jueves, 6 de agosto de 2026

La montaña rusa del emprendedor: el negocio también se libra en la mente

 



La montaña rusa del emprendedor: el negocio también se libra en la mente

Darren Hardy desmonta la imagen romántica del emprendimiento y sostiene que el miedo, el rechazo y la incapacidad para dirigir personas pueden destruir una empresa tanto como la falta de dinero

Emprender suele presentarse como una ruta directa hacia la independencia económica: una buena idea, una inversión inicial, algunos clientes y la posibilidad de convertirse en el dueño del propio destino. Sin embargo, detrás de esta imagen atractiva existe una realidad menos visible: ingresos inestables, decisiones difíciles, jornadas prolongadas, rechazo de clientes, conflictos con trabajadores y una permanente sensación de incertidumbre.

Esta es la realidad que Darren Hardy examina en The Entrepreneur Roller Coaster: It’s Your Turn to Join the Ride, publicado en 2015. El título podría traducirse como La montaña rusa del emprendedor, una metáfora que resume la tesis central del libro: crear y conducir una empresa no es un viaje lineal, sino una sucesión de ascensos, caídas, temores y recuperaciones.

Hardy no escribe un manual tradicional sobre contabilidad, financiamiento o elaboración de planes de negocio. Su atención se concentra principalmente en la persona que se encuentra detrás de la empresa. Para el autor, numerosos emprendimientos no desaparecen únicamente por dificultades económicas o comerciales, sino porque sus fundadores no estaban preparados para soportar la presión emocional ni habían desarrollado las competencias necesarias para vender, contratar, liderar y organizar su trabajo.

El lado del emprendimiento que casi nadie muestra

La cultura contemporánea tiende a glorificar al emprendedor exitoso. Se observa la empresa consolidada, los ingresos alcanzados y el reconocimiento obtenido, pero pocas veces se conocen las dudas, errores y pérdidas que aparecieron durante el proceso.

Hardy intenta llenar ese vacío. A través de la figura de una montaña rusa, advierte que el entusiasmo inicial puede transformarse rápidamente en miedo. Un mes con buenas ventas puede producir optimismo, mientras que una caída en la demanda puede generar inseguridad. La aprobación de un cliente fortalece la confianza; diez rechazos consecutivos pueden provocar que el empresario dude de su producto y hasta de sus propias capacidades.

El problema, según el autor, es que muchas personas se preparan para abrir una empresa, pero no para soportar emocionalmente el proceso. Aprenden a elaborar presupuestos, calcular costos y diseñar productos, pero no necesariamente a responder ante la crítica, la soledad, la presión o el fracaso.

Esta preocupación no es exclusivamente motivacional. El informe mundial 2024-2025 del Global Entrepreneurship Monitor señaló que el 49 % de las personas consultadas en 2024 manifestó que el miedo al fracaso podría impedirle iniciar un negocio. El dato aumentó respecto del 44 % registrado en 2019. La evidencia confirma que el miedo constituye una barrera real para la iniciativa empresarial, aunque no demuestra por sí sola que sea la causa principal del cierre de negocios. Global Entrepreneurship Monitor

¿Realmente fracasa el 66 % de los negocios?

En la presentación del libro se afirma que el 66 % de las pequeñas empresas fracasa y que las causas fundamentales no serían externas ni económicas, sino internas y emocionales. La cifra, sin embargo, requiere una lectura cuidadosa.

Los datos oficiales estadounidenses muestran que la supervivencia empresarial depende del periodo analizado. Según la Oficina de Defensa de la Administración de Pequeñas Empresas de Estados Unidos, alrededor del 67,9 % de los nuevos establecimientos empleadores supera los primeros dos años, mientras que aproximadamente el 49,2 % permanece activo después de cinco años. U.S. Small Business Administration

Por su parte, la Oficina de Estadísticas Laborales informó que el 34,7 % de los establecimientos privados creados en marzo de 2013 continuaba funcionando diez años después. En consecuencia, puede afirmarse que cerca de dos tercios ya no operaban al cumplirse una década, pero sería impreciso interpretar que todos desaparecieron inmediatamente o por una misma causa. U.S. Bureau of Labor Statistics

Además, dejar de operar no siempre equivale a un fracaso personal o financiero. Algunos propietarios venden sus empresas, cambian de actividad, se jubilan o cierran voluntariamente. La supervivencia también varía según el sector, la ubicación y las condiciones económicas. La propia Oficina de Estadísticas Laborales señala que determinadas actividades, como salud y asistencia social, presentan tasas históricas de supervivencia superiores a las de sectores como la construcción. U.S. Bureau of Labor Statistics

La tesis de Hardy resulta valiosa al mostrar la dimensión humana del emprendimiento, pero se vuelve discutible cuando parece restar importancia al capital, al mercado, a la competencia o a la administración financiera. Una empresa no fracasa exclusivamente por la mentalidad de su fundador. Puede desaparecer porque no existe suficiente demanda, porque sus costos son insostenibles, porque perdió liquidez o porque su modelo de negocio dejó de ser competitivo.

La conclusión más razonable es que las causas internas y externas no se excluyen. Normalmente interactúan. Una crisis económica puede afectar las ventas, pero la preparación del empresario determinará cómo responderá ante ella.

La pasión no reemplaza a la estrategia

El primer requisito que Hardy establece para subir a la “montaña rusa” es amar aquello que se hace. Considera que la pasión permite perseverar cuando desaparece la emoción inicial y comienzan las dificultades.

Sin embargo, el concepto de pasión también necesita ser examinado críticamente. Sentir entusiasmo por una idea no garantiza que exista un mercado dispuesto a pagar por ella. Una persona puede amar su producto y, aun así, equivocarse en el precio, desconocer a sus clientes o mantener una propuesta que no resuelve ningún problema importante.

Por ello, la pasión debe estar acompañada de investigación, disciplina y capacidad de adaptación. El entusiasmo impulsa al emprendedor, pero la información le indica hacia dónde debe dirigirse. La pasión ayuda a resistir; la estrategia permite avanzar.

Hardy acierta cuando sostiene que el dinero, por sí solo, difícilmente será una motivación suficiente para soportar años de incertidumbre. El emprendedor necesita un propósito más profundo: resolver un problema, transformar una actividad, servir a determinado grupo de clientes o construir una organización que represente sus valores.

Vender no significa presionar

Uno de los capítulos más prácticos del libro está dedicado a las ventas. Hardy afirma que vender constituye una responsabilidad fundamental del emprendedor. Una organización puede fabricar un producto extraordinario, pero si no sabe comunicar su utilidad, encontrar compradores y generar confianza, difícilmente sobrevivirá.

El autor propone una idea aparentemente contradictoria: para vender mejor, el empresario debe aprender a callar. No se refiere a permanecer en silencio, sino a escuchar antes de ofrecer. El vendedor deficiente habla constantemente de las características del producto; el vendedor competente investiga las necesidades del cliente y comprende qué problema desea solucionar.

La venta, desde esta perspectiva, no comienza con el producto, sino con una pregunta: ¿qué necesita realmente el cliente?

Esta enseñanza resulta especialmente importante porque algunos emprendedores concentran toda su atención en perfeccionar la oferta y olvidan comprobar si el mercado la desea. Pueden invertir meses en logotipos, instalaciones, sistemas o presentaciones sin conversar suficientemente con las personas que deberían comprar.

No obstante, algunas expresiones utilizadas por Hardy reflejan un estilo comercial agresivo y marcadamente estadounidense. Sus recomendaciones deben aplicarse con criterio ético. Conocer profundamente al cliente no debe convertirse en manipular sus inseguridades, sino en ofrecerle una solución adecuada y transparente.

El costoso error de contratar por simpatía

Hardy también analiza uno de los momentos más delicados del crecimiento empresarial: la contratación de trabajadores. El fundador puede realizar personalmente la mayoría de las actividades durante la etapa inicial, pero llegará un momento en que necesitará delegar.

El autor cuenta que contrató rápidamente a una asistente porque le resultó simpática, conocía sus publicaciones y compartía algunos de sus intereses. La afinidad personal lo llevó a tomar una decisión sin evaluar rigurosamente las capacidades necesarias para el puesto. La experiencia terminó convirtiéndose en una lección sobre el peligro de contratar únicamente por entusiasmo o intuición.

Una entrevista agradable no garantiza un desempeño excelente. La selección debe partir de las competencias que exige el cargo, las evidencias de desempeño anterior y la compatibilidad entre los valores del candidato y los de la organización.

Hardy recomienda incorporar jugadores de alto rendimiento y contratar personas capaces de superar al fundador en determinadas especialidades. Esta es una de las enseñanzas más sólidas del libro: el empresario inseguro busca subordinados que no lo cuestionen; el empresario inteligente busca colaboradores que fortalezcan sus debilidades.

Liderar es asumir la responsabilidad

Cuando la empresa crece, el emprendedor deja de administrar solamente productos y comienza a dirigir personas. Es en ese momento cuando algunos buenos vendedores o especialistas descubren que no necesariamente saben liderar.

Hardy propone cuatro cualidades del líder contemporáneo: establecer el ritmo mediante el ejemplo, tomar decisiones impopulares cuando sean necesarias, desarrollar a otras personas y permitir que los colaboradores también ejerzan liderazgo.

