la atención al cliente, empezando por
una política que prohibía a todos sus concesionarios regatear el precio
convenido. En Saturn, «los clientes eran objeto de una atención personal
normalmente encontrada en los concesionarios más lujosos. […] Por decreto,
cuando se daba a un cliente las llaves de un nuevo Saturn, los empleados
dejaban sus tareas a medio hacer y salían al salón de exposiciones a
congratularse» 2 . El lanzamiento de Saturn llegó acompañado de un gran
revuelo, pues parecía ser la solución mágica de GM: la iniciativa estratégica
innovadora que finalmente revertiría a la situación.
En
realidad, Saturn no recondujo la situación. Al cabo de unas dos décadas y
veinte mil millones de dólares en pérdidas, según estimaciones de los
analistas, Saturn desapareció. Al final de 2010, la división se había
volatilizado y se habían cerrado todos sus concesionarios. Después de
declararse en bancarrota y reorganizarse, GM no es más que una sombra de lo que
fue y su cuota de mercado en Estados Unidos es inferior al 20% 3 . La creación
de Saturn no provocó la bancarrota, pero tampoco aportó demasiado. Pese a que
los vehículos de Saturn se ganaron la lealtad de sus propietarios, nunca
alcanzaron el volumen necesario para justificar un catálogo entero de coches o
una red de concesionarios por todo el país. Como dijo un exdirectivo de GM
en referencia a Saturn, «bien podría ser el mayor fiasco en la historia
automovilística desde que Ford sacó el Edsel» 4 .
Los
dirigentes de Saturn aspiraban a participar en el segmento de automóviles
pequeños para jóvenes de Estados Unidos; Toyota, Honda y Nissan aspiraban a
ganarlo. ¿Adivináis lo que pasó? Pues que Toyota, Honda y Nissan apuntaron a lo
más alto, tomando decisiones estratégicas difíciles e invirtiendo grandes sumas
para ganar. Y con Saturn, GM pretendió solo jugar y se fijó un listón mucho más
bajo. Al principio, Saturn
era una buena marca, pero necesitaba recursos sustanciales para mantener el
ritmo de Toyota, Honda y Nissan, que estaban invirtiendo como si no hubiera un
mañana. GM no podía ni quería seguir sus pasos. Saturn no murió por
fabricar malos coches, sino simplemente porque sus aspiraciones eran demasiado
modestas para mantener viva la iniciativa. Las aspiraciones no fomentaban
decisiones sobre dónde jugar y cómo ganar, ni capacidades ni sistemas de
gestión ganadores.
Para
ser justos, GM tenía un rimero de dificultades que le complicaban jugar para
ganar: relaciones tensas con los sindicatos, asfixiantes costes heredados en
seguridad social y pensiones y reglamentos complicados para la distribución. No
obstante, como la compañía jugó por jugar, en lugar de intentar jugar para
ganar, perpetuó sus problemas generales, no los resolvió. Compara la
técnica usada por GM con la usada por P&G, que juega para ganar allí donde
decide jugar. Jugar para ganar es algo razonablemente sencillo de imaginar
en un mercado de consumo. ¿Pero cómo lo ve una función interna de servicios
compartidos? Incluso allí puedes jugar para ganar, como demuestra Filippo
Passerini, presidente de la unidad de Servicios Comerciales Globales (GBS) de
P&G.
