domingo, 23 de octubre de 2022

COSTES DE OPORTUNIDAD - Las trampas del dinero: Cómo controlar tus impulsos, gastar con cabeza y vivir mejor


 

PARTE I

¿QUÉ ES EL DINERO?

1          

No apueste por ello

George Jones* necesita relajarse. Su trabajo es estresante, sus hijos gritan a  todas horas y su economía no es precisamente desahogada. Por ello, en un  viaje de trabajo a Las Vegas aprovecha para entrar en uno de los casinos. Tras estacionar su coche en un aparcamiento público, gratuito y bien  vigilado, se dirige sin prisas y distraído a otro universo, el del casino. 

El sonido le saca de su trance: música de los ochenta y de cajas  registradoras mezcladas con el tintineo de las monedas y de miles de  máquinas tragaperras. Se pregunta cuánto tiempo lleva dentro ya. No hay  ningún reloj a la vista, pero a juzgar por los ancianos pegados a sus  tragaperras, parece haber pasado toda una vida. Probablemente no hayan  pasado más de cinco minutos, por lo que no puede estar muy lejos de la  entrada. Sin embargo, no es capaz de ver la entrada... ni la salida... ni  ninguna puerta, ni ventana, ni pasillo ni ruta de escape. Solo se ven luces  parpadeantes, camareras ligeras de ropa, signos del dólar y gente que está  eufórica o deprimida... sin que parezca existir una emoción intermedia.

¿Una partida en las tragaperras? Claro, ¿por qué no? Con la primera  moneda está a punto de lograr el premio gordo, así que se pasa quince  minutos echando una moneda tras otra, persiguiendo el escurridizo premio.  No logra alcanzarlo, pero casi lo consigue unas cuantas veces. 

Cuando se queda sin efectivo, George saca doscientos dólares de un  cajero automático —sin preocuparse por la comisión de 3,50 dólares, ya  que la compensará de sobra con sus primeras ganancias— y se sienta en la  mesa de blackjack. A cambio de 10 relucientes billetes de 20 dólares, la  crupier le entrega una colorida pila de fichas de plástico rojo. Cada una de  ellas lleva grabada por un lado una imagen del casino rodeada de algunas  plumas, una flecha y un tipi, y por el otro su valor: 5 dólares; sin embargo,  no parecen dinero real, sino más bien juguetes. George se las pasa entre los  dedos, repiquetea con ellas sobre la mesa, observa como fluctúan las pilas  de los demás y codicia el montón arcoíris de la crupier. George le pide que  sea buena con él. «Cariño, nada de esto es mío; si por mí fuera te lo daría  todo.» 

Una camarera muy guapa y muy simpática entrega a George una copa  gratis. ¡¿Gratis?! ¡Genial! Ya se siente un ganador, así que le da una de las  fichas de juguete a modo de propina. 

George juega, se divierte y se decepciona. Gana un poco, pero pierde  más. A veces, cuando la suerte parece sonreírle, dobla su apuesta y arriesga  cuatro fichas en vez de dos, o seis en vez de tres. Al final, pierde los 200  dólares. De algún modo, no logra igualar las hazañas de sus compañeros de  mesa, que amasan enormes pilas de fichas y al minuto siguiente ya están  sacando a relucir grandes fajos de billetes para comprar más. Algunos no  pierden el buen humor, otros se enfadan cuando los demás les «pisan su  carta», pero ninguno da la impresión de poder permitirse perder 500 o 1.000  dólares en una hora. Sin embargo, es lo que ocurre una y otra vez. 

Esa misma mañana, George había vuelto al hotel estando ya a pocos  pasos de la cafetería porque podía ahorrarse 4 dólares haciéndose el café en  su habitación. Por la noche, sin embargo, había perdido cuarenta fichas de 5  dólares sin pestañear, e incluso había dado una de propina a la crupier por  ser tan maja.

 ¿ QUÉ ESTÁ PASANDO AQUÍ? 

