PARTE
I
¿QUÉ
ES EL DINERO?
1
No apueste por ello
George Jones* necesita relajarse. Su
trabajo es estresante, sus hijos gritan a
todas horas y su economía no es precisamente desahogada. Por ello, en
un viaje de trabajo a Las Vegas
aprovecha para entrar en uno de los casinos. Tras estacionar su coche en un
aparcamiento público, gratuito y bien
vigilado, se dirige sin prisas y distraído a otro universo, el del
casino.
El sonido le saca de su trance:
música de los ochenta y de cajas
registradoras mezcladas con el tintineo de las monedas y de miles
de máquinas tragaperras. Se pregunta
cuánto tiempo lleva dentro ya. No hay
ningún reloj a la vista, pero a juzgar por los ancianos pegados a
sus tragaperras, parece haber pasado
toda una vida. Probablemente no hayan
pasado más de cinco minutos, por lo que no puede estar muy lejos de
la entrada. Sin embargo, no es capaz de
ver la entrada... ni la salida... ni
ninguna puerta, ni ventana, ni pasillo ni ruta de escape. Solo se ven
luces parpadeantes, camareras ligeras de
ropa, signos del dólar y gente que está
eufórica o deprimida... sin que parezca existir una emoción intermedia.
¿Una partida en las tragaperras?
Claro, ¿por qué no? Con la primera
moneda está a punto de lograr el premio gordo, así que se pasa
quince minutos echando una moneda tras
otra, persiguiendo el escurridizo premio.
No logra alcanzarlo, pero casi lo consigue unas cuantas veces.
Cuando se queda sin efectivo, George
saca doscientos dólares de un cajero
automático —sin preocuparse por la comisión de 3,50 dólares, ya que la compensará de sobra con sus primeras
ganancias— y se sienta en la mesa de
blackjack. A cambio de 10 relucientes billetes de 20 dólares, la crupier le entrega una colorida pila de
fichas de plástico rojo. Cada una de
ellas lleva grabada por un lado una imagen del casino rodeada de
algunas plumas, una flecha y un tipi, y
por el otro su valor: 5 dólares; sin embargo,
no parecen dinero real, sino más bien juguetes. George se las pasa entre
los dedos, repiquetea con ellas sobre la
mesa, observa como fluctúan las pilas de
los demás y codicia el montón arcoíris de la crupier. George le pide que sea buena con él. «Cariño, nada de esto es
mío; si por mí fuera te lo daría
todo.»
Una camarera muy guapa y muy
simpática entrega a George una copa
gratis. ¡¿Gratis?! ¡Genial! Ya se siente un ganador, así que le da una
de las fichas de juguete a modo de propina.
George juega, se divierte y se
decepciona. Gana un poco, pero pierde
más. A veces, cuando la suerte parece sonreírle, dobla su apuesta y
arriesga cuatro fichas en vez de dos, o
seis en vez de tres. Al final, pierde los 200
dólares. De algún modo, no logra igualar las hazañas de sus compañeros
de mesa, que amasan enormes pilas de
fichas y al minuto siguiente ya están
sacando a relucir grandes fajos de billetes para comprar más. Algunos
no pierden el buen humor, otros se
enfadan cuando los demás les «pisan su
carta», pero ninguno da la impresión de poder permitirse perder 500 o
1.000 dólares en una hora. Sin embargo,
es lo que ocurre una y otra vez.
Esa misma mañana, George había
vuelto al hotel estando ya a pocos pasos
de la cafetería porque podía ahorrarse 4 dólares haciéndose el café en su habitación. Por la noche, sin embargo,
había perdido cuarenta fichas de 5
dólares sin pestañear, e incluso había dado una de propina a la crupier
por ser tan maja.
¿ QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ?
Los
casinos han perfeccionado el arte de separarnos de nuestro dinero, así
que debemos reconocer que es un poco tramposo por nuestra parte
empezar con este tema. Sin embargo, la
experiencia de George nos
ofrece ejemplos muy claros de algunos de
los errores psicológicos que solemos cometer con el dinero, incluso en entornos menos
maliciosos.
