jueves, 20 de octubre de 2022

Dónde jugar - Jugar para ganar: Cómo funciona realmente la estrategia de empresa


 

Dónde jugar

Durante décadas, Bounty fue una marca baluarte de P&G. Desde los setenta a los noventa, la marca se hizo un hueco en el corazón y la mente de los consumidores con los anuncios de televisión de Nancy Walker, que interpretaba a una camarera de diner llamada Rosie devota del papel absorbente. El eslogan publicitario, «The quicker picker-upper » («El limpiador más rápido»), era tan conocido como el de American Express, «Don’t leave home without it » («No salgas de casa sin ella»), o el de Maxwell House, «Good to the last drop» («Bueno hasta la última gota»). La ventaja tecnológica exclusiva de la marca convertía a Bounty en un papel más absorbente que las marcas de la competencia, con lo que se convirtió en la líder del sector en Norteamérica. Incluso después de que Rosie se retirara, la marca siguió aumentando un 1% al año su cuota de mercado, como un reloj.

Pero a finales del milenio, el negocio de Bounty iba dando tumbos. Norteamérica siempre había sido su mejor mercado —y el más grande—, pero mientras P&G impulsaba el programa de globalización, el equipo de pañuelos y toallitas (que era responsable de Bounty, del papel higiénico Charmin y de los pañuelos Puffs) se había embarcado en una cruzada de adquisiciones globales, sumando marcas y capacidad manufacturera en Europa, Asia y Latinoamérica. Las compras restaron liquidez y constriñeron el crecimiento y la rentabilidad en el mercado esencial de Estados Unidos. En 2001, cuando Charlie Pierce fue nombrado director de cuidado familiar global (el nuevo nombre que se dio al negocio de pañuelos y toallitas), había que dar un volantazo. Como dice Pierce: «Creo que mi trabajo consistió en declarar la crisis»

1 . Era obvio que la expansión global entrañaba problemas, pero también los entrañaba la falta de rumbo estratégico, sobre todo en I+D. El equipo de cuidado familiar, inspirado por los objetivos ampliados (stretch goals ) de la compañía de pensar a lo grande, estaba valorando ideas tangenciales y rompedoras, como la tecnología de film plástico, las fiambreras y los platos de cartón. Tal vez estos nuevos productos valieran la pena, pero poco tenían que ver con crear mejores pañuelos, mejor papel absorbente o mejor papel higiénico. Algunos integrantes del equipo de cuidado familiar global habían llegado a la conclusión de que nunca podrían obtener una gran rentabilidad del negocio de los pañuelos y las toallitas, estructuralmente poco atractivo, así que buscaron el crecimiento en otros productos y segmentos. Pierce recuerda su reacción inicial: «Si es cierto que no podemos sacar una rentabilidad decente de nuestro negocio, deberíamos abandonarlo por completo».

¿Era verdad? Como compañía, P&G había tomado varias decisiones respecto a dónde jugar: crecer a partir de la esencia; expandirse a las categorías de cuidado del hogar, belleza, salud y cuidado personal; y reforzar su presencia en los mercados emergentes. P&G hizo todas estas elecciones creyendo que podía ganar gracias a su habilidad para entender a los consumidores esenciales, creando y construyendo marcas diferenciadas y explotando el I+D, el diseño innovador de productos, la escala global y las asociaciones fuertes con proveedores y clientes puente. Todo ello representaba un reto para el cuidado familiar. En Europa, Asia y Latinoamérica, el exceso de capacidad manufacturera y el dominio de las marcas blancas estaban convirtiendo la categoría en una commodity . En los mercados emergentes, los precios y la predisposición a pagar eran tan bajos que diferenciar la marca no concedía ninguna ventaja (o muy poca). En los mercados emergentes, una estrategia de nicho —centrarse solo en los escasos clientes que buscaban la máxima calidad— era casi imposible; viendo los requisitos de capital para fabricar productos de papel, un negocio debe tener una escala considerable para ser rentable. Sin embargo, la idea de construir un negocio de pañuelos y toallitas verdaderamente global era insostenible.

La buena noticia era que, en Norteamérica, el negocio resultaba estructuralmente atractivo; solo con las ventas en esa región, P&G podía tener una marca líder de miles de millones de dólares con grandes economías de escala manufacturera. El equipo de cuidado familiar podía rebajar los objetivos y jugar únicamente en Norteamérica, en la mitad superior del mercado, y, con el tiempo, ir vendiendo sus activos en el resto del mundo. P&G ya había tomado una decisión así antes. La compañía había decidido entrar o permanecer en categorías que, por lo común, eran poco atractivas en sí mismas, pero solo había jugado en los segmentos potencialmente atractivos, apretándose el cinturón con los precios, los gastos de capital y explotación, el diseño de productos y empaquetados, los costes operativos y la escala. Antes de que P&G encontrara una forma de aprovechar sus puntos fuertes solo en los segmentos más atractivos, había desechado la posibilidad de ganar en categorías como el cuidado de la ropa, el cuidado femenino y la alta perfumería. En cada caso, decidir dónde jugar también implicó explícitamente decidir dónde no jugar, en el marco de una estructura sectorial general.

Una vez definido el territorio, las decisiones de dónde jugar pasaron a concernir a los productos. Decidiendo jugar a nivel global, lógicamente el equipo de innovación había optado por fomentar una serie de nuevos productos y categorías, como las fiambreras y los vasos de cartón, que no concordaban con la esencia del papel absorbente y los pañuelos. Dada la naturaleza poco atractiva del negocio de pañuelos y toallitas, tenía cierto sentido probar categorías de productos potencialmente más rentables. Pero esto significaba que, en lugar de innovar sus productos existentes, el equipo estaba potenciando categorías más especulativas. En cuanto se demarcó el territorio, el equipo de cuidado familiar pudo revertir la decisión de dónde jugar: volvió con el producto a la actividad esencial y procuró mejorar su posición competitiva en el sector de papel absorbente, papel higiénico y pañuelos. Así pudo volver a priorizar Bounty, Charmin y Puffs.

El equipo empezó con Bounty y con los consumidores, a los que se ha de comprender a fondo para debatir sobre estrategia. Si quiere ser efectiva, la estrategia debe partir de un deseo de satisfacer las necesidades del usuario generando valor tanto para la compañía como para el consumidor. Mientras estudiaba en qué segmentos jugar, el equipo de Bounty formuló varias preguntas clave: ¿quién es el consumidor?, ¿qué misión hay que cumplir?, ¿por qué los consumidores escogen lo que escogen en función de dicha misión? En el mercado norteamericano, la marca Bounty era tremendamente conocida y poseía un gran valor. Según Pierce, «tenía de lejos el mejor nombre en su categoría y era una de las marcas más valiosas de la compañía. […] Si hubieras hecho una encuesta, prácticamente el 100% de la gente te habría dicho que Bounty era una gran marca y un producto sensacional. Pero al final compraban otro producto. ¿Qué tenía de malo esta situación?». Pierce y su equipo se propusieron entender a fondo las necesidades, los hábitos y las prácticas de los consumidores con el papel absorbente.

Al observarlos e interrogarlos, descubrieron que había tres tipos distintos de usuarios de papel absorbente. El primer grupo buscaba resistencia y capacidad de absorción. Para estos consumidores, Bounty era la opción ideal, pues combinaba magistralmente los dos atributos que más les interesaban. El equipo descubrió que, entre estos consumidores, Bounty era el claro vencedor. Allí, dice Pierce, «Bounty no tenía un cuarenta por ciento del mercado, sino el ochenta».

Pero muchos consumidores no encajaban en la categoría de resistencia y capacidad de absorción, sino que pertenecían a otros dos segmentos. El segundo segmento constaba de consumidores que buscaban un papel absorbente con tacto de tela. No les importaba mucho la resistencia o la capacidad de absorción, al menos no tanto como al grupo esencial de Bounty. Lo que buscaba este grupo de clientes era el suave tacto del papel absorbente al cogerlo. El último segmento priorizaba por encima de todo el precio, aunque no era su único interés, dice Pierce: «Esos consumidores también necesitaban resistencia. No necesitaban para nada una mayor capacidad de absorción, porque compensaban de otra manera las carencias del papel absorbente de bajo precio: usando más trozos». Esos consumidores preferían usar más trozos de papel barato, si hacía falta, en vez de gastar más dinero en una marca de más calidad con la que pudieran usar menos trozos cada vez. Para ellos, era un término medio lógico.

Bounty había concentrado la mayor parte del primer segmento de consumidores, pero había hecho pocas incursiones en los otros dos grupos. Pierce quería jugar en los tres segmentos para lograr una mayor escala y aumentar la rentabilidad. En lo sucesivo, Bounty no iba a convertirse en uno sino en tres productos distintos, cada uno diseñado para llegar a un segmento específico de consumidores. La marca tradicional seguiría igual y se ofrecería al primer segmento, que ya la adoraba. Se usaría un nuevo producto, llamado Bounty Extra Soft, para intentar atraer a los consumidores que buscaban una sensación suave, como de tela. Y luego estaba el último segmento: el de la resistencia y el precio. Estos consumidores planteaban un pequeño problema.

En general, el papel absorbente de bajo precio que se comercializaba era de mala calidad y el equipo de Bounty no quería devaluar la marca esencial asociándola con un producto mediocre. Pierce señala que «estos productos tienen una resistencia pésima. Es fácil que se te hagan trizas y se rasguen. Al más ligero contacto con un líquido, se desintegran. Entonces no solo tienes que secar lo que has vertido, sino que tienes que limpiar el estropicio provocado por el papel». Para llevar el nombre de Bounty, un producto tendría que hacer honor al valor de la marca, aunque se vendiera según su valor percibido. El nuevo producto no estaba diseñado como una versión simplificada de Bounty, sino como un producto nuevo pensado para satisfacer las necesidades específicas de los consumidores en busca de resistencia y buen precio. Bounty Basic era bastante más resistente que cualquier otra marca de bajo precio y se vendía más o menos a un 75% del coste del producto estándar. Se colocaba en una estantería distinta a la del Bounty tradicional, con las otras marcas de menor precio, así que iba dirigida al tercer segmento de consumidores.

Aunque existía un ligero temor de que los consumidores de Bounty pudieran pasarse al Bounty Basic, los atributos de cada uno de los tres productos respondían tan bien a las necesidades de cada segmento que, de hecho, pocos clientes cambiaron de categoría. Pierce dice: «El Bounty clásico era un producto que había existido durante décadas. El Bounty actual está compuesto por tres productos que fueron diseñados tras entender a fondo a los consumidores y tras segmentarlos claramente. En cuanto a las prestaciones, todos los productos son muy diferentes entre sí y cada uno está diseñado para satisfacer las necesidades de sus usuarios».

