miércoles, 9 de diciembre de 2020

El concepto de «precios pegajosos» - TIM HARFORD

 


El concepto de «precios pegajosos»

 

Por: TIM HARFORD

 

 

(…) Otra manera de entender el concepto de «precios pegajosos» es imaginar que está jugando al Monopoly y la banca se queda sin dinero. En principio el juego no lo contempla. Está permitido que la banca se quede sin casas ni hoteles (con un suministro ilimitado, las partidas podrían eternizarse de verdad, no solo hacerse eternas), pero no sin dinero. Ahora bien, si juega usted bastantes veces al Monopoly se dará cuenta de que en ocasiones ocurre y no es posible continuar la partida. La respuesta de la mayoría de los jugadores a esta situación tan incómoda es hacer pagarés de papel, o buscar fichas de póquer. ¡Listo! Ya se ha creado más dinero y la partida puede seguir.

 

Pero también hay otra alternativa un tanto excepcional: ponerse de acuerdo en redenominar todos los valores de la partida, de modo que una libra, por ejemplo, adquiera el valor de dos libras, cinco libras de diez, y quinientas de mil. Entonces todos los alquileres se reducirían a la mitad, al igual que el precio del suelo, o de las casas y de los hoteles: solo se necesitarían doscientos dólares en vez de cuatrocientos para comprar Boardwalk o doscientas libras para comprar Mayfair. Sin embargo, como todos los valores cambian simultáneamente, los auténticos valores de las fincas no sufren ningún cambio. Es lo que se llama un cambio «nominal». Cada jugador se limita a devolver al banco la mitad de sus billetes, pero sin empobrecerse.

 

Por lógica funciona igual de bien que crear más dinero. También es el tipo de cosas que solo propondría un vulcaniano (o un economista de formación clásica). Como la verdad es que los precios no se ajustan con tanta fluidez, a veces el banco central necesita imprimir más dinero.

Pero ¿por qué se pegan los precios?

Por cuatro motivos principales. He aquí el primero. Imagínese esta situación: una copistería pequeña tiene un empleado que lleva seis meses trabajando y gana dieciocho dólares por hora. Las cosas siguen yendo bien, pero el cierre de una fábrica de la zona ha hecho aumentar el paro. Ahora otros pequeños negocios contratan a trabajadores de confianza a catorce dólares la hora por trabajos parecidos al del empleado de la copistería. El dueño le reduce el sueldo a catorce.

Qué desgraciado.

No es usted el único a quien se lo parece. Daniel Kahneman, un psicólogo que acabó obteniendo el premio Nobel de Economía, coescribió un artículo donde se explica que nuestro sentido de la justicia tiende a restringir nuestros actos, y más en concreto la evolución de los precios y de los salarios. Al plantear a varias personas la misma situación que hemos expuesto, Kahneman y sus colegas constataron que al 83 por ciento le parecía injusta o muy injusta la decisión del dueño de la copistería. Resulta interesante que nuestro deseo de justicia se manifieste así. A fin de cuentas, podríamos decir que es injusto que ese trabajador gane dieciocho dólares por hora en un entorno donde otras personas de aptitudes similares solo cobran catorce. O que es injusto que el jefe tenga que pagar más de lo normal en un momento dado. Da lo mismo: lo importante es que ninguna de estas cavilaciones filosóficas tiene mucho impacto emocional. La gente reacciona con bastante visceralidad a la idea de que el jefe pueda bajar el sueldo así como así de dieciocho a catorce dólares por hora. Les parece egoísta y codicioso.

 

Esta reacción emocional tiene la fuerza suficiente para cambiar el funcionamiento de la economía. Si sabe lo que le conviene, el dueño de la copistería solo rebajará el sueldo en caso de estricta necesidad. Siente la presión del miedo, o la vergüenza, o el sentido de la moral, o la posibilidad de disturbios, huelgas o sabotajes. Este tipo de reticencia a bajar los sueldos es una simple cuestión de humanidad, pero tiene consecuencias tanto positivas como negativas. Quizá el dueño de la copistería se estuviera planteando contratar a otra persona —con lo que se paga en el mercado, podría ser mejor para el negocio tener a dos trabajadores por un total de veintiocho dólares por hora que uno solo por dieciocho—, pero no lo hará. Hasta es posible que no se atreva a contratar a otro trabajador por catorce dólares, menos de lo que cobra el primero, debido a que las diferencias arbitrarias de salario entre dos colegas en contacto continuo son una fuente segura de problemas. Tal vez sea mejor gastarse el dinero en una fotocopiadora más eficiente.

 

Se habrá dado cuenta de que lo que al principio parecía una cuestión propia de un psicólogo como Kahneman resulta ser de gran interés para usted y sus esfuerzos por mantener el buen funcionamiento de su economía. Como el dueño de la copistería no modifica el sueldo para que refleje lo que se paga en el mercado, la oferta y la demanda laboral no cuadran: habrá personas que quieran trabajar (pongamos que por quince dólares la hora) y no encuentren trabajo porque los jefes no se atrevan a bajar los sueldos. El paro será más alto de lo que podría ser.

Por otra parte, los salarios no son los únicos precios que pueden «pegarse» a causa de la percepción de lo que es justo. Kahneman y sus colegas observaron que los encuestados se indignaban por igual ante una situación en que una ferretería aumentaba de treinta a cuarenta dólares el precio de una pala quitanieves la noche después de una gran nevada.

Pasando del terreno de la hipótesis al de la realidad, piense en la sempiterna escasez del último aparato de moda. Tiempo atrás eran las consolas Nintendo. A mediados de la primera década de nuestro siglo fue el Xbox 360 de Microsoft. Hace poco han sido las últimas versiones del iPad y el iPhone de Apple. La disponibilidad de estos nuevos productos siempre será limitada, por la dificultad de incrementar la oferta de un aparato tan inmensamente popular como complejo. Cuando llega a las tiendas la primera remesa, la gente hace cola alrededor de toda la manzana. Es un enigma: teniendo en cuenta lo elevado de la demanda, y lo limitado de la oferta, ¿cómo es que las empresas no suben los precios? Pongamos que Apple solo sea capaz de producir un millón de iTrastos a tiempo para la campaña de Navidad: a cuatrocientos dólares por aparato, tendría a cinco millones de consumidores locos por comprarlos. ¿No sería lógico que Apple pusiera un precio —digamos que de seiscientos dólares— que solo estuvieran dispuestas a pagar un millón de personas? Entonces podrían bajar el precio a cuatrocientos después de Navidad, cuando llegasen de China nuevas remesas de iTrastos.