Los casinos han perfeccionado el arte de separarnos de nuestro dinero, así  que debemos reconocer que es un poco tramposo por nuestra parte empezar  con este tema. Sin embargo, la experiencia de George nos ofrece ejemplos  muy claros de algunos de los errores psicológicos que solemos cometer con  el dinero, incluso en entornos menos maliciosos. 

A continuación, resumimos algunos de los factores que entran en juego  bajo las deslumbrantes y cegadoras luces de los casinos. En los siguientes  capítulos profundizaremos en ellos. 

Contabilidad mental. A George le preocupa su situación financiera —como lo demuestra su  decisión de ahorrarse el dinero del café por la mañana—, y sin embargo se gasta  despreocupadamente 200 dólares en un casino. Esta contradicción ocurre en parte porque pone  el gasto del casino en una «cuenta mental» distinta a la del gasto del café. Al sacar dinero y  convertirlo en fichas de plástico, lo que hace es crear de manera inconsciente un fondo de  «entretenimiento», mientras que el café pertenece a los llamados «gastos diarios». Este truco le  ayuda a tener una actitud diferente ante los dos tipos de gasto, a pesar de que en realidad  proceden de una sola cuenta: «el dinero de George». 

El precio de lo gratuito. George está encantado con su aparcamiento y sus bebidas gratis.  Ciertamente, no paga por ellas de forma directa, pero todas estas cosas «gratis» consiguen que  George entre en el casino de buen humor y afectan a su juicio, por lo que de hecho lo «gratis»  acaba teniendo un elevado coste. Hay un dicho que afirma que las mejores cosas de la vida son  gratis, y tal vez sea así, pero a menudo lo gratuito acaba siendo caro de maneras imprevistas. 

El dolor de pagar. Al utilizar las coloridas fichas del casino para apostar o dar propinas, George  no siente que está gastando dinero, sino más bien que está jugando a un juego. Y al no sentir la  pérdida de dinero con cada ficha, al no ser plenamente consciente de que lo está gastando,  medita menos sus elecciones y tiene menos en cuenta las consecuencias de sus decisiones. Las  piezas de plástico no parecen tan reales como los billetes, por lo que las apuesta alegremente. 

Relatividad. La propina de 5 dólares que George le da a la camarera —por darle una bebida  gratis— y la comisión de 3,50 del cajero automático parecen poca cosa comparadas con las pilas  de fichas que le rodean en la mesa de blackjack o los 200 dólares que saca del cajero  automático. Esas son cantidades de dinero relativamente pequeñas, y precisamente porque  piensa en ellas en términos relativos le resulta más fácil gastarlas. Unas horas antes, sin  embargo, los 4 dólares del café le habían parecido demasiado gasto comparados con los 0  dólares de hacérselo en su habitación del hotel. 

Expectativas. Rodeado por la vista y el sonido del dinero —cajas registradoras, luces de neón,  signos del dólar—, George casi se cree el mismísimo James Bond, 007, sofisticado y elegante  triunfador capaz de vencer tanto a un casino como a un supervillano. 

Autocontrol. El juego, por supuesto, es un tema muy serio —incluso una adicción— para  mucha gente. Sin embargo, en este caso podemos decir simplemente que George, influido por su  estrés, su entorno, el amable servicio y las oportunidades «fáciles», no es capaz de resistirse a la  inmediata tentación de las apuestas a cambio del lejano beneficio de disponer de 200 dólares  más cuando se jubile. 

Podría parecer que todos estos errores están específicamente asociados  a los casinos, pero lo cierto es que el mundo se parece mucho más a un  casino de lo que estamos dispuestos a reconocer. De hecho, en 2016,  Estados Unidos incluso eligió al propietario de un casino como presidente.  Aunque no todos optamos por huir del estrés apostando en un casino, sí nos  solemos enfrentar a situaciones similares de toma de decisiones en las que  intervienen factores como la contabilidad mental, la búsqueda de lo barato,  el dolor de pagar, la relatividad y el autocontrol, entre muchos otros. Los  errores cometidos por George en el casino también se cometen en muchos  aspectos de la vida diaria, y están estrechamente relacionados con nuestra  mala comprensión de la naturaleza del dinero.  Aunque la mayoría de nosotros creemos entender correctamente el  concepto del dinero, la sorprendente verdad es que muchas veces no  entendemos qué es, qué hace por nosotros, ni, más sorprendente aún, qué  nos hace a nosotros. 