Al final, el equipo de cuidado familiar decidió no jugar en la parte puramente commodity del mercado; aunque el precio de Bounty Basic corresponde a su valor percibido, es superior al de las marcas blancas y ofrece una resistencia claramente mejor. Al eludir el rango commodity de la gama de productos y precios, P&G puede dirigirse a sus consumidores esenciales a través de sus minoristas más valiosos (sus clientes más fieles y grandes), utilizando ventajas esenciales en innovación y construcción de marca. Pierce y su equipo tomaron decisiones sobre dónde jugar a nivel de territorio (Norteamérica), de consumidores (tres segmentos en la mitad superior del mercado), de productos (papel absorbente, con marca básica y premium ), de canales (supermercados, grandes tiendas de ofertas, drugstores y supermercados de suscripción como Costco) y de fases de producción (I+D y producción del papel absorbente, pero sin cultivar los árboles ni extraerles la pulpa). Para Bounty y la categoría de cuidado familiar, estas decisiones claras sobre dónde jugar espolearon la innovación y ayudaron a marcas poderosas a crecer todavía más. De resultas, la rama de cuidado familiar de P&G creció y creó valor sistemáticamente a una velocidad inigualable dentro del sector.

LA IMPORTANCIA DE ELEGIR BIEN EL CAMPO DE JUEGO

Decidiendo dónde jugar, definimos el campo de juego para la compañía (o para la marca, la categoría, etc.). Todo se resume a tu sector de actividad real. La decisión estriba en dónde competir y dónde no. Es crucial entender esto, porque el campo de juego que eliges también es el lugar donde debes encontrar maneras de ganar. Las decisiones sobre dónde jugar ocurren en una sucesión de dominios, entre los que sobresalen estos:

• Geografía . ¿En qué países o regiones intentarás competir?

• Tipo de producto . ¿Qué tipos de productos y servicios vas a ofrecer?

• Segmento de consumidores . ¿Qué grupos de consumidores te fijarás como objetivo? ¿En qué rango de precios? ¿Qué necesidades satisfarás?

• Canal de distribución. ¿Cómo llegarás a tus clientes? ¿Qué canales usarás?

• Fase de producción vertical. ¿En qué fases de la producción participarás? ¿Y en la cadena de valor? ¿Te involucrarás mucho o poco?

Hay que considerar muchas cosas para elegir con conocimiento de causa. Y las consideraciones son siempre las mismas, sea cual sea el tamaño de la compañía o el tipo de sector. Piensa en un pequeño agricultor. Tiene que responder a una serie de preguntas para aclarar el campo de juego. ¿Venderá solo a nivel local o a amigos y vecinos, o tratará de afiliarse a una cooperativa con mayor presencia geográfica? ¿Qué frutas y verduras cultivará? ¿Venderá productos orgánicos u ordinarios? ¿Venderá cestas con fruta sin procesar, o convertirá las manzanas en zumo antes de venderlas? ¿Venderá directamente a los consumidores o lo hará a través de un almacén intermediario? Si procesa la fruta para fabricar zumo, ¿lo hará él mismo o externalizará esa fase de la producción? Si es previsor, el campesino sopesará dónde jugar para poder elegir territorios, segmentos, productos, canales y opciones de producción que encajen (por ejemplo, vendiendo verduras orgánicas localmente en mercados agrícolas o procesando la fruta para venderla en todo el país, minimizando el desperdicio).

Las start-ups, las pequeñas empresas, las compañías regionales o nacionales e incluso las grandes multinacionales deben afrontar un conjunto parecido de dilemas respecto a dónde jugar. Obviamente, las respuestas diferirán. Las decisiones de las pequeñas empresas pueden ser más limitadas que en las grandes compañías, sobre todo en términos de capacidad y escala. Pero incluso estas segundas deben tomar decisiones explícitas para competir en ciertos sitios, con ciertos productos y para ciertos clientes (y no otros). Optar por ofrecer servicios a todo el mundo, en todas partes —o simplemente a todo el que venga— es un suicidio.

Decidir dónde jugar también exige decidir dónde no jugar.                                                          

Cuando estás valorando dónde expandirte (o dónde no) se ve con nitidez, pero cuando estás valorando si deberías quedarte en los sitios y segmentos donde te estás ofreciendo en la actualidad es bastante más difícil. El statu quo —permanecer en los lugares y segmentos donde has estado siempre— acostumbra a ser una decisión implícita que no se analiza. Solo porque hayas elegido un lugar donde jugar en el pasado no tienes por qué quedarte. Piensa en una compañía como General Electric. Hace una década, obtenía bastante rédito de sus holdings de entretenimiento (NBC y Universal) y de sus negocios de materiales (plástico y silicona). Hoy ha remodelado la cartera para priorizar las infraestructuras, la energía y el transporte, donde sus capacidades únicas pueden resultar claves para ganar. Fue una decisión explícita sobre dónde no jugar.  

Es inevitable que, al decidir dónde jugar, la importancia de cada dimensión varíe según el contexto. Hay que valorar a conciencia cada dimensión, que tendrá un peso diferente en cada situación. Una start-up puede anteponer los productos o servicios que ofrece, pero un gigante estancado se centrará en los clientes —buscando entender mejor sus necesidades y probando nuevas maneras de afrontar la segmentación— para estrechar y pulir una decisión demasiado imprecisa.

En P&G, las decisiones de dónde jugar empiezan por el consumidor: ¿quién es?, ¿qué quiere y qué necesita? Para ganar con mamá, P&G dedica enormes recursos para entenderla, observándola, visitándola a casa e invirtiendo muchísimo en descubrir sus necesidades insatisfechas o tácitas. Solo se puede determinar adecuadamente dónde jugar (en qué negocios entrar y cuáles abandonar, qué productos vender, qué mercados priorizar, etc.) con un esfuerzo coordinado para entender al consumidor, sus necesidades y la manera en que P&G puede satisfacerlas. Como explica el actual director general, Bob McDonald: «No nos llenamos la boca con la comprensión de los consumidores. Profundizamos de verdad. Nos sumergimos en el día a día de la gente. Nos esmeramos mucho por encontrar las tensiones que podemos ayudar a aliviar. De ellas sacamos moralejas que desembocan en grandes ideas» 2 . Estas grandes ideas pueden ser la base de una decisión firme sobre dónde jugar.

El canal de distribución también suele ser una elección peliaguda para P&G, debido al tamaño dominante y al poder de mercado de los minoristas en cuestión. Tesco posee más del 30% del mercado del Reino Unido 3 . Walmart vende a unos doscientos millones de norteamericanos por semana 4 . Otros actores, como Loblaw en Canadá o Carrefour en Europa, tienen una presencia regional significativa. Por este motivo, el canal es especialmente relevante para la compañía. Por supuesto, hay sectores en que el canal ni siquiera se valora (por ejemplo, en los sectores servicios que tratan directamente con el consumidor final). Reiteramos que el contexto importa y que cada compañía debe valorar por sí misma el peso de las diferentes decisiones sobre dónde jugar.

Para decidir dónde jugar, un último factor que considerar es la competencia. Igual que al definir las aspiraciones ganadoras, una compañía debería decidir dónde jugar pensando seriamente en la competencia. Puede que elegir un campo de juego idéntico al de un competidor fuerte sea un proyecto menos atractivo que desviarse para competir de otra forma, por otros clientes o en otras líneas de productos. Pero la estrategia no consiste solamente en encontrar un camino único. Si es capaz de aportar un valor nuevo y distintivo, la compañía puede decidir jugar en un campo concurrido o en un campo con un competidor dominante. En tal caso, se puede ganar plantando cara al competidor líder enseguida o yendo antes a por los competidores más débiles.

Esto es lo que sucedió con Tide. Con el lanzamiento de Liquid Tide en 1984, P&G estaba entrando en la categoría de detergentes líquidos contra un competidor fuerte y consolidado. Incluso con el fuerte valor de marca de su detergente en polvo, no iba a ser tortas y pan pintado. Wisk, el detergente líquido de Unilever líder del mercado, era una marca fuerte y arraigada con una clientela fiel. Durante los dos o tres primeros años, Wisk no cedió ni un ápice de su cuota de mercado a Liquid Tide. En el primer año, de hecho, la amplió. Era evidente que los usuarios de Wisk no estaban pasándose a Tide. Pero P&G no necesitaba robar usuarios a Wisk para ganar en la categoría, al menos en aquel momento. El ambicioso lanzamiento de Liquid Tide ayudó a expandir la categoría general de detergentes líquidos y P&G se llevó la mayor parte de dicha expansión. Liquid Tide creó nuevos consumidores para el detergente líquido y ninguno de ellos era leal a Wisk. A medida que la categoría fue creciendo, Tide pudo empezar a quitar cuota de mercado a actores más pequeños, como Dynamo, que no podían competir contra P&G en I+D, escala y experiencia en construcción de marcas. Solo entonces, una vez reunida una masa crítica, Liquid Tide tuvo que retar directamente a Wisk. En aquel momento, la batalla ya estaba casi ganada.

Para Liquid Tide, el objetivo no fue evitar un campo de juego en el que había un competidor feroz, sino expandir el campo de juego para que cupieran los dos competidores y ganar tiempo para coger inercia. Al final, Liquid Tide ganó el pulso y tomó la delantera del mercado con resolución.

TRES PELIGROSAS TENTACIONES

Como hemos señalado, hay que valorar muchas cosas al tomar una decisión ganadora sobre dónde jugar, desde los consumidores a los canales, los clientes, la competencia y las diferencias locales, regionales y globales. Con tanta complejidad, es fácil que tu estrategia caiga presa de un exceso de simplificación, de la resignación o incluso de la desesperación. En concreto, cuando te plantees dónde jugar, deberías evitar tres deslices. El primero es negarse a elegir, tratando de jugar en todos los campos a la vez. El segundo es intentar esquivar una decisión heredada o poco atractiva mediante una adquisición. El tercero es aceptar una decisión como algo inevitable o imposible de cambiar. Ceder a cualquiera de estas tentaciones conlleva decisiones estratégicas poco convincentes y, a menudo, el fracaso.

No elegir

La concreción es un atributo crucial para ganar. Tratar de serlo todo para todos los clientes suele llevarnos a prestar un servicio deficiente a todo el mundo. Incluso la compañía o marca más fuerte está posicionada para atender mejor a unos clientes que a otros. Si tu segmento de consumidores es «todo el mundo» o tu territorio es «todas partes», no has asimilado bien la necesidad de elegir. Tal vez argumentes que hay compañías como Apple y Toyota que deciden ofrecerse a todo el mundo. Pero lo cierto es que no. Aunque tienen una vasta base de clientes, ambas compañías no ofrecen los mismos servicios en todos los sitios del mundo y a todos los segmentos de clientes. Hace nada, en 2009, Apple solo obtenía un 2% de sus ingresos de China. Esa era una decisión de dónde y cuándo jugar. Era una decisión basada en los recursos, las capacidades y el entendimiento de que ni siquiera Apple puede estar en todas partes al mismo tiempo.

