Reto. La burocracia responde a la
complejidad con más complejidad; al final dibujamos organizaciones demasiado
barrocas.
La dimensión óptima
Por: Xavier Marcet – Presidente Lead
To Change
He visto muchas organizaciones en dificultades por estar dislocadas
internamente. Son
como un cuerpo humano desencajado que necesitaría algo que los sanadores antes
hacían en los pueblos y que se conocía en Catalunya como “curar d’espatllat”,
es decir sacudir o estirar el cuerpo para poner los huesos y los órganos en su
lugar y recuperar equilibrio y fluidez. Un desencaje habitual en las empresas
es la pérdida de la dimensión óptima que por desgracia acostumbra a conllevar despidos más que
simples ajustes internos. El caso más estridente es el de la banca que
tenía una dimensión propia de un modelo de negocio que decayó, en el que la
tecnología ha ido sustituyendo a las oficinas y a los que trabajaban en ellas.
Pero los ejemplos están por doquier. Hace unas semanas visité una pequeña
empresa del sector del packaging. Su fundador me dice que no les va nada mal,
que llevan veinte años y que no están cansados, al contrario. Le preocupa que
con la estructura que tienen deberían estar facturando un 30% más. Esto les
resta competitividad. Necesitaría más resultados y más fuelle para invertir.
Otro ejemplo. Un director
de área de una importante administración me confiesa que a veces piensa que, si
le dejaran escoger a la gente, con un 50% de toda la plantilla no solamente
producirían los mismos servicios si no que lo harían mejor y con más fluidez.
No es la primera vez que escucho un razonamiento similar y que creo que no
solamente sería válido para las administraciones si no para empresas enfermas
de sobredimensión burocrática. Otro ejemplo. Una start-up de bioeconomía de
alto potencial, pero claramente infradimensionada. Tienen producto, tienen
demanda, tienen inversores, pero
no encuentran talento suficiente para poder crecer, su desajuste es muy
cualitativo. Y así muchos de casos en que las estructuras ya no se ajustan a
las necesidades del negocio o que cercenan las oportunidades de futuro.
¿Cómo encontrar la dimensión
óptima? Hace unos días AMEC (Asociación de empresas industriales
internacionalizadas) organizó un seminario sobre el tema que resultó muy
inspirador. En un mundo oscilante encontrar la dimensión idónea no es un arte
menor. La globalización,
la digitalización, la innovación, la complejidad hacen que nuestras organizaciones
vivan una tensión entre continuidad y cambio como nunca antes habíamos visto.
Las organizaciones somos un juego de equilibrios, el peso de nuestras
estructuras es menudo un factor de desestabilización cuando cambian las
circunstancias de los mercados o de las tecnologías.
Los vectores que definen una
dimensión óptima serían los siguientes. 1) La dimensión que permita la
consistencia entendida como la
capacidad de una organización de evolucionar con aquellos a los que quiere
servir, en el caso de las empresas serían sus clientes. 2) Una dimensión
que permita la competitividad, es decir que la suma de sus costes fijos y variables le permita
defender propuestas de valor atractivas para los clientes en todos los sentidos.
Nunca la dimensión debería impedir revitalizar constantemente las ventajas
competitivas de una organización. 3) Una dimensión y una cultura que le permita combinar explotar y
explorar, las oportunidades de hoy con la construcción de las de mañana.
4) Una dimensión que permita la agilidad, aunque a veces se trate de hacer
bailar elefantes. La
agilidad no es un capricho en un mundo de cambios enardecidos. 5) Una
dimensión que permita operativizar los aprendizajes personales y compartidos,
dónde la learnability sea un gran activo estratégico. La dimensión óptima es aquella que permite a una
organización superarse a sí misma gracias a su capacidad de aprender y
desaprender rápido. 6) Una dimensión que nos permita una ecuación
ganadora entre personas y máquinas que combine el volver a aumentar la
productividad con el
evitar desplazar a las personas del centro de las organizaciones. Las
personas trabajan, las máquinas funcionan.
La dimensión idónea acaba
teniendo el tamaño de las oportunidades que somos capaces de concretar. Los sueños alimentan nuestros
propósitos, pero nuestra dimensión no debe ser la de nuestros sueños.
Aterricemos. Nuestra dimensión tiene que ver con el encuentro de nuestra
trayectoria y del futuro que empujamos. La mejor dimensión es aquella dónde cabe nuestra ambición
y nuestra humildad. Si hay más ambición corporativa que humildad
personal nos vence la autocomplacencia.
Muchas organizaciones intentan
solventar sus estructuras petrificadas en silos con capas de coordinación que
inevitablemente devienen burocracias que generan una dimensión equivocada. Nos
desenfoca. La burocracia
responde a la complejidad con más complejidad. Al final dibujamos
organizaciones demasiado barrocas, en las que la sencillez se sepultó bajo un
andamio de matrices. El
empeño por la dimensión óptima no acaba nunca, como tantas otras cosas en la
empresa. Hay que ir con mucho cuidado, a la que nos despistamos se nos
descontrolan las estructuras, se nos disparan los costes y se multiplican las
resistencias al cambio. La dimensión óptima sería aquella que no
permitiera que en una organización hubiera demasiada gente que tuviera
demasiado tiempo. Los que
tienen tiempo multiplican las normas y las reuniones. Los que tienen tiempo
tienden siempre a la sobredimensión.
El reto es crecer sin desajustar la dimensión óptima y es, en estos momentos, un reto
muy europeo. En Europa hemos perdido dimensión. Sentimos que los proyectos
europeos son discretos con relación a China y a Estados Unidos. Apostar por
crecer parece sensato. La mayoría de las corporaciones que consideramos grandes
están lejos de las grandes corporaciones asiáticas o americanas. Europa
necesita volver a crecer y
necesita crecer bien, con empresas competitivas y a la vez respetuosas con la
sostenibilidad ambiental y social. Lo necesitamos para competir y para
equilibrar nuestras sociedades.
Los negocios pueden tener una
gran dimensión tecnológica o financiera, pero las empresas deberían distinguirse por tener una
irrenunciable dimensión humana.