A continuación, resumimos algunos de
los factores que entran en juego bajo
las deslumbrantes y cegadoras luces de los casinos. En los siguientes capítulos profundizaremos en ellos.
Contabilidad mental. A George le preocupa su situación
financiera —como lo demuestra su
decisión de ahorrarse el dinero del café por la mañana—, y sin embargo
se gasta despreocupadamente 200 dólares
en un casino. Esta
contradicción ocurre en parte porque pone
el gasto del casino en una «cuenta mental» distinta a la del gasto del
café. Al sacar dinero y convertirlo en
fichas de plástico, lo que hace es crear de manera inconsciente un fondo
de «entretenimiento», mientras que el
café pertenece a los llamados «gastos diarios». Este truco le ayuda a tener una actitud diferente ante los
dos tipos de gasto, a pesar de que en realidad
proceden de una sola cuenta: «el dinero de George».
El precio de lo gratuito. George está encantado con su
aparcamiento y sus bebidas gratis. Ciertamente, no paga por ellas
de forma directa, pero todas estas cosas «gratis» consiguen que George entre en el casino de buen humor y
afectan a su juicio, por lo que de hecho lo «gratis» acaba teniendo un elevado coste. Hay
un dicho que afirma que las mejores cosas de la vida son gratis, y tal vez sea así, pero a menudo lo gratuito acaba
siendo caro de maneras imprevistas.
El dolor de pagar. Al utilizar las coloridas fichas del casino para apostar
o dar propinas, George no siente que
está gastando dinero, sino más bien que está jugando a un juego. Y al no sentir
la pérdida de dinero con cada ficha, al
no ser plenamente consciente de que lo está gastando, medita menos sus elecciones y tiene menos en
cuenta las consecuencias de sus decisiones. Las piezas de plástico no parecen tan reales como
los billetes, por lo que las apuesta alegremente.
Relatividad. La propina de 5 dólares que George
le da a la camarera —por darle una bebida
gratis— y la comisión de 3,50 del cajero automático parecen poca cosa
comparadas con las pilas de fichas que
le rodean en la mesa de blackjack o los 200 dólares que saca del cajero automático. Esas son cantidades de dinero relativamente pequeñas, y
precisamente porque piensa en ellas en
términos relativos le resulta más fácil gastarlas. Unas horas antes,
sin embargo, los 4 dólares del café le
habían parecido demasiado gasto comparados con los 0 dólares de hacérselo en su habitación del
hotel.
Expectativas. Rodeado por la vista y el sonido del
dinero —cajas registradoras, luces de neón,
signos del dólar—, George casi se cree el mismísimo James Bond, 007,
sofisticado y elegante triunfador capaz
de vencer tanto a un casino como a un supervillano.
Autocontrol. El juego, por supuesto, es un tema
muy serio —incluso una adicción— para
mucha gente. Sin embargo, en este caso podemos decir simplemente que
George, influido por su estrés, su
entorno, el amable servicio y las oportunidades «fáciles», no es capaz de
resistirse a la inmediata tentación de
las apuestas a cambio del lejano beneficio de disponer de 200 dólares más cuando se jubile.
Podría parecer que todos estos
errores están específicamente asociados
a los casinos, pero
lo cierto es que el mundo se parece mucho más a un casino de lo que estamos dispuestos a
reconocer. De hecho, en 2016,
Estados Unidos incluso eligió al propietario de un casino como
presidente. Aunque no todos optamos por
huir del estrés apostando en un casino, sí nos
solemos enfrentar a situaciones similares de toma de decisiones en las
que intervienen factores como la
contabilidad mental, la búsqueda de lo barato,
el dolor de pagar, la relatividad y el autocontrol, entre muchos otros.