P&G tampoco puede atender igual de bien a todos los mercados. Con Bounty, decidió atacar tres segmentos de consumidores en la gama alta del mercado norteamericano del papel absorbente; optó por no ofrecerse al resto del mundo ni a clientes cuyo principal criterio de decisión fuera el precio. En general, cuando P&G decidió jugar en los mercados emergentes, dio prioridad a regiones donde ya tenía un negocio consolidado (como México) y a nuevos mercados que se abrían con igualdad de oportunidades para todos los competidores entrantes (por ejemplo, Europa del Este, tras la caída del Muro de Berlín, y China, cuando Deng Xiaoping abrió los primeros parques empresariales en Cantón). La decisión de entrar por turnos en ciertos mercados emergentes permitió a P&G priorizar la asignación de recursos, la liquidez y, lo que es más importante, la gente, con tal de ascender por la curva de aprendizaje y crear negocios de éxito. Sin esa decisión concreta, P&G habría terminado con un batiburrillo de negocios mediocres esparcidos por el mundo, carentes de la atención y los recursos necesarios para liderar el mercado.

Intentar esquivar un sector poco atractivo por medio de las adquisiciones

A menudo, las compañías usan las adquisiciones para intentar esquivar los sectores poco atractivos y entrar en los atractivos. Por desgracia, es algo que rara vez funciona. Una compañía que es incapaz de diseñar una estrategia para salir de un sector difícil no tiene ninguna garantía de que vaya a maravillar en otro diferente, a menos que cuente con un método serio para trazar una estrategia en ambos sectores. Por lo común, una adquisición añade complejidad a una estrategia ya esparcida y fragmentada de por sí, con lo que dificulta aún más ganar en términos generales.

Las compañías explotadoras de recursos son especialmente vulnerables a esta trampa, puesto que muchas veces se desviven por los productores de valor añadido en sus sectores. Tanto en el sector del aluminio como en el del papel prensa o el carbón, es habitual que el comprador se deje seducir por los precios más altos y los mayores índices de crecimiento del sector downstream . Tristemente, hay dos grandes problemas con este tipo de adquisición. El primero es el precio. Cuesta un riñón entrar en sectores atractivos y, con mucha frecuencia, los compradores pagan por el activo más de lo que jamás valdrá para ellos, con lo que se condenan a largo plazo. Segundo, la estrategia y las capacidades necesarias en el sector objetivo tienden a ser muy diferentes a las del sector actual; es extremadamente difícil hilvanar estos dos métodos y sacar una ventaja en ambos (por ejemplo, minar la bauxita y procesar el aluminio). Normalmente, estas adquisiciones son demasiado caras y entrañan dificultades estratégicas.

En vez de buscar una posición más atractiva adquiriendo empresas, puedes fijarte un objetivo mejor para tu compañía. El verdadero objetivo debería ser crear una disciplina interna de pensamiento estratégico para afrontar con más garantías la actividad económica actual, independientemente del sector, y para conectar con los distintos destinos y oportunidades posibles.

Aceptar una decisión como si no pudiera cambiarse

También puede ser tentador ver una elección sobre dónde jugar como algo dado, como algo hecho por ti. Pero una compañía siempre puede decidir dónde jugar. Para recuperar mi ejemplo preferido, Apple no estaba completamente limitada por su primera decisión de dónde jugar: los ordenadores de sobremesa. Aunque acabó forjándose un cómodo nicho en ese mercado, como el sobremesa por antonomasia de los sectores creativos, Apple decidió cambiar su campo de juego y pasarse al universo de la comunicación portátil y el entretenimiento, con iPod, iTunes, iPhone y iPad.

Resulta tentador pensar que no puedes elegir dónde jugar; es la excusa perfecta para la mediocridad. No es fácil cambiar de campo de juego, pero es posible y puede ser trascendental. A veces el cambio es sutil, como alterar el foco sobre el consumidor dentro del mismo sector (el caso de Olay). En otras ocasiones, el cambio puede ser drástico, como en Thomson Corporation. Hace veinte años, la compañía tenía decidido jugar en los periódicos norteamericanos, el petróleo del mar del Norte y los viajes por Europa; hoy, bajo el nombre Thomson Reuters, solo compite por internet, facilitando información imprescindible e informatizada por suscripción. Apenas hay parecido entre la elección antigua y actual de Thomson respecto a dónde jugar. El cambio no se produjo de la noche a la mañana —fueron veinte años de tremenda dedicación—, pero demuestra que se puede cambiar dónde se juega.

Incluso las marcas consolidadas tienen múltiples opciones. Ya hemos visto la decisión de Olay respecto a dónde jugar y cómo fue cambiando con el tiempo. En lugar de intentar proporcionar productos a todas las mujeres, en todas las franjas de edad y en la gama baja del mercado, el equipo de Olay decidió competir principalmente en un campo más reducido: el de las mujeres mayores de treinta y cinco que empezaban a preocuparse con los signos del envejecimiento. Esta era solo una de las numerosas opciones que tenía la marca: limitar y cambiar de forma explícita la decisión previa respecto a dónde jugar. Y luego está una de las mayores marcas de P&G, Tide, que ganó fuerza ampliando su campo de acción.

En su día, el equipo de Tide estaba centrado casi exclusivamente en la suciedad visible de la ropa. A finales de los ochenta, de hecho, Tide se ofrecía en dos formatos: el detergente en polvo tradicional y su versión líquida, ambos dirigidos a quitar la suciedad visible de las prendas («Tide’s in, Dirt’s out» o, en español, «Llega Tide y se va la suciedad»). P&G amplió el campo de juego para Tide yendo más allá de la suciedad visible y sacando versiones del producto para toda una gama de necesidades de limpieza: Tide con lejía, Tide con un toque de Downy, Tide con Febreze, Tide para lavado en agua fría y Tide sin fragancia. Luego, P&G amplió la oferta de Tide de los detergentes a otros productos de lavandería, creando una línea de productos quitamanchas entre los que descolló el brillante Tide-to-Go, un quitamanchas instantáneo. El fin era crear una línea de productos para diferentes tipos de colada, consumidor e incluso miembro de la familia.

Tide también expandió su modelo de distribución. El equipo empezó a prestar atención a los distribuidores que ofrecen un número muy limitado de marcas, como las drugstores , las tiendas al por mayor como Costco, las tiendas de todo a cien y las máquinas expendedoras en lavanderías de autoservicio y cámpines. Estos canales suelen ofrecer solo una marca nacional y una opción de marca blanca. P&G movió cielo y tierra para que siempre eligieran Tide como marca nacional. En cuanto marca líder de la categoría, su argumento era irrefutable. De hecho, se ha ampliado el horizonte para abarcar incluso la tintorería bajo la marca Tide. La definición ampliada del dónde jugar sirvió como trampolín para expandir la marca. Cada nuevo producto se cimenta sobre la superior eficacia limpiadora de Tide y sobre sus beneficios de valor añadido, con lo que se refuerza la marca en sí. De esta forma, Tide se amplió para hacerse fuerte.

IMAGINAR UN NUEVO LUGAR DONDE JUGAR

A veces, la clave para encontrar un nuevo lugar para jugar está simplemente en creer que existe. En 1995, Chip Bergh fue nombrado general manager de la rama estadounidense de limpiadores de superficies duras. El directivo de P&G lo recuerda así, entre risas: «Suena como una actividad muy poco elegante y sensual… y no cabe duda de que lo era. No era una prioridad estratégica de la compañía pero, curiosamente, era un negocio esencial de todos nuestros competidores. Sabíamos que nunca iba a quitarle el sueño a nuestro director general. Pero, para nuestros competidores, cada mañana su director general se levantaba de la cama pensando en este negocio» 5 . El panorama competitivo era difícil. Entre las marcas de Bergh había algunos nombres que habían vivido tiempos mejores, como Comet, Spic and Span y Don Limpio. Según dice Bergh, era «un negocio en caída libre valorado en unos doscientos millones de dólares». A mediados de los setenta, Comet había llegado a disfrutar de una cuota de mercado del 50% en su categoría. En 1995, todas las marcas de P&G en esta categoría sumaban conjuntamente menos del 20% del mercado.

El mundo había cambiado y P&G no había conseguido cambiar. En los hogares había menos superficies duras, dado que la fibra de vidrio (y los mármoles porosos y otras piedras) había sustituido a la porcelana. Los competidores habían sacado limpiadores menos abrasivos que gustaban a los consumidores, pero P&G no. «Era evidente que teníamos que hacer algo muy, muy diferente —comenta Bergh—. Nos percatamos de que los consumidores ya no alababan nuestros productos y que nos habíamos quedado rezagados en cuanto a innovación». Por tanto, Bergh instó a su equipo a valorar dónde jugar desde una perspectiva totalmente nueva, fundamentada en un entendimiento del panorama competitivo y de las capacidades esenciales de P&G. Según dice: «Me llevé al equipo de liderazgo de la oficina durante dos días. La idea principal era tomar una serie de decisiones que marcaran la diferencia en el negocio. Las nuevas decisiones (y la nueva estrategia) clamaban básicamente por que cambiáramos el concepto de limpieza doméstica y que hiciéramos la tarea menos ardua». Como siempre, empezamos por las necesidades de los consumidores: cómo limpiar las superficies deprisa y sin estropicios, afrontando una tarea concreta y mejorando los productos que había en oferta. Bergh continúa así: «Nos preguntamos cómo podíamos aprovechar la escala, el tamaño y la experiencia tecnológica de la compañía para cambiar por completo la limpieza doméstica. Nuestro principal avance fue empezar a acoplar diferentes tecnologías de P&G que nuestros competidores no tenían. ¿Cómo casamos la química con la tecnología tensoactiva y la tecnología papelera? Todo ello nos llevó hasta Swiffer, que lanzamos dos años más tarde».

Dentro de la categoría de limpiadores de superficies duras, Swiffer abrió una puerta completamente nueva en lo tocante a dónde jugar. Fue un superventas pensado para los consumidores. Business Week citó el producto entre los veinte que más han revolucionado la bolsa 6 . Diez años después, Swiffer ya ha penetrado en el 25% de los hogares norteamericanos. Y mientras la competencia entra en la categoría que creó P&G, la compañía ya está atenta a la siguiente frontera estratégica de Swiffer, preguntándose qué viene a continuación.

PROFUNDIZANDO

En ocasiones, es fácil desechar las decisiones nuevas y diferentes sobre dónde jugar por ser peligrosas, por chocar con la actividad actual o por discordar con las capacidades esenciales. Y es igual de fácil descartar todo un sector solo por las decisiones predominantes que han tomado los competidores respecto a dónde jugar. Pero a veces hay que profundizar un poco más, estudiar desde todos los ángulos las elecciones imprevistas sobre dónde jugar, para entender de verdad lo que es posible y cómo se puede conquistar un sector decidiendo otro lugar donde jugar. Este fue el caso de la alta perfumería en P&G.