 

A la luz de las investigaciones de Daniel Kahneman, el argumento contrario a este plan es obvio: una subida brusca y temporal del precio indignaría a los consumidores potenciales como no es capaz de hacerlo ninguna cola, por muy larga que sea. Del mismo modo, la bajada de precios posterior, y previsible, indignaría a los que hubieran pagado el primer precio. Y no es una simple teoría: de hecho, una vez Apple intentó algo parecido. En 2007, al lanzar el primer iPhone, después de dos meses y medio redujo el precio de seiscientos dólares a cuatrocientos. ¿Qué pasó? Que los adeptos iniciales se enfadaron, aunque lo más probable es que lo elevado del precio redujera las colas y la falta de stock, disuadiendo a los otros compradores. En términos de relaciones públicas, fue tal la pesadilla para Apple que Steve Jobs se apresuró a distribuir vales de cien dólares como compensación a los que habían pagado el precio más alto.

O sea, que quiere usted decirme que nadie aceptó el riesgo de convertirse en un paria social siendo el primer miembro de la cooperativa que dijese: «Exijo seis horas de canguro a cambio de vales por tres horas».

Ni más ni menos. Y solo es la primera de las cuatro razones por las que los precios de las economías reales pueden ser pegajosos. La segunda es lo que los economistas llaman «costos de menú». Mi ejemplo favorito es el precio de la Coca-Cola. En 1886, la primera botella de Coca-Cola costaba cinco centavos, aproximadamente un dólar actual. Desde entonces ha subido, no hace falta decirlo, pero lo sorprendente es que el precio de una Coca-Cola de 190 ml tardó más de setenta años en iniciar el proceso de cambio. Sí, ha leído usted bien: durante siete décadas el precio de una botella de Coca-Cola no se movió de los cinco céntimos. En cambio el del café se multiplicó por ocho en el mismo período.

Es lo que los economistas llamamos «rigidez del precio nominal». A mí no me retocan el sueldo cada mes para que refleje las últimas tasas de inflación, ni a usted tampoco. Los restaurantes no reimprimen sus cartas (¿se da cuenta del origen de la expresión «costos de menú»?) porque el precio de los ingredientes haya variado un céntimo, ni los mayoristas reimprimen sus catálogos.

Es cierto que la rigidez del precio nominal de la Coca-Cola fue extrema: setenta años son muchos para mantener el mismo precio nominal, y en el transcurso de esos setenta años los costes de la Coca-Cola fluctuaron enormemente. La compañía tenía un motivo excelente para su apego a los cinco centavos: la Coca-Cola se vendía en máquinas dispensadoras que solo aceptaban aquella moneda. Para aumentar el precio a seis centavos habría sido necesario modificar todas las máquinas del país para que además de monedas de cinco aceptasen las de uno, proceso que habría sido costosísimo. La única alternativa, por lo tanto, era subir el precio a diez centavos, e incluso a los consumidores más sedientos habría sido difícil venderles un aumento del 100 por ciento. La compañía se desesperaba. En 1953, el jefe de la Coca-Cola le escribió a su amigo el presidente Eisenhower para proponerle, con toda seriedad, una moneda de siete centavos y medio.

Es un ejemplo muy radical.

Sí, claro, pero la verdad es que el tema no se agota con lo de las máquinas dispensadoras. La Coca-Cola también hacía un gran hincapié publicitario en que un vaso valía cinco centavos. Algunos anuncios se limitaban a grabarse en la memoria, pero hubo otros de una permanencia increíble: te los encontrabas en las bandejas para vasos, y hasta en grandes murales en las paredes de los edificios. La compañía también distribuía vasos gratis de Coca-Cola para asegurarse de que los puestos de venta no fueran cicateros en las dosis. Y todo ello, entre otras cosas, porque Coca-Cola había firmado contratos a largo plazo con precios fijos. No es que todas las empresas tengan que vender sus productos en máquinas dispensadoras que funcionan con monedas de cinco centavos, pero sí hay muchas que tienen que lidiar con contratos a precio fijo y precios que perduran a través de la publicidad.

Aun así, no deja de ser cierto que la mayoría de las empresas no esperan tanto para cambiar los precios. Los investigadores han tendido a concluir que muchos precios cambian más o menos cada año, si no más. Uno de los investigadores que ha documentado la historia de Coca-Cola, Daniel Levy, también ha calculado que a mediados de los años noventa costaba cincuenta y dos centavos cambiar el precio de un solo tipo de producto en un supermercado. Podrá parecer insignificante, pero al haber varios cientos de miles de productos en las estanterías los cambios de precio sumaban más de cien mil dólares por tienda, y aproximadamente representaba un tercio de los beneficios. En otro estudio de Levy y sus colegas, esta vez sobre un gran fabricante de maquinaria industrial, lo realmente costoso de modificar los precios era el tiempo de gestión e investigación, la comunicación de los cambios a los vendedores y la renegociación con los clientes. El coste total de variar los precios superaba el 20 por ciento de los beneficios. No son costes que puedan impedir que los precios cambien durante setenta años, pero sí pueden frenar el proceso lo bastante para marcar la diferencia.

Sigue sonando más a simple fricción que a algo sustancial. ¿Me está diciendo en serio que tiene un impacto económico real?

Podría limitarme a señalar que la fricción es importante. Pruebe usted a caminar en un entorno sin fricción, por ejemplo, y luego me dice cómo le ha ido: en medio segundo se habrá dado de bruces con el suelo. En ese sentido, la pegajosidad de los precios se asemeja mucho a la fricción. Parece poca cosa, y en muchos casos la dejamos completamente fuera de nuestros modelos para no complicarlos, de la misma manera que a veces un físico ignora la fricción si le complica innecesariamente una ecuación, pero en última instancia es importante, y sin ella el mundo tendría un aspecto muy distinto.