Los errores cometidos por George en el
casino también se cometen en muchos aspectos
de la vida diaria, y están
estrechamente relacionados con nuestra
mala comprensión de la naturaleza del dinero. Aunque la mayoría de nosotros creemos
entender correctamente el concepto del
dinero, la sorprendente verdad es que muchas veces no entendemos qué es, qué hace por nosotros, ni,
más sorprendente aún, qué nos hace a
nosotros.
2
La
oportunidad llama a su puerta
Así pues, ¿qué
es exactamente el dinero? ¿Qué hace por nosotros y cómo nos afecta?
Está claro que
George no pensó en nada de esto en el casino, y el resto de nosotros tampoco pensamos mucho en ello,
si es que alguna vez lo consideramos
siquiera. Sin embargo, es importante plantearse estas cuestiones, pues constituyen un buen punto
de partida.
El dinero
representa VALOR. El dinero en sí mismo no vale nada, pero representa el valor de aquellas cosas que podemos conseguir con él.
Es una especie de mensajero del
valor.
¡Genial! El dinero permite hacer una
valoración de los bienes y servicios,
lo cual a su vez facilita su intercambio. A diferencia de nuestros ancestros, no tenemos que emplear mucho
tiempo negociando, regateando,
saqueando o expoliando para poder satisfacer nuestras necesidades
básicas, lo cual es bueno, ya que muy
pocos sabemos manejar la ballesta o la
catapulta.
El dinero posee
ciertas características especiales que lo hacen especialmente útil:
¾
Es general: Lo podemos intercambiar por casi
todo.
¾
Es divisible: Puede emplearse para comprar casi
cualquier producto, independientemente
de su tamaño.
¾
Es fungible: No necesitamos tener una moneda
concreta o un billete determinado, ya
que ambas cosas pueden reemplazarse por otras del mismo valor. Un billete de 10 dólares puede
cambiarse por cualquier otro billete de
10 dólares, sin importar dónde y cómo se haya
conseguido.
¾
Es almacenable: Puede utilizarse en cualquier
momento presente o futuro. El dinero no
envejece, ni se estropea, ni se pudre, al contrario que los coches, los muebles, los productos
orgánicos o las camisetas de la
universidad.
En otras
palabras, cualquier cantidad de dinero puede utilizarse en cualquier momento para comprar (casi) todo.
Este hecho esencial nos ha ayudado a
los humanos —Homo irrationalis— a dejar de negociar entre nosotros de forma directa, y a utilizar un
símbolo —el dinero— para intercambiar
bienes y servicios de manera mucho más eficiente. A su vez, esto proporciona al dinero su característica
más destacada e importante: es un BIEN
COMÚN, lo que significa que puede ser utilizado por cualquiera y para (casi) cualquier cosa.
Considerando
todas estas características, resulta fácil darse cuenta de que sin el dinero no existiría la vida
moderna tal y como la conocemos. El dinero nos permite ahorrar,
probar cosas nuevas, compartir y
especializarnos, es decir, convertirnos en profesores, artistas,
abogados o granjeros. El dinero nos libera para poder
emplear nuestro tiempo y nuestro
esfuerzo en la realización de toda clase de actividades, explorar
nuestros talentos y pasiones, aprender
cosas nuevas y disfrutar del arte, el vino y la música, que probablemente no
existirían sin el dinero.
El dinero ha
influido en la condición humana tanto o más que cualquiera de los otros grandes avances de
la humanidad: más que la rueda, la
imprenta, la electricidad o incluso la televisión. Aunque es importante reconocer la
importancia y la utilidad del dinero,
no podemos olvidar que, lamentablemente, algunos de sus beneficios son también fuente de desgracias,
creando no pocas dificultades. Tal y
como dijo el gran filósofo
Notorious B.I.G. «Más dinero, más problemas».
Para indagar en
las bendiciones y maldiciones del dinero —pues
efectivamente son dos caras de la misma moneda, si se nos permite el
juego de palabras— pensemos en su
naturaleza general. No cabe duda de que la
posibilidad de cambiar dinero por una variedad casi infinita de cosas es
algo crucial y maravilloso, pero ello
también significa que la
complejidad a la hora de tomar
decisiones en relación con el dinero es increíblemente elevada.