La idea central es incómoda, pero importante: el propietario debe asumir responsabilidad por la cultura y los resultados de su organización. No puede atribuir todos los problemas a empleados poco comprometidos si nunca definió claramente las expectativas, no proporcionó capacitación o toleró comportamientos inadecuados.

Sin embargo, asumir responsabilidad no significa culpabilizarse por todo. Existen acontecimientos que escapan al control del líder. La responsabilidad consiste en reconocer qué decisiones puede tomar frente a una situación, no en imaginar que posee control absoluto sobre ella.

Productividad: trabajar más no siempre significa avanzar

Otra advertencia del libro se dirige al emprendedor permanentemente ocupado. Atender mensajes, resolver pequeños problemas y participar en reuniones puede generar una sensación de productividad, aunque ninguna de estas actividades incremente las ventas o mejore el servicio.

Hardy plantea cuatro elementos para vigilar la salud del negocio: funciones esenciales, prioridades, indicadores y mejoras. El empresario debe identificar qué actividades producen resultados, concentrarse en ellas, medir su desempeño y corregir lo que no funciona.

Esta propuesta permite distinguir entre actividad y progreso. Un negocio no mejora por la cantidad de horas trabajadas, sino por la calidad de las decisiones ejecutadas. La productividad empresarial implica seleccionar, delegar y, en determinados casos, eliminar tareas.

La lección es particularmente útil para pequeños empresarios que intentan controlarlo todo. Negarse a delegar puede parecer una demostración de responsabilidad, pero termina convirtiendo al propietario en el principal obstáculo para el crecimiento.

El miedo como acompañante, no como enemigo

El séptimo capítulo se concentra en el miedo. Hardy no promete eliminarlo. Propone reconocer que forma parte del recorrido empresarial y que puede acompañar incluso a personas experimentadas.

Un emprendedor puede sentir miedo antes de invertir, contratar, despedir, presentar una propuesta o lanzar un producto. Esperar a sentirse completamente seguro puede conducir a la inmovilidad. Pero actuar sin evaluar los riesgos también sería irresponsable.

La valentía empresarial no consiste en ignorar el peligro, sino en distinguir entre un riesgo calculado y una amenaza imaginada. El miedo puede advertir sobre un problema real, pero también puede exagerar la posibilidad de fracaso. La tarea del empresario es investigar, calcular, prepararse y decidir.

Una obra útil, pero no suficiente

The Entrepreneur Roller Coaster tiene una fortaleza evidente: muestra que una empresa no puede separarse de la psicología, las capacidades y las decisiones de quien la dirige. Su lenguaje es directo, utiliza experiencias personales y transforma conceptos empresariales en imágenes fáciles de recordar.

No obstante, el libro se aproxima más a una guía de preparación mental y desarrollo profesional que a una investigación científica sobre las causas del fracaso empresarial. Sus anécdotas ilustran ideas, pero no siempre constituyen pruebas generalizables. Además, su insistencia en la responsabilidad individual puede hacer que se subestimen factores estructurales como el acceso al financiamiento, la informalidad, la regulación, la desigualdad de oportunidades o las crisis económicas.

Por esta razón, la obra no debería reemplazar la formación en finanzas, marketing, operaciones o planificación estratégica. Su verdadero valor aparece cuando complementa esos conocimientos.

Conclusión: el primer negocio que debe aprender a dirigir el emprendedor es a sí mismo

La gran aportación de Darren Hardy consiste en desmontar una ilusión: emprender no significa escapar de los problemas, sino aceptar una nueva categoría de responsabilidades. La libertad empresarial tiene como contraparte la incertidumbre, la toma de decisiones y la obligación de responder por los resultados.

El empresario necesita capital, clientes y una propuesta competitiva, pero también debe aprender a controlar sus reacciones, recuperarse del rechazo, escuchar, contratar con criterio, liderar y priorizar.

El libro no ofrece una fórmula infalible para crear empresas exitosas. Ofrece algo diferente: una advertencia sobre el tipo de persona que deberá convertirse quien decida emprender.

La montaña rusa no deja de tener descensos porque el pasajero haya leído el manual. Lo que cambia es su preparación para atravesarlos. En ese sentido, la enseñanza final puede expresarse de la siguiente manera: antes de pretender dirigir una empresa, el emprendedor deberá aprender a dirigirse a sí mismo.

martes, 4 de agosto de 2026

La nueva psicología del éxito: ganar no consiste en derrotar a otros, sino en aprender a dirigir la propia vida

 


La nueva psicología del éxito: ganar no consiste en derrotar a otros, sino en aprender a dirigir la propia vida

En The New Psychology of Winning, Denis Waitley actualiza sus enseñanzas sobre motivación, responsabilidad y formación de hábitos. Después de más de cincuenta años estudiando el comportamiento humano, el autor sostiene que el verdadero ganador no es quien acumula más dinero, reconocimiento o trofeos, sino quien vive de acuerdo con un propósito, desarrolla sus capacidades y contribuye positivamente en la vida de los demás.

Durante buena parte del siglo XX, ganar significaba llegar primero, superar al adversario y demostrar que se era mejor. Esta interpretación convirtió la vida en una competencia permanente: había que obtener la mejor calificación, ocupar el cargo más importante, ganar más dinero o alcanzar un mayor reconocimiento social. Sin embargo, Denis Waitley propone revisar profundamente esa idea.

En The New Psychology of Winning, publicado en 2021, el autor asegura que el éxito del siglo XXI necesita una definición diferente. Ganar ya no debería consistir en derrotar a otra persona, sino en desarrollar la mejor versión posible de uno mismo. La verdadera competencia, por tanto, no se encuentra necesariamente fuera de nosotros, sino en nuestros pensamientos, hábitos, decisiones y temores.

Una obra nacida de la experiencia y no de la perfección

Waitley no escribe desde la posición de alguien que afirma haber llevado una vida impecable. Por el contrario, reconoce sus fracasos como hijo, esposo, padre y profesional. Una de sus confesiones más reveladoras es que no escribió su primera obra porque se considerara un ganador, sino porque sentía que estaba perdiendo y necesitaba comprenderse a sí mismo.

Su pensamiento se formó a partir de una trayectoria poco común. Estudió en la Academia Naval de Estados Unidos, trabajó con el científico Jonas Salk, investigó el comportamiento de prisioneros de guerra y colaboró en programas de preparación psicológica para astronautas y deportistas olímpicos. También conoció el trabajo de figuras como Abraham Maslow, Carl Rogers, Viktor Frankl y William Glasser.

No obstante, la primera gran enseñanza sobre la mente llegó de su propio padre. Cuando Waitley era niño, este le explicaba que el único mundo que llegaría a conocer sería aquel que observara a través de sus propios ojos. Con el paso del tiempo, el autor comprendió el significado de aquella afirmación: dos personas pueden vivir circunstancias semejantes y construir interpretaciones completamente diferentes.

Desde esta perspectiva, no siempre controlamos lo que sucede, pero sí podemos intervenir en la manera de interpretarlo y responder. Esta es una de las ideas centrales del libro: la vida no queda definida exclusivamente por los acontecimientos, sino también por las decisiones que tomamos frente a ellos.

Las diez cualidades del verdadero ganador

Waitley recupera y actualiza las diez cualidades que presentó originalmente en The Psychology of Winning: expectativa positiva, automotivación, autoimagen, autodirección, autocontrol, autodisciplina, autoestima, amplitud personal, autoconocimiento y proyección positiva.

Estas cualidades no describen a una persona invencible ni excepcionalmente afortunada. Se refieren a alguien que reconoce sus posibilidades, establece una dirección, regula sus emociones, persevera y se relaciona constructivamente con los demás.

La expectativa positiva ocupa el primer lugar porque las personas difícilmente se esfuerzan por alcanzar algo que consideran imposible. Esperar un resultado favorable no garantiza que este se produzca, pero influye sobre la disposición para intentarlo, prepararse y perseverar. El optimismo que defiende Waitley no consiste en negar las dificultades, sino en creer que existen posibilidades de actuar ante ellas.

Esta diferencia es fundamental. Pensar positivamente no significa suponer que todo terminará bien sin realizar ningún esfuerzo. Significa reconocer los obstáculos sin convertirlos en una sentencia definitiva.

El miedo empuja; el deseo dirige

Para Waitley, la motivación surge de los pensamientos dominantes que se transforman en acción. Una persona puede movilizarse por temor al fracaso o por deseo de alcanzar un resultado valioso. Aunque ambos estímulos generan movimiento, no producen las mismas consecuencias.

El miedo puede obligar a estudiar para evitar una desaprobación, trabajar para no ser despedido o permanecer en silencio para no cometer errores. El deseo, en cambio, permite estudiar para aprender, trabajar para desarrollar capacidades y participar para aportar nuevas ideas.

Esta distinción también cuestiona las fórmulas tradicionales de motivación. Los discursos emocionantes, los premios y los incentivos económicos pueden provocar entusiasmo temporal, pero su efecto suele desaparecer cuando no existe una razón personal para continuar.

La motivación más sostenible nace del interior y responde a una pregunta decisiva: ¿para qué quiero lograrlo? Cuando una meta se relaciona con un propósito significativo, la disciplina deja de sentirse únicamente como una imposición.