 

2

La oportunidad llama a su puerta

Así pues, ¿qué es exactamente el dinero? ¿Qué hace por nosotros y cómo   nos afecta?  

Está claro que George no pensó en nada de esto en el casino, y el resto   de nosotros tampoco pensamos mucho en ello, si es que alguna vez lo   consideramos siquiera. Sin embargo, es importante plantearse estas   cuestiones, pues constituyen un buen punto de partida.  

El dinero representa VALOR. El dinero en sí mismo no vale nada, pero   representa el valor de aquellas cosas que podemos conseguir con él. Es una   especie de mensajero del valor.  

¡Genial! El dinero permite hacer una valoración de los bienes y   servicios, lo cual a su vez facilita su intercambio. A diferencia de nuestros   ancestros, no tenemos que emplear mucho tiempo negociando, regateando,   saqueando o expoliando para poder satisfacer nuestras necesidades básicas,   lo cual es bueno, ya que muy pocos sabemos manejar la ballesta o la   catapulta.  

El dinero posee ciertas características especiales que lo hacen   especialmente útil:  

¾     Es general: Lo podemos intercambiar por casi todo.  

¾     Es divisible: Puede emplearse para comprar casi cualquier producto,   independientemente de su tamaño.  

¾     Es fungible: No necesitamos tener una moneda concreta o un billete   determinado, ya que ambas cosas pueden reemplazarse por otras del   mismo valor. Un billete de 10 dólares puede cambiarse por cualquier   otro billete de 10 dólares, sin importar dónde y cómo se haya   conseguido.  

¾     Es almacenable: Puede utilizarse en cualquier momento presente o   futuro. El dinero no envejece, ni se estropea, ni se pudre, al contrario   que los coches, los muebles, los productos orgánicos o las camisetas de   la universidad.  

En otras palabras, cualquier cantidad de dinero puede utilizarse en   cualquier momento para comprar (casi) todo. Este hecho esencial nos ha   ayudado a los humanos —Homo irrationalis— a dejar de negociar entre   nosotros de forma directa, y a utilizar un símbolo —el dinero— para   intercambiar bienes y servicios de manera mucho más eficiente. A su vez,   esto proporciona al dinero su característica más destacada e importante: es   un BIEN COMÚN, lo que significa que puede ser utilizado por cualquiera y   para (casi) cualquier cosa.  

Considerando todas estas características, resulta fácil darse cuenta de   que sin el dinero no existiría la vida moderna tal y como la conocemos. El   dinero nos permite ahorrar, probar cosas nuevas, compartir y   especializarnos, es decir, convertirnos en profesores, artistas, abogados o   granjeros. El dinero nos libera para poder emplear nuestro tiempo y nuestro   esfuerzo en la realización de toda clase de actividades, explorar nuestros   talentos y pasiones, aprender cosas nuevas y disfrutar del arte, el vino y la   música, que probablemente no existirían sin el dinero.  

El dinero ha influido en la condición humana tanto o más que   cualquiera de los otros grandes avances de la humanidad: más que la rueda,   la imprenta, la electricidad o incluso la televisión.   Aunque es importante reconocer la importancia y la utilidad del   dinero, no podemos olvidar que, lamentablemente, algunos de sus   beneficios son también fuente de desgracias, creando no pocas dificultades.   Tal y como dijo el gran filósofo Notorious B.I.G. «Más dinero, más   problemas».  