A pesar de lo
que dice el popular refrán, lo cierto es que comparar peras con manzanas es bastante fácil. Si nos
encontramos junto a un frutero que
contiene una manzana y una pera, en todo momento sabríamos decir cuál de las dos queremos exactamente. Sin
embargo, si hay dinero de por medio, y
tenemos que decidir si estamos dispuestos a pagar 1 dólar o 50 céntimos por una manzana, la decisión se
vuelve más difícil. Y si el precio de
la manzana es de 1 dólar y el de la pera de 75 céntimos, la dificultad aumenta todavía más. ¡Cada vez que se introduce el dinero en
cualquier decisión, tal decisión se
vuelve más compleja de lo que era!
OPORTUNIDADES
PERDIDAS
¿Por qué
resultan más complicadas las decisiones monetarias? Por los
llamados COSTES DE OPORTUNIDAD.
Cuando tenemos
en cuenta las especiales características del dinero — que es general, divisible, fungible,
almacenable, y, especialmente, un bien
común— queda claro que podemos hacer casi cualquier cosa con él.
Sin embargo, el hecho de que podamos
hacer casi todo no significa que
podamos hacerlo todo:
tenemos que elegir, hacer sacrificios, escoger qué es lo que no vamos a hacer. Esto significa que,
de forma consciente o inconsciente,
cada vez que utilizamos el dinero tenemos que considerar los costes de oportunidad.
Los costes de oportunidad son
alternativas. Son las cosas a las que
renunciamos, en el presente o en el futuro, para poder hacer algo. Representan las oportunidades que sacrificamos
cuando tomamos una decisión.
Cuando pensamos en el coste de
oportunidad del dinero deberíamos
pensar que el dinero que gastamos en una cosa no lo podemos gastar
en otra, ni ahora ni en cualquier
momento posterior.
Imaginemos
nuevamente que nos encontramos frente a un frutero, pero que vivimos en un mundo en el que solo
existen dos productos: una manzana y
una pera. El coste de
oportunidad de comprar la manzana es
renunciar a la pera, y el coste de oportunidad de comprar la pera
es renunciar a la manzana.
De manera
similar, los 4 dólares que nuestro amigo del casino George podría haberse gastado en un café también
podrían haber pagado un viaje en
autobús, o parte de una comida, o un sándwich en las reuniones de Ludópatas Anónimos a las que probablemente
tendría que asistir en pocos años. Si
se hubiese tomado el café, no habría renunciado a 4 dólares, sino a las oportunidades que esos dólares le
hubieran proporcionado comprando otra
cosa, en el momento o en el futuro.
Con el fin de se
pueda hacer una idea más clara tanto de la importancia del coste de oportunidad como de por qué no
solemos tenerlo en cuenta como merece,
imagine que cada lunes recibe 500 dólares y que ese es todo el dinero que tiene para gastar durante esa
semana. Es muy posible que
los primeros días no se preocupe
demasiado por las consecuencias de sus
decisiones, que no se dé cuenta de a qué está renunciando cuando sale
a cenar fuera una noche o se compra esa
camisa tan bonita a la que había echado
el ojo. Sin embargo, los 500 dólares van desapareciendo, y cuando llega el viernes se da cuenta de que solo le
quedan 43 dólares para tres días. Es
entonces cuando queda muy claro que el coste de oportunidad es muy real, y que lo que gastó al principio de la
semana afecta directamente a lo que
puede gastar al final de la misma. Sus decisiones de salir a cenar,
tomar una copa o comprar la camisa tan
elegante el lunes le deja muy pocas
opciones el domingo, cuando solo puede permitirse comprar el periódico
o un bocadillo de queso, pero no ambas
cosas. El lunes existía un
coste de oportunidad que tenía que
haber considerado, pero no era evidente; el
domingo, sin embargo, está más claro que el agua, pero ya es demasiado tarde (aunque, mirándolo por el lado
bueno, al menos tendrá aspecto de
intelectual al sentarse a leer el periódico con el estómago vacío).