JUGAR
PARA GANAR
Al
final de la burbuja de las puntocoms, el mundo informático entró en pánico. El
NASDAQ se había hundido, arrastrando consigo la credibilidad del sector de alta
tecnología y los índices generales del mercado, y había empujado la economía a
la recesión. Con todo, pese al hundimiento, era evidente que el gasto en
infraestructuras y servicios informáticos seguiría aumentando. Para la mayoría
de las compañías (incluida P&G), los servicios informáticos no eran para
nada una competencia esencial, y los costes y complejidades de prestar dichos servicios
in-house eran aterradores. Por suerte, llegó al rescate una nueva estirpe de
prestadores de servicios: los subcontratistas de procesos de negocios (o BPO,
por sus siglas en inglés). Estas compañías (como IBM, EDS, Accenture, TCS e
Infosys) prestaban una
serie de servicios informáticos externamente y resolvían los entuertos a cambio
de una cuota. Disipada la niebla posimpacto, las compañías,
digitalizándose a marchas forzadas, tuvieron que tomar decisiones sobre cuánto
usar los BPO, qué socio escoger y cuál era la mejor forma de hacerlo. No era
fácil; una mala decisión podía costar millones de dólares en sobrecostes y
provocar un sinfín de jaquecas más adelante.
En
P&G, muchas de las operaciones que se podrían haber externalizado se
acoplaron en una reorganización de 1999. Esta función GBS era responsable de
una serie de servicios, incluyendo los informáticos, los de gestión de
instalaciones y los recursos humanos. En el 2000, se estaban sondeando
activamente tres opciones para el futuro de los GBS: mantener el curso y seguir
gestionándolos internamente; refundarlos (parcial o totalmente) para que fueran
un actor clave del sector de BPO; o subcontratar la mayor parte de los GBS a
una de las grandes compañías de BPO que ya existían.
No era
una decisión sencilla. Las bolsas y la economía se estaban desplomando, junto
con las acciones de los BPO que cotizaban. De cerrarse, el acuerdo sería muy
complejo y tendría un tamaño sin precedentes para el sector global de los BPO.
P&G no había externalizado ni vendido nada que afectara a tantos empleados,
así que había mucha incertidumbre sobre cómo afectaría a la moral y la cultura.
Al exponer las opciones a los trabajadores, algunos expresaron el temor de que
la compañía vendiera a empleados leales como esclavos.
Lo más
fácil habría sido decir que la cuestión era muy peliaguda y mantener el statu
quo . Al fin y al cabo, los GBS iban como la seda. Jugaban bien en su espacio y
prestaban servicios de alta calidad a un sinnúmero de clientes internos. Otra
alternativa habría sido recurrir a la segunda opción más convencional: llegar a
un único acuerdo gigantesco con una gran firma de BPO, como IBM Global Services
o EDS. Finalmente, la compañía podría haber concluido que una gran organización
interna de servicios globales suponía un uso ineficiente de sus recursos y
haber refundado los GBS como un BPO de pleno derecho. Cualquiera de estas
decisiones habría parecido sensata, dadas las circunstancias. Pero ninguna
contestaba satisfactoriamente a la pregunta de cómo podía ganar P&G con sus
servicios globales.
La
dirección no las tenía todas consigo de que se hubiesen planteado todas las
opciones, así que pidió a Filippo Passerini, que tenía buenos conocimientos
informáticos y una larga experiencia como manager de marketing, que revisara
las alternativas y sugiriera otras posibilidades, si las había. Passerini no
vio nada clara la elección convencional. En teoría, subcontratar a un único BPO
inmenso crearía grandes economías de escala. No cabía duda de que el acuerdo
sería bueno para el BPO, porque sellaría el mayor acuerdo de externalización en
la historia del sector. Pero no había ninguna señal clara de que el acuerdo
pudiera ayudar a P&G a ganar. P&G quería que el acuerdo de
externalización aportara algo más que eficiencia de costes y un compromiso con
un nivel de servicio predefinido. Su afán era encontrar flexibilidad, un socio
capaz y dispuesto a innovar con P&G para crear valor inexistente en la
estructura de entonces.
