lunes, 20 de diciembre de 2021

Superjefes: Cómo los líderes excepcionales inspiran el talento - Introducción


 

INTRODUCCIÓN

Por: Sydney Finkelstein

 

(…) Cuando escuché por primera vez acerca de Alice Waters, quedé fascinado de que una sola persona pudiera fomentar tan desproporcionada cantidad de talento. Algunos años atrás había escrito un libro Por qué fracasan los ejecutivos brillantes en el cual exploraba la forma en que el exceso de confianza, la complacencia, la inacción y la falta de curiosidad impedían que líderes inteligentes se adaptaran a las cambiantes condiciones de los negocios. Las empresas se estaban marchitando bajo el peso de estrategias y culturas cerradas y faltas de imaginación; no tenían el talento necesario para sacudirse y evolucionar. “Qué interesante —pensé— que un genio solitario, que aparentemente no posee ninguna formación específica en gestión, de alguna manera haya nutrido precisamente el tipo de personas curiosas, energéticas, de mentalidad abierta que las empresas necesitan para adaptarse al cambio y competir en un nivel de primera categoría”. Qué curioso también que, en nuestro mundo de macrodatos, las relaciones personales hayan desempeñado un papel tan enorme en la generación de talentos superiores en una industria. Investigué un poco más y encontré que los segundos chefs a menudo se retiran después de un tiempo para abrir sus propios restaurantes. Pero me preguntaba si otras industrias funcionarían así, con “árboles genealógicos” de talento germinando de uno o unos pocos innovadores legendarios. Comencé a explorar una serie de industrias —incluyendo el fútbol americano profesional, la publicidad, los alimentos de consumo, los bienes raíces, los fondos de cobertura, la comedia y la moda— y me sorprendió descubrir que allí también funcionaba el mismo patrón.

Si usted examina las 50 personas clave de estas industrias, encontrará que tal vez 15 o 20 fueron alguna vez empleados o recibieron asesoría de uno de los pocos generadores de talento o “superjefes”, como los llamo. Además, esos mismos superjefes son, en gran medida, responsables de la innovación en sus industrias. El fútbol americano resultó ser un buen ejemplo de por qué vale la pena trabajar para un superjefe. Durante las décadas de 1980 y 1990, cinco entrenadores dominaron la Liga Nacional de Futbol Americano (NFL, por sus iniciales en inglés): Bill Walsh, Joe Gibbs, Bill Parcells, Jimmy Johnson y Marv Levy. Pero de estos cinco, el entrenador que generó el “árbol” de talento más grande fue Bill Walsh. Entre 1979 y 2015, Walsh o entrenadores de su estirpe participaron en 32 Super Bowls y ganaron 17 de ellos. Johnson y sus protegidos participaron solamente en seis Super Bowls; Levy, Gibbs, Parcells y sus protegidos, tomaron parte en 23, 21 y 24 Super Bowls, respectivamente. De los diez cambios de entrenador realizados en la NFL en 2005, seis fueron ocupados por miembros del árbol de Walsh. Desde 2008, el año siguiente a la muerte de Walsh, los entrenadores capacitados por él dirigieron 26 de los 32 equipos de la liga. El éxito de Walsh y sus protegidos se deriva de una importante innovación suya: la “West Coast offense” (ataque de la Costa Oeste). Esta estrategia permitió a los equipos con jugadores no tradicionales ganar juegos, gracias a una mejor ejecución. Los equipos que la usaban se centraban en hacer pases más rápidos y precisos. No se trataba de ser más grande o más malo, sino de usar lo que tenían de forma más disciplinada. Walsh también innovó en formas menos obvias para los aficionados al fútbol americano. Mientras que muchos entrenadores encargaban a otros las minucias de dirigir una organización, Walsh desglosó la progresión minuto a minuto de las prácticas del equipo, definió las responsabilidades de entrenadores y jugadores, y estableció normas para tratar asuntos como la negociación de contratos y hacer frente a los medios de comunicación. También prescindió del estilo autoritario de liderazgo y empoderó a las personas, enseñándoles a pensar independientemente. Dichas innovaciones significaron un nuevo enfoque integral del entrenamiento, adoptado y refinado por una generación de sucesores de Walsh. Cuanto más analizaba yo a gente como Walsh, más quería entender qué los movía. ¿Por qué innovadores como Ralph Lauren y Calvin Klein contribuyeron a que tantos pesos pesados del negocio de la moda y el estilo de vida llegaran a la cima de sus campos, mientras otras luminarias, como Giorgio Armani, Martha Stewart o el ex alto ejecutivo de Gucci —Patricio di Marco-, no? ¿Cómo logró Julian Robertson engendrar una generación de acólitos en los fondos de cobertura, pero otros inversionistas ricos y famosos, como Eddie Lampert y Steven Cohen, no lo hicieron? ¿Qué técnicas ponen en marcha los superjefes? ¿Cuáles son sus secretos?