Así pues,
recalquemos que los costes
de oportunidad deberían tenerse en
cuenta a la hora de tomar decisiones financieras. Deberíamos considerar las alternativas a las que renunciamos al
optar por gastar dinero ahora, pero lo
cierto es que nunca pensamos en ellas lo suficiente, si es que lo hacemos alguna vez. Este es el principal
error que cometemos con el dinero, y
también la razón por la que incurrimos en muchos otros errores. Son
los inestables cimientos sobre los que
construimos nuestras casas financieras.
UNA MAYOR
AMPLITUD DE MIRAS
Los costes de oportunidad no se
restringen al ámbito de las finanzas personales, sino que también operan a nivel global, y así lo
señaló el presidente Dwight Eisenhower
en un discurso de 1953 sobre la carrera armamentística:
Cada pistola fabricada, cada buque
de guerra botado, cada cohete lanzado
supone, en última instancia, un robo a aquellos que tienen hambre y no tienen qué comer, a aquellos que tienen frío y no
tienen ropa de abrigo. Un mundo tan
armado como el actual no gasta solo dinero, sino que también gasta el
sudor de sus trabajadores, el genio de
sus científicos, las esperanzas de sus niños. El coste de un avión bombardero moderno es este: una escuela nueva en más de
treinta ciudades; o dos plantas de
energía eléctrica para abastecer sendas ciudades de 60.000 habitantes; o dos hospitales
totalmente equipados; u ochenta kilómetros
de carreteras bien asfaltadas. Pagamos por un único avión de
guerra lo que cuestan 500.000 fanegas
de trigo. Pagamos por un
único destructor lo que hubiera
permitido construir casas para más de 8.000 personas.
Afortunadamente, la mayoría de
nuestras relaciones con el coste de oportunidad están más relacionadas con el precio de una
manzana que con el de una guerra.
Hace unos años,
Dan y un asistente de investigación se presentaron en un concesionario de Toyota y preguntaron a
los presentes a qué tendrían que
renunciar si se comprasen un coche nuevo. Casi ninguno fue capaz de responder. Ninguno de los posibles
compradores había dedicado un tiempo
significativo a considerar que los miles de dólares que estaban a punto de gastarse en un coche podían haberse empleado
en otras cosas. Seguidamente,
Dan les presionó un poco más con otra pregunta: ¿qué productos y servicios concretos no podrían
adquirir si finalmente se compraban un
Toyota? La mayoría respondió que no podrían comprar un Honda, o alguna otra sustitución sencilla.
Muy pocos contestaron que no podrían ir
a España ese verano ni a Hawái el verano siguiente, o que no podrían salir a comer a un buen restaurante
dos veces al mes durante varios años, o
que estarían pagando los préstamos para la universidad durante cinco años más. Parecían ser incapaces o
reticentes a pensar en el dinero que
estaban a punto de gastarse en términos de su potencial capacidad para comprar una serie de experiencias o
productos durante un tiempo en el
futuro. Esto se debe a que el dinero es un concepto tan abstracto y
general que nos resulta muy difícil
imaginar o calcular los costes de oportunidad.
En la práctica, lo
único que tenemos en mente cuando gastamos dinero es aquello que deseamos comprar.
Nuestra incapacidad para
considerar los costes de oportunidad, así
como nuestra resistencia general a tenerlos en cuenta, no se
limita a la compra de coches, pues en
realidad casi nunca comprendemos las
alternativas plenamente. Y, por desgracia, cuando no tenemos en cuenta los costes de oportunidad, lo más probable es
que nuestras decisiones no sean las
mejores.
Veamos un
experimento sobre la compra de un equipo de música, realizado por Shane Frederick, Nathan
Novemsky, Jing Wang, Ravi Dhar y
Stephen Nowlis, y recogido en un artículo académico con un título
muy apropiado: «El descuido de los costes de oportunidad».