Responsabilidad sin culpabilidad

Uno de los aportes más importantes del libro es su defensa de la responsabilidad personal. El autor sostiene que una persona comienza a transformar su vida cuando deja de atribuir todos sus resultados a la familia, el gobierno, la economía, la institución o la mala suerte.

Esta afirmación debe interpretarse con cuidado. Las desigualdades sociales, económicas y educativas son reales, y no todas las personas parten desde las mismas condiciones. Asumir responsabilidad no significa negar esas diferencias ni culpar a quienes enfrentan circunstancias adversas. Significa identificar el espacio de decisión que todavía permanece disponible.

Una persona responsable no controla el mercado laboral, pero puede fortalecer sus competencias. No decide cuándo llegará una crisis, pero puede prepararse para enfrentarla. No puede modificar el pasado, pero sí evitar que ese pasado determine completamente su futuro.

La responsabilidad, por tanto, no consiste en castigarse, sino en recuperar capacidad de acción.

La imaginación como ensayo del futuro

Waitley concede una importancia especial a la imaginación. A partir de su experiencia con deportistas olímpicos, explica que las personas pueden ensayar mentalmente determinadas acciones antes de ejecutarlas. Un atleta puede visualizar una competencia, un estudiante puede imaginar su exposición y un profesional puede prepararse mentalmente para una conversación difícil.

Sin embargo, la imaginación también puede funcionar en sentido contrario. Cuando alguien repite constantemente escenas de fracaso, rechazo o humillación, utiliza la misma capacidad para alimentar su ansiedad.

El problema no es imaginar, sino la dirección que damos a esa imaginación. Una visualización útil debe estar acompañada de práctica, preparación y objetivos realistas. Imaginar el éxito sin trabajar para alcanzarlo se convierte en fantasía; imaginarlo mientras se desarrolla la capacidad necesaria puede servir como una forma de preparación.

No se destruye un hábito: se reemplaza

El libro también cuestiona la creencia popular de que bastan 21 días para modificar definitivamente una conducta. Waitley sostiene que los cambios profundos necesitan más tiempo, repetición y constancia. Una decisión puede tomarse en un instante, pero convertirla en una nueva forma de actuar exige un proceso prolongado.

Según el autor, los hábitos no desaparecen por una simple orden de voluntad. Deben ser reemplazados por conductas diferentes. La persona que desea abandonar una costumbre perjudicial necesita construir una rutina alternativa capaz de ocupar su lugar.

Waitley presenta cuatro principios para lograrlo. En primer lugar, nadie puede cambiar a otra persona si esta no decide participar en el proceso. En segundo lugar, las conductas antiguas deben ser sustituidas gradualmente. En tercer lugar, la nueva acción necesita practicarse hasta formar parte de la rutina. Finalmente, el entorno debe favorecer el cambio, porque regresar constantemente a los ambientes que estimularon el hábito anterior aumenta la posibilidad de repetirlo.

La enseñanza es especialmente valiosa para los estudiantes. Leer más, organizar el tiempo o superar la postergación no se consigue mediante una promesa aislada. Se logra estableciendo horarios, reduciendo distracciones, preparando el ambiente y repitiendo pequeñas acciones hasta hacerlas estables.

La tecnología no sustituye el esfuerzo

La actualización del pensamiento de Waitley también examina el impacto del mundo digital. El autor reconoce que la tecnología ofrece acceso inmediato a información y nuevas oportunidades de aprendizaje. Pero advierte que ninguna aplicación puede reemplazar la disciplina, el criterio ni el trabajo personal.

La información disponible en internet solo adquiere valor cuando la persona sabe seleccionarla, comprenderla y utilizarla. Tener acceso a miles de libros no equivale a haberlos leído. Contar con herramientas de inteligencia artificial tampoco garantiza haber desarrollado pensamiento crítico.

La tecnología puede acelerar una búsqueda, organizar información o facilitar determinadas tareas; sin embargo, no puede asumir completamente la responsabilidad de aprender. El desafío contemporáneo no es acceder a más datos, sino convertir esos datos en conocimiento y el conocimiento en decisiones acertadas.

Una visión que también merece ser examinada críticamente

Como ocurre con muchas obras de desarrollo personal, algunas explicaciones del libro simplifican debates científicos y sociales complejos. La relación entre pensamiento, cerebro, conducta y resultados no siempre funciona de manera directa. El optimismo, la visualización y el diálogo interior pueden favorecer el desempeño, pero no reemplazan el conocimiento técnico, las oportunidades, los recursos ni las condiciones sociales.

Por ello, la obra resulta más valiosa cuando se interpreta como una invitación a actuar y no como una garantía automática de éxito. Pensar favorablemente no asegura el resultado; ayuda a sostener las conductas necesarias para intentarlo. La mentalidad es importante, pero debe estar acompañada de preparación, práctica y evaluación de la realidad.

Del reconocimiento exterior al propósito interior

El mensaje más profundo aparece cuando Waitley analiza su propia vida. Después de décadas de reconocimiento profesional, admite que durante muchos años se tomó demasiado en serio, buscó aprobación externa y dedicó más tiempo a demostrar sus capacidades que a disfrutar de las personas que amaba.

Si pudiera vivir nuevamente, afirma, reiría más, jugaría más, pasaría mayor tiempo con sus hijos y nietos, disfrutaría de la naturaleza, correría más riesgos y se preocuparía menos por impresionar a los demás. También se perdonaría por sus errores y concentraría su atención en las bendiciones antes que en sus defectos.

Esta reflexión modifica por completo el significado convencional de ganar. Una persona podría conquistar premios, dinero y prestigio y, pese a ello, sentir que ha perdido lo esencial. Del mismo modo, alguien podría no ocupar el primer lugar y haber construido una vida digna, útil y coherente con sus valores.

La verdadera victoria

The New Psychology of Winning no presenta el éxito como una condición reservada a personas extraordinarias. Su propuesta es más humana: todos podemos revisar nuestra manera de pensar, sustituir hábitos, asumir responsabilidad, aprender de los errores y avanzar gradualmente.

El ganador del siglo XXI no es quien necesita que otros pierdan para sentirse valioso. Es quien convierte la dificultad en aprendizaje, compite con su propio desempeño anterior y utiliza sus capacidades para contribuir con los demás.

La conclusión de Denis Waitley podría expresarse de esta manera: ganar no significa vivir para recibir aplausos, sino construir una existencia que tenga sentido aun cuando nadie esté observando. El éxito más importante no se mide solamente por lo que una persona consigue, sino por aquello en lo que se convierte y por las huellas positivas que deja en quienes la rodean.




lunes, 3 de agosto de 2026

Antifrágil: por qué algunas personas, organizaciones y sociedades se fortalecen en medio del caos

 



Antifrágil: por qué algunas personas, organizaciones y sociedades se fortalecen en medio del caos

Nassim Nicholas Taleb cuestiona nuestra obsesión por la estabilidad y advierte que evitar todos los errores puede ser la manera más segura de construir sistemas destinados al fracaso

Durante décadas, gobiernos, empresas, universidades y especialistas han perseguido un mismo ideal: reducir la incertidumbre, controlar las variaciones y anticipar el futuro. La promesa parece razonable. Si contamos con suficientes datos, modelos y expertos, supuestamente podremos evitar las crisis y tomar decisiones más seguras.

Nassim Nicholas Taleb desafía esa creencia en Antifrágil: las cosas que se benefician del desorden. Su argumento central resulta tan provocador como incómodo: determinados sistemas no solo resisten los golpes, sino que necesitan cierta dosis de estrés, variación y desorden para evolucionar. Cuando se los protege excesivamente, pueden debilitarse hasta volverse incapaces de enfrentar una crisis real.

El libro no es simplemente una defensa del caos. Taleb intenta construir una teoría sobre cómo vivir, decidir y organizar instituciones dentro de un mundo que nunca podremos comprender por completo. Su propuesta consiste en abandonar la ilusión de predecirlo todo y concentrarnos en algo más realista: identificar qué puede romperse y diseñar condiciones que permitan aprender de los errores sin quedar destruidos por ellos.

Una palabra para una realidad que no tenía nombre

Taleb parte de una limitación del lenguaje. Conocemos lo frágil: aquello que se rompe frente a una presión. También conocemos lo resistente o robusto: aquello que soporta el golpe y permanece igual. Sin embargo, faltaba una palabra para describir aquello que mejora después de ser sometido a dificultades.

A esa propiedad la denomina “antifragilidad”.

La diferencia es fundamental. Una copa de cristal es frágil porque una caída puede destruirla. Una piedra es resistente porque probablemente seguirá igual después del impacto. Un músculo, en cambio, puede ser antifrágil: cuando recibe una carga moderada, experimenta pequeñas lesiones y luego se reconstruye con mayor capacidad. No se limita a resistir el esfuerzo; se beneficia de él.

Taleb representa estas tres condiciones mediante personajes de la mitología. Damocles simboliza la fragilidad porque vive bajo una espada que puede caer en cualquier momento. El ave Fénix representa la robustez porque renace conservando su condición anterior. La Hidra encarna la antifragilidad: cuando pierde una cabeza, le crecen otras.