Consulté la literatura sobre gerencia, pero fue en vano. El patrón de un superjefe que genera un “árbol” de talento es algo que simplemente no aparece en la administración de empresas convencional. Los consultores de recursos humanos no hablaban de eso, los ejecutivos no ideaban estrategias de gestión de talento a su alrededor y mis colegas y yo no lo enseñábamos en las escuelas de negocios. Aun así, los superjefes estaban comportándose de maneras que motivaban a los individuos prometedores, inspiraban su mejor desempeño y los lanzaban a exitosísimas carreras. Ellos sabían algo que el resto de nosotros no, y usaban ese conocimiento para lograr resultados extraordinarios. En 2005, me embarqué en un proyecto de investigación para examinar los mundos de los negocios, los deportes, la moda y las artes en busca de potenciales superjefes para trazar sus árboles genealógicos. Al final, pasé diez años haciendo más de 200 entrevistas; revisando miles de artículos, libros, historias orales y monografías, y escribiendo tres docenas de casos de estudio en el proyecto de investigación más amplio y riguroso de su tipo. Recopilé, diseccioné y analicé las historias sobre las vidas y carreras de 18 superjefes fundamentales: Lorne Michaels, Ralph Lauren, Jay Chiat, Larry Ellison, Bill Walsh, Jorma Panula, Bob Noyce, Bill Sanders, Miles Davis, Michael Milken, Michael Miles, Alice Waters, Norman Brinker, Roger Corman, Julian Robertson, Gene Roberts, George Lucas y Tommy Frist. También recopilé material sobre algunas docenas de probables superjefes, figuras como Hillary Clinton, Stan Lee, Oprah Winfrey y David Swensen. Terminé encontrando superjefes en campos tan diversos como la comida informal (Brinker), los hospitales (Frist), los cómics (Lee), la política (Clinton), las dotaciones financieras a entidades sin ánimo de lucro (Swensen), el cine (Corman), los fondos de cobertura (Robertson), los periódicos (Roberts) y los efectos especiales (Lucas), entre otros.

Al buscar patrones y temas recurrentes, descubrí que los superjefes difieren considerablemente en sus estilos interpersonales; pero las formas en que identifican, motivan, influencian y entrenan a otros son sorprendentemente consistentes, muy poco convencionales y, sin lugar a dudas, poderosas. Los superjefes no son como la mayoría de jefes; siguen un manual propio. Son inusualmente intensos y apasionados: para comer, dormir, alentar sus negocios e inspirar a otros a hacer lo mismo. Buscan talentos sin temor y en lugares insólitos, y entrevistan a los candidatos extravagantemente. Crean normas de trabajo increíblemente altas que obligan a sus protegidos a exigirse al máximo. Se comprometen con una forma casi inexplicable de orientación y entrenamiento que se da de manera espontánea y, aparentemente, sin normas definidas. Dan responsabilidades a sus protegidos inexpertos, asumiendo riesgos que parecen tontos a quien mira desde afuera. Cuando llega el momento adecuado, los superjefes a menudo animan a sus talentos a irse, después de lo cual estos acólitos suelen convertirse en parte de la red estratégica del superjefe en la industria. A medida que avanzaba mi investigación, las diferencias entre los superjefes y los gerentes tradicionales se hicieron cada vez más evidentes. Los peores jefes tienden a desmotivar a los empleados, frenar su crecimiento y erosionar su desempeño al asumir cualquier cantidad de comportamientos que distan mucho de ser “mejores prácticas”: chismes, puñaladas por la espalda, darse crédito indebidamente por los éxitos de otros y así sucesivamente. Los superjefes están, sin duda, kilómetros por delante de estos jefes; no hay comparación posible entre ellos. Otra raza de jefes, algo más exitosa que la anterior, es lo que llamo “jefes mandones”: personalidades infladas al estilo de Donald Trump que chasquean el látigo y presionan a los empleados hasta sus límites. Son prepotentes y posan como figuras remotas, casi divinas; son personas para ser admiradas, pero nunca igualadas. Los superjefes superan fácilmente a estos jefes mandones. Los superjefes pueden ser fieros o amables, beligerantes o críticos de sí mismos, pero, sea cual sea su estilo, hacen un trabajo mucho mejor al inspirar y enseñar, porque se meten en las trincheras con sus protegidos, lideran con el ejemplo y les dan la atención personalizada que necesitan para ascender rápidamente. Los jefes mandones pueden alcanzar un gran éxito personal durante un tiempo, pero, al final, lo pierden todo cuando su castillo de naipes se derrumba. Los superjefes disfrutan de un éxito más duradero y también engendran una generación de protegidos que se convierten en líderes y visionarios por derecho propio. Entonces, ¿qué pasa con todos esos buenos jefes, esos administradores que normalmente reconocemos como competentes, bien intencionados y efectivos? Resulta que incluso esos jefes no llegan a la altura de los superjefes, por dos razones: los superjefes adoptan ciertas prácticas que los buenos jefes no aplican y son aún más productivos que los buenos jefes. Por ejemplo, los buenos jefes dan a sus empleados oportunidades para ascender, incluso utilizando “escaleras de carrera” para definir oportunidades. Los superjefes también crean oportunidades para que los empleados asciendan, pero personalizan esas oportunidades en lugar de organizarlas de manera estándar o rígida. Los buenos jefes miden formalmente el compromiso, utilizando medidas estándar; los superjefes no necesitan confiar en las medidas estándar porque viven la experiencia de trabajo con sus empleados. Así mismo, los buenos jefes son muy partidarios de las mejores prácticas. Quieren saber qué funciona y quieren hacer lo que funciona. Los superjefes sienten poco interés por las mejores prácticas. Para ellos, dichas prácticas representan una codificación del pasado que implícitamente reduce la apertura a nuevas formas de hacer las cosas.