Voy a darle un ejemplo simplificado para que vea que una pequeña cantidad de pegajosidad de los precios puede tener grandes efectos. Imagínese un mundo en el que dos empresas venden exactamente el mismo producto, y en el que los clientes se dan cuenta de cualquier cambio de precio. Supongamos que haya que redondear en un centavo el precio del producto. Para ser exactos, imaginémonos que nos estamos refiriendo al petróleo, y que las empresas son Exxon y Shell. La que se lleve todas las ventas será la que tenga el precio más bajo. Imaginemos ahora que Shell y Exxon solo pueden cambiar los precios después de la reunión mensual del consejo. Shell celebra la suya el primer día de cada mes y Exxon el 15 de cada mes. Los precios son extremadamente pegajosos, pero solo a corto plazo.

Durante mucho tiempo el coste de suministrar petróleo es de noventa y nueve peniques por litro. Tanto Exxon como Shell lo venden a una libra el litro. Si alguno de los dos recorta otro penique el precio, se quedará sin margen, y por lo tanto sin beneficios. Si alguno de los dos sube el precio, perderá a toda su clientela y volverá a quedarse sin beneficios. A través de un proceso de eliminación, el precio de equilibrio es una libra, ambas empresas obtienen beneficios muy pequeños y dividen (supongamos) el mercado en dos.

Un día —pongamos que el 22 de febrero— el coste subyacente del petróleo baja de golpe a cuarenta y nueve peniques el litro.

¿Qué pasa, que han encontrado petróleo en Hyde Park?

Qué sé yo. Durante algunos días las dos compañías se forran, porque no pueden bajar los precios. Ganan cincuenta y un peniques por litro —¡cincuenta y una veces más beneficios que antes!—, pero claro, el 1 de marzo Shell podrá cambiar sus precios. ¿Qué pasa?

Si Shell estuviera en connivencia con Exxon no tocaría los precios, pero supongamos que no lo está y que solo quiere competir y ganar todo el dinero posible sin ninguna consideración para los beneficios de Exxon. En tal caso, el movimiento lógico de Shell es rebajar los precios un solo penique, hasta los noventa y nueve. Entonces todos los clientes de Exxon comprarán gasolina de Shell, y Shell venderá el doble de gasolina con un beneficio de cincuenta peniques por litro en vez de cincuenta y uno, duplicando casi unos beneficios ya de por sí estratosféricos. No está mal. El 15 de marzo Exxon tiene la oportunidad de responder. Supondremos de nuevo que Exxon no aspira a ninguna connivencia, sino que su único deseo es competir con agresividad para ganar dinero. Siguiendo el mismo razonamiento, Exxon baja los precios a noventa y ocho peniques. Recupera a todos sus clientes y se queda también con los de Shell. El 1 de abril Shell baja los precios a noventa y siete peniques por litro. El proceso continúa. ¿Cuánto tardarán los precios en bajar hasta su nivel de equilibrio, justo por encima del coste? Más de dos años, a pesar de que cada compañía haya podido ajustar muchas veces los precios.

Este modelo parte de algunas premisas radicales, claro, pero capta la esencia de cómo una pequeña dosis de pegajosidad en los precios puede dar pie a un ajuste muy lento de estos últimos. La clave es que ambas compañías solo piensan en su propio beneficio al establecer los precios, no en el efecto que produce en otras compañías. Es un efecto que puede ir mucho más allá de un sector concreto: si Shell baja precios, a todos los motoristas les quedará más dinero en el bolsillo, y por lo tanto aumentará el potencial de venta al motorista en cuestión para cualquier otra empresa de la misma economía. Como a Shell todo eso le da igual, baja los precios más despacio de lo que les gustaría a las demás empresas. A cualquier compañía le influye mucho lo que cobran otras, sean proveedores o competidores.

Esa es la tercera causa de los precios pegajosos: los problemas de coordinación. Significa que aun cuando los obstáculos que se plantean para el cambio de los precios sean bastante pequeños, al final éstos últimos cambian con una sorprendente lentitud.

Todavía existe otra causa, la cuarta, de los precios pegajosos. Si me lo permite, explicaré una anécdota verídica a modo de ilustración. Un día un profesor recibió la notificación de que le recortaban el sueldo. Colérico, irrumpió en el despacho del jefe del departamento y le amenazó con irse. Pocos años después el mismo hombre fue objeto de otro recorte salarial. Esa vez no hubo rabietas, sino todo lo contrario: quedó muy satisfecho.

¿Y a qué vino el cambio de actitud?

A que el recorte no parecía un recorte, sino un aumento de sueldo. Concretamente, aumentaron el salario del profesor en un 3 por ciento, en un momento en que la inflación era del 6 por ciento. Aun así, por alguna razón, lo que constituía una bajada real del 3 por ciento ni siquiera parecía un recorte. Lo puede calcular usted mismo. También podía calcularlo el profesor, que por algo enseñaba economía, pero eso no quita que sufriese lo que llaman los economistas «ilusión del dinero»: aunque entendamos que hay que tomar en cuenta la inflación, no siempre hacemos el esfuerzo mental que el ajuste requiere. Muchas veces, además, las cifras ajustadas a la inflación carecen de la fuerza emocional necesaria para cambiar nuestra conducta. Las que nos llaman la atención, sin que podamos evitarlo, son las brutas y previas a cualquier ajuste, lo que llamamos «salarios nominales» y «precios nominales».

Los estudios psicológicos demuestran que los salarios nominales influyen en nuestra manera de pensar aunque por lógica lo único que debería contar sean los salarios reales. Un salario nominal es una simple cifra. Un salario real son los bienes y servicios que se pueden adquirir con un salario nominal. La ilusión del dinero explica que en términos reales los recortes de sueldo sean bastante frecuentes, mientras que en términos nominales constituyen la excepción: en Estados Unidos menos del 0,5 por ciento de las negociaciones salariales acaban en recortes del sueldo nominal.

Por cierto, conserve en la memoria el concepto «ilusión del dinero», porque nos servirá en el capítulo 4.

Si usted lo dice... Pero ¿esto no iba a ser un capítulo estimulante? De momento lo único que hace es cargarme de razones por las que mi economía no va como una seda.

Justamente por eso es tan estimulante el ejemplo de la cooperativa de canguros.