Esta clasificación permite comprender el mensaje principal del libro. El verdadero opuesto de lo frágil no es lo resistente, sino aquello que obtiene más beneficios que daños cuando se enfrenta a la variabilidad.

El peligro de eliminar todas las dificultades

Uno de los hallazgos más relevantes de la obra es que la estabilidad absoluta puede esconder una fragilidad creciente. Un sistema que parece tranquilo no necesariamente es seguro. En ocasiones, la ausencia prolongada de dificultades impide que se corrijan pequeños errores y permite que los problemas se acumulen silenciosamente.

El cuerpo humano ofrece un ejemplo sencillo. La falta de movimiento no protege los músculos: los atrofia. El sistema inmunológico necesita contacto con determinados agentes externos para desarrollar defensas. Los huesos requieren presión física para conservar su fortaleza. En estos casos, eliminar completamente los estresores no produce salud, sino vulnerabilidad.

Taleb traslada esta observación a la economía y la política. Cuando las autoridades intervienen constantemente para suprimir cada pequeña fluctuación, pueden transmitir una falsa sensación de seguridad. Las tensiones no desaparecen; simplemente dejan de manifestarse hasta que alcanzan una dimensión mucho más peligrosa.

Por ello, el autor distingue entre los pequeños desórdenes que permiten ajustes y las grandes catástrofes capaces de destruir un sistema. La antifragilidad no significa exponerse irresponsablemente a cualquier peligro. Significa aceptar errores pequeños, frecuentes y recuperables para evitar una pérdida definitiva.

La intervención que termina causando daño

El libro utiliza el concepto de “iatrogenia”, procedente de la medicina, para describir el daño provocado por quien intenta ayudar. Una intervención puede partir de una buena intención y, aun así, producir consecuencias peores que el problema inicial.

Taleb considera que la sociedad moderna tiene una confianza excesiva en la acción. Ante cualquier dificultad, las autoridades, los directivos y los especialistas sienten la necesidad de hacer algo inmediatamente. No intervenir puede parecer negligente, aunque la intervención carezca de evidencia suficiente.

El problema es que los sistemas complejos —como una economía, una organización, una ciudad o el cuerpo humano— poseen relaciones que no siempre son visibles. Modificar una parte puede provocar efectos inesperados en muchas otras. Cuanto menor sea nuestro conocimiento del sistema, mayor debería ser nuestra prudencia.

Esta crítica no implica que toda intervención sea perjudicial. Taleb cuestiona la intervención ingenua: aquella que reconoce con facilidad los beneficios inmediatos, pero ignora los posibles daños futuros. La pregunta responsable no debería ser únicamente “¿qué podemos ganar si actuamos?”, sino también “¿qué consecuencias irreversibles podríamos provocar?”.

Predecir menos y prepararse mejor

La obra mantiene una estrecha relación con el concepto del “Cisne Negro”, desarrollado por Taleb en un libro anterior. Los Cisnes Negros son acontecimientos poco previsibles, de gran impacto y que, después de ocurrir, las personas intentan explicar como si hubieran sido evidentes.

El autor sostiene que resulta más fácil detectar la fragilidad de un sistema que predecir el acontecimiento exacto que lo destruirá. Nadie necesita saber cuándo ocurrirá un terremoto para reconocer que un edificio mal construido es vulnerable. Tampoco es necesario adivinar la próxima crisis financiera para advertir que una empresa excesivamente endeudada podría colapsar ante una reducción inesperada de sus ingresos.

Esta distinción cambia el enfoque tradicional de la gestión de riesgos. En lugar de intentar pronosticar todos los acontecimientos posibles, deberíamos analizar nuestra exposición a las pérdidas.

La pregunta deja de ser “¿qué sucederá?” y se convierte en “¿qué nos ocurriría si las condiciones cambiaran bruscamente?”. Este desplazamiento, de la predicción hacia la preparación, es una de las contribuciones más prácticas de Antifrágil.

La estrategia de la haltera

Para convivir con la incertidumbre, Taleb propone la estrategia de la haltera. La imagen procede de una barra con peso en ambos extremos y casi nada en el centro.

Aplicada a las decisiones, consiste en combinar una posición extremadamente segura con otra pequeña, pero expuesta a oportunidades de gran beneficio. Se evita así permanecer en una zona intermedia que parece moderada, aunque puede esconder riesgos difíciles de percibir.

Una persona podría conservar la mayor parte de sus recursos en condiciones seguras y destinar una cantidad limitada a proyectos experimentales. Si el experimento fracasa, la pérdida será soportable. Si tiene éxito, el beneficio podría ser considerable.

En la educación, esta estrategia puede traducirse en mantener una base sólida de conocimientos esenciales mientras se reserva tiempo para explorar, investigar y probar ideas nuevas. En una empresa, significaría proteger las operaciones fundamentales y, simultáneamente, realizar experimentos pequeños antes de comprometer toda la organización.

El principio es claro: limitar la pérdida máxima y mantener abiertas las posibilidades de ganancia.

La innovación no siempre nace de un plan

Taleb también cuestiona la versión ordenada con la que suele narrarse el progreso tecnológico. Con frecuencia, las innovaciones son presentadas como el resultado directo de grandes teorías, planes perfectamente diseñados o investigaciones que siguieron un camino previsible.

El autor sostiene que muchos avances aparecieron mediante la experimentación, los descubrimientos accidentales y la corrección de errores. Primero surgió una práctica que funcionaba y solo después se construyó una explicación formal.

Esta observación no niega la importancia del conocimiento científico. Advierte, más bien, contra la arrogancia de pensar que todo progreso debe comenzar con una teoría completa. En ambientes inciertos, experimentar de manera controlada puede producir más conocimiento que esperar hasta comprender absolutamente todas las variables.

El emprendedor ocupa un lugar especial en esta visión. Quien pone en marcha un proyecto acepta la posibilidad de equivocarse, pero sus errores pueden generar información útil para otras personas. El fracaso individual, siempre que no destruya al conjunto, puede contribuir al aprendizaje colectivo.

Crecer quitando, no solamente agregando

Otra propuesta del libro es la vía negativa: muchas veces mejoramos una situación no añadiendo más elementos, sino eliminando aquello que causa daño.

En medicina, retirar un hábito perjudicial puede resultar más seguro que incorporar numerosos tratamientos. En una organización, suprimir un procedimiento innecesario puede producir mejores resultados que crear un nuevo sistema de control. En la vida personal, evitar una deuda insostenible puede ser más importante que perseguir una rentabilidad extraordinaria.

Esta lógica contradice una cultura que relaciona el progreso con la acumulación. Más tecnología, más indicadores, más regulaciones y más información no garantizan mejores decisiones. Cada elemento adicional también puede introducir complejidad y nuevas formas de error.

Taleb no propone regresar al pasado ni rechazar toda novedad. Sugiere evaluar con mayor severidad aquello que se incorpora y reconocer el valor de las prácticas que han sobrevivido durante largos periodos. Esta idea se relaciona con el “efecto Lindy”: cuanto más tiempo ha perdurado una práctica no perecedera, mayores pueden ser sus probabilidades de continuar existiendo.

La dimensión ética: beneficiarse sin pagar las consecuencias

El análisis alcanza su punto más crítico cuando Taleb examina quién obtiene las ganancias y quién soporta las pérdidas. Un sistema puede parecer antifrágil porque se beneficia del desorden, pero hacerlo trasladando su fragilidad a otras personas.

El ejemplo más evidente aparece en ciertas instituciones financieras. Algunos directivos pueden recibir grandes recompensas cuando sus decisiones producen ganancias y, sin embargo, trasladar las pérdidas a los accionistas, los trabajadores o los contribuyentes cuando la estrategia fracasa.

Existe entonces una asimetría moral: quien toma la decisión conserva los beneficios, pero no asume completamente sus consecuencias.

Taleb defiende el principio de “jugarse algo propio”. Quien recomienda una acción, dirige una organización o administra recursos ajenos debería compartir una parte real del riesgo. No basta con poseer conocimientos técnicos o autoridad. La responsabilidad auténtica exige exposición a las consecuencias.

Esta idea convierte a Antifrágil en algo más que un libro sobre probabilidades. Es también una investigación sobre el poder y la responsabilidad. La pregunta ética central es quién queda protegido cuando las cosas salen mal y quién termina pagando por los errores.

Las fortalezas y los límites de la propuesta

La principal fortaleza del libro es su capacidad para cambiar la manera de observar el riesgo. Taleb obliga al lector a distinguir entre estabilidad y seguridad, entre resistencia y crecimiento, y entre una intervención útil y otra que únicamente satisface la necesidad de actuar.

Sin embargo, su propuesta también exige una lectura crítica. No todo desorden produce aprendizaje. La violencia, la enfermedad, la pobreza o una crisis empresarial pueden destruir capacidades en lugar de fortalecerlas. Para que una experiencia adversa genere antifragilidad, el sistema debe tener tiempo, recursos y posibilidades de recuperación.

Además, el principio de intervenir menos no puede aplicarse mecánicamente a todas las situaciones. En algunos casos, la omisión también provoca daños graves. La decisión responsable requiere comparar el posible perjuicio de actuar con el de permanecer inactivo.