(…) Los superjefes siempre añaden algo más a la ecuación. Y por eso ejercen un efecto excepcionalmente potente y beneficioso sobre sus empleados. A medida que los secretos de los superjefes se hicieron visibles, me di cuenta de que había tropezado con un verdadero Santo Grial para los administradores y profesionales.

A pesar de los mejores esfuerzos de los especialistas en recursos humanos, las encuestas demuestran que la mayoría de los trabajadores siguen sin estar comprometidos y son infelices en el trabajo. Los estudios de McKinsey y su equipo revelan que las organizaciones no “encuentran” cómo desarrollar líderes fuertes y emprendedores, aunque la mayoría de los ejecutivos consideran el talento como algo absolutamente fundamental para la supervivencia de sus organizaciones. Los superjefes producen una nueva serie de respuestas: prácticas que cualquier persona puede pedir prestadas para apoyar a otros y crear una fuente inagotable de estrellas en ascenso. Estas respuestas parecían especialmente relevantes para el reto de inspirar, desarrollar y comprometer a los empleados de la generación del milenio o generación Y. Si algunas de estas prácticas se difundieran ampliamente, las carreras podrían ser más significativas y lucrativas. Los profesionales podrían contribuir más, obtener más satisfacción de su trabajo y hacer sus organizaciones más ágiles y resilientes. Los lugares de trabajo podrían transformarse de sitios aburridos y monótonos a potencias de la innovación. Pero la apuesta es aún mayor. En última instancia, más empresas podrían sobrevivir si las prácticas de los superjefes se generalizaran.

Cuando niño, en Montreal, solía visitar todas las semanas la pastelería de nuestro barrio. Era el centro de la comunidad, un lugar cálido, animado y aromatizado por el olor del pan fresco. Años más tarde, regresé a mi antiguo vecindario y con gran consternación descubrí que la panadería había quebrado. Me dejó pensando: “¿Por qué tienen que cerrar empresas perfectamente buenas?”. No tienen que hacerlo. Las empresas pueden evitar o superar casi cualquier desafío si cuentan con el talento adecuado. Las empresas fracasan cuando no regeneran su talento y, con él, su fuente de nuevas ideas, enfoques y soluciones. La sabiduría de los superjefes no es simplemente Mitil para el resto de nosotros: es un asunto de vida o muerte. La ruta principal para ganar es a través de grandes talentos totalmente inmersos en la creación de valor. Como profesor de la Escuela de Negocios de Dartmouth Tuck y director de su Centro de Liderazgo, he tenido el privilegio de ser consultor de docenas de las empresas más grandes del mundo, desde Boeing y General Electric, hasta JPMorgan Chase y Deutsche Bank. He escrito 19 libros sobre liderazgo, incluidos varios éxitos de ventas, y más de 80 artículos. El mayor descubrimiento que he hecho en mis estudios sobre las organizaciones es también el más simple: realmente todo depende de las personas. A menudo los ejecutivos priorizan la estrategia, suponiendo que si lo hacen bien, todo lo demás funcionará. Piensan que pueden ignorar a su gente o, en cualquier caso, tratarla como algo secundario. Mala idea. Las personas son una parte esencial de cualquier estrategia, y regenerar el talento es lo más importante que cualquier líder puede hacer para sobrevivir y prosperar. Los superjefes entienden eso y por ello son capaces de tener una influencia y un éxito sin precedentes en sus respectivos campos…

 

 

 

 

 

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