En este experimento, un grupo de
participantes tenía que elegir entre un equipo de Pioneer valorado en 1.000 dólares y otro de
Sony valorado en 700 dólares, mientras
que un segundo grupo debía elegir entre pagar los 1.000 dólares por el equipo de Pioneer o destinar los
1.000 dólares a un paquete que incluía
el equipo de Sony más un cheque de 300 dólares, que únicamente podía gastarse en discos compactos.
En realidad,
ambos grupos tenían que elegir entre diferentes formas de gastarse 1.000 dólares. El primer grupo
tenía que decidir entre gastarse todo
en un equipo Pioneer o dedicar 700 a un Sony y 300 a otras cosas, y
el segundo, entre todo en un Pioneer o
700 en un Sony más 300 en música. Los resultados revelaron que el
equipo de Sony resultaba más atractivo si
iba acompañado de los 300 dólares en discos compactos que si se
vendía solo. ¿Y que tiene esto
de extraño? Pues que, estrictamente hablando, 300 dólares sin restricciones deberían tener más
valor que 300 dólares que han de
gastarse necesariamente en música, ya que con ellos podemos comprar cualquier cosa de ese importe, incluso
discos compactos. Pese a ello, cuando
los 300 dólares se vinculaban a la compra de música, los participantes en el experimento los
encontraban más atractivos, y la razón
es que 300 dólares en discos compactos es una opción mucho más
concreta y definida que 300 dólares en
«otras cosas». En el supuesto de los 300
dólares en discos compactos sabemos perfectamente qué estamos obteniendo, pues es algo tangible y fácil de
valorar. Sin embargo,
cuando los 300 dólares son abstractos y
generales, no solemos tener en mente
ninguna imagen concreta de en qué vamos a gastarlos, y por ello las
fuerzas emotivas y motivadoras son
menos poderosas. Este es solo un ejemplo de cómo cuando pensamos en el dinero de manera
general tendemos a subestimar su valor
respecto del que le damos cuando disponemos de una representación concreta de ese mismo
dinero.1
Es verdad que en
este ejemplo se utilizan discos compactos, que hoy en día es como pensar en la eficiencia
energética de un estegosaurio, pero lo
que importa es el fondo de la cuestión: la mayoría de las veces la gente
se sorprende cuando se le recuerda que
existen formas alternativas de gastarse
el dinero, por ejemplo, en unas vacaciones o en un montón de discos compactos. Esta sorpresa sugiere que la
gente no suele contemplar diferentes
alternativas, y si no lo hace es imposible tener en cuenta los costes de oportunidad.
Esta tendencia a descuidar los
costes de oportunidad muestra que
nuestra forma de pensar es básicamente defectuosa. Resulta que el
aspecto más maravilloso del dinero —el
hecho de que podamos intercambiarlo por
cosas muy diferentes ahora y en el futuro— es también la causa principal
de que nuestro comportamiento en
relación con el dinero sea tan problemático.
Aunque deberíamos
pensar en el gasto en términos de coste de oportunidad —esto es, que gastamos dinero ahora en algo
a cambio de no gastarlo en otra cosa
ahora o más adelante—, pensar de esta forma es demasiado abstracto y demasiado difícil, y por lo
tanto no lo hacemos.
Para colmo, la
vida contemporánea nos ha proporcionado
innumerables instrumentos financieros, como tarjetas de crédito,
hipotecas, pagos a plazos, préstamos,
etc., que dificultan aún más —y a menudo
deliberadamente— nuestra capacidad para comprender los efectos
futuros de gastar dinero. Cuando no podemos, o no queremos, pensar en las decisiones económicas como debiéramos, recurrimos a
toda clase de atajos mentales.
Muchas de estas estrategias nos ayudan a lidiar con la complejidad
del dinero, aunque no necesariamente de
la forma más deseable o lógica. Y, con
frecuencia, nos llevan a valorar las cosas de manera errónea.