P&G comenzó dubitativo en el negocio de la alta perfumería. De hecho, su entrada en la categoría fue accidental. En 1991, la sociedad adquirió Max Factor para impulsar el perfil internacional de su negocio de cosmética y tinte (en el que penetró en 1989 con la compra de Noxell, la empresa matriz de Cover Girl). Por entonces, Cover Girl era una marca exclusivamente norteamericana. El negocio de cosmética de Max Factor operaba sobre todo fuera de Norteamérica, con lo que entraba como anillo al dedo, pero lo curioso era que también tenía una diminuta línea de perfumes. De hecho, así fue como P&G entró también en ese negocio. En 1994, el entonces presidente y director general, Ed Artzt, intentó ampliar la participación de P&G en el sector comprando Giorgio Beverly Hills por ciento cincuenta millones de dólares. La mayoría pensó que era una adquisición extraña… ¿Una empresa sobria del Medio Oeste, como P&G, comprando una perfumería elegante de Rodeo Drive?

En muchos sentidos, era una unión extravagante. El negocio de la alta perfumería estaba formado por una mezcla de marcas propiedad de la compañía, como Giorgio, y de marcas externas de las cuales P&G solo tenía en licencia los derechos sobre el perfume, como Hugo Boss. Para uno de los líderes mundiales más reconocidos del branding , las licencias daban pie a una situación peculiar: había que depender por completo de otra compañía para crear una imagen de marca general, a la que P&G simplemente añadía una línea de perfumes adecuados. Al parecer, no se echaba mano de los conocimientos de P&G en construcción de marcas y, para más inri, la reputación de esas marcas de moda era sumamente volátil. Sufrían altibajos y no parecía que pudieran hacer gran cosa para remediarlo (y P&G menos). Fueron poquísimas las marcas de perfume que aguantaron y crecieron durante décadas, como habían hecho Tide y Crest. Además, buena parte de los perfumes se vendían a través de un canal en el que P&G no tenía mucha presencia: los grandes almacenes y las perfumerías. Y, por último, para los laboratorios de I+D de P&G no era tan fácil crear corrientes de innovación como las que permitieron a Bounty y Pantene seguir aventajando a sus competidores. La perfumería de alto standing parecían ser un negocio utópico: con muchas tendencias y poca tecnología real. Las decisiones y capacidades estratégicas para la alta perfumería tenían poco que ver con las relativas a la mayoría de los demás negocios de P&G. Así pues, no es de extrañar que el negocio fuera dando tumbos durante la década de los noventa, cosechando peores resultados que los del sector y que los estándares de la compañía.

Al menos a simple vista, la alta perfumería parecía abocada a la desinversión. El negocio parecía encajar poco con el resto de P&G. Es más, reunía unas características que lo complicaban todo: se dependía de las casas de moda y la distribución era difícil. P&G no tenía hoja de ruta para dirigir internamente negocios como estos y, fuera, no había ningún modelo parecido con el que cotejarse. P&G tampoco llevaba mucho en la categoría, especialmente en su formato pos-Giorgio, así que no tenía un largo historial por el que guiarse. La compañía estuvo a punto de deshacer la inversión, pero acabó decantándose por reordenar sus ideas.

Era importante seguir con la alta perfumería por dos razones estratégicas. La primera: tener presencia en la categoría era importante para cualquier negocio fiable y competitivo del sector belleza. Y P&G quería liderarlo gracias al cuidado del cabello (Pantene, H&S) y al cuidado de la piel (Olay). Pero para ganarse un respeto dentro del sector belleza y entre los consumidores, la compañía también necesitaba una posición en cosmética y perfumería. La transferencia de conocimientos entre las diferentes categorías es significativa, de forma que aquello que aprendes con los cosméticos y perfumes —tanto a través del I+D de productos como de las investigaciones de los consumidores— se puede utilizar en gran medida en el cuidado del cabello y el cuidado de la piel, y viceversa. En otras palabras, solo con estar en el negocio de la perfumería, mejoras en las diferentes categorías de belleza.

Además, la fragancia es un aspecto crucial de la experiencia del cuidado del cabello; por sí solo, el aroma puede influir bastante en las preferencias de compra de los consumidores. Y no solo en el caso del cuidado del cabello. Esto nos lleva a la segunda razón estratégica para jugar en la alta perfumería: en muchas categorías del hogar y otras del cuidado personal, había segmentos significativos de consumidores que daban una gran importancia a la experiencia sensorial. P&G podía influir en la intención de compra de los consumidores si acertaba con el olor. Enseguida quedó patente que la fragancia era un factor relevante a la hora de crear experiencias agradables para los consumidores y que P&G era la empresa que más la usaba del mundo. La relevancia de este pequeño negocio de alta perfumería no se ceñía solo al tamaño; era crucial para generar capacidades y sistemas esenciales que pudieran diferenciar a la compañía y crear una ventaja competitiva para sus marcas y productos.

Por tanto, P&G no solo se aferró al negocio de la alta perfumería, sino que lo engrosó estratégicamente. P&G revolucionó el modelo de negocio del sector tomando una serie de decisiones estratégicas totalmente diferentes en lo relativo al dónde jugar y al cómo ganar. En el sector de la alta perfumería, el modo de proceder estaba claro: los atelieres y las casas de moda daban a luz nuevos perfumes, estos se empleaban en las pasarelas y llegaban a los grandes almacenes por Navidad. La mayoría de los perfumes de marca se sacaban para la campaña de Navidad e iniciaban su declive en primavera. Era un modelo basado en incentivar un producto hasta exprimirlo por completo. Y en buena parte de los casos, era un negocio accesorio a otro principal: el de la moda.

En cambio, P&G empezó por el consumidor, formando un equipo interno de expertos perfumistas para diseñar fragancias acordes con los deseos y necesidades específicas de los consumidores, así como conceptos de marca. Se asoció con la crème de la crème de los perfumistas y diseñadores de perfumerías. Al cabo de poco, P&G se convirtió en el socio preferido de alta perfumería en términos de innovación. Sus marcas piensan en los consumidores, tienen un concepto detrás y están diseñadas para encandilar a los usuarios. A medida que invirtió tiempo y esfuerzo en el negocio de la alta perfumería, P&G atrajo a las mejores agencias y ganó numerosos premios de publicidad, marketing y empaquetado. Creó carteras de productos que ampliaron y reforzaron su base de consumidores y creó marcas que se convirtieron en líderes de sus segmentos.

Otra norma del sector era luchar a brazo partido por la gama más alta del mercado femenino. En lugar de atacar de frente a los rivales más grandes, el equipo de alta perfumería de P&G decidió atacar el flanco más inesperado y desprotegido: los perfumes para hombres, con Hugo Boss, y los perfumes más juveniles y deportivos, asociándose con Lacoste. La competencia estaba enfrascada en los perfumes clásicos y modernos para mujeres, que concentraban las ventas y los beneficios del sector. Al elegir otro lugar donde jugar, el equipo de alta perfumería tuvo el tiempo y la oportunidad de probar su estrategia y su modelo de negocio, perfeccionar sus capacidades y ganar confianza en que podía ganar.

Para ganar en la alta perfumería, el equipo aprovechó todo lo posible las capacidades esenciales de P&G. Usó la pericia de la compañía en construcción de marcas para evaluar la fuerza y el valor de las marcas de moda, determinar cuáles había que incorporar bajo licencia y cuánto pagar por ellas. Usó sus conocimientos de disciplina estratégica para equiparar sus decisiones a las de los licenciantes, aumentando el valor para ambos. En términos de innovación, la experiencia puntera con los aromas permitió a P&G crear productos de marca bajo licencia que podían ofrecer un atractivo único a los consumidores y durar más de una temporada. Además, con su escala como mayor comprador de aromas del mundo, pudo adquirir costosos ingredientes clave a un coste inferior que cualquier competidor.

Aplicando al negocio todas estas capacidades, P&G creó una empresa de perfumes con licencias de Dolce & Gabanna, Escada, Gucci, etc. Entre tanto, se convirtió en uno de los negocios de alta perfumería más grandes y rentables del planeta, menos de dos décadas después de su humilde entrada en el sector. Permanecer en ese mundillo fue una decisión que, a primera vista, parecía ilógica y forzaba a pensar de otra forma sobre dónde jugar, pero que ha generado enormes dividendos para toda la compañía.

No obstante, hay cosas que pasan por puro azar y la adquisición de Max Factor es testimonio perfecto de ello. P&G la compró para globalizar el negocio de cosmética, pero nunca dio sus frutos. En Norteamérica, de hecho, los resultados fueron tan pobres que se dejó de vender. Y tampoco es que aportara una gran plataforma fuera de dicha región. Es decir, la adquisición bien podía considerarse un fracaso, atendiendo a la intención con que se compró. Pero el caso es que el negocio de cosmética llegó acompañado de otros dos: una pequeña cartera de perfumes y un negocio japonés diminuto de muy alta gama de cuidado de la piel, llamado SK-II. Esa cartera de perfumes acabó siendo el embrión de un negocio líder de alta perfumería valorado en miles de millones de dólares. Y SK-II se ha expandido a los mercados internacionales y ha superado la frontera de los mil millones de dólares en ventas globales, con una rentabilidad extremadamente atractiva. En este caso, la serendipia sonrió a P&G, aunque también hubo que tomar decisiones inteligentes y sudar mucho para realizar el potencial de los negocios.

EL NÚCLEO DE LA ESTRATEGIA

Para decidir dónde jugar, hay que entender los posibles campos de juego y elegir uno. Se trata de escoger territorios, clientes, productos, canales y fases de producción que encajen, que se refuercen mutuamente y que casen con las necesidades reales de los consumidores. En lugar de intentar llegar a todo el mundo, conformarte con un nuevo campo de juego o aceptar como inevitables las elecciones que ya has hecho, toma una serie de decisiones audaces respecto a dónde jugar. Para hacerlo, necesitas una comprensión profunda de los usuarios, del panorama competitivo y de las propias capacidades. Hace falta imaginación y esfuerzo. Y tampoco viene mal algo de suerte de vez en cuando.

Mientras sopesas tus propias decisiones, recuerda que elegir dónde jugar también conlleva elegir dónde no jugar. Implica descartar opciones y marca el camino de la organización. Pero no hay una única respuesta correcta. Para algunas compañías o marcas, es mejor una elección concreta. A otras les conviene más una elección más vaga. O puede que la mejor opción sea elegir un segmento de clientes pequeño dentro de un territorio grande (o al revés). Como todo en esta vida, el contexto manda.

El núcleo de la estrategia es la respuesta a dos preguntas fundamentales: ¿dónde jugarás y cómo ganarás?

DÓNDE JUGAR: QUÉ HACER Y QUÉ NO

✔ Asegúrate de decidir dónde jugarás y dónde no. Escoge y prioriza explícitamente las decisiones en todas las dimensiones relevantes del dónde (es decir, territorios, segmentos del sector, consumidores, clientes, productos, etc.).

✔ Reflexiona mucho antes de descartar un sector entero por carecer de atractivo estructural; busca segmentos atractivos en los que puedas competir y ganar.

✔ No te embarques en una estrategia sin tomar decisiones concretas respecto al dónde. Si todo es una prioridad, nada lo es. No tiene sentido intentar reinar en todos los segmentos. No puedes. No lo intentes.

✔ Busca lugares para jugar que te permitan atacar desde flancos inesperados, por el camino más fácil. Si puedes evitarlo, no asedies ciudades amuralladas ni te enfrentes a tus competidores más fuertes de frente.