Para indagar en las bendiciones y maldiciones del dinero —pues   efectivamente son dos caras de la misma moneda, si se nos permite el juego   de palabras— pensemos en su naturaleza general. No cabe duda de que la   posibilidad de cambiar dinero por una variedad casi infinita de cosas es algo   crucial y maravilloso, pero ello también significa que la complejidad a la   hora de tomar decisiones en relación con el dinero es increíblemente   elevada.  

A pesar de lo que dice el popular refrán, lo cierto es que comparar   peras con manzanas es bastante fácil. Si nos encontramos junto a un frutero   que contiene una manzana y una pera, en todo momento sabríamos decir   cuál de las dos queremos exactamente. Sin embargo, si hay dinero de por   medio, y tenemos que decidir si estamos dispuestos a pagar 1 dólar o 50   céntimos por una manzana, la decisión se vuelve más difícil. Y si el precio   de la manzana es de 1 dólar y el de la pera de 75 céntimos, la dificultad   aumenta todavía más. ¡Cada vez que se introduce el dinero en cualquier   decisión, tal decisión se vuelve más compleja de lo que era!  

OPORTUNIDADES PERDIDAS  

¿Por qué resultan más complicadas las decisiones monetarias? Por los   llamados COSTES DE OPORTUNIDAD.  

Cuando tenemos en cuenta las especiales características del dinero —   que es general, divisible, fungible, almacenable, y, especialmente, un bien   común— queda claro que podemos hacer casi cualquier cosa con él. Sin   embargo, el hecho de que podamos hacer casi todo no significa que   podamos hacerlo todo: tenemos que elegir, hacer sacrificios, escoger qué es   lo que no vamos a hacer. Esto significa que, de forma consciente o   inconsciente, cada vez que utilizamos el dinero tenemos que considerar los   costes de oportunidad.  

Los costes de oportunidad son alternativas. Son las cosas a las que   renunciamos, en el presente o en el futuro, para poder hacer algo.   Representan las oportunidades que sacrificamos cuando tomamos una   decisión.  

Cuando pensamos en el coste de oportunidad del dinero deberíamos   pensar que el dinero que gastamos en una cosa no lo podemos gastar en   otra, ni ahora ni en cualquier momento posterior.  

Imaginemos nuevamente que nos encontramos frente a un frutero, pero   que vivimos en un mundo en el que solo existen dos productos: una   manzana y una pera. El coste de oportunidad de comprar la manzana es   renunciar a la pera, y el coste de oportunidad de comprar la pera es   renunciar a la manzana.  

De manera similar, los 4 dólares que nuestro amigo del casino George   podría haberse gastado en un café también podrían haber pagado un viaje   en autobús, o parte de una comida, o un sándwich en las reuniones de   Ludópatas Anónimos a las que probablemente tendría que asistir en pocos   años. Si se hubiese tomado el café, no habría renunciado a 4 dólares, sino a   las oportunidades que esos dólares le hubieran proporcionado comprando   otra cosa, en el momento o en el futuro.  

Con el fin de se pueda hacer una idea más clara tanto de la importancia   del coste de oportunidad como de por qué no solemos tenerlo en cuenta   como merece, imagine que cada lunes recibe 500 dólares y que ese es todo   el dinero que tiene para gastar durante esa semana. Es muy posible que los   primeros días no se preocupe demasiado por las consecuencias de sus   decisiones, que no se dé cuenta de a qué está renunciando cuando sale a   cenar fuera una noche o se compra esa camisa tan bonita a la que había   echado el ojo. Sin embargo, los 500 dólares van desapareciendo, y cuando   llega el viernes se da cuenta de que solo le quedan 43 dólares para tres días.   Es entonces cuando queda muy claro que el coste de oportunidad es muy   real, y que lo que gastó al principio de la semana afecta directamente a lo   que puede gastar al final de la misma. Sus decisiones de salir a cenar, tomar   una copa o comprar la camisa tan elegante el lunes le deja muy pocas   opciones el domingo, cuando solo puede permitirse comprar el periódico o   un bocadillo de queso, pero no ambas cosas. El lunes existía un coste de   oportunidad que tenía que haber considerado, pero no era evidente; el   domingo, sin embargo, está más claro que el agua, pero ya es demasiado   tarde (aunque, mirándolo por el lado bueno, al menos tendrá aspecto de   intelectual al sentarse a leer el periódico con el estómago vacío).  