A
Passerini se le ocurrió enseguida una nueva opción. En vez de firmar un solo
acuerdo, P&G externalizaría varias actividades de los GBS a los mejores
socios BPO: encontraría un
socio ideal para gestionar las instalaciones, otro para gestionar la
infraestructura informática, etc. Este sistema de elegir la mejor oferta
tenía sentido porque las necesidades de P&G son muy variadas;
lógicamente, una alianza de los socios más especializados tendría más
posibilidades de satisfacerlas. Passerini vio que la especialización podía
elevar la calidad y reducir el coste de las soluciones de los BPO. Pensó que
P&G podía hacer frente a la complejidad de gestionar múltiples relaciones
para crear más valor que con solo una relación. Además, la pluralidad de socios mitigaba el
riesgo, dado que se les podía comparar unos con otros para alentarles a mejorar
su rendimiento. Por último, la externalización liberaría el resto de
recursos de GBS para invertir en las capacidades esenciales de P&G y crear
una ventaja competitiva sostenible.
El
argumento a favor de este método selectivo era convincente. En 2003, P&G firmó
asociaciones de BPO con Hewlett-Packard en soporte informático y aplicaciones,
con IBM Global Services en recursos humanos y con Jones Lang Lasalle en gestión
de instalaciones. También cabe destacar que Passerini no eligió al actor
más grande o conocido en cada espacio BPO. De hecho, según dice él, los
escogió según otro criterio elemental: «Todos ellos tenían un común
denominador: la interdependencia. El resultado fue variado. HP era el
cuarto en su sector, a mucha distancia del tercero. Con P&G, ganaron
visibilidad y credibilidad inmediatamente. Por más importantes que sean para
nosotros, porque ahora todos nuestros sistemas operan con la plataforma de HP,
somos igual de importantes para ellos [como su cliente principal]. Cada uno [de
los socios más capacitados] sacó un provecho diferente, pero todos se
convirtieron en empresas interdependientes con P&G» 5 . Passerini había
ideado una forma mejor de entender la relación con los BPO, una que preguntaba
en qué condiciones podemos ayudar al otro a ganar.
El
método de Passerini ha sido un éxito. Las tres asociaciones originales han dado buenos frutos y
han desembocado en un puñado de asociaciones más estrechas por diferentes
servicios. El coste de los servicios ha caído, la calidad ha
aumentado y los niveles de servicio han mejorado. Los índices de
satisfacción de los seis mil empleados que fueron transferidos a los BPO
asociados también crecieron. Esos trabajadores desempeñan ahora un papel
crucial en sus nuevas organizaciones, en vez del papel subalterno que ejercían
en P&G. El sistema también ha dado libertad a los miembros del equipo de
GBS. Ya pueden centrarse en innovar y crear sistemas informáticos que
concuerden con las decisiones y capacidades estratégicas de la compañía; entre
otras, diseñar experiencias virtuales de compra vanguardistas para gestionar
las opiniones de los consumidores y una «cabina» escritorio que otorga a los
líderes de P&G herramientas para que puedan tomar decisiones a simple
vista. Se ha podido externalizar la dimensión práctica de los servicios
compartidos de P&G y, de este modo, se han podido priorizar áreas donde se
puede generar una ventaja estratégica. La perspectiva que ha adoptado P&G
en esta serie de transacciones se ha convertido en un modelo para otras
organizaciones, ya que la pluralidad de BPO empieza a ser la norma general del
sector, en detrimento del BPO único. Si la aspiración de los GBS hubiera sido
encontrar una solución aceptable, nunca se habría dado con este método. Pero la
aspiración era bastante más ambiciosa. Las preguntas que se formularon fueron
estas: ¿Qué decisión ayudaría a P&G a ganar? ¿Cómo podría esa
decisión crear una ventaja competitiva sostenible? Todavía se plantean estas
preguntas. Ahora Passerini encabeza una organización de GBS más ágil e
interpreta la prestación de servicios a P&G como la creación de una
ecuación de valor ganadora. Según dice: «Me da miedo que nos convirtamos en
una commodity. […] [En la informática], necesitas ser distinto para no
convertirte en una. Hemos hecho un esfuerzo por aportar un valor único a
P&G. Si algo es distintivo y único, le prestamos atención; todo lo que es
una commodity —todo lo que
no aporta ninguna ventaja competitiva hacerlo internamente— lo externalizamos».