El propio concepto de antifragilidad corre el riesgo de ser utilizado para justificar condiciones laborales abusivas o privaciones innecesarias. Una organización no debería exponer deliberadamente a sus trabajadores a peligros bajo el argumento de que “las dificultades fortalecen”. El estrés solo puede generar aprendizaje cuando es limitado, recuperable y acompañado por recursos adecuados.

Una lección para estudiantes y futuros profesionales

Para un estudiante universitario, el mensaje de Antifrágil no consiste en buscar problemas ni en rechazar la planificación. Consiste en comprender que el aprendizaje verdadero incluye equivocaciones controladas.

Un estudiante frágil depende de que las preguntas, los procedimientos y las condiciones sean siempre conocidos. Uno resistente puede soportar una dificultad sin abandonar su objetivo. Uno antifrágil analiza el error, modifica su método y aumenta su capacidad para resolver problemas futuros.

En el ámbito profesional sucede algo semejante. Las organizaciones que castigan cada equivocación terminan ocultando los problemas. Sus trabajadores dejan de experimentar y comienzan a protegerse. En cambio, una cultura que permite pruebas pequeñas, evalúa sus resultados y evita repetir los mismos fallos puede convertir la incertidumbre en conocimiento.

La clave está en diferenciar el error que enseña del error que destruye. Para ello se requieren límites, responsabilidad y mecanismos de retroalimentación.

Conclusión: aprender a convivir con lo desconocido

Antifrágil presenta una advertencia contra la soberbia de una sociedad que pretende controlar sistemas que apenas comprende. Su mensaje no es que debamos celebrar todas las crisis, sino que debemos construir vidas, empresas e instituciones capaces de mejorar frente a pequeñas variaciones y de sobrevivir ante acontecimientos que nadie pudo anticipar.

La seguridad no proviene únicamente de elaborar pronósticos más precisos. También depende de reducir aquello que podría destruirnos, conservar opciones, distribuir los riesgos y permitir que los errores pequeños revelen información antes de convertirse en catástrofes.

Taleb nos invita a mirar de otra manera el desorden. Algunas dificultades son amenazas; otras son fuentes de información. La inteligencia consiste en aprender a distinguirlas.

En un mundo marcado por cambios tecnológicos, crisis económicas y transformaciones sociales imprevisibles, la pregunta más importante quizá ya no sea cómo evitar toda incertidumbre. La pregunta decisiva es qué debemos cambiar para que la incertidumbre no nos destruya y, cuando sea posible, nos permita crecer.



martes, 28 de julio de 2026

Aprender de verdad: el desafío pendiente de la universidad

 


Aprender de verdad: el desafío pendiente de la universidad

La calidad educativa no depende de cuánto habla el profesor, sino de lo que el estudiante llega a comprender, aplicar y transformar

En numerosas aulas universitarias todavía se repite una escena conocida. El docente explica durante casi toda la sesión, los estudiantes copian diapositivas o toman fotografías de la pizarra y, semanas después, se preparan para un examen intentando recordar la mayor cantidad posible de información.

Cuando las calificaciones son bajas, suele afirmarse que los estudiantes no prestaron atención, no estudiaron lo suficiente o llegaron a la universidad con una preparación deficiente. Cuando las notas son altas, se supone que el aprendizaje fue satisfactorio.

Pero ¿una buena calificación demuestra necesariamente una comprensión profunda? ¿Recordar una definición durante un examen significa que el estudiante podrá utilizarla para resolver un problema real? ¿Puede considerarse exitosa una clase solo porque el profesor explicó correctamente todos los temas?

Estas preguntas se encuentran en el centro de Calidad del aprendizaje universitario, obra de John Biggs, especialista en enseñanza, aprendizaje y evaluación en la educación superior. El libro propone herramientas para mejorar la práctica docente y responder a los desafíos de las clases numerosas y de una población universitaria cada vez más diversa.

Su planteamiento central cuestiona una idea profundamente arraigada: enseñar no consiste únicamente en transmitir información. La verdadera enseñanza se produce cuando se crean las condiciones necesarias para que los estudiantes realicen las actividades intelectuales que les permitirán comprender.

La pregunta equivocada

Durante mucho tiempo, la enseñanza universitaria se ha organizado alrededor de una pregunta: “¿Qué debe hacer el profesor?”.

A partir de ella se discute si el docente debe utilizar diapositivas, explicar con mayor claridad, incorporar videos, formular preguntas o emplear nuevas tecnologías. Todas estas decisiones pueden ser importantes, pero no constituyen el punto central del aprendizaje.

Biggs propone reemplazar esa pregunta por otra mucho más exigente: “¿Qué debe hacer el estudiante para aprender?”.

La diferencia parece pequeña, pero transforma completamente el sentido de la enseñanza. Una clase puede ser entretenida, ordenada y tecnológicamente moderna sin que sus participantes desarrollen una comprensión profunda. Del mismo modo, un profesor puede dominar su materia y realizar una exposición brillante, pero si los estudiantes permanecen intelectualmente pasivos, el aprendizaje será limitado.

En el nivel más avanzado de la enseñanza, el centro de atención deja de ser la actuación del profesor y se traslada hacia las actividades realizadas por el estudiante. Las técnicas docentes solo adquieren valor cuando consiguen producir aprendizaje.

El profesor, por tanto, no debería limitarse a preguntarse si explicó bien. También necesita comprobar qué hicieron mentalmente sus estudiantes durante esa explicación: ¿memorizaron?, ¿relacionaron ideas?, ¿formularon preguntas?, ¿aplicaron los conceptos?, ¿identificaron contradicciones?, ¿resolvieron problemas?

La calidad de una sesión no se mide por la cantidad de información pronunciada, sino por la calidad del pensamiento que consigue provocar.

Dos estudiantes frente al mismo texto

Una investigación citada por Biggs permite comprender la diferencia entre estudiar superficialmente y aprender con profundidad.

A un grupo de estudiantes se le entregó un texto y se le informó que posteriormente respondería algunas preguntas. Una parte de los participantes comenzó a buscar datos que pudieran aparecer en la evaluación. Se concentraron en nombres, conceptos aislados y detalles específicos. Su intención principal era recordar información suficiente para responder.

Estos estudiantes recorrieron la superficie del texto. Al terminar, conservaban datos separados, pero no habían comprendido plenamente el razonamiento del autor.

Otro grupo abordó la tarea de manera diferente. En lugar de preguntarse qué información podría aparecer en el examen, intentó descubrir qué quería comunicar el autor. Relacionó los detalles con el argumento principal, identificó conexiones y construyó una visión general.

El primer grupo utilizó un enfoque superficial. El segundo, un enfoque profundo. Estos conceptos describen maneras de enfrentar una tarea y no categorías permanentes de personas. Un mismo estudiante puede aprender profundamente en una asignatura y superficialmente en otra, dependiendo de la motivación, la presión, el método docente y la forma de evaluación.

Este último punto es decisivo. No existen simplemente “buenos estudiantes” y “malos estudiantes”. Existen contextos que favorecen determinadas formas de aprender.

Cuando una evaluación premia la repetición literal, incluso un estudiante capaz puede decidir memorizar. Cuando una actividad le exige explicar, relacionar, justificar y resolver, deberá utilizar procesos cognitivos de mayor nivel.

Aprendizaje superficial: cuando aprobar se convierte en el objetivo

El aprendizaje superficial no significa necesariamente estudiar poco. Un estudiante puede dedicar muchas horas a memorizar un contenido sin llegar a comprenderlo.

Este enfoque suele aparecer cuando la persona desea cumplir con la tarea utilizando el menor esfuerzo cognitivo posible. Su atención se concentra en aquello que considera indispensable para aprobar: definiciones, fechas, fórmulas, listas o posibles preguntas.

El problema no se encuentra en memorizar. Toda profesión requiere recordar conceptos, procedimientos y datos relevantes. La dificultad aparece cuando la memorización se convierte en el punto final del aprendizaje.

Una persona puede repetir las etapas de un proceso administrativo, pero no saber aplicarlas. Puede memorizar una fórmula financiera, pero no identificar cuándo utilizarla. Puede recitar una teoría psicológica, pero ser incapaz de reconocerla en una situación real.

En el enfoque profundo, la memoria continúa siendo importante, pero funciona como base para actividades superiores. El estudiante recuerda información para analizarla, compararla, relacionarla y utilizarla.

Biggs sostiene que una buena enseñanza debe realizar dos tareas: aumentar las oportunidades para que los estudiantes adopten un enfoque profundo y reducir las condiciones que les permiten mantenerse en la superficie.

Tres maneras de entender la enseñanza

El libro presenta tres niveles desde los cuales un docente puede interpretar lo que sucede en su aula.

En el primer nivel, la atención se concentra en las características del estudiante. Cuando el aprendizaje no ocurre, la explicación se busca en sus deficiencias: no tiene capacidad, no está motivado, no posee conocimientos previos o no se esfuerza suficientemente.

Desde esta perspectiva, el profesor transmite los contenidos y el estudiante carga con casi toda la responsabilidad. La frase que resume esta visión sería: “Yo enseñé; ellos no aprendieron”.

En el segundo nivel, el centro de atención se traslada hacia el docente. Se considera que una buena enseñanza depende de lo que el profesor hace: explicar, organizar, utilizar técnicas, presentar ejemplos o aplicar determinados recursos.