✔ No te embarques en guerras con varios frentes a la vez. planea cómo reaccionarán los competidores a tus decisiones iniciales e intenta anticiparte varios pasos. Las decisiones no tienen por qué durar para siempre, pero sí lo suficiente para darte la ventaja que buscas.

✔ No te dejes engañar por el atractivo que ofrece el espacio vacío. Es tentador ser el primero en entrar en un espacio sin competencia. Por desgracia, lo cierto es que solo una persona llega la primera (y solo hay un único jugador de bajo coste) y, muy a menudo, el espacio que vemos vacío ya ha sido ocupado por un competidor temible que aún no ves o no entiendes.


sábado, 15 de octubre de 2022

Qué es ganar

 


Las aspiraciones son el propósito motriz de una empresa. Recuerda la declaración de misión de Starbucks: «Inspirar y nutrir el espíritu humano. Solo una persona, una taza de café y un barrio al mismo tiempo». O la de Nike: «Ofrecer inspiración e innovación a todos los atletas* del mundo». (La nota adicional, marcada por el asterisco, dice así: «Si tienes cuerpo, eres un atleta»). Y la de McDonald’s: «Ser el lugar y la forma de comer preferidos por los consumidores». Cada una es una declaración de lo que pretende ser la compañía y un reflejo de la razón de su existencia. Pero una misión ambiciosa no es una estrategia; apenas sí es un comienzo.

La primera celda de la cascada de decisiones estratégicas —¿Cuál es tu aspiración ganadora?— define el propósito de tu empresa, su misión y aspiración rectora, en términos estratégicos. ¿En qué consistiría ganar, para esta organización? ¿Cuál es exactamente su aspiración estratégica? Estas respuestas son la base de tu debate estratégico; establecen el contexto para todas las decisiones estratégicas subsiguientes.

La aspiración suprema de una compañía se puede expresar de muchas maneras. Sin embargo, por regla general debes empezar con la gente (consumidores y clientes), no con el dinero (precio de las acciones). Peter Drucker argumentaba que el propósito de una organización es crear un cliente. Y aún hoy sigue valiéndonos. Analiza las declaraciones de misión anteriores. Starbucks, Nike y McDonald’s —todas empresas de enorme éxito, a su manera— condicionan sus ambiciones a los clientes. Y fíjate en el tono de esas aspiraciones: Nike quiere contentar a cada atleta (no solo a algunos); McDonald’s quiere ser el lugar favorito para comer de sus clientes (no solo una elección cómoda para las familias que están de viaje). El deseo de las tres compañías no es solo satisfacer a los clientes; quieren ganar con ellos. Y este es el aspecto fundamental de la aspiración de una compañía: debe jugar para ganar. Jugar solo para participar es contraproducente. Es un atajo a la mediocridad. Ganar es lo que importa y es el criterio clave de una estrategia acertada. Una vez fijada la aspiración ganadora, el resto de las preguntas estratégicas van encaminadas a encontrar formas de lograr la victoria.

¿Por qué importa tanto convertir la victoria en una aspiración explícita? Ganar vale la pena porque el líder del sector acumula una porción considerable (y a veces desproporcionada) de la creación de valor. Pero ganar también es complicado. Hay que tomar decisiones difíciles, esmerarse mucho e invertir bastantes recursos. Hay montones de compañías que intentan ganar y no lo consiguen. Así que imagina las probabilidades de ganar sin proponértelo expresamente. Cuando una compañía opte por participar, pero no por ganar, pasará lo inevitable: no tomará las decisiones difíciles ni hará las inversiones sustanciales que podrían hacer de la victoria una remota posibilidad. Una aspiración demasiado modesta es mucho más peligrosa que una demasiado ambiciosa. No son pocas las compañías que acaban muriendo por culpa de la modestia de sus aspiraciones.

JUGAR POR JUGAR

Tomemos como ejemplo una de las apuestas estratégicas más costosas del último siglo: la decisión de General Motors (GM) de sacar Saturn. Por supuesto, el contexto es importante. En los cincuenta, al final de la legendaria presidencia de Alfred P. Sloan, GM tenía más empleados que ninguna otra compañía del planeta y acaparaba más de la mitad del mercado automovilístico de Estados Unidos. Era la empresa más grande del Big Three * y, durante un tiempo, fue la más grande y fuerte de la Tierra. Pero Sloan se jubiló y los gustos cambiaron, en parte a raíz de las crisis del petróleo de los setenta. Se importaron modelos más baratos de bajo consumo que propiciaron que el catálogo de General Motors empezara a verse anticuado e inasequible.

En los ochenta, las marcas esenciales de la compañía en Estados Unidos —incluyendo Oldsmobile, Chevy y Buick— estaban en declive. Los jóvenes compradores estaban decantándose por Toyota, Honda y Nissan, eligiendo modelos más pequeños y económicos de estos fabricantes. Los costes también preocupaban cada vez más. A medida que los trabajadores sindicados de GM se hicieron mayores, los generosos subsidios por jubilación fueron acrecentando los costes heredados, que a su vez repercutieron en las personas que compraban coches. Mientras tanto, las relaciones con los sindicatos de la United Auto Workers eran tumultuosas y no iban camino de mejorar; la empresa reestructuró las operaciones, cerró plantas, desplazó recursos y despidió a decenas de miles de empleados.

En 1990, en una encrucijada estratégica, GM tomó una decisión osada y sacó una nueva marca para competir en el mercado de automóviles pequeños. Saturn —«otro tipo de empresa, otro tipo de coche»— era la primera marca nueva del fabricante en casi setenta años y era la primera vez que se usaba una filial, en vez de una división, para fabricar y vender coches. El objetivo, según el entonces presidente Roger Smith, era «vender un coche en la gama más baja del mercado y seguir ganando dinero» 1 . En resumen, Saturn fue la respuesta de GM a las importaciones japonesas que amenazaban con dominar el mercado de automóviles pequeños. Se trataba de una estrategia defensiva, una manera de jugar en ese segmento, para proteger el terreno que aún le quedaba y que estaba cediendo.

GM creó unas oficinas separadas para Saturn y negoció un convenio simplificado y flexible con los sindicatos de United Auto Workers para la planta en Spring Hill, otorgando a los trabajadores un mayor control y una fracción de los beneficios a cambio de que se bajaran el salario. Saturn también adoptó una filosofía manifiestamente diferente en la atención al cliente, empezando por una política que prohibía a todos sus concesionarios regatear el precio convenido. En Saturn, «los clientes eran objeto de una atención personal normalmente encontrada en los concesionarios más lujosos. […] Por decreto, cuando se daba a un cliente las llaves de un nuevo Saturn, los empleados dejaban sus tareas a medio hacer y salían al salón de exposiciones a congratularse» 2 . El lanzamiento de Saturn llegó acompañado de un gran revuelo, pues parecía ser la solución mágica de GM: la iniciativa estratégica innovadora que finalmente revertiría a la situación.

En realidad, Saturn no recondujo la situación. Al cabo de unas dos décadas y veinte mil millones de dólares en pérdidas, según estimaciones de los analistas, Saturn desapareció. Al final de 2010, la división se había volatilizado y se habían cerrado todos sus concesionarios. Después de declararse en bancarrota y reorganizarse, GM no es más que una sombra de lo que fue y su cuota de mercado en Estados Unidos es inferior al 20% 3 . La creación de Saturn no provocó la bancarrota, pero tampoco aportó demasiado. Pese a que los vehículos de Saturn se ganaron la lealtad de sus propietarios, nunca alcanzaron el volumen necesario para justificar un catálogo entero de coches o una red de concesionarios por todo el país. Como dijo un exdirectivo de GM en referencia a Saturn, «bien podría ser el mayor fiasco en la historia automovilística desde que Ford sacó el Edsel» 4 .

Los dirigentes de Saturn aspiraban a participar en el segmento de automóviles pequeños para jóvenes de Estados Unidos; Toyota, Honda y Nissan aspiraban a ganarlo. ¿Adivináis lo que pasó? Pues que Toyota, Honda y Nissan apuntaron a lo más alto, tomando decisiones estratégicas difíciles e invirtiendo grandes sumas para ganar. Y con Saturn, GM pretendió solo jugar y se fijó un listón mucho más bajo. Al principio, Saturn era una buena marca, pero necesitaba recursos sustanciales para mantener el ritmo de Toyota, Honda y Nissan, que estaban invirtiendo como si no hubiera un mañana. GM no podía ni quería seguir sus pasos. Saturn no murió por fabricar malos coches, sino simplemente porque sus aspiraciones eran demasiado modestas para mantener viva la iniciativa. Las aspiraciones no fomentaban decisiones sobre dónde jugar y cómo ganar, ni capacidades ni sistemas de gestión ganadores.

Para ser justos, GM tenía un rimero de dificultades que le complicaban jugar para ganar: relaciones tensas con los sindicatos, asfixiantes costes heredados en seguridad social y pensiones y reglamentos complicados para la distribución. No obstante, como la compañía jugó por jugar, en lugar de intentar jugar para ganar, perpetuó sus problemas generales, no los resolvió. Compara la técnica usada por GM con la usada por P&G, que juega para ganar allí donde decide jugar. Jugar para ganar es algo razonablemente sencillo de imaginar en un mercado de consumo. ¿Pero cómo lo ve una función interna de servicios compartidos? Incluso allí puedes jugar para ganar, como demuestra Filippo Passerini, presidente de la unidad de Servicios Comerciales Globales (GBS) de P&G.

JUGAR PARA GANAR

Al final de la burbuja de las puntocoms, el mundo informático entró en pánico. El NASDAQ se había hundido, arrastrando consigo la credibilidad del sector de alta tecnología y los índices generales del mercado, y había empujado la economía a la recesión. Con todo, pese al hundimiento, era evidente que el gasto en infraestructuras y servicios informáticos seguiría aumentando. Para la mayoría de las compañías (incluida P&G), los servicios informáticos no eran para nada una competencia esencial, y los costes y complejidades de prestar dichos servicios in-house eran aterradores. Por suerte, llegó al rescate una nueva estirpe de prestadores de servicios: los subcontratistas de procesos de negocios (o BPO, por sus siglas en inglés). Estas compañías (como IBM, EDS, Accenture, TCS e Infosys) prestaban una serie de servicios informáticos externamente y resolvían los entuertos a cambio de una cuota. Disipada la niebla posimpacto, las compañías, digitalizándose a marchas forzadas, tuvieron que tomar decisiones sobre cuánto usar los BPO, qué socio escoger y cuál era la mejor forma de hacerlo. No era fácil; una mala decisión podía costar millones de dólares en sobrecostes y provocar un sinfín de jaquecas más adelante.

En P&G, muchas de las operaciones que se podrían haber externalizado se acoplaron en una reorganización de 1999. Esta función GBS era responsable de una serie de servicios, incluyendo los informáticos, los de gestión de instalaciones y los recursos humanos. En el 2000, se estaban sondeando activamente tres opciones para el futuro de los GBS: mantener el curso y seguir gestionándolos internamente; refundarlos (parcial o totalmente) para que fueran un actor clave del sector de BPO; o subcontratar la mayor parte de los GBS a una de las grandes compañías de BPO que ya existían.

