domingo, 6 de agosto de 2023

Narcisistas versus discretos

 


Ambos arquetipos existen en las empresas, pero uno es mucho más útil y preferible.

 

The Economist Newspaper

 

El carismático trepador corporativo es causante habitual de resentimiento en la oficina. Acapara la atención en las reuniones de trabajo, es adepto a adjudicarse honores inmerecidos y es un profesional de la autopromoción —la investigación gerencial indica que los hombres son más propensos a esas conductas narcisistas—. Además, suele ser el favorito del jefe. Sin embargo, emerge a costa de otro arquetipo corporativo: el empleado competente y diligente, pero de perfil bajo.

Los estudios también han hallado que los ególatras seguros de sí mismos e inapropiados para las sutilezas de la administración poseen una ventaja por ser así. Las empresas ascienden desproporcionadamente a narcisistas. Quizás un 20% de CEO encaja en esa descripción, una proporción mucho más alta que en la población total. Los CEO egoístas pueden debilitar la moral y, la evidencia señala, generar mediocres resultados financieros.

Un argumento a favor del ejecutivo eficiente pero opaco fue planteado por Tomas Chamorro-premuzic, psicólogo en la University College de Londres, en un artículo del 2015 titulado “The best managers are boring managers” (“Los mejores gerentes son aburridos”). Ser competente y sobrio no es percibido como cualidad de liderazgo. Por eso, muchos CEO totémicos de hoy, desde banqueros a fundadores de firmas tecnológicas, tienen grandes egos, llamativas excentricidades y temperamentos volátiles. Se puede criticar a Elon Musk por muchas cosas, pero la sosería no es una de ellas.

No obstante, Chamorro-premuzic argumentó que las personas concienzudas pero calladas tienden a poseer ventajas poco notorias pero valiosas. Se puede confiar en ellas, pues son emocionalmente maduras, para tomar decisiones con calma y manejar equipos hábilmente. Merecen ser ascendidas en lugar de colegas jactanciosos con exagerada autoestima.

Un metanálisis seminal en la investigación sobre características de liderazgo, publicado el 2002 por Timothy Judge, entonces en la Universidad de Florida, y colegas, halló un vínculo entre la efectividad gerencial y rasgos de la personalidad como estabilidad emocional, simpatía y confiabilidad. Una explicación es que la sensatez facilita afrontar con cabeza fría la infinidad de sutiles problemas generados por los seres humanos —que podrían enfurecer con demasiada facilidad a gerentes volátiles—.

La madurez emocional también es indicador de fiabilidad. Se ha hallado que gerentes con rasgos disfuncionales, como narcisismo, son más propensos a hacer mal las cosas. En cambio, los jefes concienzudos se caracterizan por su integridad. Así que hoy el empleado callado pero diligente podría ser especialmente valioso.

Las empresas aseveran con creciente frecuencia que valoran habilidades blandas, como la capacidad de comunicarse bien con todo tipo de gente, de modo que los trabajadores emocionalmente inteligentes debieran estar muy requeridos. Un entorno empresarial volátil en que las empresas enfrentan problemas que van desde recesión a cambio climático, pasando por pandemias y guerras, favorece la presencia de líderes estables.

Los CEO enfrentan difíciles decisiones en torno a cuánto riesgo asumir para crecer, mientras los accionistas andan nerviosos. Los CEO de startups que orgullosamente avanzaban rápido e innovaban, ahora buscan verse comedidos. “Somos una firma muy aburrida”, se jactó a The Financial Times, Oliver Merkel, director gerente de la startup de delivery de abarrotes Flink.

La tendencia también es visible en la política. Joe Biden en Estados Unidos y Rishi Sunak en Reino Unido llegaron a sus cargos en parte debido a que su aburrida fiabilidad prometía un alivio frente a la estridente incompetencia de sus antecesores. Es que los tiempos difíciles exigen cabezas frías.

Por todo ello, los discretamente competentes que aspiran a recibir más aprecio (y remuneración) no deben quedarse en silencio. Para ascender, los aburridos harían bien en elevar su perfil, interviniendo en las reuniones o mencionando sus logros. Si consiguen un mejor empleo, de todos modos tendrán que perfeccionar acciones llamativas como ser cálidos con los clientes, presidir reuniones o disertar sobre estrategia.

Aunque el análisis de Judge reveló que la estabilidad emocional y la diligencia son cruciales para la efectividad gerencial, cualidades extrovertidas como la sociabilidad también son relevantes. La propensión de las empresas por ascender a gente inadecuada está muy arraigada, pese a las advertencias de los teóricos de la gerencia. Pero muchos de los que deciden los ascensos son narcisistas que llegaron a esos puestos ganándose el favor de sus superiores.

Y el desvergonzado autobombo de los presuntuosos cumple una conveniente función para los jefes: les brinda vía rápida para encontrar candidatos para los ascensos —sin importar cuán engañosa sea esa vía—. Muchos gerentes están demasiado ocupados para descubrir genuino talento. Después de todo, tienen otras responsabilidad importantes; por ejemplo, impresionar a sus propios jefes.

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