Recapitulemos. Las cuatro causas de los precios pegajosos que he descrito podrían producirse en una economía con libertad absoluta de mercado. En el mundo real, todas las economías que funcionan cuentan con una presencia importante del gobierno que crea aún más posibilidades de que se peguen los precios: regulación, salarios mínimos, el fútbol político de la retribución de los funcionarios... Los precios pegajosos existen, y no hay más que decir. A causa de ello su economía puede quedarse en la cuneta. Imagínese que por algún motivo su economía se está contrayendo. Si los salarios y los precios se ajustan a la baja con rapidez, el sufrimiento que provoque esta caída del PIB se contendrá. Si las empresas, por el contrario, vacilan en bajar los precios por problemas de coordinación y costos de menú, sus productos tendrán precios excesivos, y caerán las ventas. Entonces tendrán que reducir costes, pero a los trabajadores les indignará que les recorten el salario nominal, así que al final lo que habrá serán despidos. El paro será más alto de lo que debería ser, por lo que la demanda de bienes y servicios también decrecerá; las empresas tendrán que reducir aún más los costes, y así sucesivamente. Los precios pegajosos siempre dan problemas. De hecho, las consecuencias pueden ser tan graves como la Gran Depresión.

La cooperativa de canguros, sin embargo, indica una salida. Como hemos visto, en la recesión de los canguros hubo una sola razón, muy simple y tonta, que impidió el intercambio de noches entre los que querían hacer de canguros y los que querían salir: que no circulaban bastantes vales para que todos pudieran acumular las horas que deseaban tener en reserva, y que el precio del servicio de canguro era pegajoso. Aunque la cooperativa no lo hiciera bien, la solución existía: imprimir más dinero.

¡Ya lo pillo! ¿O sea, que al final me está diciendo que si quiero resolver los problemas económicos solo tengo que poner en marcha la máquina de hacer dinero?

A veces sí. No siempre es lo idóneo, como veremos hacia el final del siguiente capítulo, pero antes de entrar en el tema de la creación de dinero creo que deberíamos retroceder un poco y formarnos una idea de lo que es el dinero en sí, cuestión bastante más peliaguda de lo que se pueda imaginar.

 


martes, 8 de diciembre de 2020

La economía: manual de instrucciones - TIM HARFORD

 



TIM HARFORD

El economista camuflado ataca de nuevo

Traducción de Liliana Mabel Resnik

La economía: manual de instrucciones

 

 

La microeconomía trata de cosas en las que se equivocan de forma concreta los economistas, mientras que la macroeconomía trata de cosas en las que se equivocan los economistas de forma general.

P. J. O’ROURKE, Eat the Rich

 


¿Cómo? ¿Que ahora soy yo el que está a cargo de la economía?

Tranquilo. Ya sé que es una responsabilidad muy grande, un compromiso de por vida, no solo para contadas ocasiones, pero es usted una persona diligente y con ganas de aprender.


¿Ah, sí?

Seguro que sí. De lo contrario no habría comprado este libro. Lo hará muy bien.


Pero ¡si yo nunca he estudiado economía!

Bueno, no es el único. Entre los que mueven los hilos de la economía mundial no hay muchos que la hayan estudiado. Hay excepciones, como David Cameron, el primer ministro británico, o Ben Bernanke, el presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos, que no solo es economista sino que ha sido profesor de la materia en Princeton, pero la mayoría de los peces gordos del ámbito económico no parecen preocupados por su falta de titulación. El ministro británico de Economía, George Osborne, es licenciado en historia, como lo era el presidente George W. Bush. Los presidentes Obama, Hollande y Rajoy tienen todos estudios de derecho, y Angela Merkel, la canciller alemana, fue química.


No me extraña que la economía mundial esté patas arriba. Yo nunca le pediría a un economista que desarrollase un nuevo producto químico industrial, ni que me defendiera en un juicio. ¿Por qué va a estar la economía en manos de abogados o de químicos?

Es usted muy benévolo con los economistas. Pretendo convencerle, entre otras muchas cosas, de que las ciencias económicas pueden ser útiles, pero no bastan ni mucho menos para llevar las riendas de una economía.

 

No es tarea fácil, pero reconozca que no suena aburrida.


Ya. Bueno, ¿por dónde empiezo?

Acabo de sentarle al volante, así que empecemos por un vistazo al cuadro de instrumentos. ¿Cómo va de deprisa, o de despacio, su economía? ¿Acelera o frena?

Por suerte en su gobierno dispondrá de una cohorte de estadísticos que le facilitarán este tipo de datos. No siempre ha sido así. Si me permite una pincelada de contexto histórico, le diré que los gobiernos intentan recoger datos económicos desde hace muchos siglos, pero que hasta hace poco tiempo lo que los impulsaba era la codicia: querían saber lo rica que era la gente para calcular cuántos impuestos le harían pagar. De ahí surgieron ejercicios históricos de acopio de datos como el famoso censo de César Augusto (el «censo de Quirino»), que parece que fue el que hizo ir a Belén a María y José por motivos fiscales. Con el Domesday Book de 1086, Guillermo el Conquistador tuvo un catálogo de sus nuevos súbditos, junto con sus posesiones y valor impositivo. En la década de 1660 William Petty fue el primero en calcular la renta nacional de un país (en su caso Reino Unido) diferenciándola de su riqueza o sus reservas de oro y plata. Por lo general se considera que la cifra de Petty, cuarenta millones de libras anuales, surgió de la primera «contabilidad de los ingresos nacionales» propiamente dicha. Intelectualmente fue admirable; lo que ya no lo es tanto es que Petty aprendiera su oficio inspeccionando Irlanda para que Oliver Cromwell pudiera confiscar tierras del país y asignárselas a sus soldados.

 

Solo en los años treinta, con la Gran Depresión (y el riesgo bélico en el horizonte), los gobiernos se tomaron en serio medir la economía no con vistas a quedarse un trozo del pastel sino a solucionar los problemas de la maquinaria económica. (No insinúo que los políticos ya no quieran un trozo del pastel; lo único que digo es que la transparencia y la democracia han puesto coto a esos deseos tan poco loables.) La Depresión planteó nuevos problemas a los gobiernos, en parte por su gravedad y en parte porque los propios gobiernos tenían que rendir más cuentas democráticas que en el pasado. El presidente Franklin D. Roosevelt, por ejemplo, fue elegido con la expectativa de que hiciera algo para acabar con la crisis, pero ¿qué? No estaban claros los motivos de su gravedad, ni era fácil averiguar en detalle el funcionamiento de la economía. El gobierno, por ejemplo, podía tratar de aliviar el sufrimiento provocado por el desempleo mediante la implementación de prestaciones sociales, o atacar el problema de manera directa con grandes proyectos de obras públicas ideados para crear muchos puestos de trabajo, pero ¿qué dimensiones tenía el problema del paro? ¿Cuál era el número real de parados? Sencillamente, no se disponía de buenas estadísticas, así que la administración de Roosevelt empezó a recoger datos.