No era una decisión sencilla. Las bolsas y la economía se estaban desplomando, junto con las acciones de los BPO que cotizaban. De cerrarse, el acuerdo sería muy complejo y tendría un tamaño sin precedentes para el sector global de los BPO. P&G no había externalizado ni vendido nada que afectara a tantos empleados, así que había mucha incertidumbre sobre cómo afectaría a la moral y la cultura. Al exponer las opciones a los trabajadores, algunos expresaron el temor de que la compañía vendiera a empleados leales como esclavos.

Lo más fácil habría sido decir que la cuestión era muy peliaguda y mantener el statu quo . Al fin y al cabo, los GBS iban como la seda. Jugaban bien en su espacio y prestaban servicios de alta calidad a un sinnúmero de clientes internos. Otra alternativa habría sido recurrir a la segunda opción más convencional: llegar a un único acuerdo gigantesco con una gran firma de BPO, como IBM Global Services o EDS. Finalmente, la compañía podría haber concluido que una gran organización interna de servicios globales suponía un uso ineficiente de sus recursos y haber refundado los GBS como un BPO de pleno derecho. Cualquiera de estas decisiones habría parecido sensata, dadas las circunstancias. Pero ninguna contestaba satisfactoriamente a la pregunta de cómo podía ganar P&G con sus servicios globales.

La dirección no las tenía todas consigo de que se hubiesen planteado todas las opciones, así que pidió a Filippo Passerini, que tenía buenos conocimientos informáticos y una larga experiencia como manager de marketing, que revisara las alternativas y sugiriera otras posibilidades, si las había. Passerini no vio nada clara la elección convencional. En teoría, subcontratar a un único BPO inmenso crearía grandes economías de escala. No cabía duda de que el acuerdo sería bueno para el BPO, porque sellaría el mayor acuerdo de externalización en la historia del sector. Pero no había ninguna señal clara de que el acuerdo pudiera ayudar a P&G a ganar. P&G quería que el acuerdo de externalización aportara algo más que eficiencia de costes y un compromiso con un nivel de servicio predefinido. Su afán era encontrar flexibilidad, un socio capaz y dispuesto a innovar con P&G para crear valor inexistente en la estructura de entonces.

A Passerini se le ocurrió enseguida una nueva opción. En vez de firmar un solo acuerdo, P&G externalizaría varias actividades de los GBS a los mejores socios BPO: encontraría un socio ideal para gestionar las instalaciones, otro para gestionar la infraestructura informática, etc. Este sistema de elegir la mejor oferta tenía sentido porque las necesidades de P&G son muy variadas; lógicamente, una alianza de los socios más especializados tendría más posibilidades de satisfacerlas. Passerini vio que la especialización podía elevar la calidad y reducir el coste de las soluciones de los BPO. Pensó que P&G podía hacer frente a la complejidad de gestionar múltiples relaciones para crear más valor que con solo una relación. Además, la pluralidad de socios mitigaba el riesgo, dado que se les podía comparar unos con otros para alentarles a mejorar su rendimiento. Por último, la externalización liberaría el resto de recursos de GBS para invertir en las capacidades esenciales de P&G y crear una ventaja competitiva sostenible.

El argumento a favor de este método selectivo era convincente. En 2003, P&G firmó asociaciones de BPO con Hewlett-Packard en soporte informático y aplicaciones, con IBM Global Services en recursos humanos y con Jones Lang Lasalle en gestión de instalaciones. También cabe destacar que Passerini no eligió al actor más grande o conocido en cada espacio BPO. De hecho, según dice él, los escogió según otro criterio elemental: «Todos ellos tenían un común denominador: la interdependencia. El resultado fue variado. HP era el cuarto en su sector, a mucha distancia del tercero. Con P&G, ganaron visibilidad y credibilidad inmediatamente. Por más importantes que sean para nosotros, porque ahora todos nuestros sistemas operan con la plataforma de HP, somos igual de importantes para ellos [como su cliente principal]. Cada uno [de los socios más capacitados] sacó un provecho diferente, pero todos se convirtieron en empresas interdependientes con P&G» 5 . Passerini había ideado una forma mejor de entender la relación con los BPO, una que preguntaba en qué condiciones podemos ayudar al otro a ganar.

El método de Passerini ha sido un éxito. Las tres asociaciones originales han dado buenos frutos y han desembocado en un puñado de asociaciones más estrechas por diferentes servicios. El coste de los servicios ha caído, la calidad ha aumentado y los niveles de servicio han mejorado. Los índices de satisfacción de los seis mil empleados que fueron transferidos a los BPO asociados también crecieron. Esos trabajadores desempeñan ahora un papel crucial en sus nuevas organizaciones, en vez del papel subalterno que ejercían en P&G. El sistema también ha dado libertad a los miembros del equipo de GBS. Ya pueden centrarse en innovar y crear sistemas informáticos que concuerden con las decisiones y capacidades estratégicas de la compañía; entre otras, diseñar experiencias virtuales de compra vanguardistas para gestionar las opiniones de los consumidores y una «cabina» escritorio que otorga a los líderes de P&G herramientas para que puedan tomar decisiones a simple vista. Se ha podido externalizar la dimensión práctica de los servicios compartidos de P&G y, de este modo, se han podido priorizar áreas donde se puede generar una ventaja estratégica. La perspectiva que ha adoptado P&G en esta serie de transacciones se ha convertido en un modelo para otras organizaciones, ya que la pluralidad de BPO empieza a ser la norma general del sector, en detrimento del BPO único. Si la aspiración de los GBS hubiera sido encontrar una solución aceptable, nunca se habría dado con este método. Pero la aspiración era bastante más ambiciosa. Las preguntas que se formularon fueron estas: ¿Qué decisión ayudaría a P&G a ganar? ¿Cómo podría esa decisión crear una ventaja competitiva sostenible? Todavía se plantean estas preguntas. Ahora Passerini encabeza una organización de GBS más ágil e interpreta la prestación de servicios a P&G como la creación de una ecuación de valor ganadora. Según dice: «Me da miedo que nos convirtamos en una commodity. […] [En la informática], necesitas ser distinto para no convertirte en una. Hemos hecho un esfuerzo por aportar un valor único a P&G. Si algo es distintivo y único, le prestamos atención; todo lo que es una commodity —todo lo que no aporta ninguna ventaja competitiva hacerlo internamente— lo externalizamos».

El deseo de ganar induce una mentalidad competitiva —en un sentido positivo—, un deseo de hacerlo mejor siempre que se pueda. Por esta razón, los GBS compiten por ganarse a sus clientes internos. Passerini lo explica así: «No imponemos nuestros servicios; los ofrecemos [a los negocios y funciones] por un coste. Si las unidades de negocio quedan satisfechas, los comprarán. Si no, no». Este mercado abierto genera un feedback importante y obliga a los GBS a seguir reflexionando sobre cómo ganarse a sus clientes internos y crear nuevo valor. Tal es el caso que Passerini tiene fama de haberse alzado en una reunión del equipo de liderazgo global y haber prometido: «Dadme cualquier cosa que pueda convertir en un servicio y os ahorraré diecisiete centavos por dólar». Fue una oferta que no dejó indiferente a nadie y que fijó el tono para su equipo. Lo aceptable no era una opción. Prestar servicios no era la estrategia. La estrategia era prestar mejores servicios, de mayor calidad y a precios más bajos, actuando a la vez como motor de innovación para la compañía. Era una estrategia para ganar.

CON LOS QUE MÁS IMPORTAN

Para fijar correctamente las aspiraciones, es importante entender con quién y contra quién estás ganando. Por tanto, es importante tener en cuenta a qué te dedicas, quiénes son tus clientes y quiénes tus competidores. Nosotros pedíamos a los negocios de P&G que se centraran en ganar con aquellos que más importan y contra lo mejor de lo mejor. Queríamos que miraran hacia fuera, hacia sus consumidores más importantes y sus mejores competidores, en vez de mirarse el ombligo, estudiando sus propios productos e innovaciones.

Si preguntas a la mayoría de las compañías a qué se dedican, te dirán su línea de productos o te detallarán los servicios que ofrecen. Muchos fabricantes de teléfonos móviles, por ejemplo, dirían que se dedican a hacer smartphones. Es poco probable que digan que su labor es conectar a la gente y permitir la comunicación en cualquier sitio, a cualquier hora. Pero esa es realmente su actividad; un smartphone es solo una manera de lograrlo. O piensa en una compañía del cuidado de la piel. Es muchísimo más factible que diga «fabricamos productos para el cuidado de la piel» que «ayudamos a las mujeres a tener una piel más sana y de apariencia más joven» o «las ayudamos a sentirse guapas». Es una diferencia sutil, pero importante.

Las primeras descripciones son ejemplos de marketing miope, un peligro que el economista Theodore Levitt identificó hace medio siglo y que sigue coleando hoy en día. Las compañías aquejadas por esta dolencia se ofuscan con los productos que fabrican y son incapaces de ver el fin superior o la auténtica dinámica del mercado. Estas compañías gastan miles de millones de dólares en fabricar nuevas generaciones de productos que apenas mejoran las anteriores. Utilizan indicadores totalmente internos para medir el progreso y el éxito —patentes, avances técnicos y demás—, sin pararse a considerar las necesidades de los consumidores ni los cambios del mercado ni a preguntarse a qué se dedican realmente, qué necesidad del consumidor satisfacen y cuál es la mejor forma de hacerlo.

El mayor riesgo de tener la lupa puesta en los productos es que nos fijamos en las cosas equivocadas: los materiales, la ingeniería y la química. Te distraen del consumidor. Las aspiraciones ganadoras se deberían articular pensando expresamente en el consumidor. Las aspiraciones más poderosas siempre tendrán en el consumidor, no en el producto, su razón de ser fundamental. En el negocio de cuidado del hogar de P&G, por ejemplo, la aspiración no es ofrecer el detergente más potente o la lejía más eficaz, sino reinventar las experiencias de limpieza, suprimiendo lo más laborioso de las tareas del hogar. Es una aspiración que da como fruto productos que revolucionan el mercado, como Swiffer, Don Limpio Borrador Mágico y Febreze.

CONTRA LO MEJOR DE LO MEJOR

Luego está la competencia. Al fijar las aspiraciones ganadoras, debes echar un vistazo a todos los competidores, no solo a los que conoces mejor. Por supuesto, debes empezar por los sospechosos habituales. Fíjate en tus mayores competidores de siempre: para P&G, estos eran Unilever, Kimberly-Clark y Colgate-Palmolive. Ahora bien, después amplia tus horizontes y céntrate en el mejor competidor de tu espacio: ensancha tu campo de visión para determinar quién puede ser exactamente.

Este era el método que intentábamos promover en P&G. En los diversos sectores y categorías, los mejores competidores solían ser compañías locales, competidores de marca blanca y pequeñas empresas de bienes de consumo. De esta forma, el equipo de cuidado del hogar reparó en Reckitt-Benckiser (fabricante de Calgon, Woolite, Lysol y Air Wick).