Este nivel representa un avance, porque reconoce la responsabilidad docente. Sin embargo, todavía puede producir una enseñanza centrada en la actuación del profesor. El riesgo consiste en pensar que incorporar más técnicas garantiza automáticamente mejores resultados.

El tercer nivel se concentra en lo que hace el estudiante. La función del profesor consiste en diseñar un entorno que provoque las actividades cognitivas necesarias para alcanzar la comprensión.

Esta perspectiva no elimina la responsabilidad del estudiante. Tampoco significa que el docente pueda controlar completamente el aprendizaje. Reconoce que ambos forman parte de un sistema: el alumno aporta conocimientos previos, capacidades y motivación; la institución y el profesor aportan objetivos, evaluación, actividades y clima de aula. La interacción entre estos elementos influye en el proceso y en los resultados.

La coherencia que muchas asignaturas no poseen

Imaginemos una asignatura cuyo objetivo declara que los estudiantes aprenderán a analizar problemas empresariales y tomar decisiones. Durante el semestre, sin embargo, las clases consisten únicamente en escuchar exposiciones y copiar definiciones. Finalmente, el examen solicita repetir conceptos exactamente como aparecen en el material.

En este caso existe una contradicción.

El objetivo promete análisis, pero las clases promueven recepción pasiva y la evaluación recompensa la memoria. Aunque el documento curricular emplee palabras como “pensamiento crítico” o “capacidad de decisión”, el sistema real indica al estudiante que basta con recordar.

Para resolver esta incoherencia, Biggs desarrolla el concepto de alineamiento constructivo.

El término “constructivo” señala que el estudiante construye el significado mediante su propia actividad. El conocimiento no pasa automáticamente de la mente del profesor a la del alumno. Escuchar información puede contribuir al aprendizaje, pero comprender requiere que el estudiante haga algo con ella.

El término “alineamiento” significa que los objetivos, las actividades y la evaluación deben dirigirse hacia el mismo tipo de aprendizaje.

Primero se define qué debe ser capaz de hacer el estudiante. Después se diseñan actividades que le permitan practicar esa actuación. Finalmente, se evalúa mediante una tarea que realmente demuestre si alcanzó el objetivo.

Si el objetivo es analizar, el estudiante debe analizar durante las clases y también en la evaluación. Si debe aprender a resolver problemas, necesita enfrentarse a problemas. Si se espera que argumente, debe practicar la construcción y defensa de argumentos.

No tendría sentido enseñar trabajo en equipo únicamente mediante una exposición, del mismo modo que no se aprende a nadar escuchando una conferencia sobre natación.

El verbo revela la verdadera exigencia

Una de las aportaciones más útiles del libro consiste en prestar atención a los verbos utilizados para formular los objetivos.

Palabras como memorizar, identificar o reconocer se relacionan con niveles básicos. Describir, enumerar y clasificar requieren manejar varios elementos, aunque todavía pueden mantenerse separados.

En niveles superiores aparecen verbos como relacionar, explicar, analizar, integrar y aplicar. Finalmente, acciones como teorizar, formular hipótesis, generalizar y reflexionar exigen trascender la información recibida y producir nuevas interpretaciones.

Esta progresión forma parte de la taxonomía SOLO, desarrollada por Biggs para analizar la complejidad de los resultados del aprendizaje.

En el nivel más bajo, una respuesta puede ser irrelevante o mostrar incomprensión. Posteriormente, el estudiante identifica un aspecto; después reconoce varios, pero los presenta como una lista. El cambio cualitativo ocurre cuando consigue relacionarlos dentro de una estructura coherente.

En ese momento deja de observar únicamente los árboles y comienza a comprender el bosque.

El nivel más avanzado aparece cuando utiliza esa estructura para formular hipótesis, generalizar o trasladar lo aprendido a una situación nueva. La comprensión deja de estar encerrada dentro del tema estudiado y se convierte en una herramienta para pensar.

Para un estudiante universitario, esto representa una diferencia fundamental. No es lo mismo enumerar las características de un líder que analizar cómo influyen en una organización. Tampoco es igual describir una estrategia comercial que evaluar si funcionaría en un mercado distinto.

Del conocimiento que se repite al conocimiento que funciona

La universidad suele ofrecer una gran cantidad de conocimiento declarativo: conceptos, clasificaciones, teorías y principios que permiten nombrar, diferenciar y justificar.

El mundo profesional, sin embargo, exige también conocimiento funcional. Los profesionales deben ejecutar, aplicar, priorizar y tomar decisiones.

El problema aparece cuando ambos tipos de conocimiento permanecen separados. El estudiante aprende la teoría en una asignatura y se espera que, por su cuenta, descubra posteriormente cómo utilizarla.

Biggs advierte que la formación universitaria puede preparar a los estudiantes para explicar conceptos que después no saben convertir en actuaciones. Para evitarlo, el conocimiento teórico debe desarrollarse hasta un nivel que permita integrarlo con los problemas y las decisiones profesionales.

Un estudiante de Administración no debería limitarse a definir el inventario. Necesita interpretar sus indicadores y tomar decisiones ante faltantes o excesos.

Un estudiante de Marketing no solo debe conocer el concepto de segmentación. Debe ser capaz de seleccionar criterios, analizar información y proponer un público objetivo.

Un estudiante de investigación no debería memorizar las diferencias entre métodos. Necesita justificar cuál corresponde a un problema concreto.

La finalidad de la universidad no es producir personas capaces de repetir lo que saben, sino profesionales capaces de utilizarlo con criterio.

La evaluación es el verdadero mensaje

Los programas académicos pueden presentar objetivos ambiciosos. Los docentes pueden hablar de creatividad, pensamiento crítico y aprendizaje autónomo. Sin embargo, los estudiantes suelen orientar su esfuerzo hacia aquello que realmente será evaluado.

Desde su perspectiva, la evaluación define el currículo real.

Cuando el examen exige únicamente recordar información, el mensaje es claro: memorizar es suficiente. Si los estudiantes descubren que pueden obtener una nota alta estudiando resúmenes la noche anterior, el sistema está premiando un enfoque superficial.

Biggs no sostiene que estudiar para una evaluación sea necesariamente negativo. El problema depende de la calidad de la tarea. Si la evaluación representa fielmente los objetivos y exige las actuaciones que se desean desarrollar, prepararse para ella puede producir un aprendizaje valioso.

Una evaluación alineada no debería preguntar solamente cuánto recuerda el estudiante. También tendría que revelar qué comprende y qué puede hacer.

Para evaluar análisis, puede presentarse un caso. Para evaluar argumentación, puede solicitarse una posición sustentada. Para valorar capacidades profesionales, pueden utilizarse proyectos, simulaciones, portafolios o resolución de problemas.

La nota no debería recompensar una actuación diferente de aquella que la asignatura afirma querer formar.

El estudiante como participante y no como espectador

Un aprendizaje profundo exige actividad. Esto no significa que todas las clases magistrales deban desaparecer ni que toda sesión tenga que convertirse en un juego.

Una exposición puede ser útil para presentar información, organizar un tema o explicar un razonamiento complejo. Sin embargo, resulta insuficiente cuando se convierte en la única experiencia de aprendizaje.

El estudiante necesita utilizar las ideas. Puede hacerlo al formular preguntas, explicar a un compañero, construir mapas conceptuales, resolver casos, comparar perspectivas, investigar, debatir o reflexionar sobre sus propios errores.

La interacción con otros estudiantes puede fortalecer este proceso. El libro destaca que enseñar a un compañero beneficia tanto a quien recibe la explicación como a quien la realiza. El estudiante que enseña debe reorganizar su conocimiento, identificar lo esencial y considerar una perspectiva diferente de la propia.

Esta lógica se aproxima al método Feynman: quien intenta explicar una idea con claridad descubre rápidamente qué partes comprende y cuáles todavía permanecen confusas.

El aprendizaje basado en problemas también coloca la actividad intelectual en el centro. En lugar de organizar el currículo únicamente alrededor de temas, presenta problemas cuya resolución obliga a buscar y utilizar conocimiento. Estas experiencias pueden fortalecer la comprensión, la autonomía, el razonamiento y la metacognición, aunque su calidad depende de la manera en que se implementen.

Clases numerosas no deben significar estudiantes invisibles

Uno de los argumentos más frecuentes contra el aprendizaje activo es el tamaño del aula. Cuando existen decenas o cientos de estudiantes, parece inevitable recurrir a una exposición continua.

Biggs reconoce las dificultades de las clases numerosas, pero no acepta que la cantidad obligue a renunciar al aprendizaje profundo. La clave no consiste en elegir una técnica universal, sino en seleccionar actividades compatibles con los objetivos y con las condiciones disponibles.

Incluso en grupos grandes pueden incorporarse preguntas, explicaciones entre compañeros, intercambios de apuntes, análisis breves, grupos de aprendizaje y tareas autodirigidas. El libro organiza estas posibilidades entre actividades dirigidas por el profesor, realizadas con compañeros y desarrolladas autónomamente.

La tecnología tampoco resuelve automáticamente el problema. Subir diapositivas o grabaciones a una plataforma puede facilitar el acceso, pero no garantiza comprensión. Una herramienta digital solo mejora el aprendizaje cuando ayuda al estudiante a pensar, practicar, recibir retroalimentación y corregirse.

