Los jefes no pueden darse el lujo de
pasar por alto los efectos de ejercer la autoridad.
Fuente: The Economist
“A
las empresas les agrada la idea de la modestia y el trabajo en equipo, pero
también son estructuras feudales que dependen de la ambición, la impaciencia y
galones de innecesaria autoconfianza”.
El poder es una realidad en la vida
corporativa y afecta el modo en que se comportan jefes y subalternos.
Investigaciones realizadas sobre el tema señalan que el poder hace que las
personas sean menos propensas a aceptar consejos de otros, incluso si son
expertos, y más proclives a satisfacer sus necesidades físicas. En una prueba
conducida por Ana Guinote, de la University College de Londres, los poderosos
tendían a elegir tentempiés tentadores, como chocolates, e ignorar otros con
mayor valor alimenticio, como rabanitos. Asimismo, calificaron sus historias
como más inspiradoras que las del resto.
Los poderosos tienen dificultades
para ver las cosas desde la perspectiva de los demás. En un famoso experimento, a un grupo
de personas se le pidió recordar una época en la que ejercían poder y, a otras,
una en la que alguien estaba en una posición de mayor poder que ellas; luego se
pidió a todos escribir la letra “E” en sus propias frentes. En una proporción
de 3 a 1, los del primer grupo la escribieron al revés, como si ellos la
estuviesen mirando.
Incluso, el poder hace creer que uno
es más alto. En otro
experimento, quienes fueron persuadidos a pensar que eran poderosos tuvieron
mayor probabilidad de sobreestimar su estatura y a elegir un avatar más
ostentoso para que los represente en un juego. Es difícil descifrar cuál es la
causa y cuál el efecto: los individuos dominantes, los que cogen el chocolate y
dejan los rabanitos, también tendrían mayor probabilidad de ascender en el
trabajo. Pero la posesión de poder parece inclinar la balanza hacia una
conducta egoísta y soberbia.
El poder también afecta a quienes
están más abajo. En un estudio publicado el 2016, Christopher Oveis, de la
Universidad de California en San Diego, y coautores, analizó cómo el estatus
afecta la manera en que las personas ríen. Los investigadores grabaron a
miembros de una fraternidad de una universidad estadounidense, algunos novatos
y otros veteranos, bromeando entre ellos. Los participantes de estatus
elevado reían más ruidosamente y con menor inhibición que los recién llegados.
No obstante, el poder está fuera de
sintonía con la actualidad. Es que los equipos de alto rendimiento dependen
de la colaboración y la franqueza, no de la sumisión y el servilismo, y la
modestia es cada vez más apreciada como un atributo que deben tener los
ejecutivos sénior. En los procesos de reclutamiento, algunos entrevistadores
buscan el uso de la palabra “yo” en lugar de “nosotros” como un pequeño
indicador de cuán egocéntrico es un candidato.
Sectores enteros son elogiados por la
manera en que intentan contrarrestar los efectos del poder. La aviación, por
ejemplo, es aplaudida por una técnica de entrenamiento llamada “gestión de
recursos de la tripulación”, diseñada para incentivar un ambiente de
interacciones menos jerárquicas en la cabina. Similares estilos de
pensamiento son visibles en otros centros de trabajo que han desconcentrado sus
cadenas de mando, desde hospitales hasta las Fuerzas Armadas.
Sin embargo, el poder es propenso a
recibir mala prensa. Las jerarquías emergen de manera orgánica: se logra poco
cuando nadie está a cargo. Un estudio publicado este año por Ozgecan Kocak,
de la Universidad Emory (Atlanta), y sus colegas, halló que las organizaciones
horizontales tienen mayor probabilidad de gastar demasiado tiempo explorando
opciones que aquellas en las que alguien está claramente al mando. No importa
si el jefe sabe qué está pasando; el mero hecho de que la autoridad está siendo
ejercida hace que un equipo converja más rápido a una decisión.
Si bien el poder es útil para lograr
fines egoístas, también es un instrumento para alcanzar objetivos nobles: no
sirve de nada tener ideas brillantes si no se cuenta con los medios para
ponerlas en práctica. Uno de los cursos más populares en la Escuela de
Posgrado de Negocios de la Universidad Stanford lleva el estimulante nombre de
“Caminos al poder”.
Es dictado por Jeffrey Pfeffer, un
hombre encantador que predica el valor de romper las reglas y mostrar enojo,
así como de la “tergiversación estratégica” (o sea, mentir) y muchas otras
cualidades contraculturales, cuyo fin es ascender en el trabajo. No es necesario
creer en este enfoque para apreciar la importancia del poder.
A las empresas les agrada la idea de
la modestia y el trabajo en equipo, pero también son estructuras feudales que
dependen de la ambición, la impaciencia y galones de innecesaria autoconfianza.
Los mejores gerentes son muy conscientes de cómo su poder genera ondas
expansivas en toda la organización. Por ello, se cuidan de no manifestar sus
opiniones demasiado pronto en las reuniones y admiten cuando no conocen la
respuesta a algún asunto.
Pero también saben cuándo dejar de
pedir asesoría y comenzar a dar órdenes. Hasta cierto punto, decir “no lo sé”
emite una señal de una inclusividad con poco ego; más allá de ese punto,
solamente es una señal de no saber qué hacer.