 

Entre los economistas que inauguraron la época moderna de la compilación de datos económicos destaca Simon Kuznets, futuro premio Nobel de Economía. Kuznets creó un sistema de «contabilidad de los ingresos nacionales», un marco dotado de coherencia racional en el que sumar todos los ingresos de la economía (o toda la producción, que de hecho arroja el mismo resultado). La contabilidad de los ingresos nacionales gira en torno a un número llamado Producto Interior Bruto, o PIB. Esta cantidad mide el valor total de todo lo que se produce dentro de una economía. El PIB del mundo, por ejemplo, ronda actualmente los setenta billones de dólares. Todos los smartphones, tablets, barriles de petróleo, kilovatios-hora de energía eólica, cortes de pelo, depilaciones brasileñas, sacos de arroz, raciones de alas de pollo frito y demás frutos de la producción mundial poseen un valor colectivo de unos setenta billones de dólares al año. Son aproximadamente diez millones de dólares por persona, aunque su distribución es muy irregular.

 

Un momento. Eso solo es dinero. Una depilación brasileña puede tener el mismo valor monetario que lo que le cuesta comer durante una semana a una familia pobre.

Tiene toda la razón. De hecho, si la depilación brasileña llega a ciertos niveles de lujo, y la familia a ciertos niveles de pobreza, podríamos estar hablando de comida para todo un mes. Con «valor» y «costar» no me refiero al valor estético o práctico, ni a la satisfacción que puedan reportar esos productos y servicios. El Producto Interior Bruto no pretende incorporar estos conceptos tan imprecisos, ya que la gente sensata puede enfocarlos subjetivamente de maneras distintas. Lo que sí podemos medir objetivamente es cuánto dinero se ha mostrado dispuesto a pagar alguien a cambio de algo. Si un ejemplar de la Biblia se vende al mismo precio que Cincuenta sombras de Grey, o que el libro que tiene usted en sus manos, los tres serán iguales por lo que respecta al PIB.


¿Y no es un hándicap, en cierto modo? Ya que va a ponerme al frente de la economía, le advierto que me interesa más lo que comen los pobres que las depilaciones brasileñas, oiga.

Lo cual le honra. En cuanto a si es un hándicap... Puede serlo, en efecto, aunque por otro lado también es una ventaja. Si lo que busca, como Simon Kuznets, es una sola cantidad para medir el tamaño de la economía, resulta práctico poder medirlo todo con la misma escala. Mirémoslo de esta manera: se parece un poco a la masa. Probablemente su cerebro pese menos de mil quinientos gramos, frente a los quinientos que acostumbra pesar un paquete de azúcar. El hecho de que usted dé más valor a su cerebro que a tres paquetes de azúcar no nos indica que la masa sea un concepto inútil.


Pero me dice que si mi mayor preocupación es el bienestar de los míos, debería interesarme por algo más que por el simple crecimiento del PIB.

Exacto. Hay una cita que me encanta por su concisión: «Es muy difícil deducir el bienestar de una nación de una medición de los ingresos nacionales tal como los define el PIB [...] el objetivo de un “mayor” crecimiento debería especificar de qué y para qué». El autor de tan lúcida aseveración no es otro que el mismísimo Simon Kuznets. Si ni el propio inventor del PIB pensó que midiese el bienestar, no debería pensarlo nadie.

 

Claro que puede usted querer medir de modo más directo el bienestar de su sociedad, lo cual es viable... pero no fácil. Existen muchas formas contrapuestas de hacerlo. Puede usted medir el «desarrollo humano», como el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo: una media ponderada de la renta per cápita, los años de educación y la esperanza de vida. También puede medir los índices de pobreza o desigualdad, o intentar medir el «bienestar subjetivo» de los habitantes de su país, es decir, su felicidad.

 

De momento mi argumento es más sencillo. ¿Le preocupa a usted el deterioro del medio ambiente? Estupendo. ¿Se ha fijado alguna vez en que los países ricos suelen —no siempre, pero sí en general— superar en calidad medioambiental a los de ingresos medios? Quiere que sus compatriotas reciban una educación de calidad. Enhorabuena. ¿Qué países están mejor situados para permitirse un buen sistema educativo, los ricos o los pobres? Aborrece usted que se pase hambre a causa de la pobreza. ¿Tendemos a verla más o menos en los países ricos que en los pobres? Podría continuar, pero ya me ha entendido. A usted le importan otras cosas aparte del crecimiento económico, pero a menos que sea un revolucionario contumaz probablemente concluya que un crecimiento económico fuerte le brindará el respiro necesario para pensar en esas otras cosas.

 

Ya que hemos entrado en el tema de los países ricos y los pobres, estableceremos una importante distinción entre el PIB y el PIB per cápita. Si solo nos fijamos en el PIB —es decir, en las dimensiones totales de una economía—, observaremos que el mayor del mundo es con diferencia el de Estados Unidos: su PIB aproximado de quince billones de dólares supera la suma de los de sus dos principales rivales, China (más de siete billones) y Japón (unos seis billones). Todas las economías de la Unión Europea, con Alemania a la cabeza, suman otros diecisiete o dieciocho billones de dólares. Si a ello le añadimos las demás economías que llegan al billón de dólares —Brasil, Rusia, Canadá, India, Australia, México y Corea del Sur— habremos abarcado casi toda la producción económica del mundo. Fijémonos, no obstante, en países como Qatar o Suiza. No destacan por su PIB, pero su PIB per cápita es enorme, considerablemente superior a los de Estados Unidos, Japón y Alemania, así como múltiplo de los de Brasil, India y China.

A propósito, «per cápita» quiere decir sencillamente «por persona».

 

¿Por qué no dicen los economistas «por persona»?

Yo creo que por temor. De todos modos, si quiere usted más pruebas de que cualquier persona que se preocupe por el prójimo también debería preocuparse por el PIB, fíjese en lo que le pasa a la gente durante una recesión. (Por cierto, entendemos por recesión lo que ocurre cuando el PIB se reduce durante unos cuantos meses; la depresión se da cuando después de esa caída el PIB sigue bajando o se estanca durante años.) Millones de personas pierden su empleo o siguen trabajando en algo que odian porque no se atreven a dejarlo. El desempleo perjudica mucho más a la gente de lo que cabría suponer por el mero descenso de los ingresos. La «economía de la felicidad», un nuevo campo de estudios en pleno desarrollo, demuestra que estar en el paro es una de las situaciones más deprimentes que se pueden vivir.