El
deseo de ganar induce una mentalidad competitiva —en
un sentido positivo—, un deseo de hacerlo mejor siempre que se pueda.
Por esta razón, los GBS compiten por ganarse a sus clientes internos. Passerini
lo explica así: «No imponemos nuestros servicios; los ofrecemos [a los negocios
y funciones] por un coste. Si las unidades de negocio quedan satisfechas, los
comprarán. Si no, no». Este mercado abierto genera un feedback importante y
obliga a los GBS a seguir reflexionando sobre cómo ganarse a sus clientes
internos y crear nuevo valor. Tal es el caso que Passerini tiene fama de
haberse alzado en una reunión del equipo de liderazgo global y haber prometido:
«Dadme cualquier cosa que
pueda convertir en un servicio y os ahorraré diecisiete centavos por dólar».
Fue una oferta que no dejó indiferente a nadie y que fijó el tono para su
equipo. Lo aceptable no era una opción. Prestar servicios no era la estrategia.
La estrategia era prestar mejores servicios, de mayor calidad y a precios más
bajos, actuando a la vez como motor de innovación para la compañía. Era una
estrategia para ganar.
CON
LOS QUE MÁS IMPORTAN
Para
fijar correctamente las aspiraciones, es importante entender con quién y
contra quién estás ganando. Por tanto, es importante tener en cuenta a qué te dedicas, quiénes son
tus clientes y quiénes tus competidores. Nosotros pedíamos a los
negocios de P&G que se centraran en ganar con aquellos que más importan y
contra lo mejor de lo mejor. Queríamos que miraran hacia fuera, hacia sus consumidores más
importantes y sus mejores competidores, en vez de mirarse el ombligo,
estudiando sus propios productos e innovaciones.
Si
preguntas a la mayoría de las compañías a qué se dedican, te dirán su línea de
productos o te detallarán los servicios que ofrecen. Muchos fabricantes de teléfonos
móviles, por ejemplo, dirían que se dedican a hacer smartphones. Es poco
probable que digan que su labor es conectar a la gente y permitir la
comunicación en cualquier sitio, a cualquier hora. Pero esa es realmente su
actividad; un smartphone es solo una manera de lograrlo. O piensa en una
compañía del cuidado de la piel. Es muchísimo más factible que diga «fabricamos
productos para el cuidado de la piel» que «ayudamos a las mujeres a tener una piel más sana y de
apariencia más joven» o «las ayudamos a sentirse guapas». Es una
diferencia sutil, pero importante.
Las
primeras descripciones son ejemplos de marketing miope, un peligro que el
economista Theodore Levitt identificó hace medio siglo y que sigue coleando hoy
en día. Las compañías aquejadas por esta dolencia se ofuscan con los productos
que fabrican y son incapaces de ver el fin superior o la auténtica
dinámica del mercado. Estas
compañías gastan miles de millones de dólares en fabricar nuevas generaciones
de productos que apenas mejoran las anteriores. Utilizan indicadores
totalmente internos para medir el progreso y el éxito —patentes, avances
técnicos y demás—, sin pararse a considerar las necesidades de los
consumidores ni los cambios del mercado ni a preguntarse a qué se dedican
realmente, qué necesidad del consumidor satisfacen y cuál es la mejor forma de
hacerlo.
El mayor riesgo de tener la lupa puesta
en los productos es que nos fijamos en las cosas equivocadas: los materiales,
la ingeniería y la química. Te distraen del consumidor. Las
aspiraciones ganadoras se deberían articular pensando expresamente en el
consumidor. Las
aspiraciones más poderosas siempre tendrán en el consumidor, no en el producto,
su razón de ser fundamental. En el negocio de cuidado del hogar de
P&G, por ejemplo, la aspiración no es ofrecer el detergente más potente o
la lejía más eficaz, sino reinventar las experiencias de limpieza,
suprimiendo lo más laborioso de las tareas del hogar. Es una aspiración que da como
fruto productos que revolucionan el mercado, como Swiffer, Don Limpio Borrador
Mágico y Febreze.