Así pues, recalquemos que los costes de oportunidad deberían tenerse   en cuenta a la hora de tomar decisiones financieras. Deberíamos considerar   las alternativas a las que renunciamos al optar por gastar dinero ahora, pero   lo cierto es que nunca pensamos en ellas lo suficiente, si es que lo hacemos   alguna vez. Este es el principal error que cometemos con el dinero, y   también la razón por la que incurrimos en muchos otros errores. Son los   inestables cimientos sobre los que construimos nuestras casas financieras.  

UNA MAYOR AMPLITUD DE MIRAS

Los costes de oportunidad no se restringen al ámbito de las finanzas personales, sino   que también operan a nivel global, y así lo señaló el presidente Dwight Eisenhower   en un discurso de 1953 sobre la carrera armamentística:  

Cada pistola fabricada, cada buque de guerra botado, cada cohete lanzado   supone, en última instancia, un robo a aquellos que tienen hambre y no tienen   qué comer, a aquellos que tienen frío y no tienen ropa de abrigo. Un mundo tan   armado como el actual no gasta solo dinero, sino que también gasta el sudor de   sus trabajadores, el genio de sus científicos, las esperanzas de sus niños. El coste   de un avión bombardero moderno es este: una escuela nueva en más de treinta   ciudades; o dos plantas de energía eléctrica para abastecer sendas ciudades de   60.000 habitantes; o dos hospitales totalmente equipados; u ochenta kilómetros   de carreteras bien asfaltadas. Pagamos por un único avión de guerra lo que   cuestan 500.000 fanegas de trigo. Pagamos por un único destructor lo que   hubiera permitido construir casas para más de 8.000 personas.  

Afortunadamente, la mayoría de nuestras relaciones con el coste de oportunidad   están más relacionadas con el precio de una manzana que con el de una guerra.  

Hace unos años, Dan y un asistente de investigación se presentaron en   un concesionario de Toyota y preguntaron a los presentes a qué tendrían que   renunciar si se comprasen un coche nuevo. Casi ninguno fue capaz de   responder. Ninguno de los posibles compradores había dedicado un tiempo   significativo a considerar que los miles de dólares que estaban a punto de   gastarse en un coche podían haberse empleado en otras cosas.   Seguidamente, Dan les presionó un poco más con otra pregunta: ¿qué   productos y servicios concretos no podrían adquirir si finalmente se   compraban un Toyota? La mayoría respondió que no podrían comprar un   Honda, o alguna otra sustitución sencilla. Muy pocos contestaron que no   podrían ir a España ese verano ni a Hawái el verano siguiente, o que no   podrían salir a comer a un buen restaurante dos veces al mes durante varios   años, o que estarían pagando los préstamos para la universidad durante   cinco años más. Parecían ser incapaces o reticentes a pensar en el dinero   que estaban a punto de gastarse en términos de su potencial capacidad para   comprar una serie de experiencias o productos durante un tiempo en el   futuro. Esto se debe a que el dinero es un concepto tan abstracto y general   que nos resulta muy difícil imaginar o calcular los costes de oportunidad.   En la práctica, lo único que tenemos en mente cuando gastamos dinero es   aquello que deseamos comprar.  

Nuestra incapacidad para considerar los costes de oportunidad, así   como nuestra resistencia general a tenerlos en cuenta, no se limita a la   compra de coches, pues en realidad casi nunca comprendemos las   alternativas plenamente. Y, por desgracia, cuando no tenemos en cuenta los   costes de oportunidad, lo más probable es que nuestras decisiones no sean   las mejores.  