Dudo que me haga falta saber que existe la «economía de la felicidad» para afirmar que el paro es un asco.

De acuerdo, pero no deja de ser importante ser consciente de su gravedad, y entender que no es una mera cuestión de ingresos; como también es importante conocer lo grave que es el desempleo frente a otros males económicos como la inflación. Lo es, y mucho.

El economista Arthur Okun obtuvo un «índice de miseria» sumando la tasa de desempleo a la de inflación; si ambas eran del 5 por ciento, por decir algo, el índice de miseria era de 10. Fue, con todo, un simple experimento teórico: las últimas investigaciones han mostrado que un punto porcentual de más en la tasa de paro es cuatro veces más desastroso que un punto porcentual de más en la tasa de inflación.¹

 

Se habrá dado cuenta de que todos estos números, que tan abstractos suenan, tienen repercusiones inmediatas y prácticas en la incidencia de los problemas económicos en nuestra calidad de vida, aunque también podemos hacer experimentos bastante realistas para formarnos una idea más clara de la situación. En el verano de 2012, por ejemplo, un joven doctorando libanés de la Northeastern University de Boston, Rand Ghayad, usó un programa informático con el que generó cuatro mil ochocientos currículos y los envió para tratar de conseguir seiscientas vacantes anunciadas en diversos sectores de todo el país.


Ya sé que el mercado laboral está difícil, pero tampoco hay que exagerar.

 

Muy gracioso. La verdad es que Ghayad solo acabó cursando el doctorado porque se licenció en plena recesión y, oh sorpresa, no encontró trabajo, pero en fin... La intención de su envío masivo era averiguar qué tipo de candidatos les interesaba entrevistar a las empresas. Los cuatro mil ochocientos currículos falsos fueron creados con sumo cuidado para coincidir en la mayoría de los elementos, pero con variantes en tres aspectos: en si el candidato tenía experiencia en el sector, en si había cambiado muchas veces de trabajo y en si había estado más de seis meses en el paro.

Nadie se sorprenderá de que los candidatos con experiencia reciente en el sector al que aspiraban tuvieran ventaja, ni de que fuera perjudicial haber cambiado muchas veces de trabajo. Lo llamativo es el efecto que tenía el desempleo prolongado. Los candidatos con experiencia en otros sectores y un máximo de catorce semanas en paro tenían más del triple de posibilidades de que los llamasen que los candidatos con experiencia en el sector de la vacante pero con seis meses o más en el paro. Parece, pues, que es más interesante descartar al desempleado de largo recorrido que valorar la experiencia en el sector, un dato de lo más deprimente, porque a nadie se le escapa que una recesión y un par de oportunidades fallidas pueden apartar rápidamente del mercado laboral, a veces para siempre, a individuos de lo más capacitados. Las recesiones son muy perjudiciales de por sí, pero también pueden dejar cicatrices duraderas.

 

Otro dato nos lo da el economista Till Marco von Wachter, de la Universidad de California Los Ángeles. Von Wachter ha estudiado a varios grupos que intentan encontrar empleo en mercados laborales difíciles, como las víctimas de un expediente de regulación de empleo, o los jóvenes, universitarios o no, recién titulados, y ha observado que si tienen que buscar trabajo en una recesión, no cuando la economía está en auge, tienden a sufrir un deterioro perdurable en sus ingresos. Uno de los motivos, que no extrañará a nadie, es que la gente acepta trabajos que no se corresponden con los campos donde desea realmente entrar. Acumulan conocimientos, experiencia y contactos en el sector equivocado. Una década después del final de las recesiones que estudió, Von Wachter seguía viendo diferencias entre quienes tuvieron que buscar trabajo en plena crisis y quienes lo buscaron durante un boom.

 

Las recesiones también tienen costes intangibles. Benjamin Friedman, economista de la Universidad de Harvard, sostiene que el empeoramiento de la economía tiene consecuencias morales: cuando las personas se sienten inseguras y descontentas se produce un brusco descenso de los donativos a organizaciones benéficas, junto con un aumento del nepotismo, el racismo y otras formas de intolerancia y cerrazón, y el consiguiente auge de las fuerzas antidemocráticas.

 

Lógicamente, el ejemplo que acapara la atención es que a la crisis de 1929 la siguieran Hitler y la Segunda Guerra Mundial, pero Friedman está convencido de que en otras depresiones no tan pronunciadas se activan los mismos mecanismos.

 

Son observaciones importantes, que deberían preocuparnos, pero con la preocupación no basta; también tenemos que averiguar cómo funciona la economía, por qué falla y cómo se puede arreglar.


O sea, que tengo que intentar frenar las recesiones. Pues entonces dígame una cosa: ¿por qué se producen?

Ojalá hubiera una respuesta sencilla. Es cierto que a veces existe una causa fácil de reconocer, como que una economía se contraiga por los efectos traumáticos de una guerra, una revolución o algo menos dramático pero de no menor incidencia como una caída repentina del precio de las principales exportaciones del país. Ahondaremos en esos fenómenos en el capítulo 6. Otras veces, sin embargo, una economía enferma y guarda cama sin motivo aparente. Para frustración de los economistas, es algo muy común.

Fijémonos por ejemplo en la historia económica reciente de Japón. A principios de los años setenta la economía japonesa creció más del 20 por ciento en solo tres años, descontando los efectos de la inflación. Por si no parece mucho, pensemos en qué implica: es el equivalente de conseguir de forma milagrosa una jornada más de producción en una semana de cinco días. En 1974, por el contrario, la economía no solo no sumó su cuarto año de crecimiento rápido, sino que se contrajo. A pesar de ello, durante las décadas de 1970 y 1980 la economía del país creció a una media anual del 4 por ciento, pero en las últimas dos décadas solo ha crecido un 1 por ciento anual. Con el paso de las décadas, las cosas van sumando: si hubiera seguido creciendo 4 por ciento al año Japón sería casi el doble de productivo y rico de lo que es hoy en día. Impresionar impresiona.