CONTRA
LO MEJOR DE LO MEJOR
Luego
está la competencia. Al fijar las aspiraciones ganadoras, debes echar un
vistazo a todos los competidores, no solo a los que conoces mejor. Por
supuesto, debes empezar por los sospechosos habituales. Fíjate en tus mayores
competidores de siempre: para
P&G, estos eran Unilever, Kimberly-Clark y Colgate-Palmolive. Ahora
bien, después amplia tus horizontes y céntrate en el mejor competidor de tu
espacio: ensancha tu campo de visión para determinar quién puede ser
exactamente.
Este
era el método que intentábamos promover en P&G. En los diversos sectores y
categorías, los mejores competidores solían ser compañías locales, competidores
de marca blanca y pequeñas empresas de bienes de consumo. De esta forma, el
equipo de cuidado del hogar reparó en Reckitt-Benckiser (fabricante de Calgon,
Woolite, Lysol y Air Wick).
No fue
fácil convencer a los líderes de equipo de que se tomaran más en serio a
Reckitt-Benckiser. Pero fue esclarecedor observar su posición competitiva
respecto a P&G: sus resultados en comparación con los nuestros. P&G
acumuló seis años consecutivos de gran crecimiento de los ingresos y las
ganancias por acción, llegando a los dobles dígitos. Sin embargo, Reckitt-Benckiser estaba rindiendo
aún mejor. El quid de la cuestión no era tanto la empresa rival en sí, sino
conseguir que los general managers se cuestionaran sus planteamientos y
criterios. El empujón era preguntar: «¿Quién es realmente tu mejor
competidor? O lo que es más importante, ¿qué estrategias y operaciones está
llevando a cabo mejor que tú? ¿En qué rinden mejor que tú y cómo? ¿Qué
podrías aprender de ellos y hacer de forma distinta?». Analizar a tu mejor
competidor, sea cual sea esa compañía, te aporta puntos de vista útiles sobre
las diversas formas de ganar.
RECAPITULANDO
La
esencia de una gran estrategia es tomar decisiones resueltas y difíciles: por
ejemplo, decidir a qué dedicarse y a qué no, dónde jugar en los negocios
que elijas, cómo ganar donde juegues, qué capacidades y competencias
convertirás en tus máximos puntos fuertes y cómo tus sistemas internos
traducirán estas decisiones y capacidades en un rendimiento excelente en el
mercado. Y todo empieza con una aspiración ganadora y definiendo lo que
significa ganar.
A menos que la aspiración suprema sea
ganar, es improbable que una empresa invierta recursos adecuados y suficientes
para crear una ventaja sostenible. Pero solo con las
aspiraciones no basta. Hojea cualquier informe anual de una compañía y casi seguro
que encuentras una visión aspiracional o una declaración de objetivos.
Aun así, en la mayoría de
corporaciones resulta difícil ver cómo se traduce la declaración de objetivos
en una estrategia real y, en último término, en una acción estratégica.
Muchos altos directivos creen que su tarea estratégica empieza y acaba por
compartir su aspiración con los empleados. Desgraciadamente, después de eso no
ocurre nada. Sin vincular la aspiración a decisiones explícitas sobre dónde
jugar y cómo ganar, las visiones son frustrantes y, en última instancia,
insatisfactorias para los empleados. La compañía necesita elegir dónde y
cómo jugar para actuar. Sin eso, no puede ganar. El próximo capítulo afrontará
la cuestión de dónde jugar.
ASPIRACIÓN
GANADORA: QUÉ HACER Y QUÉ NO
✔ Juega para ganar, no solo para competir.