La innovación educativa no consiste en reemplazar una pizarra por una pantalla. Consiste en modificar la actividad intelectual que ocurre frente a ella.

La diversidad no es una excusa para reducir las expectativas

Las aulas actuales reúnen estudiantes con diferentes edades, culturas, experiencias, capacidades y conocimientos previos. Frente a esta diversidad, algunos docentes pueden concluir que ciertos alumnos no poseen las condiciones necesarias para aprender.

El libro cuestiona esta interpretación deficitaria.

En un primer nivel, el profesor exige que los estudiantes se adapten completamente a su manera de enseñar. En un segundo nivel, modifica técnicas para responder a las diferencias. En el nivel más avanzado, se concentra en los procesos cognitivos que todos necesitan realizar para aprender: relacionar, explicar, practicar, reflexionar y aplicar.

Las diferencias culturales o educativas pueden requerir apoyos distintos, pero el propósito continúa siendo conseguir que cada estudiante participe en actividades intelectuales de calidad.

Una enseñanza inclusiva no consiste en reducir la exigencia. Consiste en diseñar caminos que permitan alcanzar una comprensión exigente.

El docente que también aprende

La propuesta de Biggs no presenta al profesor como una persona que debe poseer todas las respuestas. Lo describe como un profesional que observa, analiza y mejora continuamente su práctica.

Cuando una actividad no produce los resultados esperados, el docente puede revisar los objetivos, las instrucciones, el clima del aula, la evaluación o las oportunidades de participación. También puede solicitar retroalimentación a los estudiantes y recurrir a un colega que actúe como observador crítico.

Esta reflexión no significa responsabilizar al profesor de todos los problemas educativos. La enseñanza forma parte de un sistema institucional. Los docentes necesitan tiempo, recursos, formación y reconocimiento para mejorar. Las universidades también deben crear condiciones que valoren la innovación y la investigación de la propia práctica.

La calidad educativa, por tanto, no puede depender exclusivamente del heroísmo individual de algunos profesores. Requiere una responsabilidad compartida entre estudiantes, docentes, autoridades y programas académicos.

Una lección para los estudiantes universitarios

Aunque el libro se dirige principalmente al profesorado, su mensaje también interpela directamente a los alumnos.

Un estudiante puede preguntarse ante cada lectura: “¿Estoy buscando frases para repetir o intentando comprender una idea?”.

Después de una clase puede revisar sus apuntes y comprobar si contienen únicamente definiciones o si muestran relaciones, preguntas, ejemplos y aplicaciones.

Al estudiar para una evaluación, puede ir más allá de releer. Puede cerrar el material e intentar explicar el tema con sus propias palabras, compararlo con otro concepto, aplicarlo a un caso nuevo o enseñárselo a un compañero.

También puede evaluar su aprendizaje mediante una pregunta sencilla: “¿Qué puedo hacer ahora que antes no podía hacer?”.

Si solo puede repetir una definición, se encuentra en una etapa inicial. Si puede explicarla, relacionarla, aplicarla y utilizarla para tomar una decisión, su conocimiento comienza a volverse funcional.

Aprender profundamente requiere más esfuerzo que memorizar, pero también produce una formación más resistente. La información memorizada para un examen puede desaparecer en pocas semanas. Las estructuras comprendidas y utilizadas tienen mayores posibilidades de permanecer y transferirse a otros contextos.

La universidad que vale la pena

Una universidad de calidad no es necesariamente aquella que posee más tecnología, edificios modernos o profesores que dominan extensos contenidos. Estos elementos pueden ser importantes, pero no constituyen por sí solos la evidencia del aprendizaje.

La verdadera calidad se observa en lo que los estudiantes son capaces de hacer con el conocimiento recibido.

Se manifiesta cuando pueden analizar información en lugar de aceptarla automáticamente; cuando relacionan la teoría con los problemas de su entorno; cuando justifican decisiones, reconocen errores, colaboran y continúan aprendiendo sin depender permanentemente de un profesor.

La enseñanza universitaria alcanza su propósito cuando deja de producir espectadores de clases y comienza a formar participantes activos en la construcción del conocimiento.

El mensaje de John Biggs puede resumirse en una idea exigente: el éxito de la enseñanza no se encuentra en haber cubierto todos los temas, sino en haber creado las condiciones para que los estudiantes comprendan.

El profesor no puede aprender en lugar del alumno. Pero sí puede construir un sistema en el que escuchar, memorizar y repetir ya no sean suficientes; un sistema que invite a relacionar, aplicar, cuestionar y transformar.

Cuando los objetivos prometen comprensión, las actividades permiten practicarla y la evaluación exige demostrarla, la universidad deja de ser un lugar dedicado únicamente a transmitir información. Se convierte en un espacio donde las personas aprenden a pensar con lo que saben.


Los cinco depósitos del éxito: por qué el conocimiento debe estar antes que el dinero

 



El verdadero potencial profesional no comienza con los recursos, sino con aquello que una persona sabe y es capaz de hacer

Una mañana, mientras disfrutaba de un café frente a su casa, David observó acercarse a un hombre que trotaba lentamente por la calle. Estaba sudoroso, agotado y vestía ropa deportiva desgastada. Al detenerse para recuperar el aliento, comenzó a hablar de proyectos que parecían sacados de una película de ciencia ficción: construir naves espaciales, implantar microchips en cerebros, desarrollar robots domésticos y crear sistemas avanzados de inteligencia artificial.

Para una persona que no conociera su identidad, aquel discurso habría parecido exagerado o incluso absurdo. Sin embargo, el hombre era Elon Musk. Al conocer su nombre, las mismas ideas dejaron de parecer imposibles. De pronto, construir cohetes, desarrollar vehículos eléctricos o investigar conexiones entre el cerebro y las computadoras sonaba ambicioso, pero creíble.

¿Por qué las palabras de una persona pueden generar desconfianza, mientras que las mismas palabras pronunciadas por otra consiguen atraer trabajadores, inversionistas y millones de dólares?

La respuesta no se encuentra únicamente en el dinero o en la fama. Se encuentra en la construcción progresiva de cinco grandes depósitos que determinan el potencial profesional de una persona: el conocimiento que posee, las habilidades que domina, la red de contactos que ha construido, los recursos a los que tiene acceso y la reputación que ha desarrollado.

El problema es que muchas personas intentan llenar estos depósitos en el orden equivocado.

Los cinco depósitos del potencial humano

Toda carrera profesional puede entenderse como un proceso de acumulación. Desde que una persona inicia sus estudios, comienza a incorporar conocimientos sobre su profesión, su entorno y el funcionamiento de las organizaciones. Ese conocimiento constituye el primer depósito.

Sin embargo, saber algo no significa necesariamente saber hacerlo. Un estudiante puede comprender perfectamente la teoría de la administración, el marketing, la contabilidad o la ingeniería, pero solo cuando utiliza ese conocimiento para resolver problemas reales comienza a desarrollar habilidades. Así se llena el segundo depósito.

El conocimiento responde a la pregunta: “¿Qué sé?”. La habilidad responde a una pregunta más exigente: “¿Qué soy capaz de hacer con lo que sé?”.

Cuando una persona posee conocimientos útiles y demuestra habilidades para aplicarlos, empieza a generar valor para los demás. Los docentes la recomiendan, los compañeros desean trabajar con ella, las empresas reconocen su potencial y los profesionales experimentados comienzan a incluirla en nuevos proyectos. De esta manera se construye el tercer depósito: la red de contactos.

Una red profesional auténtica no consiste simplemente en acumular seguidores en redes sociales o guardar números telefónicos. Se construye cuando otras personas confían en la capacidad, la responsabilidad y el comportamiento de alguien. Los mejores contactos aparecen como consecuencia del valor demostrado.

Posteriormente llegan los recursos. Una persona competente y conectada puede acceder a mejores empleos, mayores ingresos, oportunidades de inversión, tecnología, información y espacios de decisión. Este es el cuarto depósito.

Finalmente aparece la reputación, es decir, lo que el mundo piensa de esa persona. La reputación es el resultado acumulado de las decisiones tomadas, los resultados obtenidos y la manera en que se ha tratado a los demás. No se construye con una declaración personal, sino con evidencias sostenidas a lo largo del tiempo.

El orden, por tanto, es fundamental: conocimiento, habilidades, red de contactos, recursos y reputación.

El error de comenzar por el dinero

En la vida profesional resulta tentador medir cada oportunidad exclusivamente por el salario. Frente a dos empleos, muchas personas eligen automáticamente aquel que ofrece una remuneración mayor, sin analizar cuánto podrán aprender o qué habilidades podrán desarrollar.

Esta decisión parece lógica en el corto plazo. Sin embargo, puede convertirse en una trampa.

Imaginemos que una empresa ofrece a un joven profesional un salario de 1.500 euros mensuales, pero le permite participar en proyectos complejos, recibir asesoría de especialistas y adquirir experiencia en diferentes áreas. Otra empresa le ofrece 2.000 euros, pero su trabajo será repetitivo, no contará con acompañamiento y tendrá pocas posibilidades de aprendizaje.

