Por:
Oriol Montanyá
La
pasteurización debe su nombre al químico francés Louis Pasteur, que fue el
primero en aplicar este proceso térmico para reducir la presencia de agentes patógenos en ciertos
alimentos, cosa que permitió erradicar intoxicaciones y hacer más
accesible a la población productos tan básicos como la leche. Pasteur fue uno
de los científicos más relevantes del siglo XIX, protagonizando un duelo
memorable con el médico alemán Robert Koch, ya que ambos competían para sentar
las bases de la microbiología moderna en medio de un contexto político (con
episodios como la guerra franco-prusiana) que todavía alentaba más su
rivalidad. La batalla
científica resultó ser prolífica, ya que derivó en avances clave para curar
enfermedades como la rabia, la tuberculosis o el cólera. De hecho, a
Pasteur y Koch les debemos una parte significativa de la esperanza de vida que
hoy tenemos.
La rivalidad como estímulo para mejorar
es muy habitual en ámbitos como el deporte, donde existen gran cantidad de
contiendas que han conseguido hacerse un sitio preferente en la memoria
colectiva. Muhammad Ali,
por ejemplo, reconoció en más de una ocasión que no habría sido el mismo
boxeador sin la competencia de su gran oponente, Joe Frazier. O el mejor
jugador de ajedrez de todos los tiempos, Garri Kaspárov, que nunca podía bajar
la guardia porque tenía enfrente a Anatoli Kárpov, que le exigía al máximo en
partidas que podían alargarse hasta cuatro meses. Y así podríamos rememorar
otras muchas míticas rivalidades deportivas, como Michael Jordan y Patrick
Ewing, Steffi Graf y Gabriela Sabatini o Leo Messi y Cristiano Ronaldo.
En
el sector empresarial también han sido frecuentes las disputas que han retroalimentado a sus protagonistas
y les han ayudado a progresar. Desde la conocida historia de los
hermanos Adolf y Rudolf Dassler, quienes tras la Segunda Guerra Mundial
decidieron romper la empresa familiar de zapatillas para crear dos marcas
icónicas como Puma y Adidas; hasta las pugnas tecnológicas de los años noventa
entre Microsoft y Apple; pasando por ejemplos como los de Keith Kramer y Matthew Burns, que después
de visitar un McDonald’s en California decidieron exportar el modelo a Florida
y abrir Burger King.
Y
es que fijarse en la competencia y encontrar a buenos referentes con los que
rivalizar es un ejercicio que permite espolear sistemáticamente la propia
empresa y ahuyentar los fantasmas de la autocomplacencia. Se trata de fomentar la
rivalidad sana, entendida como aquella que esconde un puntito de
admiración hacia el oponente, la que se construye sobre el principio de la
humildad y se vehicula mediante el aprendizaje continuo. Es la rivalidad
convertida en palanca de impulso.
Las
empresas que incorporan la observación y el análisis de sus competidores lo
hacen siempre con una mentalidad ecléctica, es decir, con la capacidad para detectar las mejores
prácticas y la predisposición para incorporarlas mediante una combinación que
siempre será nueva y única. El eclecticismo no consiste en copiar de
forma automática, sino en integrar elementos distintos entre sí en un modelo
preconfigurado para que este pueda evolucionar. Así pues, la rivalidad y el
eclecticismo deben ser capaces de mantener una mirada siempre positiva,
evitando interferencias nocivas como la envidia, a la que Napoleón Bonaparte
definió como “la mayor declaración de inferioridad”.