Define ganar según tu contexto, esbozando cómo sería un futuro brillante y
esplendoroso para la organización. ✔ Formula aspiraciones significativas y
convincentes para tus empleados y consumidores; no se trata de encontrar el
lenguaje perfecto o la visión de consenso, sino de conectar con una idea más
profunda del propósito existencial de la organización.
✔ Cuando pienses en lo que significa ganar, empieza por los
consumidores, no por los productos.
✔ Fija aspiraciones ganadoras
(y toma las otras cuatro decisiones) para las funciones internas. También para
las marcas y líneas de negocio. Pregúntate esto: ¿Qué significa ganar para esta
función? ¿Quiénes son sus
clientes y qué significa ganar con ellos?
✔ Piensa en ganar en relación
con la competencia. Vigila
a tus competidores de toda la vida, pero busca también aquellos
«tapados» que puedan aparecer de improviso.
✔ No te detengas aquí. Las aspiraciones no son
estrategia; simplemente son la primera celda de la cascada de decisiones.
LA
ESTRATEGIA COMO VICTORIA A. G. LAFLEY
En mis
más de cuarenta años de trayectoria profesional, he descubierto que a la
mayoría de los líderes no les gusta elegir. Preferirían mantener abiertas todas
las puertas. Las
decisiones les fuerzan a mojarse, les constriñen y generan un incómodo grado de
riesgo personal. También me he dado cuenta de que son pocos los que
pueden definir de verdad lo que es ganar. Normalmente hablan de medidas
financieras a corto plazo o de la cuota modesta de un mercado perfectamente
definido. En la práctica, sopesando
opciones en vez de decisiones —y sin definir con convicción lo que es ganar—,
estos líderes deciden jugar, no ganar. Al final, se conforman con resultados
mediocres en el sector… en el mejor de los casos.
Cuando
entré en P&G a finales de los setenta, a la compañía no se le daba muy bien
tomar decisiones y definir lo que es ganar. En junio de 1977, empecé como
asistente de marca para la división norteamericana de lavandería, conocida
cariñosamente como Big Soap [«Gran Jabón»]. Por aquel entonces, P&G vendía
quince marcas de detergente y jabón para la ropa y cinco marcas de
lavavajillas. Eran bastantes más de las que los consumidores necesitaban o
querían y más de las que los clientes minoristas podían distribuir,
comercializar y vender para sacar rentabilidad. Actualmente, P&G tiene
cinco marcas de lavandería y tres de lavavajillas. Al mismo tiempo, el negocio ha aumentado
constantemente sus ventas netas, la cuota de mercado, el margen bruto y operativo
y la creación de valor. Y sobre todo, P&G se ha convertido en el líder
destacado del mercado norteamericano. Colgate-Palmolive y Unilever,
antaño competidores temibles, han ratificado su salida de las categorías en
Estados Unidos y han transformado el resto de sus marcas en marcas blancas
fabricadas por contrato, que en la mayoría de casos desempeñan un papel muy
secundario al de P&G y las marcas blancas. La victoria de P&G en la
categoría norteamericana de lavandería es la culminación de una serie de
decisiones estratégicas claras, conectadas y cohesionadas que se empezaron a
tomar a principios de los ochenta. Unos cuantos líderes de sector, categoría y
marca se han comprometido a ganar en esta categoría y han encontrado formas
para hacerlo.
Aunque
P&G fue mejorando a la hora de definir qué implicaba ganar a nivel de marca
y categoría, no siempre lo
ha tenido igual de claro como compañía, lo cual ha provocado periodos de bajo
rendimiento. A comienzos de los ochenta, los líderes de la compañía
estaban frustrados con la caída de los ingresos brutos y con los índices de
crecimiento de las ventas, así que ordenó estimular el crecimiento de los
ingresos brutos orgánicamente y por medio de adquisiciones. Sin una estrategia clara sobre
dónde jugar y cómo ganar, el resultado fue un galimatías de adquisiciones que
no compensó nunca el coste en capital (Orange Crush, Ben Hill Griffin,
Bain de Soleil, etc.) y
una retahíla de marcas y productos nuevos que no cuajaron, como Abound,
Citrus Hill, Cold Snap, Encaprin, Solo y Vibrant. En 1984-1985, los beneficios
anuales de la compañía cayeron por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial.