No fue fácil convencer a los líderes de equipo de que se tomaran más en serio a Reckitt-Benckiser. Pero fue esclarecedor observar su posición competitiva respecto a P&G: sus resultados en comparación con los nuestros. P&G acumuló seis años consecutivos de gran crecimiento de los ingresos y las ganancias por acción, llegando a los dobles dígitos. Sin embargo, Reckitt-Benckiser estaba rindiendo aún mejor. El quid de la cuestión no era tanto la empresa rival en sí, sino conseguir que los general managers se cuestionaran sus planteamientos y criterios. El empujón era preguntar: «¿Quién es realmente tu mejor competidor? O lo que es más importante, ¿qué estrategias y operaciones está llevando a cabo mejor que tú? ¿En qué rinden mejor que tú y cómo? ¿Qué podrías aprender de ellos y hacer de forma distinta?». Analizar a tu mejor competidor, sea cual sea esa compañía, te aporta puntos de vista útiles sobre las diversas formas de ganar.

RECAPITULANDO

La esencia de una gran estrategia es tomar decisiones resueltas y difíciles: por ejemplo, decidir a qué dedicarse y a qué no, dónde jugar en los negocios que elijas, cómo ganar donde juegues, qué capacidades y competencias convertirás en tus máximos puntos fuertes y cómo tus sistemas internos traducirán estas decisiones y capacidades en un rendimiento excelente en el mercado. Y todo empieza con una aspiración ganadora y definiendo lo que significa ganar.

A menos que la aspiración suprema sea ganar, es improbable que una empresa invierta recursos adecuados y suficientes para crear una ventaja sostenible. Pero solo con las aspiraciones no basta. Hojea cualquier informe anual de una compañía y casi seguro que encuentras una visión aspiracional o una declaración de objetivos. Aun así, en la mayoría de corporaciones resulta difícil ver cómo se traduce la declaración de objetivos en una estrategia real y, en último término, en una acción estratégica. Muchos altos directivos creen que su tarea estratégica empieza y acaba por compartir su aspiración con los empleados. Desgraciadamente, después de eso no ocurre nada. Sin vincular la aspiración a decisiones explícitas sobre dónde jugar y cómo ganar, las visiones son frustrantes y, en última instancia, insatisfactorias para los empleados. La compañía necesita elegir dónde y cómo jugar para actuar. Sin eso, no puede ganar. El próximo capítulo afrontará la cuestión de dónde jugar.

ASPIRACIÓN GANADORA: QUÉ HACER Y QUÉ NO

 ✔ Juega para ganar, no solo para competir. Define ganar según tu contexto, esbozando cómo sería un futuro brillante y esplendoroso para la organización. ✔ Formula aspiraciones significativas y convincentes para tus empleados y consumidores; no se trata de encontrar el lenguaje perfecto o la visión de consenso, sino de conectar con una idea más profunda del propósito existencial de la organización.

✔ Cuando pienses en lo que significa ganar, empieza por los consumidores, no por los productos.

✔ Fija aspiraciones ganadoras (y toma las otras cuatro decisiones) para las funciones internas. También para las marcas y líneas de negocio. Pregúntate esto: ¿Qué significa ganar para esta función? ¿Quiénes son sus clientes y qué significa ganar con ellos?

✔ Piensa en ganar en relación con la competencia. Vigila a tus competidores de toda la vida, pero busca también aquellos «tapados» que puedan aparecer de improviso.

✔ No te detengas aquí. Las aspiraciones no son estrategia; simplemente son la primera celda de la cascada de decisiones.

LA ESTRATEGIA COMO VICTORIA A. G. LAFLEY

En mis más de cuarenta años de trayectoria profesional, he descubierto que a la mayoría de los líderes no les gusta elegir. Preferirían mantener abiertas todas las puertas. Las decisiones les fuerzan a mojarse, les constriñen y generan un incómodo grado de riesgo personal. También me he dado cuenta de que son pocos los que pueden definir de verdad lo que es ganar. Normalmente hablan de medidas financieras a corto plazo o de la cuota modesta de un mercado perfectamente definido. En la práctica, sopesando opciones en vez de decisiones —y sin definir con convicción lo que es ganar—, estos líderes deciden jugar, no ganar. Al final, se conforman con resultados mediocres en el sector… en el mejor de los casos.

Cuando entré en P&G a finales de los setenta, a la compañía no se le daba muy bien tomar decisiones y definir lo que es ganar. En junio de 1977, empecé como asistente de marca para la división norteamericana de lavandería, conocida cariñosamente como Big Soap [«Gran Jabón»]. Por aquel entonces, P&G vendía quince marcas de detergente y jabón para la ropa y cinco marcas de lavavajillas. Eran bastantes más de las que los consumidores necesitaban o querían y más de las que los clientes minoristas podían distribuir, comercializar y vender para sacar rentabilidad. Actualmente, P&G tiene cinco marcas de lavandería y tres de lavavajillas. Al mismo tiempo, el negocio ha aumentado constantemente sus ventas netas, la cuota de mercado, el margen bruto y operativo y la creación de valor. Y sobre todo, P&G se ha convertido en el líder destacado del mercado norteamericano. Colgate-Palmolive y Unilever, antaño competidores temibles, han ratificado su salida de las categorías en Estados Unidos y han transformado el resto de sus marcas en marcas blancas fabricadas por contrato, que en la mayoría de casos desempeñan un papel muy secundario al de P&G y las marcas blancas. La victoria de P&G en la categoría norteamericana de lavandería es la culminación de una serie de decisiones estratégicas claras, conectadas y cohesionadas que se empezaron a tomar a principios de los ochenta. Unos cuantos líderes de sector, categoría y marca se han comprometido a ganar en esta categoría y han encontrado formas para hacerlo.

Aunque P&G fue mejorando a la hora de definir qué implicaba ganar a nivel de marca y categoría, no siempre lo ha tenido igual de claro como compañía, lo cual ha provocado periodos de bajo rendimiento. A comienzos de los ochenta, los líderes de la compañía estaban frustrados con la caída de los ingresos brutos y con los índices de crecimiento de las ventas, así que ordenó estimular el crecimiento de los ingresos brutos orgánicamente y por medio de adquisiciones. Sin una estrategia clara sobre dónde jugar y cómo ganar, el resultado fue un galimatías de adquisiciones que no compensó nunca el coste en capital (Orange Crush, Ben Hill Griffin, Bain de Soleil, etc.) y una retahíla de marcas y productos nuevos que no cuajaron, como Abound, Citrus Hill, Cold Snap, Encaprin, Solo y Vibrant. En 1984-1985, los beneficios anuales de la compañía cayeron por primera vez desde la Segunda Guerra Mundial. En 1986, oficializó su primera gran reestructuración y condonación de deuda. En ese momento, se recurrió a Michel Porter y a Monitor. Fue la primera experiencia de P&G con la estrategia empresarial y tuve suerte de ser uno de los conejillos de Indias en la primera clase de Porter.

Por desgracia, la primera vacuna no funcionó. Cuando el negocio y los resultados económicos a corto plazo empezaron a mejorar, gracias a otra gran reestructuración y al mayor crecimiento internacional, P&G olvidó buena parte de lo que había aprendido. En los noventa, los ingresos brutos cayeron de nuevo y la compañía volvió a refugiarse en la táctica de crear nuevas categorías y marcas, además de fomentar las fusiones y adquisiciones. Esta vez, apostó todavía más por los nuevos productos y tecnologías, como los robots limpiadores del hogar, los vasos y platos de cartón e incluso los nuevos formatos de venta al detalle. Y las adquisiciones abrieron todavía más el abanico para englobar la compañía de agua PUR y la compañía Iams, de comida para mascotas. P&G sopesó seriamente comprar la Eastman Kodak Company, perdió una subasta ante Pfizer para adquirir American Home Products y tanteó a Warner-Lambert en su intento por entrar en el sector farmacéutico. Como era de esperar, volvió a errar el tiro.

Cuando fui elegido director general en el año 2000, la mayoría de los negocios de P&G estaban incumpliendo sus objetivos. Y una buena parte de ellos los incumplían por mucho. La compañía había invertido e intentado abarcar demasiado. No estaba ganando con aquellos que más importaban: los consumidores y clientes. Durante mis treinta primeros días en el cargo, visité a todos los minoristas principales donde vendíamos nuestros productos. Descubrí que P&G era su mayor proveedor, pero no éramos ni de lejos el mejor… en ninguna tienda. Los consumidores estaban abandonando P&G, como ponía de manifiesto el declive en el índice de primeras compras y en la cuota de mercado de gran parte de nuestras marcas líderes.

Estaba decidido a acertar con la estrategia. Para mí, acertar significaba que P&G se centrara en maneras viables de ganar con los consumidores más relevantes y contra la mejor competencia. Significaba que los líderes tomaran decisiones estratégicas de verdad (que identificaran lo que iban a hacer y lo que no, dónde iban a jugar y dónde no y cómo iban a crear específicamente una ventaja competitiva para ganar). E implicaba que los líderes a todos los niveles de la compañía se convirtieran en hábiles estrategas y gestores. Iba a enseñar estrategia en P&G hasta lograr la excelencia.

Quería que mi equipo entendiera que la estrategia es un pensamiento disciplinado que exige tomar decisiones difíciles y que todo se resume en ganar. Crecer o crecer más rápido no es una estrategia. Generar una cuota de mercado no es una estrategia. Aumentar un 10 % o más los beneficios por acción no es una estrategia. Vencer al competidor X tampoco. Una estrategia es un conjunto coordinado e integrado de decisiones sobre dónde jugar, cómo ganar, sobre cuál es la capacidad esencial y sobre cuál es el sistema de gestión, destinadas a satisfacer perfectamente las necesidades de un consumidor, creando una ventaja competitiva y aumentando el valor para el negocio. La estrategia es una forma de ganar. Fin de la película.


domingo, 7 de agosto de 2022

El entrenamiento invisible

 


Por: Xavier Marcet

Presidente de la consultora Lead to Change

No conocía este concepto de entrenamiento invisible tan familiar para la gente del deporte. Lo rescato para mí desde un fantástico libro de Álvaro Merino (Equipos con Futuro) lleno de inspiración para aquellos a quienes interese la relación entre empresa y deporte. El entrenamiento invisible es todo aquello que a los deportistas les ayuda a prepararse mejor entre entrenamiento y entrenamiento. Todo aquello que su entrenador no verá pero que es fundamental en su rendimiento (cómo comen, cómo descansan, cómo se cuidan, etcétera.) Me aventuro a trasladar este concepto de entrenamiento invisible a nuestro mundo de las organizaciones. Qué podemos hacer, nosotros solos, cuándo nadie nos ve, para mejorar nuestro rendimiento. Para ser mejores profesionales, líderes y compañeros. ¿Qué tipo de entrenamiento invisible podemos invertir en nuestro presente y en nuestro futuro profesional o empresarial? Aquí tienen la tabla de ejercicios que he imaginado. No necesita entrenador personal, pero sí ponerle mucho sentido al esfuerzo. Simplemente disfrute. Si no disfruta, no insista.

