viernes, 11 de agosto de 2023

Lo brillante y lo oscuro del poder


 

Los jefes no pueden darse el lujo de pasar por alto los efectos de ejercer la autoridad.

Fuente: The Economist

 

“A las empresas les agrada la idea de la modestia y el trabajo en equipo, pero también son estructuras feudales que dependen de la ambición, la impaciencia y galones de innecesaria autoconfianza”.

El poder es una realidad en la vida corporativa y afecta el modo en que se comportan jefes y subalternos. Investigaciones realizadas sobre el tema señalan que el poder hace que las personas sean menos propensas a aceptar consejos de otros, incluso si son expertos, y más proclives a satisfacer sus necesidades físicas. En una prueba conducida por Ana Guinote, de la University College de Londres, los poderosos tendían a elegir tentempiés tentadores, como chocolates, e ignorar otros con mayor valor alimenticio, como rabanitos. Asimismo, calificaron sus historias como más inspiradoras que las del resto.

Los poderosos tienen dificultades para ver las cosas desde la perspectiva de los demás. En un famoso experimento, a un grupo de personas se le pidió recordar una época en la que ejercían poder y, a otras, una en la que alguien estaba en una posición de mayor poder que ellas; luego se pidió a todos escribir la letra “E” en sus propias frentes. En una proporción de 3 a 1, los del primer grupo la escribieron al revés, como si ellos la estuviesen mirando.

Incluso, el poder hace creer que uno es más alto. En otro experimento, quienes fueron persuadidos a pensar que eran poderosos tuvieron mayor probabilidad de sobreestimar su estatura y a elegir un avatar más ostentoso para que los represente en un juego. Es difícil descifrar cuál es la causa y cuál el efecto: los individuos dominantes, los que cogen el chocolate y dejan los rabanitos, también tendrían mayor probabilidad de ascender en el trabajo. Pero la posesión de poder parece inclinar la balanza hacia una conducta egoísta y soberbia.

El poder también afecta a quienes están más abajo. En un estudio publicado el 2016, Christopher Oveis, de la Universidad de California en San Diego, y coautores, analizó cómo el estatus afecta la manera en que las personas ríen. Los investigadores grabaron a miembros de una fraternidad de una universidad estadounidense, algunos novatos y otros veteranos, bromeando entre ellos. Los participantes de estatus elevado reían más ruidosamente y con menor inhibición que los recién llegados.

No obstante, el poder está fuera de sintonía con la actualidad. Es que los equipos de alto rendimiento dependen de la colaboración y la franqueza, no de la sumisión y el servilismo, y la modestia es cada vez más apreciada como un atributo que deben tener los ejecutivos sénior. En los procesos de reclutamiento, algunos entrevistadores buscan el uso de la palabra “yo” en lugar de “nosotros” como un pequeño indicador de cuán egocéntrico es un candidato.

Sectores enteros son elogiados por la manera en que intentan contrarrestar los efectos del poder. La aviación, por ejemplo, es aplaudida por una técnica de entrenamiento llamada “gestión de recursos de la tripulación”, diseñada para incentivar un ambiente de interacciones menos jerárquicas en la cabina. Similares estilos de pensamiento son visibles en otros centros de trabajo que han desconcentrado sus cadenas de mando, desde hospitales hasta las Fuerzas Armadas.

Sin embargo, el poder es propenso a recibir mala prensa. Las jerarquías emergen de manera orgánica: se logra poco cuando nadie está a cargo. Un estudio publicado este año por Ozgecan Kocak, de la Universidad Emory (Atlanta), y sus colegas, halló que las organizaciones horizontales tienen mayor probabilidad de gastar demasiado tiempo explorando opciones que aquellas en las que alguien está claramente al mando. No importa si el jefe sabe qué está pasando; el mero hecho de que la autoridad está siendo ejercida hace que un equipo converja más rápido a una decisión.

Si bien el poder es útil para lograr fines egoístas, también es un instrumento para alcanzar objetivos nobles: no sirve de nada tener ideas brillantes si no se cuenta con los medios para ponerlas en práctica. Uno de los cursos más populares en la Escuela de Posgrado de Negocios de la Universidad Stanford lleva el estimulante nombre de “Caminos al poder”.

Es dictado por Jeffrey Pfeffer, un hombre encantador que predica el valor de romper las reglas y mostrar enojo, así como de la “tergiversación estratégica” (o sea, mentir) y muchas otras cualidades contraculturales, cuyo fin es ascender en el trabajo. No es necesario creer en este enfoque para apreciar la importancia del poder.

A las empresas les agrada la idea de la modestia y el trabajo en equipo, pero también son estructuras feudales que dependen de la ambición, la impaciencia y galones de innecesaria autoconfianza. Los mejores gerentes son muy conscientes de cómo su poder genera ondas expansivas en toda la organización. Por ello, se cuidan de no manifestar sus opiniones demasiado pronto en las reuniones y admiten cuando no conocen la respuesta a algún asunto.

Pero también saben cuándo dejar de pedir asesoría y comenzar a dar órdenes. Hasta cierto punto, decir “no lo sé” emite una señal de una inclusividad con poco ego; más allá de ese punto, solamente es una señal de no saber qué hacer.

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