En 1986, oficializó su primera gran reestructuración y condonación de deuda. En
ese momento, se recurrió a Michel Porter y a Monitor. Fue la primera
experiencia de P&G con la estrategia empresarial y tuve suerte de ser uno
de los conejillos de Indias en la primera clase de Porter.
Por
desgracia, la primera vacuna no funcionó. Cuando el negocio y los resultados
económicos a corto plazo empezaron a mejorar, gracias a otra gran
reestructuración y al mayor crecimiento internacional, P&G olvidó buena parte de lo que había
aprendido. En los noventa, los ingresos brutos cayeron de nuevo y la
compañía volvió a refugiarse en la táctica de crear nuevas categorías y marcas,
además de fomentar las fusiones y adquisiciones. Esta vez, apostó todavía más
por los nuevos productos y tecnologías, como los robots limpiadores del hogar,
los vasos y platos de cartón e incluso los nuevos formatos de venta al detalle.
Y las adquisiciones abrieron todavía más el abanico para englobar la compañía
de agua PUR y la compañía Iams, de comida para mascotas. P&G sopesó
seriamente comprar la Eastman Kodak Company, perdió una subasta ante Pfizer
para adquirir American Home Products y tanteó a Warner-Lambert en su intento
por entrar en el sector farmacéutico. Como era de esperar, volvió a errar el
tiro.
Cuando
fui elegido director general en el año 2000, la mayoría de los negocios de P&G estaban
incumpliendo sus objetivos. Y una buena parte de ellos los incumplían
por mucho. La compañía
había invertido e intentado abarcar demasiado. No estaba ganando con aquellos
que más importaban: los consumidores y clientes. Durante mis treinta
primeros días en el cargo, visité a todos los minoristas principales donde
vendíamos nuestros productos. Descubrí que P&G era su mayor proveedor, pero
no éramos ni de lejos el mejor… en ninguna tienda. Los consumidores estaban
abandonando P&G, como ponía de manifiesto el declive en el índice de primeras
compras y en la cuota de mercado de gran parte de nuestras marcas líderes.
Estaba
decidido a acertar con la estrategia. Para mí, acertar significaba que P&G
se centrara en maneras viables de ganar con los consumidores más relevantes y
contra la mejor competencia. Significaba que los líderes tomaran decisiones
estratégicas de verdad (que
identificaran lo que iban a hacer y lo que no, dónde iban a jugar y dónde no y
cómo iban a crear específicamente una ventaja competitiva para ganar). E
implicaba que los líderes a todos los niveles de la compañía se convirtieran en
hábiles estrategas y gestores. Iba a enseñar estrategia en P&G hasta
lograr la excelencia.
Quería
que mi equipo entendiera que la estrategia es un pensamiento disciplinado que
exige tomar decisiones difíciles y que todo se resume en ganar. Crecer
o crecer más rápido no es una estrategia. Generar una cuota de mercado no es
una estrategia. Aumentar un 10 % o más los beneficios por acción no es una
estrategia. Vencer al competidor X tampoco. Una estrategia es un conjunto
coordinado e integrado de decisiones sobre dónde jugar, cómo ganar, sobre cuál
es la capacidad esencial y sobre cuál es el sistema de gestión, destinadas a
satisfacer perfectamente las necesidades de un consumidor, creando una ventaja
competitiva y aumentando el valor para el negocio. La estrategia es una
forma de ganar. Fin de la película.