 

Está claro que los economistas no lo entienden todo sobre cómo impedir que el crecimiento de una economía se reduzca o se invierta; de lo contrario no sucedería nunca, ni estaría usted leyendo este libro. Sin embargo, algunas cosas sí hemos aprendido sobre cómo entender, evitar y paliar las recesiones. A eso quiero dedicar los dos primeros tercios de este libro, a hablar de cómo se hace frente a esos problemas.

 

¡Dos tercios de un libro! Caramba... ¿Seguro que no se le pasa por alto alguna solución mucho más fácil?

En el mundo hay mucha gente que le dirá que sí. ¡Vincule su divisa al oro! ¡Tenga siempre un presupuesto equilibrado! ¡Proteja la industria nacional! ¡Elimine la burocracia! Todo ese tipo de cosas. Las puede usted ignorar tranquilamente. Si he de ser franco, cuando alguien, sea quien sea, insiste en que gestionar una economía actual es una simple cuestión de sentido común significa que no entiende gran cosa sobre la gestión de las economías actuales.

Fijémonos por ejemplo en la atractiva sencillez de un par de ideas que es posible que haya oído, y que se corresponden con los dos extremos del espectro político. Imagínese en primer lugar que un asesor de izquierdas le susurra al oído que contrate a cien mil trabajadores temporales para obras públicas como la excavación de zanjas de drenaje. Según él, haría crecer el empleo y sería un estímulo para la economía. Qué sensato parece... ¿Hay algo más obvio que la idea de que contratar a mucha gente y ponerla a trabajar hace crecer la economía?


Sí, la verdad es que parece bastante sensato.

Pero vayamos paso a paso. ¿De dónde procederán esos trabajadores? Si uno quiere contratar a cien mil personas, no puede tener la certeza de hallar a cien mil individuos que andaban por ahí sin hacer nada. Se puede uno encontrar con que entra en competencia con el sector privado, o con que hay gente que deja su trabajo porque le gusta más lo que uno le ofrece. Lo más probable es que suban los salarios, lo cual está muy bien cuando se tiene empleo, pero también es posible que las empresas del sector privado sustituyan a sus teleoperadores por ordenadores, a sus barrenderos por máquinas de barrer y a los cajeros del súper por máquinas de autopago. Otra posibilidad es que las empresas del sector privado simplemente se contraigan o crezcan más despacio de como lo habrían hecho si usted no fuera por ahí ofreciendo chollos laborales.

Otra pregunta: ¿de dónde saldrá el dinero necesario para contratar a cien mil personas? Quizá usted prevea subir los impuestos, pero entonces los contribuyentes tendrán menos dinero que gastar en el bolsillo. También podría recurrir a un préstamo, que quizá hiciera subir los tipos de interés e incitase a la gente a ahorrar en vez de gastarse el dinero. ¿Sigue tan convencido como antes de que es un plan sensato?

No me malinterprete. Es posible que el plan de su asesor funcione. No cabe duda de que en determinadas situaciones económicas lo lógico es que surta efecto, pero también hay situaciones en las que resultaría mucho más perjudicial que beneficioso. Antes de apelar al sentido común tenemos que familiarizarnos más con el funcionamiento de la economía.

Por si piensa usted que el único «sentido común» contraproducente es el de izquierdas, también podemos echar un vistazo al tipo de plan que propondría un asesor pro mercado y de derechas: bajar los impuestos para estimular la economía. Nuevamente, parece razonable. Si uno baja los impuestos deja más dinero que gastar en el bolsillo de la gente, y a la vez la incita a trabajar con más ahínco porque el fruto de su esfuerzo es mayor. También en este caso, sin embargo, pasan muchas cosas entre bambalinas. Si se bajan los impuestos se tendrá que recurrir más al préstamo para sufragar el gasto público. ¿Y de dónde procederá el dinero prestado? De algún sitio hay que sacarlo. Tal vez provenga del bolsillo de las mismas personas que de lo contrario habrían pagado los impuestos. Y quizá esa gente gaste menos en previsión de que tarde o temprano aumentarán necesariamente los impuestos para tapar el agujero de las finanzas públicas.

Tampoco en este caso se puede descartar que el plan del asesor funcione. Lo que quiero decir es que mientras tratamos de averiguar si lo hace o no, las cosas darán muchas vueltas. Una postura económica sencilla, de sentido común, es atractiva pero peligrosa, porque en macroeconomía siempre que señalas algún cambio evidente que ocurre ante tus ojos en muchas ocasiones está cambiando algo a tus espaldas, y entre los dos fenómenos existen lazos y poleas invisibles.

La formulación definitiva de esta tendencia corrió a cargo de un economista, ensayista y parlamentario francés, Frédéric Bastiat, quien en 1850 publicó un opúsculo muy interesante, titulado simplemente Lo que se ve y lo que no se ve. La macroeconomía trata de lo que no se ve.

«En el ámbito económico, un acto, un hábito, una institución, una ley no producen un solo efecto, sino toda una serie de ellos. El único inmediato es el primero, que aparece simultáneamente con su causa, y que se ve. Los demás efectos solo surgen más tarde, y no se ven. Suerte tenemos si podemos preverlos»: así empezaba el texto de Bastiat.

Acto seguido describía lo que es sin duda uno de los experimentos teóricos más célebres de los estudios económicos: si romper accidentalmente una ventana podía estimular la economía, como parece pensar mucha gente. Es verdad que las ventanas rotas aumentan la demanda de cristaleros. Si un niño rompe una ventana, escribió Bastiat, «el cristalero vendrá, hará su trabajo, recibirá seis francos, se frotará las manos y bendecirá de todo corazón al niño descuidado. Eso es lo que se ve».

 

A quien no se ve es al zapatero que podría haber recibido los seis francos a cambio de un nuevo par de zapatos, pero que no los recibe porque el dinero ha sido gastado en cambiar la ventana. Es fácil olvidar al zapatero, o al tendero, o al casero, o a cualquier otra persona que pudiera haber recibido el dinero, entre otras cosas porque ni nosotros ni ellos llegaremos a saber que los hemos perdido. Es posible que no lo sepan ni los propios padres del niño, que difícilmente tendrían pensado un uso alternativo concreto de los seis francos. Es más probable que a final de mes su frasco de las monedas esté más vacío y que por ello gasten menos.