1. Aprender para inspirar. El aprendizaje es para muchos el hilo conductor de nuestra vida. Es el aprendizaje lo que permite a los líderes ser inspiradores. Aprender para no envejecer. Inspirar para acompañar. Fertilizar la curiosidad para desafiar las ortodoxias de nuestras organizaciones o de nuestros mercados. Crear un entorno propio de creatividad para subvertir la obviedad.

2. Entrenarnos a escuchar. Releer las conversaciones como si fueran paisajes. Recuperar detalles. Escuchar lo que no nos dicen es a menudo la clave de todo. Escudriñar entre verbos y miradas, los argumentos todavía invertebrados, las necesidades todavía ocultas. Para innovar hay que entender muy bien lo que los clientes necesitan y todavía no saben expresar.

3. Elegir la brevedad. Practicar el pensamiento crítico que nos ayuda a sintetizar sin caer en resúmenes. Respetar el tiempo de los demás. La brevedad es igual a síntesis partida por empatía. La fórmula de la brevedad es centrarnos en lo esencial y ofrecerlo en el tiempo y la forma que requieren aquellos que nos escuchan. Aumentar la comunicación gracias a las elocuencias eficientes. Dar sentido a los silencios. Ensayar la brevedad para enfatizar la autenticidad.

4. Decidir con quién compartiremos nuestros miedos para convertirlos en dudas. Evitar que los miedos se apoderen de nuestras noches. Eso sí, no hay que compartir los miedos con cualquiera. Solamente con quien sepa hacer las preguntas idóneas que pueden transformar nuestros miedos en dudas. El miedo paraliza. En cambio, dudar es una forma de pensar. Por eso los líderes que no dudan no son fiables.

5. Entrenarnos a preguntar. Entrenarnos a componer preguntas que nos lleven más allá de la obviedad en la respuesta. Construir preguntas igual cómo el ajedrecista prepara sus movimientos. Definir preguntas que nunca haría una máquina inteligente, que nos conecten con nuestros propósitos personales y corporativos. Cuidar las preguntas es el primer paso para gestionar la complejidad sin incrementarla. Las buenas preguntas son un bisturí, hay que manejarlas con cuidado. Los populistas del management solamente se centran en las respuestas.

6. Observar. Entrenarnos a observar para mejorar nuestra capacidad de innovación. Observar para empatizar. Y empatizar para entender la pregunta que convertiremos en un desafío de innovación. Observar por la ventana, observar datos en la pantalla. Observar más que preguntar. Para mejorar lo que hoy vendemos, podemos preguntar. Para innovar, no hay que preguntar. Los grandes innovadores acostumbran a ser grandes observadores.

7. Dar la batalla de la concentración. La multitarea es una emboscada que desarma nuestra capacidad de profundizar. Necesitamos concentración para leer. Para pensar. Para escribir. Para observar. No podemos enfrentar la complejidad con improvisaciones superficiales. Una empresa no es una tertulia. Sin concentración, es fácil que una ocurrencia pueda parecer una innovación.

8. Perimetrar los límites. Ponernos foco. Decidir lo que queremos hacer y lo que no queremos hacer. Aceptar que escoger es renunciar. Intensificar nuestras apuestas. Hacer reverberar la autenticidad. Querer hacerlo todo nos lleva a la dispersión, y si no tenemos cerca detectores fiables contra la vulgaridad podríamos caer enfermos de mediocridad.

9. Tantear la sabiduría. Muchas organizaciones aspiran a convertirse en parques temáticos de expertos. No hay que dejarse iluminar. Lo importante es acercarnos a la sabiduría. Esas personas que tienen una forma de combinar conocimiento y humildad con tanto sentido que nos acercan a la sabiduría. Para inspirarnos necesitamos tantear la sabiduría; para la formación, con los expertos tenemos suficiente.

10. Domesticar nuestras agendas. Nos falta tiempo para todo. Para aprender más. Para acompasar el presente y el futuro en nuestras empresas. Para innovar. Nos falta tiempo para delegar y poder crecer haciendo crecer a nuestros colaboradores. Es el momento de domesticar nuestras agendas. Es urgente. Las agendas tienden a asilvestrarse solas. Nuestras agendas profesionales deben reequilibrarse. Necesitamos que convivan mejor nuestra necesidad de resultados, con nuestra necesidad de explorar el futuro, con nuestra necesidad de aprender. Profesionalmente somos nuestras agendas y debemos reestructurarlas con sentido.

Este entrenamiento invisible tiene una condición final, si no se cumple, les ruego se abstengan de practicar esta tabla de ejercicios. La condición es desconectar. Desconectar para rescatarnos de nuestros esfuerzos. Dejar espacio a nuestro mundo personal. Desconectar para reconquistar la frescura, para relativizar dogmas, para adquirir perspectiva. Les confieso que algunos de los mejores párrafos de estos artículos nunca habrían salido si nuestra perra Cala no me paseara tan bien por los bosques y senderos de la montaña de Sant Llorenç del Munt.


Cuestión de detalle

 


Por: Xavier Marcet

Presidente de la consultora Lead to Change

Incorporar belleza a un producto banal. Es un detalle inesperado. Algo que se agradece. Una forma discreta de hacernos mejores. Los detalles son un modo de expresar empatía y de evocar respeto. Atender amablemente y con agilidad es una muestra de respeto que tiene un gran valor.

Por eso los “chatbots” tienen un recorrido estrictamente automático. No sirven para la complejidad. Afrontar la complejidad también desde los detalles es cuestión de personas. La inteligencia artificial nos aportará mucho, pero no entiende de detalles ni profesa el sentido común. Las estrategias corporativas, o la dirección por objetivos que nos legó Drucker, sin detalles devendrían estructuras inanimadas. La innovación debe mucho a los detalles, especialmente a aquellos que indican la capacidad de anticiparnos medio paso por delante. Identificar detalles que nos delatan las ortodoxias corporativas a superar.

Y sin embargo no tienen por qué ser sofisticados, un simple enchufe en el lugar oportuno es un detalle funcional que indica que alguien ha pensado en nosotros. Los detalles aportan solidez, mientras que su ausencia denota displicencia. Los detalles en management a menudo nos dan más pistas que los gurús.

Avinent, una empresa innovadora de soluciones de ortodoncia y ortopedia tiene un modo especial de recibir a sus visitas. En su gran hall, hay un cubo suspendido. Se invita a los visitantes a un audiovisual inmersivo que es una verdadera experiencia. Cuentan de otro modo sus valores, su historia, su propuesta. ¿Es un recurso prescindible? Absolutamente sí. Simplemente es un detalle que expresa un esfuerzo de bienvenida en una empresa mediana. Algo inesperado. Sin duda, el cliente entra en la empresa con una perspectiva distinta. ¿esto se traducirá en mejores ventas? Quizás. Ya se verá. Pero percibo más voluntad de respeto que de subterfugio comercial hacia los potenciales clientes. Hay empresas que ya no saben hacer las cosas a medias. Respetar a los demás es una forma de respetarnos.

Los detalles pueden ser mágicos, pero también pueden ser decepcionantes. The devil is in the details. Una falta de ortografía que chirría en una presentación que se pretende espectacular. Un discurso manifiestamente mediocre. Un tono inapropiado. Una espera excesiva. Un formulario ininteligible. Un envoltorio impropio.

Los maníacos de la calidad tienen ahí su gran argumento. Los detalles hacen brotar la calidad. Un importante inversor me explica que nunca invertiría en un emprendedor con detalles que respiren arrogancia, de esos que se creen mucho antes de demostrar nada. Un empresario que sabe crecer comprando otras empresas me cuenta que nunca compra una empresa en la que ya no aprecie la capacidad de esfuerzos puntuales. Son detalles que decantan decisiones.

Conozco casos de personas de talento, de esas que pueden escoger, que renunciaron a trabajar en una empresa después del trato burocrático que le depararon algunos responsables del departamento de contratación. Toda la ilusión que les vendieron los directivos que les pretendían para su equipo, se desvaneció ante una lógica despersonalizada y distante en el proceso de contratación. Los detalles actúan a menudo como alertas que indican que algo no cuadra. Son la prueba del nueve de la autenticidad.

Hay un detalle en la biografía (E. Sánchez, A.G. Patiño, Planeta, 1993) de José Ignacio López de Arriortúa, el gran directivo de la industria del automóvil, que siempre me pareció un episodio significativo. El ingeniero vasco había llegado a la cima de General Motors. Una revista emblemática del sector del automóvil en Detroit, Automotive Industries le premiaba con el “Hombre del Año de la Industria Automovilística” de 1992. Ninguno de sus compañeros del equipo de dirección de GM asistió a la cena de tan alto reconocimiento. Todos presentaron excusas. Era un detalle que expresaba su desencaje en el equipo y las reticencias a su potencial. Ya se sabe, en la alta dirección de las empresas no siempre hay una única agenda, es frecuente que haya gente con agendas particulares.

Al cabo de poco tiempo López de Arriortúa dejaba GM para fichar por Volkswagen y se iniciaba una batalla campal entre las dos compañías. Simplemente hay detalles que te hacen entender una situación y actúan como espoletas. Las relaciones entre las personas se cimentan a través de los detalles. Siempre me he fijado en los despachos de los altos directivos. Los detalles hablan por sí mismos. Rápidamente uno se da cuenta si están diseñados para exhibir el poder o si están pensados para servir a una comunidad. La dimensión del despacho o la propia existencia del mismo no es un detalle menor.

Las culturas corporativas están llenas de detalles, acciones u omisiones subterráneas que hacen la diferencia. Los detalles memorables tienen personas detrás. El detalle de saber el nombre de las personas. Escuchar con detalle, incluso lo que no se dice. Contestar a tiempo. Acordarse de alguien. La presencia que demuestra afecto. El detalle de practicar la brevedad. La autocontención cómo forma de empatía. Evitar comunicar determinadas cosas por WhatsApp. Simplemente hay mensajes que requieren mirar a los ojos, especialmente cuando se trate de una advertencia o de un reconocimiento. La curiosidad auténtica por el trabajo de los demás.

Los detalles que expresan una humildad natural nos marcan especialmente y los líderes consistentes lo saben. Saber preguntar es mucho más que un detalle. Saber compartir los éxitos también. Saber cerrar una venta con elegancia. No dar lecciones. Aprender juntos. Somos, en parte, nuestros detalles. Los detalles nos proyectan como un egosistema o como un ecosistema. Lo fascinante es que no se pueden programar. Son rendijas por las que emanan destellos de cultura y de generosidad.

Los detalles no lo son todo. Cuenta mucho el pensamiento estratégico, la obtención de resultados, el talento con compromiso, el liderazgo, el aprender, la ambición compatible la humildad. Pero a menudo los detalles son los que convierten estas categorías en algo mediocre o en algo con verdadero sentido. Hay detalles que definen un punto y aparte. Hay detalles que emocionan y son la síntesis de toda una vida.


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