El poder positivo de las
emociones negativas
(…) En 1984, la socióloga Susan Shimanoff grabó las
conversaciones cotidianas de un grupo de estudiantes universitarios y de otro
de parejas casadas. Analizó las grabaciones y transcripciones e identificó las
palabras que expresaban o describían emociones. Luego recopiló una lista de las
emociones, positivas y negativas, que la gente mencionaba con mayor frecuencia.
Sentimientos como la felicidad, la excitación, la ira, la sorpresa y los celos
figuran entre los veinte primeros. Sin embargo, la emoción negativa más común
—y la segunda más común de cualquier tipo— era el arrepentimiento. La única
mencionada con mayor frecuencia que el arrepentimiento era el amor.18
A principios de la década de
1950, un estudiante de economía de la Universidad de Chicago llamado Harry
Markowitz concibió una idea tan elemental que, aunque ahora parece obvia,
resultó ser tan revolucionaria que le valió un Nobel.8 Su gran idea llegó a
conocerse como la «teoría
moderna de carteras». Lo que descubrió —si se me permite contarlo a
grandes rasgos para seguir con la historia — fue la matemática que subyace al
adagio «No pongas todos los
huevos en la misma cesta». Antes de que apareciera Markowitz, muchos inversores creían que el
camino hacia la riqueza era invertir en uno o dos valores de gran potencial.
A fin de cuentas, unas pocas acciones solían producir grandes rendimientos.
Elige a las ganadoras y conseguirás una fortuna. Con esta estrategia, acabarás
encontrándote más de un fiasco, pero, bueno, así funciona la inversión. Es
arriesgada. Markowitz demostró
que, en lugar de seguir esta receta, los inversores podían reducir el riesgo y
seguir produciendo ganancias saludables mediante la diversificación:
invertir en un conjunto de valores, no sólo en uno, ampliar las apuestas a
través de una variedad de industrias. Los inversores no ganarán a lo grande con
cada elección, pero, con el
tiempo, percibirán más dinero con menor riesgo. Si tienes algún ahorro
aparcado en fondos indexados o ETF, la teoría moderna de carteras explica el
porqué. Por muy poderosa que
sea la visión de Markowitz, no solemos aplicar su lógica a otros aspectos de
nuestra vida. Por ejemplo, los seres humanos también tenemos lo que
equivaldría a una cartera de emociones. Algunas de ellas son positivas, como el amor, el orgullo y
el asombro. Otras son negativas, como la tristeza, la frustración o la
vergüenza. Por lo general, tendemos a sobrevalorar una categoría y a
minusvalorar la otra. Siguiendo el consejo de terceros y nuestra propia
intuición, llenamos nuestras
carteras de emociones positivas y vendemos las negativas. Sin embargo, adoptar
este enfoque respecto de las emociones — descartar las negativas y acumular las
positivas— es tan erróneo como el enfoque de inversión que prevalecía antes de
la teoría moderna de carteras. Las emociones positivas son esenciales,
por supuesto. Estaríamos perdidos sin ellas. Es importante ver el lado bueno de
las cosas, tener pensamientos alegres, detectar la luz en la oscuridad. El optimismo se asocia con una mejor
salud física. Emociones como la alegría, la gratitud y la esperanza aumentan
notablemente nuestro bienestar.9 Necesitamos muchas emociones positivas
en nuestra cartera y deben ser más numerosas que las negativas.10 Con todo, sobrecargar nuestra inversión con un
exceso de positividad también tiene sus riesgos. El desequilibrio puede inhibir el aprendizaje,
obstaculizar el crecimiento y limitar nuestro potencial. Por eso, las emociones
negativas son esenciales. Nos ayudan a sobrevivir. El miedo nos impulsa
a salir de un edificio en llamas y hace que pisemos con cautela para evitar una
serpiente. El asco nos protege de los venenos y nos hace recular ante el mal
comportamiento. La ira nos alerta de las amenazas y provocaciones de los demás,
además de que agudiza nuestro sentido del bien y del mal. Un exceso de
emociones negativas es, por supuesto, debilitante. Sin embargo, tener pocas
también es destructivo.11 Un socio que se aprovecha de nosotros una y otra vez
es esa serpiente que clava sus dientes en nuestra pierna. Tú y yo, así como
nuestros hermanos erguidos, bípedos y de cerebro grande, no estaríamos aquí si
careciéramos de la capacidad, ocasional pero sistemática, de sentirnos mal. Y
cuando reunimos toda la gama de emociones negativas —la tristeza junto al
desprecio adyacente a la culpa—, una de ellas emerge sobre el resto como la más
dominante y poderosa: el arrepentimiento.