Tampoco en este caso —y perdón por la insistencia— puede descartarse que la rotura de una ventana estimule alguna vez la economía. Puede hacerlo, pero las cadenas causales implicadas serán mucho más largas y sinuosas que la ingenua consideración de que el cristalero se meta seis francos más en el bolsillo.


Claro, claro, ya lo entiendo. Muy interesante. Oiga, que... que le agradezco mucho que me haya puesto a gestionar una economía, pero... esto... ¿no le apetece a nadie más?

No se escapará tan fácilmente. La macroeconomía es una disciplina que puede dar muchos quebraderos de cabeza si no nos andamos con cuidado, pero sus grandes figuras, como Phillips y Keynes, eran hombres de acción: lo que les movía a querer entender la economía era el deseo de cambiarla, de redirigirla para que funcionase mejor. No podemos quedarnos en un rincón, chupándonos el dedo y meciéndonos mientras reflexionamos sobre la abrumadora complejidad de la misión. Tampoco estaría bien que abordásemos el «problema con la batería» abriendo el capó y empezando a dar martillazos a diestro y siniestro. Lo que tenemos que hacer es un esfuerzo por entender cómo funcionan las economías, y por qué hay veces en que no lo hacen; y para eso hay que entenderlas como sistemas y tratar de hacer un seguimiento tanto de «lo que no se ve» como de «lo que se ve».

Ya veo que se siente intimidado. Permita que lo anime con una estimulante anécdota.


Las Bases del Liderazgo - Alfred F. Kelly, Jr.

 


Las Bases del Liderazgo

  56 Octubre  2019


El líder de VISA, una de las compañías de tecnología de pagos globales más reconocidas en el ámbito internacional, comparte sus conceptos clave para tener éxito en la vida.

 

Hace poco tuve el privilegio de hablar ante 685   candidatos al título de licenciado, junto con sus familiares y amistades en la 75va ceremonia de graduación del Iona College. Yo mismo   recibí de Iona mi título de licenciado en Ciencias de la Computación hace 39 años, y un MBA al año siguiente.

 

Fue fabuloso regresar a mi alma máter. Con cuatro hijos recientemente graduados de la universidad y uno próximo a iniciar su vida universitaria, mi objetivo era compartir con los recién graduados algunos consejos prácticos para una vida feliz y productiva.  Suelo dar un discurso al que llamo las 10 C del Liderazgo. Cada “C” es un concepto básico que me ha resultado útil a lo largo de mi propia carrera.  Estas son tres que compartí con la audiencia de Iona, y las cuales sigo aplicando en el rol que desempeño en Visa.  

 

MUCHA CURIOSIDAD

Con mis propias investigaciones al respecto, si bien no lo puedo respaldar, afirmo que las personas curiosas son más interesantes y les va mejor en la vida que aquellas que no lo son. En el nivel más elemental, mantente al tanto de las noticias de tu ciudad, tu país y el resto del mundo, y lee todo lo que puedas acerca de los temas que te interesan, de la compañía para la cual trabajas y de la competencia.  Pero la curiosidad es más que estar actualizado. Es buscar por todos lados, atar cabos, hacer más preguntas e intentar desenterrar conocimientos. Si vas a ser o aspiras a ser entrenador, maestro, artista, abogado o científico, o alguna otra cosa, hay mucho más que aprender, más por hacer, y más y mejores maneras de hacer las cosas.  La curiosidad es la clave de los descubrimientos, tanto grandes como pequeños. La curiosidad nos distingue de los demás y hace que nuestro trabajo sea más gratificante.  

 

LAS PERSONAS CURIOSAS   SON MÁS INTERESANTES   Y LES VA MEJOR EN LA   VIDA QUE AQUELLAS QUE   NO LO SON.  

Al Kelly / Presidente y Director Ejecutivo de Visa

 

ACTÚA CON CORAJE  

Hace poco me tiré en tirolesa por primera vez en la vida y le tengo mucho miedo a las alturas. Esa decisión no fue cuestión de coraje, fue estúpida, porque me sentí horrible y estaba muerto de miedo.  El coraje es hablar cuando hace falta, es buscar la verdad y dar un paso al frente cuando surgen los desafíos. A medida que la vida va pasando y avanzas en la carrera, el coraje se trata de tomar decisiones difíciles y liderar bien y con confianza sin manual de instrucciones.  El 11 de septiembre del 2001 y los días y semanas subsiguientes surgieron muchísimos héroes. Recientemente hemos visto el coraje de muchas personas en Venezuela ante la terrible situación que está viviendo su país. El coraje está a la vista todos los días de maneras menos notorias, está a la vista en equipos, en compañías, en universidades, en gobiernos, etc.  

 

Te invito a que tengas coraje, a que seas valiente.  A que hables cuando las cosas estén mal hechas, sean injustas o no tengan sentido. Toma postura. Defiende a otras personas que no pueden o no quieren defenderse.  

 

TODO COMUNICA  

 

Es realmente difícil ser exitoso en la vida sin enfocarse en las habilidades de comunicación. Empieza por lo más básico, mira a la gente a los ojos, da la mano con firmeza, llama a las personas por su nombre siempre que puedas; revisa la ortografía y la gramática en tus correos electrónicos; y no escribas correos electrónicos informales hasta que realmente conozcas a la persona.  Sé que, como me han dicho mis hijos, es más práctico escribir abreviaturas que la palabra completa, pero  resiste esa tentación en los inicios de tu carrera o durante la búsqueda de tu primer trabajo.  Pero por sobre todas las cosas, comprométete contigo mismo. Haz lo que te haga feliz. Procura que la forma que elijas de pasar el tiempo y con quién lo hagas te motive y te llene de energía. Eres el encargado de tu vida, y el director ejecutivo de tu carrera. Admítelo. Para marcar la diferencia en el mundo; para ser el mejor padre, madre, marido, esposa, pareja y amigo hay que empezar por ser feliz y sentirse motivado.  

 

En Visa siempre estamos en busca de personas únicas y talentosas para que formen parte de nuestro equipo global. Nuestro trabajo tiene una misión: ayudar a que las personas, empresas y economías prosperen. Si te has graduado recientemente y estás buscando tu primer trabajo o eres un profesional que siente curiosidad  por los innovadores proyectos que estamos emprendiendo y que tienen su impacto en miles de millones de  personas de todo el mundo, echa un vistazo a las oportunidades que tenemos para ti.  

 

Por: Al Kelly


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