A primera vista, el segundo empleo parece pagar más. No obstante, desde una perspectiva de largo plazo, el primero podría ser considerablemente más valioso. Los 500 euros adicionales representan un beneficio inmediato, mientras que los conocimientos y habilidades adquiridos pueden elevar los ingresos del profesional durante toda su carrera.

Una oportunidad que entrega más dinero, pero reduce el aprendizaje, no siempre es una oportunidad mejor. En algunos casos, es un empleo que paga más hoy y mucho menos mañana.

El conocimiento aplicado produce habilidades; las habilidades generan resultados; los resultados atraen contactos; los contactos abren oportunidades; y las oportunidades permiten acceder a mayores recursos y construir una reputación sólida. Por eso, invertir en el primer depósito puede terminar llenando todos los demás.

Cuando el cargo llega antes que la capacidad

El capítulo presenta la historia de Richard, un joven trabajador de 21 años que recibió una oferta aparentemente extraordinaria. Una empresa de marketing le propuso convertirse en director ejecutivo, duplicar su salario, recibir participación en el negocio y mudarse a Nueva York.

Desde fuera, la oportunidad parecía representar un ascenso espectacular. Richard dejaría de ser un trabajador joven para convertirse en CEO de una compañía con más de veinte empleados. El título, el salario y el estatus llegaron rápidamente.

Sin embargo, existía una dificultad: todavía no había acumulado la experiencia gerencial necesaria para liderar una organización de esa magnitud. Había recibido acceso al cuarto y al quinto depósito —recursos y reputación— sin haber llenado suficientemente los dos primeros: conocimiento y habilidades.

Dieciocho meses después, la empresa cerró. Perdió empleados importantes, agotó sus recursos y quedó rodeada de cuestionamientos relacionados con su administración. Richard terminó desempleado, lejos de su hogar y buscando nuevamente un puesto más operativo dentro de la misma industria.

Esta historia no significa que los jóvenes deban rechazar responsabilidades importantes. Tampoco plantea que la edad determine automáticamente la capacidad de una persona. Su mensaje es más profundo: asumir un cargo sin contar con la preparación necesaria puede convertir una gran oportunidad en una carga difícil de sostener.

El título de gerente no convierte automáticamente a alguien en gerente. El nombramiento puede otorgar autoridad formal, pero solo el conocimiento, la experiencia y las habilidades permiten ejercerla correctamente.

El peligro del ego profesional

Una de las razones por las que se altera el orden de los depósitos es el ego. Las personas desean reconocimiento, cargos importantes, mejores salarios y símbolos visibles de éxito. En consecuencia, pueden sentirse tentadas a buscar resultados externos antes de construir capacidades internas.

El ego afirma que el cargo es más importante que la preparación. Hace creer que parecer exitoso equivale a ser competente. También empuja a comparar el inicio de una carrera con el resultado final de otras personas.

Un estudiante puede observar a un empresario reconocido y concentrarse únicamente en su riqueza. Sin embargo, rara vez ve los años de estudio, experimentación, errores, lecturas, decisiones y aprendizajes que hicieron posible esa posición.

La reputación visible es normalmente la última parte de un proceso invisible. Antes del reconocimiento existieron miles de horas de preparación.

Esta idea resulta especialmente importante en una época dominada por las redes sociales. En internet es posible proyectar una imagen de éxito sin contar necesariamente con resultados que la respalden. Se pueden exhibir cargos, certificados, viajes o frases motivacionales, pero ninguna publicación puede reemplazar la capacidad de resolver un problema real.

La apariencia puede conseguir atención. Solo la competencia consigue confianza duradera.

Los depósitos que ninguna crisis puede vaciar

Las carreras profesionales no se desarrollan siempre de manera predecible. Una empresa puede cerrar, un trabajador puede ser despedido, una nueva tecnología puede transformar una industria y una crisis económica puede reducir oportunidades laborales.

Estos acontecimientos pueden considerarse terremotos profesionales: situaciones inesperadas capaces de alterar profundamente la trayectoria de una persona.

Un terremoto profesional puede disminuir los recursos económicos. También puede debilitar una red de contactos o afectar temporalmente la reputación. Sin embargo, existen dos depósitos que ninguna crisis puede vaciar completamente: el conocimiento y las habilidades.

Una persona puede perder su empleo, pero no pierde automáticamente lo que aprendió. Puede cerrar una empresa, pero conserva la experiencia adquirida al atender clientes, dirigir equipos, resolver conflictos, analizar información o administrar recursos.

Por esta razón, los dos primeros depósitos representan la verdadera seguridad profesional. Un cargo puede desaparecer. Una empresa puede quebrar. Un ingreso puede reducirse. Pero una persona capaz de aprender, adaptarse y aplicar sus conocimientos posee mayores posibilidades de reconstruirse.

La estabilidad más valiosa no se encuentra en permanecer siempre en el mismo puesto, sino en conservar la capacidad de generar valor en diferentes circunstancias.

Una lección para los estudiantes universitarios

La universidad no debería entenderse únicamente como un camino para obtener un título. Su principal función es ayudar al estudiante a llenar los primeros depósitos de su vida profesional.

Cada lectura aumenta el conocimiento. Cada ejercicio convierte parte de ese conocimiento en habilidad. Cada exposición mejora la comunicación. Cada trabajo grupal enseña coordinación, responsabilidad y manejo de conflictos. Cada proyecto permite transformar conceptos abstractos en soluciones concretas.

Incluso las actividades que parecen pequeñas pueden contribuir a esa construcción. Aprender a redactar correctamente, utilizar una hoja de cálculo, analizar datos, hablar frente a un público, investigar fuentes confiables o trabajar bajo presión puede convertirse posteriormente en una ventaja profesional.

El estudiante que solo busca aprobar probablemente acumulará calificaciones. El estudiante que busca comprender y aplicar comenzará a acumular capacidades.

También es necesario comprender que los contactos universitarios forman parte del tercer depósito. Los compañeros de hoy pueden convertirse en empresarios, profesionales, proveedores, investigadores o líderes de organizaciones. No obstante, esas relaciones deben construirse sobre la colaboración y la confianza, no sobre el interés inmediato.

Una red sólida comienza cuando una persona cumple sus compromisos, comparte conocimiento, ayuda a otros y demuestra que puede trabajar responsablemente.

Llenarse para poder contribuir

La idea de llenar los propios depósitos podría confundirse con una visión egoísta de la vida. Podría parecer que estudiar, trabajar, ganar experiencia y conseguir recursos tiene como único propósito alcanzar beneficios personales.

Sin embargo, existe otra interpretación.

Durante los primeros años de su carrera, el autor del capítulo se preguntaba si debía dedicar su energía a construir empresas o regresar a África para ayudar directamente a salvar vidas. En una conversación con el líder espiritual Radhanath Swami recibió una respuesta que transformó su manera de entender el éxito: una persona no puede entregar aquello que no posee.

La expresión utilizada fue sencilla: “No puedes verter desde depósitos vacíos”.

El mensaje no era abandonar el deseo de ayudar, sino prepararse para hacerlo de una manera más amplia y sostenible. Una persona con mayores conocimientos, habilidades, contactos, recursos y credibilidad puede impulsar proyectos de educación, financiar organizaciones sociales, crear empleos y beneficiar a comunidades enteras.

Llenar los propios depósitos no debe convertirse en una excusa para ignorar a los demás. Debe ser una estrategia para aumentar la capacidad de contribuir.

La verdadera riqueza profesional

El éxito suele asociarse con el salario, los bienes materiales, el cargo o el reconocimiento público. Sin embargo, estas formas de riqueza pueden ser inestables. Dependen de las empresas, del mercado, de las decisiones de otras personas y de circunstancias que no siempre pueden controlarse.

El conocimiento y las habilidades son diferentes. Se trasladan con la persona. La acompañan cuando cambia de empresa, de ciudad, de profesión o de etapa de vida.

Por eso, la pregunta más importante al evaluar una oportunidad no debería ser únicamente: “¿Cuánto voy a ganar?”. También habría que preguntarse: “¿Qué voy a aprender?”, “¿Qué habilidades desarrollaré?”, “¿Quién seré después de vivir esta experiencia?” y “¿Esta decisión fortalece o debilita mis bases profesionales?”.

La prosperidad duradera comienza por aquello que una persona sabe y por aquello que es capaz de hacer. El dinero puede perderse, los cargos pueden terminar y la reputación puede cambiar. Pero quien ha aprendido a pensar, resolver problemas, adaptarse y crear valor conserva la posibilidad de volver a empezar.

Quienes acumulan recursos pueden ser ricos durante un momento. Quienes acumulan conocimientos y habilidades poseen una riqueza que puede acompañarlos durante toda la vida.

El desafío para los estudiantes universitarios no consiste en llenar todos los depósitos de inmediato. Consiste en respetar el orden. Primero aprender, luego aplicar; después relacionarse, acceder a recursos y construir una reputación.

No se trata de avanzar lentamente, sino de avanzar sobre bases firmes. Porque una carrera construida desde el conocimiento y la capacidad puede resistir incluso cuando el mundo profesional cambia bajo nuestros pies.



Mercadona Online: la transformación digital que convirtió la entrega de alimentos en un negocio rentable

  Mercadona Online: la transformación digital que convirtió la entrega de alimentos en un negocio rentable Juana Roig explica cómo Mercadona...