Veamos un experimento sobre la compra de un equipo de música,   realizado por Shane Frederick, Nathan Novemsky, Jing Wang, Ravi Dhar y   Stephen Nowlis, y recogido en un artículo académico con un título muy   apropiado: «El descuido de los costes de oportunidad». En este   experimento, un grupo de participantes tenía que elegir entre un equipo de   Pioneer valorado en 1.000 dólares y otro de Sony valorado en 700 dólares,   mientras que un segundo grupo debía elegir entre pagar los 1.000 dólares   por el equipo de Pioneer o destinar los 1.000 dólares a un paquete que   incluía el equipo de Sony más un cheque de 300 dólares, que únicamente   podía gastarse en discos compactos.  

En realidad, ambos grupos tenían que elegir entre diferentes formas de   gastarse 1.000 dólares. El primer grupo tenía que decidir entre gastarse todo   en un equipo Pioneer o dedicar 700 a un Sony y 300 a otras cosas, y el   segundo, entre todo en un Pioneer o 700 en un Sony más 300 en música.   Los resultados revelaron que el equipo de Sony resultaba más atractivo si   iba acompañado de los 300 dólares en discos compactos que si se vendía   solo. ¿Y que tiene esto de extraño? Pues que, estrictamente hablando, 300   dólares sin restricciones deberían tener más valor que 300 dólares que han   de gastarse necesariamente en música, ya que con ellos podemos comprar   cualquier cosa de ese importe, incluso discos compactos. Pese a ello,   cuando los 300 dólares se vinculaban a la compra de música, los   participantes en el experimento los encontraban más atractivos, y la razón   es que 300 dólares en discos compactos es una opción mucho más concreta   y definida que 300 dólares en «otras cosas». En el supuesto de los 300   dólares en discos compactos sabemos perfectamente qué estamos   obteniendo, pues es algo tangible y fácil de valorar. Sin embargo, cuando   los 300 dólares son abstractos y generales, no solemos tener en mente   ninguna imagen concreta de en qué vamos a gastarlos, y por ello las fuerzas   emotivas y motivadoras son menos poderosas. Este es solo un ejemplo de   cómo cuando pensamos en el dinero de manera general tendemos a   subestimar su valor respecto del que le damos cuando disponemos de una   representación concreta de ese mismo dinero.1  

Es verdad que en este ejemplo se utilizan discos compactos, que hoy   en día es como pensar en la eficiencia energética de un estegosaurio, pero lo   que importa es el fondo de la cuestión: la mayoría de las veces la gente se   sorprende cuando se le recuerda que existen formas alternativas de gastarse   el dinero, por ejemplo, en unas vacaciones o en un montón de discos   compactos. Esta sorpresa sugiere que la gente no suele contemplar   diferentes alternativas, y si no lo hace es imposible tener en cuenta los   costes de oportunidad.  

Esta tendencia a descuidar los costes de oportunidad muestra que   nuestra forma de pensar es básicamente defectuosa. Resulta que el aspecto   más maravilloso del dinero —el hecho de que podamos intercambiarlo por   cosas muy diferentes ahora y en el futuro— es también la causa principal de   que nuestro comportamiento en relación con el dinero sea tan problemático.   Aunque deberíamos pensar en el gasto en términos de coste de oportunidad   —esto es, que gastamos dinero ahora en algo a cambio de no gastarlo en   otra cosa ahora o más adelante—, pensar de esta forma es demasiado   abstracto y demasiado difícil, y por lo tanto no lo hacemos.  

Para colmo, la vida contemporánea nos ha proporcionado   innumerables instrumentos financieros, como tarjetas de crédito, hipotecas,   pagos a plazos, préstamos, etc., que dificultan aún más —y a menudo   deliberadamente— nuestra capacidad para comprender los efectos futuros   de gastar dinero.   Cuando no podemos, o no queremos, pensar en las decisiones   económicas como debiéramos, recurrimos a toda clase de atajos mentales.   Muchas de estas estrategias nos ayudan a lidiar con la complejidad del   dinero, aunque no necesariamente de la forma más deseable o lógica. Y, con   frecuencia, nos llevan a valorar las cosas de manera errónea.  

 

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